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Últimos mensajes dejados por 111111

Mensaje escrito por 111111 el 07/12/2017 08:07:12 pm - Puntaje: -2 
colores para todos colores para todos

Mensaje escrito por 111111 el 02/12/2017 06:40:37 pm - Puntaje: 0 
Teniendo en cuenta todo lo que surgió del primer encuentro entre Rafa y el Viejo, me temo que vas a tener que darle un repaso a lo anterior y van a ser necesarias unas cuantas modificaciones... Recién después de ese trabajo podemos continuar con la escena del choco, después de que Rafa termina de tomar la chocolatada. Fijate y decime, a ver si estoy en lo correcto o se me pasó algún párrafo...
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Mensaje escrito por 111111 el 02/12/2017 06:23:09 pm - Puntaje: 0 
A ver si puedo organizar cómo sigue el tema. Después de ``El Elefante Blanco´´ vos escribiste lo siguiente: EL VIEJO El frío viento del alba golpeaba contra el nailon, produciendo un chapoteo discontinuo y persistente. El Viejo, descorrió la cortina sintética y la ajustó a un costado de la ventana, atándola a un clavo ensartado en la pared, con una cuerda sucia y grasienta. El hombre apoyó los codos en el vano de la ventana y echó una mirada hacia la ciudad, que comenzaba a multiplicar la presencia de los hombres y los ruidos. El enjambre humano y la luz naciente seccionaban una vez más, con filo eficaz, la calma de la noche... marcaban la división de manera implacable... esas primeras luces, que rompían la sagrada y eterna quietud nocturna, siempre le habían producido la misma sensación de melancólica futilidad, de vana, irritante repetición. El Viejo se arropó en la manta, cerrándola sobre su pecho, cuando una racha de viento helado y polvoriento entró de golpe por la ventana sin cristales. Dio un breve silbido y un perro desvencijado, con el pelaje que escaseaba en varios sectores de su marchito y magro cuerpo, levantó su hocico y se acercó a él lentamente con un tímido movimiento de cola. El Viejo acarició el viejo lomo del animal, cuidando de no tocar las costras purulentas que se adherían a su cuerpo. Acercó una silla al borde de la ventana y permaneció contemplando el inexorable avanzar del día, mientras escuchaba el sonido del viento y veía cambiar los colores en el cielo. Rafael estaba sentado en un tocón al pie del edificio y dibujaba en la tierra con la punta de la zapatilla mientras mordía un pedazo de pan y canturreaba una melodía con la boca llena. Clavó el sorbete, atravesando la placa de papel metálico del envase, y sorbió un largo y ruidoso trago de leche chocolatada. Levantó los ojos para ver al hombre, allá en lo alto. Una blanca y larga cabellera ondeaba al viento como un estandarte. El joven (o es un niño?) sonrió y agitó la mano en un saludo, aunque sabía que era muy improbable que el Viejo pudiera verlo. No importaba, en un rato subiría a saludarlo y le daría el regalo que tenía en el bolsillo de su raída camperita verde con rayas blancas de Adidas. Apuró los últimos tragos, aplastó la caja con el pié y, secándose la boca con la manga de su remera, se dirigió hasta la negra entrada del ´´Elefante Blanco´´, que lo engulló rápidamente en su sólida oscuridad, hecha de olvido y de tiempo. Tuvo que ajustar la visión a la oscuridad del interior, y aunque ya conocía el camino por haberlo transitado muchas veces, anduvo a tientas al principio hasta que los ojos se acostumbraron gradualmente a la media luz del hall. El silencio imperante, era interrumpido por invisibles e incontables goteras que golpeaban sobre charcos inescrutables y por el eco de sus pasos que reverberaban en la húmeda y fría penumbra... se dirigió hasta la escalera que lo llevaría, catorce pisos más arriba, junto al Viejo. Mientras comenzaba a subir los escalones, muy despacio y de a uno, empezó a silbar una extraña melodía que El Viejo le había enseñado y que servía para ahuyentar presencias dañinas y hacer retroceder a cualquier manifestación del mal. Recordó esa noche, fría y ventosa, debajo de la verde marea de un arce y junto a un fuego que oscilaba y chispeaba, el rostro como primigenio e insondable del hombre, que le enseñó cosas secretas y narró historias de la antigüedad, como si él mismo hubiera participado activamente en ellas, y bajo aquella luz movediza y cambiante que hacía bailar a las sombras e iluminaba fugazmente ciertas facciones del Viejo, aprendió muchas historias y supo algo de él... con expresión severa le conminó a acatar ciertas reglas que él consideraba sagradas... le habló del bien y del mal, de que el mal era inherente a los hombres y que siempre era mejor sostener la cadena que nos separa de la Bestia con férrea decisión... le pregunto al Viejo si él era un brujo, porque conocía muchas cosas y tenía remedios y curas para muchas enfermedades y El Viejo le respondió que había sido un hombre de Dios, pero que ya no lo era. Le narró sus experiencias en el claustro, hecho todo de piedras y madera, cuando era novicio, de sus paseos bajo el hálito refrescante de los manzanos y nogales que rodeaban el convento y le confesó que había sido feliz en aquel entonces. El chico lo observaba hechizado, mientras El Viejo removía los rescoldos y escupía al fuego y trazaba con sus brazos gestos en el aire mientras le contaba todas estas cosas. Siguió subiendo y mirando en cada piso a sus espaldas, ya que conforme ascendía, el silencio era cada vez más espeso y un escalofrío le recorría toda la espina dorsal en cada descanso, donde echaba miradas rápidas hacia la negrura que se condensaba a lo largo de los pasillos desolados, de donde surgían, algunas veces, ruidos extraños, chapoteos ahogados, roncos siseos y hasta la vibración y eco de pasos ocultos. . Cuando Rafael subió el último escalón y enfiló hacia el recinto sin puertas ni ventanas donde vivía El Viejo, pudo ver, al llegar al umbral, la figura del hombre, que se recortaba a través de la luminosidad de la tarde. Se quedó unos instantes observando la silueta, que se perfilaba con una asombrosa nitidez, como un dibujo hecho con suma precisión. Dio unos pasos, acentuándolos sobre el suelo sin revestir, para avisar su presencia. El Viejo giró con lentitud la cabeza, y se aproximó al muchacho quién tendió una mano y que fue rápidamente devorada por la gigantesca y apergaminada y lívida del otro. No podía apreciar las facciones, por estar a contra luz, pero sí escuchó su áspera voz darle la bienvenida. [ acá va todo lo que aparece en el post anterior, que empieza con unos párrafos tuyos y yo continúo para describir el primer encuentro de Rafa con el Viejo DESDE Rafael había conocido al Viejo una tarde... HASTA -Amén… -murmuró sin darse cuenta. ] La habitación, no era otra cosa que un espacio semi vacío, todo hormigón sin curar, ni siquiera encalado, donde el polvo de los años formaba un colchón sobre el suelo y donde las grietas en las paredes dejaban ver las rojas venas de las vigas y de cañerías recubiertas de blancas capas de moho. En varios sectores, unas manchas de humedad, como densas nubes de caprichosas formas, decoraban el cielo raso, producto de incontables filtraciones de lluvias. Una mesa de madera, desportillada y ennegrecida, dos sillas y un colchón eran los únicos muebles que allí había. Unos pocos trastos en la cocina... una garrafa, cuyo fuego hacía hervir en una pequeña olla de metal, un líquido oscuro y aromado, un par de platos, tazas, vasos y cubiertos, todos apilados en una cajón de madera, sobre el piso. En un ángulo, en una hendidura rústicamente fabricada en la pared, una vela hacía arder una llama, que azuleaba hacia la parte superior y cuyo nacimiento era de oro puro. En una racha de aire, la vela osciló, parpadeó, produjo unos cortos chirridos, y se enderezó luego, afilando su punta de zafiro hacia arriba. y detrás de ella, la fotografía de una mujer, en blanco y negro, descansaba encastrada en marco de metal. Rafael permaneció mirando, hechizado, esa lengua de fuego dentro de la tosca hornacina. Vio el humo elevarse, delgado e irregular, y que oscurecía el pequeño techo de su habitáculo. Luego, El Viejo, con su medio perfil iluminado por la luz de la ventana, le hizo un gesto con la mano, señalando la silla

Mensaje escrito por 111111 el 01/12/2017 11:28:22 pm - Puntaje: 1 
Tiene su marca propia el vago [image]http://lh3.googleusercontent.com/proxy/zG2FmkGlsz8SlRIpmfXO2yWA5M5Ysj3II9IK-Tx8tFHeCbhiJQn1BQ
bk_neooMY0Og89PnG7FTKqRL5Ufe-KSj3eHOAbCss=w530-h298-n[/image]
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Mensaje escrito por 111111 el 25/11/2017 11:45:05 am - Puntaje: 0 
Si puedo voy a darle inicio a este otro ejercicio, mientras te ponés al día con el Coque. ¿Qué decís? Igual acá la idea es algo más rápido, tipo Las Arenas... aunque nunca se sabe.

Mensaje escrito por 111111 el 21/11/2017 09:22:57 am - Puntaje: 0 
Rafael había conocido al Viejo una tarde, hacía ya algunos años. Arreciaba la lluvia en Ciudad Oculta, haciendo brotar burbujas de barro en el suelo, y encharcando la explanada de concreto, justo en la parte trasera del Elefante Blanco, formando en sus pozos y quebraduras, curiosos y diminutos lagos azafranados, cuando Rafael y su grupo de amigos acababan de volver con un botín de celulares robados y se disponían a repartirse los objetos... en ese momento, Rafael sintió el inconfundible aguijonazo de una mirada, y cuando se dio vuelta para ver de dónde podría haber venido, pudo observar, a través de la cortina cristalina de agua que caía sin cesar, dos ojos de ardiente mirada que fijaban en él toda su atención... en un principio experimentó un cierto estremecimiento ante la intensidad y osadía de aquella mirada, pero luego se disipó cuando sus amigos tironearon de su campera para comenzar la repartija. Al volver la mirada, el hombre ya no estaba allí, parado y rígido bajo la lluvia, sino que había desaparecido, como si se hubiera mezclado, fundido con el aire y agua... Días más tarde, cuando Rafael deambulaba por los estrechos pasillos de los asentamientos, un brazo salió de un ángulo y tiró para sí, sin violencia, pero con firmeza. Un hombre canoso, de barba blanqueada por los años, con la piel de su rostro surcada por infinitos pliegues, cruzado por alguna cicatriz y de ojos relucientes, en cuyo centro brillaban, trémulos, dos puntos de luz, le dedicó una extraña sonrisa, y sin embargo, sólo la boca expresaba ese sentimiento, porque el resto del rostro estaba endurecido, como congelado en una emoción fija, inamovible... no obstante, esto duró sólo un momento, porque en un instante, El Viejo modificó el gesto pétreo y todo su semblante se suavizó, y la mirada adoptó un cariz amable y sincero de fraternidad... le preguntó su nombre aunque él no reveló el suyo. Se observaron un momento. Rafael no sintió miedo ante su presencia. Luego, con un ademán lo instó a que lo siguiera. Atravesaron corredores angostos, pasadizos oscurecidos por las precarias construcciones, hasta salir a un claro, donde el sol de la tarde derramaba su áureo resplandor. Allí señaló hacia lo alto de la mole blanca, y le dijo que él vivía allá arriba, solo con sus animales... -Ahí voy a estar, amigo… El día que la droga ya te esté sobrando, andá a verme. –le dijo, con tono y mirada amable, casi paternal. Rafael abrió la boca, pero no supo bien para qué, si para mandarlo a cagar, para preguntarle quién se creía que era para meterse en sus cosas… o tal vez para darle las gracias. En cualquier caso, no llegó a decirle nada porque el viejo lo saludó con un movimiento breve de cabeza y sin más dio media vuelta y con unos pocos pasos se esfumó entre los pasillos. Ese “sobrando” le quedó resonando en la cabeza los días siguientes. Y no porque su significado le hubiera dado problemas (le quedó claro que no buscaba comprar ni consumir… lo que le transmitió con esa palabra era otra cosa totalmente diferente, opuesta incluso, no tenía dudas) sino por lo particular de la expresión, sobre todo en un medio como aquel donde todo era jerga y berretines del barrio. Toparse con alguien que no hacía uso de esa suerte de “credencial de pertenencia” al hablar, siempre resultaba llamativo: podía tratarse de un poli haciendo tareas, por ejemplo. Sin embargo, algo le decía que no era el caso… Pero el tiempo no se detenía por un simple encuentro con un viejo que hablaba raro, no señor, eso nunca pasaba ahí en el barrio. Ahí la agenda siempre estaba completa y todos los días alguno iba a buscarlo para hacer algo: un día era un trabajo, otro día para ayudar a cobrar alguna deuda, otro una reunión para afianzar lazos y reafirmar posiciones, y algún otro una visita a “lo de la Ale”, un pequeño burdel en el corazón del barrio que, a pesar del basural junto al cual se hallaba, por dentro era sorprendentemente agradable y hasta lujoso… Y tantas otras actividades que silenciosamente -aunque no pocas hacían bastante ruido- consumían días y semanas y meses con suma avidez. Así fue que, tras aquel breve encuentro, los días del Rafa continuaron con su ritmo habitual, un ritmo que no venía muy bien por varios motivos, demasiados, en verdad. Aunque, bueno, todos tenían algo en común y eso, cómo no, era “la moneda”: comida, ropa, mujeres, regalos, faso, merca, el sobre para la cana…, y todo, todo costaba dinero, ¿o no? Uno gasta guita desde que llega a este mundo, con la factura del obstetra como bienvenida, y no deja de hacerlo un solo día hasta la muerte, e incluso entonces lo sigue haciendo porque a alguien le va a tocar pagar la factura del velatorio, de eso no hay dudas. Sí, todo costaba dinero y él bien que lo sabía. Pero también sabía cómo ganarlo, o al menos un par de modos para hacerlo. Sería tedioso, tal vez, enumerarlos todos, solo conste que ninguno estaba exento de peligro. Haciendo un balance entre riesgos y ganancias, el de los autoestéreos le había resultado siempre el más tentador: salir de noche a recorrer las calles en moto –junto a un compañero, de ser posible- con un destornillador en un bolsillo y una mochila en la espalda, y sustraer tantos autoestéreos como fuera posible rompiendo apenas unas cuantas ventanillas y, en general, ninguna cara. En una buena noche, tres horas de ronda bastaban para hacerse de quince o más estéreos que al otro día podían ser rápidamente cambiados por buena plata. No era un negocio para hacerse ricos, desde ya, pero sí era un modo razonablemente viable de ganar en unas horas un “salario mínimo” y el riesgo era verdaderamente bajo si se lo hacía bien. Nada mal, en efecto, y sin titubear podía asegurar que todos los gastos de su adolescencia habían sido posibles gracias a este simple recurso. Sin embargo, el tiempo pasaba y lo que con catorce años de edad parecía la gloria ya empezaba a parecer poco al ir acercándose a los veinticinco. No por esto iba a abandonar aquel recurso salvador de la noche a la mañana, desde ya, pero cuando alguno le proponía algún trabajo más arriesgado pero con ganancias mayores, ya no lo descartaba de inmediato…, la diferencia de guita podía ser mucha y sí, los riesgos eran otros, pero nunca iba a tener la oportunidad de dejar atrás aquella vida vendiendo estéreos. En cambio un asalto corte comando, alguna salidera bancaria, un secuestro exprés o algún trabajo relacionado al narco, bueno, tampoco era tan fácil hacerse rico por esos medios en los que, nadie lo dude, todos podían terminar muertos o con muchos años adentro (no sabía qué era peor), pero si todo salía bien, bueno, si todo salía bien la moneda era mucho más grande. Muchísimo, inclusive. Aunque, ¿tanta como para jugarse la vida? Por esa época Rafael solía hacerse esa pregunta cada noche, y todo el tiempo, tal vez. Salir a meter fierro no era lo mismo que salir a, casi, “recolectar” autoestéreos. Y el dinero lo llamaba, sí, pero la perspectiva de ese cambio le generaba una tremenda ansiedad, nerviosismo, angustia..., y todas esas palabras que significan miedo. Mas el miedo no era un lujo que pudiera permitirse, no en ese ambiente, no en su situación y no si realmente aspiraba a salir alguna vez de todo aquello. “Hacerse rico o morir en el intento” decía un rap de 50 Cent, o eso le contaron y no importaba si la canción decía eso o no, era una frase poderosa como la puta madre, tal vez la mejor que hubiera escuchado en su vida. Pero, con todo, pronunciarla era muchísimo más fácil que practicarla, sí señor, sin duda alguna. Fue en medio de este dilema cuando su consumo habitual de apenas algunos porros a la semana pasó a transformarse, y casi sin escalas, en, bueno, en una locura, sí, otra palabra no había para aquello: paco, merca, faso y “pastas” de todos los colores, el barrio era como un puto shopping cuando se trataba de esta clase de artículos. Y de eso se trataba precisamente porque no conocía mejor cura que un buen saque de merca para transformar la ansiedad, el nerviosismo, la angustia y demás palabras de esas en “pilas”. Y cuando pasaban a buscarlo y le preguntaban si estaba listo él respondía “¡Estoy re pila, guacho! ¡Recontra pila!” Y no mentía, estaba todo lo pila que alguien pueda estarlo. Al principio se drogaba un rato antes de salir, todo sea por estar bien pila… y, con el tiempo, comenzó a hacerlo también al volver, y sin darse cuenta los días y las noches comenzaron a sucederse sin el menor de los sentidos, a un ritmo alocado, irracional: una semana entera podía desaparecer en un dos por tres, y un rato cualquiera podía volverse insoportablemente eterno con segundos que duraban horas y minutos que duraban siglos. Bueno, una de esas noches pasó a verlo Marquitos con su moto y, tras alguna breve charla protocolar (Qué onda, rocho? Todo piola, vo´? La Ale te extraña, dice que no te ve desde hace como media hora, eh, jaja), le formuló la consabida invitación: -¿Vamo´ a bardear? ¿Cómo te ves para el trabajo esta noche, rufián? -¡Tengo más pila que un Nokia 1100, amigo! Algo más tarde andaban deambulando por las oscuras calles internas de Palermo tirando hacia las vías, desde Puente Pacífico hacia el sur, pasando por lo que hoy se conoce como Hollywood y Soho, hasta Av. Córdoba y un par de cuadras dentro ya de Villa Crespo, lo que conformaba un estupendo pasillo de varias manazas bastante desoladas y poco iluminadas, a pesar de la buena cantidad de pubs y restoranes que de a poco iban instalándose por la zona. Todo esto sumado a que todos eran barrios de buen poder adquisitivo convertía el área en una de las favoritas de nuestro buen Rafa, de Marquitos… y, en realidad, de una lista enorme de tantos otros. Aquella noche, sin embargo, la suerte no parecía decidida a acompañarlos. Había muy poca gente, seguramente por el frío, y esos pocos salían de los pubs y se subían directo a sus coches, nada de paseos despreocupados bajo la luna. Además se cruzaron con más policías de lo habitual, lo que era de esperarse porque faltaban pocas semanas para que hubiera elecciones de alguna cosa (Rafa no tenía muy claro de qué, solo sabía que no era para presidente). No hizo falta mucho para que el humor de ambos reflejara esa frustración y el colmo fue cuando vieron en una solitaria esquina a una pareja gay aguardando un taxi mientras se besaban apasionadamente y se murmuraban palabras de amor, todo sonrisas. Los gay siempre tenían cosas buenas y caras, y sobra decir que si tenían una tarjeta de débito eran, en general, mucho más dóciles para ser llevados a un cajero por una extracción de medianoche. Rafa buscó a tientas la Bersa 9 mm que llevaba en la cintura mientras Marquitos detenía la moto frente a los enamorados… solo para arrancar inmediatamente tras ver que, cómo no, a menos de media cuadra había un policía apostado en la salida del pub del que probablemente venían las maricas. Maldiciendo recorrieron un par de cuadras y se detuvieron bajo un enorme árbol del paraíso, entre las sombras, para intercambiar algunas palabras y acomodar las ideas, aunque desacomodarlas tal vez sea una palabra más apropiada porque, tras maldecir la suerte que estaban teniendo, Rafa sacó de uno de sus bolsillos un capuchón de bolígrafo envuelto en cinta adhesiva, quitó la cinta con un tirón y se metió un buen poco del polvo blanco que contenía por la nariz. Su compañero trató de decirle que mejor lo guarde para más tarde… pero sin mayor convicción, con decir que cuando el otro le convidó no se privó de aspirar un poco, aunque no tanto como Rafa, eso seguro, no tenía ganas de terminar en el hospital aquella noche y era él quien conducía. Un par de minutos más tarde Rafa comenzó a aullar como un lobo mientras continuaban recorriendo las calles en busca de un ganador. Marquitos le decía que se calme un poco, que deje de llamar la atención… pero el aullido le daba mucha gracia y no podía parar de reír, con lo que Rafa probablemente se sintiera animado a aullar más fuerte en vez de hacer silencio y comportarse como un buen ciudadano civilizado que anda paseando en moto junto a un amigo. Y algunos minutos más tarde se cruzaron con el desafortunado de la noche. Fue en alguna de esas calles de adoquines que cruzan Juan B. Justo, bordeada por gigantescos plátanos, esos árboles odiosos que tiran toneladas de pelusa amarronada. La luz era menos que pobre, una penumbra apenas… y en medio de la calle, zigzagueante, una lucecilla roja avanzando con relativa lentitud. Marquitos frenó la moto y ambos miraron para todas partes. No había nadie esta vez. Solo ellos y el repartidor de pizzas que conducía esa indigna bicicleta cubierta de plásticos con la marca y el logo de una pizzería de Av. Santa Fe, a esas horas, por aquellas solitarias y oscuras calles adoquinadas. Bajaron de la moto y se miraron. Aquel no era, ciertamente, la presa que habían salido a cazar, pero la noche ya estaba terminando y comenzaba a ser hora de ir volviendo pa’ las casa’. Y nunca era fácil volver con las manos vacías. Peor aún: era de mala suerte y no hacía falta que nadie lo dijera, eso simplemente se sabía. Rafa se detuvo en medio de calle y no dijo nada, solo sacó su arma y se la mostró al repartidor de una forma muy curiosa, esto es con la palma de la mano hacia arriba y la pistola descansando de costado sobre esta, como quien le muestra a alguien una piedra rara que encontró en el suelo. Al chico de la bicicleta esa piedra le pareció lo suficientemente rara como para detenerse. Casi sin ganas, a juzgar por su voz y sus movimientos cansinos, Marquitos intervino para intimarlo a que le diera todo: dinero, propinas, el teléfono, la Sube, reloj, cadenita… todo, todo lo que llevara encima. Rafa seguía inmóvil con la mano abierta hacia arriba, tambaleándose ligeramente de lado a lado con la mirada fija en el rostro del repartidor: se trataba de un muchacho de su misma edad, delgado, con un corte de cabello casi idéntico al suyo… bien podía ser un vecino de su barrio, o hasta hermano suyo tal vez, excepto que el muy imbécil estaba montando una ridícula bicicleta de repartos vestido con un uniforme no menos ridículo, a cambio de un sueldo miserable, sin duda alguna. -Eh, ¿de qué barrio sos, gil? –le consultó de repente, con una voz inesperadamente suave, casi afeminada. -Yo de Lugano, amigo… -la suya era suplicante, casi al borde de las lágrimas- No soy de acá… Nada que ver con todo este chetaje, amigo… Rafa sonrió amargamente, dicho y hecho: Lugano, vecino del barrio, no de Ciudad Oculta seguramente, pero sí de aquellas zonas… y el muy gil se tomaba el bondi todos los días para ir a llevarle comida a todos esos putos con plata de Barrio Norte a cambio de una miserable propina. Un chispazo de furia se encendió en su interior. -Entregale todo a mi compañero. –le solicitó con aquel raro tono de voz que resultaba tan inofensivo, siempre inmóvil, la mano extendida con la pistola descansando sobre la palma. Marquitos revisó y vació todos sus bolsillos, sin apuro y sin dejar a hacer comentarios amistosos que no eran tales, desde ya que no, al contrario, cada chistecito reflejaba lo drogados que estaban y lo poco que les importaba lo que pudiera pasar. -Date vuelta, putita. –le ordenó y comenzó a revisarle los bolsillos traseros del pantalón- Relajante, tontita, no va a pasarte nada. –le aseguró, susurrante y con cierta picardía burlona en la voz, como si se tratara de una mujer con la que estuviera teniendo sexo, y para mayor énfasis le propinó una fuerte nalgada cuyo sonido resonó en el silencio de la desolada cuadra. –Uy, pero qué lindo suena esa cola. –agregó Marquitos, disfrutando la pasividad de su víctima… y apretando a último momento una de sus nalgas, solo para aumentar el grado de humillación. Rafael observó toda la escena inmutable, grave, sin humor, esforzándose por controlar el asco que le provocaban las manos temblorosas del chico de la bici, pasivo, regalado, entregado a una vida de servidumbre y entregado también a ellos y, sin dudas, a cualquier adversidad que se le cruzara en la vida… Y entonces lo vio sollozar cuando Marquitos, bardero, le estrujó las cachas. ¿Cómo podía ponerse a llorar por semejante boludez? ¿En serio podía será tan marica? ¡Era de Lugano, mierda! ¡Era del barrio! ¡Era uno de los suyos y no tenía ningún derecho a ser tan cagón! Una furia roja se apoderó de su vista, de su mente y también de su destino, una furia descomunal, insensata… o al menos le era imposible decir con precisión qué era lo que originaba, pues no atinaba a descifrar que, si ese chico tenía miedo, entonces tal vez él también podía tenerlo. Y él, Rafael, no podía tenerlo, no si aspiraba a librarse alguna vez de esa vida y de ese barrio a los que, aunque jamás lo reconocería frente a sus amigos y compinches, tanto detestaba. Como por arte de magia, con un movimiento sorprendentemente grácil y veloz, giró la pistola con los dedos de esa misma mano y la acomodó de modo que, ahora sí, la empuñaba por la culata, apuntando a la cara del chico, quien de inmediato alzó las manos a la altura del rostro y comenzó a suplicar por su vida entre lágrimas. Un zorzal comenzó a cantar en la madrugada, a todo volumen, una breve melodía a la que repetía una y otra vez… casi impertinente, como si fuera el dueño de la noche y de la calle, ajeno por completo –o eso parecía- al drama con final incierto que se desarrollaba ahí bajo. Marquitos sabía que, en esa parte, terminando ya de robar a alguien, un último susto, incluso un buen culatazo, siempre era algo recomendable para dejarlos confundidos y aterrorizados y así poder emprender la huida sin sorpresas innecesarias. Por eso al principio quiso seguirle la corriente a su compañero… sin embargo muy pronto descubrió por su mirada, sus dientes apretados y las palabras ininteligibles que salían entre ellos, que algo no andaba bien con el Rafa. Era como si se hubiera vuelta loco, pero en serio, aquello no era parte del habitual acto tantas veces practicado. Otro zorzal comenzó a responder los trinos del primero, con un sonido sorprendentemente nítido, cercano, como si estuviera justo sobre sus cabezas. Una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles, provocando que estas se froten entre sí haciendo un ruido envolvente y feroz, casi como un rugir. Los zorzales se callaron de inmediato… pero en cuanto la ráfaga terminó su función reanudaron sus escalas sin demora. Y ya no eran solo dos, eso seguro, ahora debían ser al menos media docena intercambiando voces entre las ramas. Marquitos echó un breve vistazo, pero no vio más que las ramas aún meciéndose por el viento. -Listo Rafa, terminamos… Y vos, gatito, mejor quédate en el molde, ¿me escuchaste? –agregó propinando un chirlo en la nuca al pibe que, aterrado, se puso de rodillas y se cubrió la cabeza con los brazos mientras los sollozos sacudían su cuerpo. –Ya fue, Rafa, nos vamos. –le anunció dirigiéndose a la moto y rogando que el otro simplemente lo siguiera y eso fuera todo. Pero en vez de eso Rafa repentinamente gritó algo a todo pulmón, escupiendo, con la mirada desencajada y el cañón del arma apoyada en la cabeza del pobre desdichado…, y mientras vociferaba como un desquiciado Marquitos no podía creer que, clac-clac-clac-clac, su compañero estuviera accionando el gatillo una y otra vez en la cabeza del otro. Los zorzales dejaron de cantar, aunque tal vez nadie lo haya notado. Esa vieja Bersa, gracias a Dios, al Gauchito Gil, a San La Muerte y a todos los santos, se había trabado… pero si llegaba a destrabarse y esa puta bala salía, los sesos del otro amanecerían sobre los adoquines, y ellos dos estarían en un buen lio por apenas unos pesos y un pibe fácil que ni siquiera había puesto un mínimo de resistencia. Marquitos, que ya estaba sobre la moto, bajó con un salto y se disponía a dar un par de zancos hasta su socio cuando algo pasó junto a su cabeza con un ruido de aleteo. Levantó una mano instintivamente y miró hacia arriba, sobresaltado: sobre sus cabezas, bajo las ramas de los árboles, había un montón de pájaros sobrevolándolos en un círculo tan ancho como la calle con sus veredas… Recién entonces notó que ya no cantaban, ahora solo se arremolinaban sobre ellos en una enérgica ronda nutrida de lo que bien podían ser docenas de zorzales que de algún modo se las ingeniaban para no chocarse entre sí ni con las ramas y troncos junto a los que se deslizaban con la velocidad de un rayo. Era un espectáculo sorprendente e incluso maravilloso que poco tenía de amenazante… sin embargo un escalofrío recorrió su espalda hasta su nuca y, por raro que fuera, un inaudible sollozo escapó de sus labios. -¡Rafa! –logró articular mientras lo tomaba por una muñeca, sin dejar de mirar eso de arriba- ¡Rafa, ya fue! ¡Ya fue, loco, vamos! Solo entonces su amigo dejó de gatillar y lo miró a la cara. Un hilo de baba chorreaba por su barbilla y su expresión era aturdida. Aturdida pero también había algo más… sus ojos grandes también parecían asustados. -Dale Marquitos, vamos... –balbuceó al fin y comenzó a andar hacia la moto, titubeante, mientras se percataba del hervidero de pájaros que se arremolinaba sobre sus cabezas. La piel de gallina se extendió con violencia por sus piernas y brazos., aquello no tenía el menor de los sentidos. ¿Sería una alucinación producto de la merca? Sí, tenía que ser eso, aunque no recordaba que la merca alguna vez le hubiera producido algo como aquello. Entonces llegaron a la moto. Sobre su manubrio descansaba un zorzal. Su tamaño no podía infundir temor, sin embargo su impasible mirada de ojos negros y relucientes le helaron la sangre y una dolorosa arcada anidó en sus entrañas… Aquella noche no pudo dormir. Tampoco Marquitos. Cuando llegaron al barrio, mudos, mirando hacia arriba a cada rato, agradeciendo todo el tiempo que no hubiera pájaros ni nada raro, se dirigieron a “la placita”, poco más que un baldío con un par de bancos improvisados a pocas cuadras del Elefante Blanco. Compraron una cerveza en el kiosquito que estaba enfrente y la bebieron rápidamente entre los dos sin decir palabra. -Voy para lo de la Ale, amigo… ¿Venís? -Vamos… Rafa despertó al otro día enredado entre sábanas y un par de suaves piernas femeninas. Dejó una generosa propina y se fue sin preguntar si Marquitos seguía por ahí o si ya se había retirado. Fue directo a su casa, a pocas cuadras… sin poder evitar mirar para arriba a cada rato. Y al llegar se tiró en su cama y echó a llorar como no lo hacía en años. No recordaba todos los detalles de la noche anterior, solo momentos, partes, retazos que conformaban algo oscuro y espantoso que ahora lo habitaba como un peso en el pecho y una presión en las sienes y la nuca, algo sin forma que no podía precisar, tal vez porque no se trataba de un solo algo…, o tal vez porque uno de esos algos era…, ¿qué era? No lo sabía. Tampoco quería. Y, con suerte, tal vez no hiciera falta hacerlo, después de todo no había llegado a ser más que un aviso y un aviso siempre significa otra oportunidad, ¿o no? Bueno, ojalá fuera así y, en tal caso, debía agradecer esa oportunidad y, sobre todo, aprovecharla. Se recordaba gatillando en la cabeza de aquel muchacho, clac-clac-clac-clac, y recordaba ese sonido con tanta claridad como si aún estuviera oyéndolo. El recuerdo lo estremeció y una nueva oleada de sollozos se apoderó de todo su cuerpo: aquel pibe seguía vivo solo gracias a Dios que quiso que la pistola se atascara, porque lo que era él había gatillado con todas sus ganas al menos veinte veces, totalmente dispuesto a arrancarle el cerebro a balazos… a un inofensivo pibe que no había dado ningún trabajo. Nunca le había ocurrido algo así, nunca había tenido una reacción como aquella y nunca la hubiera imaginado posible. Pero había pasado. Y creía saber de qué se trataba: era su dedo el que había accionado el gatillo, pero no era él sino la droga quien lo había comandado. Rafael, en posición fetal sobre su cama, nunca llegó a descubrir que, en la locura del momento, a quien tenía en frente no era a otro que a sí mismo con su vida de miserias y pobreza…, pero no importaba, no hacía falta tanto, alcanzaba con saber que el abismo había estado frente a sí y que ese abismo era la droga. “El día que la droga ya te esté sobrando” Las palabras irrumpieron en su memoria con tal nitidez que se incorporó en la cama mirando hacia todas partes, como si alguien hubiera podido pronunciarlas ahí en su misma habitación. Pero las palabras venían del pasado, por supuesto, de un momento pasado que, sabía, era bastante reciente pero que bien podía haber ocurrido hacía años..., o incluso en una vida anterior. “El día que la droga ya te esté sobrando, andá a verme,” y el dedo del viejo apuntaba a lo alto del Elefante Blanco. Rafa fue a darse una ducha, y le dieron ganas de afeitarse, y también de cortarse el pelo… de raparse la cabeza, incluso. Lloró bajo el agua y bajo el filo de la prestobarba, pero esta vez no era por miedo ni dolor ni otras angustias, esta vez era por esperanza: todo cambio empieza desde las ganas de cambiar, y las ganas, por ahí, ahí estaban. Noventa minutos después se hallaba bajo la mole blanca, buscando el acceso a las escaleras para llegar hasta arriba. Era curioso, todos los días de su vida veía ese enorme edificio, pero nunca había entrado… porque no tenía nada para hacer por ahí, no conocía a nadie que viviera en él, pero porque además el ambiente de ese sector no era fácil, incluso teniendo en cuenta el barrio en que todo ocurría: quienes vivían rodeando toda la construcción no eran precisamente amistosos, o al menos no invitaban a los desconocidos a adentrarse en aquel territorio tan particular (como maloliente) que habitaban y que, entonces, les pertenecía. Porque la tenencia, al fin de cuentas, es pertenencia cuando la fuerza y los hechos son la ley. Y por ahí esa era toda la ley que uno podía encontrar, sí señor, mejor saberlo para evitarse sorpresas. -¿Qué se te perdió? -Vengo… a ver a un amigo, arriba. Arriba, señor. -¿Arriba, adonde? -Arriba de todo… -¿El Viejo te invitó? -Sí, señor. El hombre que vive arriba me dijo que… -La escalera está por allá. Seguí derecho entre esas casas y después doblá para aquel lado, si te perdés deciles que te manda el Martos. El Martos soy yo. -¿Si me pierdo? -Si te perdés ahí adentro no vas a salir, amigo, a menos que te acuerdes de decir lo que acabo de decirte. -…el Martos. -Eso. Afortunadamente lo recordó y, a cambio, le explicaron cómo llegar hasta las escaleras. No era tan fácil, por cierto, el edificio tenía más de cien metros de base y no contaba con una sola escalera central sino con varias, dispuestas a decenas de metros unas de otras, y aunque originalmente todas llevaban hasta los pisos superiores, ahora todas estaban bloqueadas en algún piso (por viviendas, generalmente, o también escombros) con lo que llegar al último piso no se trataba solo de hallar la escalera y subir, sino de ir descubriendo en cada piso la forma de continuar, y los primeros pisos estaban densamente habitados, aunque, eso sí, por personas que, a Dios gracias, conocían al tal Marto. -Marto, no: Marto-ssss… -Martos, sí, Martos. Los primeros pisos estaban atestados de construcciones que reflejaban diversos grados de precariedad y que cubrían casi todo, dejando apenas unos angostos pasadizos entre sí a modo de pasillos. Parecía que todo el mundo estaba escuchando música, cumbia mayormente, Creedence también sonaba, y alguien parecía estar escuchando tango. El aire húmedo y maloliente no era agradable al ser respirado, aunque a través de ventanas y puertas abiertas vio personas charlando tan a gusto como sea posible, lo mismo que niños jugando con sus mascotas tan felices como un niño de Puerto Madero acariciando a su golden retriever importado y con un pedigree infinitamente mejor que, por ejemplo, el de quien escribe estas líneas. ``La gente se acostumbra a lo que sea´´, pensó Rafael, y tenía bastante razón, seguramente... A partir del cuarto piso encontró que ya no había una “casa” junto a la otra, sino que estas raleaban dejando grandes áreas de losa completamente desocupadas incluso de basura o escombros, y desde el sexto piso en adelante directamente ya no había nadie. Nadie. Los pisos superiores estaban deshabitados por completo, sin dudas no eran nada cómodos para el día a día de quien quisiera habitarlos... lo que llevó a que Rafael se pregunte cómo hacía un viejo, así de viejo, para vivir nada menos que en último piso, número doce, según creía. Continuó subiendo. Los últimos pisos fueron los más fáciles, todo por una misma escalera, simplemente hacia arriba sin obstáculos. Ya no había música en el aire, ni malos olores: las paredes inexistentes de la parte trasera y las ventanas sin cristales de la delantera permitían que el aire corriera libremente... y también permitían una vista impresionante de toda la ciudad, con sus torres y edificios recortándose contra el cielo hacia el norte y con grandes extensiones verdes hacia el sur, entre barrios bajos y humildes que desde la distancia parecían mucho menos humildes. Hasta que al fin llegó a la última planta, directo bajo el cielo, luminosa, extensa, descomunal. El viento corría libremente con un aire tan puro y refrescante como no recordaba haber respirado. Allá arriba la losa desnuda se veía limpia, sin escombros ni suciedad alguna, como recién barrida… y a lo lejos, a unos cincuenta metros de donde estaba, se veía verde, muy verde. Comenzó a andar en esa dirección y, para su absoluto asombro, descubrió que se trataba de una gran huerta que cubría algo así como un tercio de toda la planta superior, es decir que si el Elefante Blanco tenía ciento cincuenta metros de punta a punta, los primeros cincuenta metros del lado norte estaban cubiertos por plantas y vegetales. Rafael apuró el paso, sonriente, y al llegar a la primera línea vio que los extensos cuadrados de tierra estaban contenidos por tablones colocados de canto sobre la losa que así oficiaban de canteros de aproximadamente cuatro metros de lado. Entre uno y otro había la distancia justa para que una persona pudiera desplazarse sin problemas, lo que sin dudas debía facilitar los cuidados de la huerta… a la vez que lograba un cautivante efecto visual, como una gigantesca cuadrícula verde donde la vista de cualquiera podía hallar descanso durante horas, recorriendo las prolijas hileras de lechugas, tomates, zapallos y vaya uno a saber cuántas más. También pudo ver algunos canteros más coloridos que, en ese momento, Rafael no supo si eran flores de plantas ornamentales o si se trataba de verduras que estaban en flor. En cualquier caso era todo un espectáculo, un inesperado jardín en un lugar tan improbable como la azotea de un gigantesco edificio abandonado en medio de “la villa”. Rafael paseó sin apuro entre los canteros, cada uno más exuberante de vida que el otro, y poco a poco fue acercándose hasta una construcción del tamaño de una casa pequeña que emergía de la azotea en medio de la gran huerta. Al contrario que “los departamentos” de los pisos de abajo, evidentemente improvisados, esta construcción era parte del Elefante Blanco, tal vez destinada a ser una sala de máquinas o de servicio y no solo se hallaba revocada y, al menos en apariencia, terminada, sino que incluso estaba pintada y cubierta de coloridos dibujos de temática religiosa y espiritual: una enorme paloma blanca con las alas desplegadas que irradiaba rayos de luz, envuelta por un diseño de fileteado, en distintos tonos de dorado, con pequeñas figuras como cruces, peces, ramas de olivo y otras figuras. En otra parte de la pared había un pesebre completo, con santos y animales en torno a una cuna con un bebé curiosamente vestido con un equipo deportivo azul en el que se destacaban con claridad las tres rayas blancas de Adidas. En otro sector de la pared había un Gauchito Gil tomando mates con un gordo sonriente que sin dudas representaba a Buda, a pesar de las vistosas zapatillas Nike que calzaba. Y así decenas de pequeñas escenas ilustradas… Rafael sonrió, no le quedaba claro qué clase de religión había por ahí, pero los colores y toda esa diversidad le transmitían optimismo, incluso alegría. -Dije: no me pinten el rancho, chicos, guarden la pintura para otras obras… pero vienen de noche y lo mismo lo hacen. –era el viejo, asomando por una ventana, que lo observaba con mirada risueña- Son incorregibles… Qué se puede hacer… Rafael lo saludó con cierta timidez. Había algo serio en todo aquello. No amenazante, acaso, pero sí mucho más “serio” de lo que había supuesto, no tenía dudas. Cuando decidió ir a visitar al viejo, sin mucha confianza, no esperaba más que… bueno, tal vez un ex adicto con algún buen consejo para largar la joda, o que conociera a alguien en algún centro de recuperación, o algo de eso, pero en cambio se encontró con todo aquello, comenzando por el tal Martos con sus amables preguntas y advertencias, continuando por esa enorme huerta secreta de allá arriba y terminando por todos esos murales con que esmeradamente adornaron la casa del viejo. Había algo mucho más grande de lo que había imaginado por ahí, sí, y si algo había aprendido en su vida era a ser respetuoso y nunca bardear en donde no convenía hacerlo. -Qué bonanza tu visita... Me alegra mucho el obsequio, hijo, de verdad que sí. Rafael no tenía idea de qué significaba bonanza ni sabía a qué obsequio se refería, pero sí sabía cuándo era bienvenido en alguna parte, y esta era una de esas ocasiones. El viejo lo invitó a pasar y tomar asiento en una silla, junto a una vieja mesa oscura y bastante ajada, pero con tallas bien intrincadas en las patas y los tirantes laterales, por lo que alcanzó a ver. No había luces encendidas, pero las ventanas abiertas alcanzaban para iluminar más que bien todo el recinto. En este había viejos muebles y repisas ocupadas por platos, vasos, tazas y jarros, todos diferentes entre sí, no se trataba de un juego ni mucho menos, sin embargo muchos parecían ser de porcelana, antiguos, mientras que otros eran de metal enlozado, y a pesar del popurrí y de ser tan viejos o más que los muebles, todos se hallaban relucientes y prolijamente acomodados. En otra esquina había una repisa improvisada, constituida por cajones de manzana apoyados de costado, unos sobre otros, contra la pared, pero en ellos había algunas prendas de vestir dobladas y tan bien ordenadas como podrían estarlo en una tienda de ropa de marca dentro de un shopping. El viejo pareció leer sus pensamientos, porque sin aviso le comentó, con suavidad: -La humildad no es impedimento para un poco orden… Ya bastante penuria nos apura a los cortos como para sumarnos otra nueva nosotros mismos. -Rafael sonrió… no lograra entender bien las palabras del viejo, pero por algún motivo comprendía a la perfección el sentido de las mismas- No siempre podemos elegir dónde vivir, pero tanto en un palacio como acá en la villa, siempre podemos elegir cómo. Esa decisión solo nos toca a nosotros, mejor saberlo. –hizo una mueca tras decirlo, tal si no se tratara de algo agradable, a pesar de lo cierto- ¿Y cuál es tu gracia, hijo? Tu nombre. -se apresuró a agregar, tal vez consciente de que el modo pudiera resultar confuso para el joven. -El Rafa, me dicen… -¿Rafael? –el viejo parecía encantado- “El que Dios curó”. –Rafa no comprendía- Es un nombre bíblico el tuyo, “Dios sana”, “la cura de Dios”… Hay varias maneras de pasarlo al castellano, pero la idea viene siendo esa. Y creo, amigo Rafa, que es una coincidencia de buen presagio. Sí señor, de “buena onda”. –agregó con una sonrisa- Pero para qué apurarnos, ya vamos a llegar a esa parte. -Y, ¿usted cómo se llama, señor? -Ah, ¡yo soy el Viejo! Ni te aflijas, el Viejo nomás, ese es mi nombre ahora, mi identidad… mi “chapa” acá en el barrio es el Viejo, lo que diga mi documento, al fin de cuentas, ya nada tiene que ver conmigo. Si soy el Viejo desde antes de que vos nazcas, jaja, ¿qué tendrás, veinte… veinticinco años, no? –Rafa asintió con la cabeza- Yo soy “el Viejo” desde hace como cuarenta! ¡Estos guachos ya me decían así allá por los 80’ y no sé si desde antes! –le confió el viejo lanzando una risotada. Rafael también se rió, sintiéndose cada vez más cómodo. Aquel tipo era todo un personaje, “alto personaje” comentaría más tarde entre amigos. -¿Pero entonces le digo “Viejo”? –le preguntó, divertido. -Sí, querido, Viejo está bien… más que eso sería pura vanidad, y ya estoy cansado de esa señora. –agregó, con una risa queda. -Bueno, entonces… ¿y cómo le hace un viejo para atender semejante huerta? La mirada del viejo se iluminó. -¿Viste vos lo que es eso? Qué maravilla, buen Señor, qué milagro, ¿verdad? –Rafa estaba de acuerdo- Cuando vine al Elefante subí unas bolsas de tierra y de a poco fui armando una huertita, pero chiquita nomás… y a los chicos les gustó, se sabe, y de a poco se fueron “copando” con la idea trajeron más tierra, plantines, semillas… y después tablones para armar los primeros canteros, y bueh, a la final se armó la cosa y ahí tenés, sin que nadie mande a nadie se terminó haciendo sola nomás. Y ahora siguen trayendo cosas, de tanto en tanto, y la huertita sigue creciendo… Pequeños milagros, ¿no? -No sé si tan pequeño, ¿eh? –disintió el Rafa- “Sarpado milagro” le queda mejor, en una de esas… El viejo lanzó otra de esas risotadas, que esta vez terminó en una larga tos bastante áspera. Tal vez demasiado áspera. Y el cenicero lleno de colillas que había sobre la mesa sin dudas la explicaba. -Y sí, amigo Rafa, en este plano todos tenemos alguna debilidad… -comentó el Viejo, leyéndolo de nuevo- El pucho, qué despropósito… Ni siquiera te llena, no sirve para nada, pero igual la gente fuma, dale y dale. A veces hasta que nos mata, che, qué locura, ¿no? Rafa, que no fumaba (tabaco, al menos), concordó en silencio. -¿Y qué se hace con esas… debilidades? -Se decide, amigo Rafa. Todo esto se trata de tomar decisiones, apenas… -le respondió sin demoras, con mirada apacible. Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro del joven. -Si fuera tan fácil… yo no estaría acá… y usted no fumaría todo eso. –le dijo, dirigiendo una mirada al cenicero cubierto de colillas apagadas. -Al contrario, Rafa: vos estás acá porque tomaste tu decisión… y yo fumo todo eso porque tomé la mía. –su voz y su mirada eran aún más apacibles, casi afectuosas- De lo que no se trata es de juzgar las decisiones ajenas… si apenas comprendemos las propias. –agregó rápido, casi disculpándose mientras sacaba un atado de negros, Particulares 30, del bolsillo de su camisa- Lo único que debería ocuparnos, realmente, son esas, nuestras propias elecciones: cuestionarnos cuáles son concretamente, aceptarlas, respetarlas… Y luego, claro, obrar en consecuencia. –el Viejo alzó los hombros con una cómica expresión de duda que decía “es fácil decirlo, ¿no?”, después sonrío y agregó lacónicamente- Que Dios nos alumbre. Sea. -Amén. –convino Rafael, medio en broma, medio en serio. -¿Sos de ir a la iglesia? -Antes iba seguido, de chico mi abuela me llevaba siempre, ¿vio? El anciano asintió con la cabeza, comprensivo, adivinando tal vez algunas de las derivaciones de esa breve oración: que lo llevara la abuela podía significar que no tenía madre, y si la abuela ya no lo llevaba, que tal vez esta hubiera muerto… lo que a su vez encajaba con algunas costumbres tan malas como tristes. Pero el Viejo no hizo ningún comentario ni mostró curiosidad por indagar en esos temas, y Rafael se sintió agradecido de ello: eran la clase de cosas que pasan en el mundo, y en algunas partes del mundo un poco más que en otras, y no era divertido rememorarlas innecesariamente o por simple curiosidad. -Me gustó el dibujo de la paloma, en la pared de afuera. El Viejo aceptó el cambio de tema sin reparos. -Bajé un día, hace unos meses, o un par de años, ya ni me acuerdo, y cuando volví estaban los chicos dándole los últimos toques… -movió la cabeza mansamente hacia los lados- Siempre les dije que no gasten pintura acá arriba, habiendo tantas necesidades allá abajo, pero son cabezones. Lo mismo me traen muebles, tazas, cubiertos… No sé por qué mejor no los venden por ahí, pero bueno, al menos a estas cosas las puedo repartir, siempre a alguien le viene bien un plato o una silla. Pero estos murales se quedan acá, ¡solo yo los veo! ¿No es un despropósito? –su rostro, sin embargo, se veía complacido. -Son como regalos… -el Viejo asintió con mirada amable- ¿Y por qué tantos santos y… cosas religiosas? –y de pronto Rafa creyó comprender mejor todo aquello- ¡Usted es cura!, ¿no? -parecía orgulloso de haberlo adivinado por si mismo. -Fui cura…, ahora soy el Viejo nomás. -¿Pastor evangelista? –aventuró Rafa. -Fue hace tanto que, la verdad, ya da lo mismo: apenas soy un hombre de Dios (cuando puedo, al menos), y eso es todo. -Rafael estuvo a punto de insistir, por curiosidad tan solo… pero finalmente prefirió dejarlo ahí, retribuyendo la cortesía que tuvo el Viejo al no preguntarle nada sobre su abuela y toda esa historia- Supongo que por eso los chicos dibujan de todo en poco… mi favorito es el Buda con botitas Nike. –le confió sonriendo mientras sacaba un cigarrillo de su atado- Es muy bueno ese. Antes de encenderlo ofreció el atado a su invitado, quien declinó la invitación, agradeciendo con un gesto. -Mi vicio es otro, don… –soltó Rafa de golpe, incluso para su propio asombro. El viejo asintió con la cabeza mientras daba un larga y profunda pitada al cigarrillo recién encendido. -Pero vas a dejarlo, amigo Rafa, porque ya lo decidiste… y celebro la gracia de tu decisión, sí señor… ¡Sí señor! –insistió, haciendo un puño con su mano libre- Eso sí, mi querido, no va ser tan fácil, pero en este plano todo lo que vale la pena da trabajo, mejor no olvidarlo, porque cuando más te cueste cumplir tu decisión, tanto más vale la pena. Dicen que la droga puede ser “recreativa”, y andá a saber si no es verdad que pueda serlo… incluso si al que mata es al que la consume… pero difícilmente lo sea cuando son otros, inocentes, los que terminan muertos. Clac-clac-clac-clac Un estremecimiento recorrió a Rafael de punta a punta. -Amén… -murmuró sin darse cuenta.
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Mensaje escrito por 111111 el 21/11/2017 08:47:23 am - Puntaje: 0 
Estaba un tanto ``tocado´´ al escribir lo ùltimo, por eso mencioné a Mr. B, jaja... Ahora repasando veo algún quilombete, pero menor. Espero terminar la escena en breve. Respecto al viejo en el piso 12 (!) solo se explica porque casi nunca baja, no tiene que hacerlo porque es atendido por ``sus chicos´´ diariamente. Es una subhistoria bastante copada esta, cierto? Lamento no tener constancia con la producción, porque la idea da para bastante, pero y bueh, haremos lo que podamos, amigo Ojalá que te saques de encima un laburo y que 2018 tenga otro ritmo... Qué loco sería que terminemos esta historia, vos desde Europa y yo desde Bs. As., jeje, antes de irte tendremos que juntarnos a tomar algo, eso sí. Respecto a Sade, sí la conocés! Oí: [youtube]4TYv2PhG89A[/youtube] Pasó con esta piba que fue una ochentera algo particular, a su modo fue medio bicho como David Byrne/Talking Heads o el querido Morrisey/The Smiths. Si bien ninguno comparte una onda similar, sí comparten el capricho de hacer algo ligeramente disonante para su época (a pesar de formar parte del pop, sin dudas). Sade en particular la pegó con este tema y alguno más, pero su trabajo no-hits, es decir el genuino, apunta para otros lados... Le banco a muerte esa cosa valiente (o por ahí caprichosa?) y, aunque no soy un gran seguidor de su obra, el primer tema me parece estéticamente hermoso (como diría la cheta jaja): la forma en que pronuncia las palabras me hace pensar en un idioma propio, parecido al inglés pero ``paralelo´´, por así decirlo... Tremendo tema, no?
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Mensaje escrito por 111111 el 19/11/2017 09:11:56 pm - Puntaje: 0 
“El día que la droga ya te esté sobrando” Las palabras irrumpieron en su memoria con tal nitidez que se incorporó en la cama mirando hacia todas partes, buscando a quién las había pronunciado. Pero no era ahí ni entonces: las palabras venían del pasado, de un momento pasado. Pero había algo más: “El día que la droga ya te esté sobrando, andá a verme” Y el dedo del viejo apuntaba a lo alto del Elefante Blanco. Rafa fue a darse una ducha, y le dieron ganas de afeitarse, y también de cortarse el pelo… de raparse la cabeza, incluso. Lloró bajo el agua y bajo el filo de la prestobarba, pero esta vez no era por miedo ni dolor ni otras angustias, esta vez era por esperanza: el cambio empieza con las ganas de cambiar. Noventa minutos después se hallaba bajo la mole blanca, buscando el acceso a las escaleras para llegar hasta arriba. Era curioso, todos los días de su vida veía ese enorme edificio, pero nunca había entrado… porque no había nada para hacer por ahí, no conocía a nadie que viviera en él, pero porque además el ambiente no era fácil, incluso teniendo en cuenta el barrio en que todo ocurría: quienes vivían en la planta baja y rodeando toda la construcción no eran precisamente amistosos, o al menos no invitaban a los desconocidos a adentrarse en aquel territorio tan particular (como maloliente) que habitaban y que, entonces, les pertenecía. Porque la tenencia, al fin de cuentas, es pertenencia, cuando la fuerza y los hechos son la ley. Y por ahí esa era toda la ley que uno podía encontrar, sí señor, mejor saberlo para evitarse sobresaltos. -¿Qué se te perdió? -Vengo… vengo a ver a un amigo, arriba. Arriba, señor. Lo miraron de arriba abajo. -¿Arriba, adonde? -Arriba de todo… -¿El Viejo te invitó? -Sí, señor. El hombre que vive arriba me dijo que… -La escalera está por allá. Seguí derecho entre esas casas y después doblá para aquel lado, si te perdés deciles que te manda el Martos. El Martos soy yo. -¿Si me pierdo? -Si te perdés ahí no vas a salir, amigo, a menos que te acuerdes de decirles lo que acabo de decirte. -…el Martos. -Eso. Afortunadamente lo recordó y, a cambio, le explicaron cómo llegar hasta las escaleras. No era tan fácil, por cierto, el edificio tenía más de cien metros de base y no contaba con una sola escalera central sino con varias, y aunque originalmente todas llevaban desde la planta baja hasta los pisos superiores, ahora todas estaban bloqueadas en algún piso (por viviendas, generalmente) con lo que llegar al último piso no se trataba solo de hallar la escalera y subir, sino de ir descubriendo en cada piso la forma de continuar, y los primeros pisos estaban densamente habitados, aunque, eso sí, por personas que, a Dios gracias, conocían al tal Marto. -Marto, no: Marto-ssss… -Martos, sí, Martos. Los primeros pisos estaban atestados de habitantes y construcciones (y de olores desagradables) pero a partir del cuarto piso la cosa cambiaba, ya no había una “casa” junto a la otra, sino que raleaban, y desde el sexto ya no había nadie. Nadie. Los pisos superiores estaban completamente deshabitados, sin dudas no eran nada cómodos para el día a día de quien los habitara... lo que llevó a que Rafael se pregunte cómo hacía un viejo, así de viejo, para vivir en el último piso, nada menos. ...sigue más abajo, con correcciones... [youtube]Xl8mHVpzJ6A[/youtube]
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Mensaje escrito por 111111 el 08/11/2017 09:23:50 am - Puntaje: -1 
Sos demasiado amable, como siempre, creo que es más fuerte que vos jajaj Me gustó este Rafael que esbozaste y ahora vamos conociendo. Para no frenarte, en caso de que te pinte la inspiración, todo este pasaje se termina en la siguiente escena: Rafa se cansa de la falopa (o teme adónde lo va llevando) y va a ver al Viejo sin mucha fe... pero descubre a un tipo amable y bondadoso que le da una mano, entre palabras y amuletos, y algo cambia en ese momento y en los días siguientes en Rafa (chau droga, básicamente). Ahí se termina el primer encuentro con el Viejo. Lamentablemente ando ``entretenido´´ con una par de pelotudeces así que no creo que pueda escribir hasta el finde, pero si a vos te pinta seguí tu parte -que arrancaba genial!!- y dale para adelante con la escena del choco afanado, que está buena y es emotiva (te tengo toda la fe, guacho). En caso de que no tengas algo ya armado en la cabeza, además de lo del choco, se me ocurren dos líneas para desarrollar de a poco en cada nueva escena con el Viejo: una es el pasado del Viejo, del cual él no habla mucho porque ``hay demasiado por hacer como para perder tiempo en lo que solo son recuerdos´´ (ponele jaja), pero sin dudas Rafa se pregunta qué carajo hace ahí ese viejo solitario, con un modo particular de hablar y que, a pesar de las condiciones de extrema humildad en las que vive, es alguien culto, con disciplina (en su ``hogar´´, allá arriba, todo es viejo y medio rotoso, pero aunque sus muebles sean cajones de manzana, resulta que todo está siempre limpio y ordenado) y por momentos hasta elegante, a pesar de todo. y otra es lo de los zorzales, algo que marcó a Rafa aunque Marquitos no recuerda nada y dice que estaban muy drogados., Rafa le cuenta al Viejo sobre su ``flasheo´´ y el Viejo no le aclara demasiado pero algo sabe porque no se sorprende ni pone en duda lo que Rafa le cuenta... lo que es un alivio, pero también es terrible porque significa que ese pavor que sintió aquella noche no era producto de la merca.
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Mensaje escrito por 111111 el 05/11/2017 01:26:32 pm - Puntaje: 0 
Ahí subí un par de lineas más, pero Jumbo me llamó por más whisky y más cerveza y unos conchiglioni italianos que espero sean de primera! Esta tarde al partido lo veo bien equipado
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Mensaje escrito por 111111 el 03/11/2017 12:19:24 pm - Puntaje: 0 
Tu morosidad? Te andan cagando a palos las obligaciones, igual que a mi. Vos hacés muy bien tus partes. Tanto que me preocupa que se note demasiado el cambio de pluma... Hablando de balance, siempre siento que tu solemnidad y ese cierto culteranismo de tu léxico y tu forma de construir, así como nostálgica y poética, son justo lo que le falta a mi mano para llegar a hacer lo que me gustaría. Balance! Justo yo, un tipo de lo más solitario, lo último que imaginaba era algo como esto. Todo un regalo, la verdad. Sobre en un año como este, que junto con el 86 ya son, sin dudas, los dos peores años en lo que llevo sobre este mundo. Ah, qué linda catarsis mariconosa! Hoy espero terminar ese pasaje: Rafa se saca mal, y después visita al viejo del elefante... porque la droga ya empieza a ´´sobrarle´´.
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Mensaje escrito por 111111 el 02/11/2017 05:27:05 pm - Puntaje: 0 
Acordate de corregir todo lo que dificulte la lectura, yo ni lo repasé a todo eso. Me quedé cebado porque me enganché lindo con esa historia del Rafa y pude adelantar un buen poco pero, cuándo no, me aparecieron una pequeña seguidilla que cosas que atender y pelotudeces varias y me re cagó el ritmo Pero bueh, en cualquier momento la sigo, y la puta madre.
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Mensaje escrito por 111111 el 30/10/2017 09:20:53 pm - Puntaje: 0 
Quisiera no extenderme demasiado, pero por delante tengo esto, en esencia: Rafa se va de gira con un par, enfierrado y enmercado... se pone innecesariamente violento y termina disparando en la cabeza a un pobre pibe que anda haciendo repartos en moto... por suerte la bala no sale y no mata a nadie, pero siente la presencia del Coque, como una advertencia espantosa del mal rumbo por el que está yendo... después de eso va a verlo al viejo, y este ´´le regala´´ un poco de luz para no perderse tanto entre las sombras que abundan por el camino. Voy a tratar de no delirar demasiado, pero no creo que pueda meter en pocas líneas todo eso. Recen por Mojo
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Mensaje escrito por 111111 el 30/10/2017 08:53:00 pm - Puntaje: 0 
Copio la parte desde dónde retomo y pongo en negrita lo que voy extendiendo: Rafael había conocido al Viejo una tarde, hacía ya algunos años. Arreciaba la lluvia en Ciudad Oculta, haciendo brotar burbujas de barro en el suelo, y encharcando la explanada de concreto, justo en la parte trasera del Elefante Blanco, formando en sus pozos y quebraduras, curiosos y diminutos lagos azafranados, cuando Rafael y su grupo de amigos acababan de volver con un botín de celulares robados y se disponían a repartirse los objetos... en ese momento, Rafael sintió el inconfundible aguijonazo de una mirada, y cuando se dio vuelta para ver de dónde podría haber venido, pudo observar, a través de la cortina cristalina de agua que caía sin cesar, dos ojos de ardiente mirada que fijaban en él toda su atención... en un principio experimentó un cierto estremecimiento ante la intensidad y osadía de aquella mirada, pero luego se disipó cuando sus amigos tironearon de su campera para comenzar la repartija. Al volver la mirada, el hombre ya no estaba allí, parado y rígido bajo la lluvia, sino que había desaparecido, como si se hubiera mezclado, fundido con el aire y agua... Días más tarde, cuando Rafael deambulaba por los estrechos pasillos de los asentamientos, un brazo salió de un ángulo y tiró para sí, sin violencia, pero con firmeza. Un hombre canoso, de barba blanqueada por los años, con la piel de su rostro surcada por infinitos pliegues, cruzado por alguna cicatriz y de ojos relucientes, en cuyo centro brillaban, trémulos, dos puntos de luz, le dedicó una extraña sonrisa, y sin embargo, sólo la boca expresaba ese sentimiento, porque el resto del rostro estaba endurecido, como congelado en una emoción fija, inamovible... no obstante, esto duró sólo un momento, porque en un instante, El Viejo modificó el gesto pétreo y todo su semblante se suavizó, y la mirada adoptó un cariz amable y sincero de fraternidad... le preguntó su nombre aunque él no reveló el suyo. Se observaron un momento. Rafael no sintió miedo ante su presencia. Luego, con un ademán lo instó a que lo siguiera. Atravesaron corredores angostos, pasadizos oscurecidos por las precarias construcciones, hasta salir a un claro, donde el sol de la tarde derramaba su áureo resplandor. Allí señaló hacia lo alto de la mole blanca, y le dijo que él vivía allá arriba, solo con sus animales... -Ahí voy a estar, amigo… El día que la droga ya te esté sobrando, andá a verme. –le dijo, con tono y mirada amable, casi paternal. Rafael abrió la boca, pero no supo bien para qué, si para mandarlo a cagar, para preguntarle quién se creía que era para meterse en sus cosas… o tal vez para darle las gracias. En cualquier caso, no llegó a decirle nada porque el viejo lo saludó con un movimiento breve de cabeza y sin más dio media vuelta y con unos pocos pasos se esfumó entre los pasillos. Ese “sobrando” le quedó resonando en la cabeza los días siguientes. Y no porque su significado le hubiera dado problemas (le quedó claro que no buscaba comprar ni consumir… lo que le transmitió con esa palabra era otra cosa totalmente diferente, opuesta incluso, no tenía dudas) sino por lo particular de la expresión, sobre todo en un medio como aquel donde todo era jerga y berretines del barrio. Toparse con alguien que no hacía uso de esa suerte de “credencial de pertenencia” al hablar, siempre resultaba llamativo: podía tratarse de un poli haciendo tareas, por ejemplo. Sin embargo, algo le decía que no era el caso… Pero el tiempo no se detenía por un simple encuentro con un viejo que hablaba raro, no señor, eso nunca pasaba ahí en el barrio. Ahí la agenda siempre estaba completa y todos los días alguno iba a buscarlo para hacer algo: un día era un trabajo, otro día para ayudar a cobrar alguna deuda, otro una reunión para afianzar lazos y reafirmar posiciones, y algún otro una visita a “lo de la Ale”, un pequeño burdel en el corazón del barrio que, a pesar del basural junto al cual se hallaba, por dentro era sorprendentemente agradable y hasta lujoso… Y tantas otras actividades que silenciosamente -aunque no pocas hacían bastante ruido- consumían días y semanas y meses con suma avidez. Así fue que, tras aquel breve encuentro, los días del Rafa continuaron con su ritmo habitual, un ritmo que no venía muy bien por varios motivos, demasiados, en verdad. Aunque, bueno, todos tenían algo en común y eso, cómo no, era “la moneda”: comida, ropa, mujeres, regalos, faso, merca, el sobre para la cana…, y todo, todo costaba dinero, ¿o no? Uno gasta guita desde que llega a este mundo, con la factura del obstetra como bienvenida, y no deja de hacerlo un solo día hasta la muerte, e incluso entonces lo sigue haciendo porque a alguien le va a tocar pagar la factura del velatorio, de eso no hay dudas. Sí, todo costaba dinero y él bien que lo sabía. Pero también sabía cómo ganarlo, o al menos un par de modos para hacerlo. Sería tedioso, tal vez, enumerarlos todos, solo conste que ninguno estaba exento de peligro. Haciendo un balance entre riesgos y ganancias, el de los autoestéreos le había resultado siempre el más tentador: salir de noche a recorrer las calles en moto –junto a un compañero, de ser posible- con un destornillador en un bolsillo y una mochila en la espalda, y sustraer tantos autoestéreos como fuera posible rompiendo apenas unas cuantas ventanillas y, en general, ninguna cara. En una buena noche, tres horas de ronda bastaban para hacerse de quince o más estéreos que al otro día podían ser rápidamente cambiados por buena plata. No era un negocio para hacerse ricos, desde ya, pero sí era un modo razonablemente viable de ganar en unas horas un “salario mínimo” y el riesgo era verdaderamente bajo si se lo hacía bien. Nada mal, en efecto, y sin titubear podía asegurar que todos los gastos de su adolescencia habían sido posibles gracias a este simple recurso. Sin embargo, el tiempo pasaba y lo que con catorce años de edad parecía la gloria ya empezaba a parecer poco al ir acercándose a los veinticinco. No por esto iba a abandonar aquel recurso salvador de la noche a la mañana, desde ya, pero cuando alguno le proponía algún trabajo más arriesgado pero con ganancias mayores, ya no lo descartaba de inmediato…, la diferencia de guita podía ser mucha y sí, los riesgos eran otros, pero nunca iba a tener la oportunidad de dejar atrás aquella vida vendiendo estéreos. En cambio un asalto corte comando, alguna salidera bancaria, un secuestro exprés o algún trabajo relacionado al narco, bueno, tampoco era tan fácil hacerse rico por esos medios en los que, nadie lo dude, todos podían terminar muertos o con muchos años adentro (no sabía qué era peor), pero si todo salía bien, bueno, si todo salía bien la moneda era mucho más grande. Muchísimo, inclusive. Aunque, ¿tanta como para jugarse la vida? Por esa época Rafael solía hacerse esa pregunta cada noche, y todo el tiempo, tal vez. Salir a meter fierro no era lo mismo que salir a, casi, “recolectar” autoestéreos. Y el dinero lo llamaba, sí, pero la perspectiva de ese cambio le generaba una tremenda ansiedad, nerviosismo, angustia..., y todas esas palabras que significan miedo. Mas el miedo no era un lujo que pudiera permitirse, no en ese ambiente, no en su situación y no si realmente aspiraba a salir alguna vez de todo aquello. “Hacerse rico o morir en el intento” decía un rap de 50 Cent, o eso le contaron y no importaba si la canción decía eso o no, era una frase poderosa como la puta madre, tal vez la mejor que hubiera escuchado en su vida. Pero, con todo, pronunciarla era muchísimo más fácil que practicarla, sí señor, sin duda alguna. Fue en medio de este dilema cuando su consumo habitual de apenas algunos porros a la semana pasó a transformarse, y casi sin escalas, en, bueno, en una locura, sí, otra palabra no había para aquello: paco, merca, faso y “pastas” de todos los colores, el barrio era como un puto shopping cuando se trataba de esta clase de artículos. Y de eso se trataba precisamente porque no conocía mejor cura que un buen saque de merca para transformar la ansiedad, el nerviosismo, la angustia y demás palabras de esas en “pilas”. Y cuando pasaban a buscarlo y le preguntaban si estaba listo él respondía “¡Estoy re pila, guacho! ¡Recontra pila!” Y no mentía, estaba todo lo pila que alguien pueda estarlo. Al principio se drogaba un rato antes de salir, todo sea por estar bien pila… y, con el tiempo, comenzó a hacerlo también al volver, y sin darse cuenta los días y las noches comenzaron a sucederse sin el menor de los sentidos, a un ritmo alocado, irracional: una semana entera podía desaparecer en un dos por tres, y un rato cualquiera podía volverse insoportablemente eterno con segundos que duraban horas y minutos que duraban siglos. Bueno, una de esas noches pasó a verlo Marquitos con su moto y, tras alguna breve charla protocolar (Qué onda, rocho? Todo piola, vo´? La Ale te extraña, dice que no te ve desde hace como media hora, eh, jaja), le formuló la consabida invitación: -¿Vamo´ a bardear? ¿Cómo te ves para el trabajo esta noche, rufián? -¡Tengo más pila que un Nokia 1100, amigo! Algo más tarde andaban deambulando por las oscuras calles internas de Palermo tirando hacia las vías, desde Puente Pacífico hacia el sur, pasando por lo que hoy se conoce como Hollywood y Soho, hasta Av. Córdoba y un par de cuadras dentro ya de Villa Crespo, lo que conformaba un estupendo pasillo de varias manazas bastante desoladas y poco iluminadas, a pesar de la buena cantidad de pubs y restoranes que de a poco iban instalándose por la zona. Todo esto sumado a que todos eran barrios de buen poder adquisitivo convertía el área en una de las favoritas de nuestro buen Rafa, de Marquitos… y, en realidad, de una lista enorme de tantos otros. Aquella noche, sin embargo, la suerte no parecía decidida a acompañarlos. Había muy poca gente, seguramente por el frío, y esos pocos salían de los pubs y se subían directo a sus coches, nada de paseos despreocupados bajo la luna. Además se cruzaron con más policías de lo habitual, lo que era de esperarse porque faltaban pocas semanas para que hubiera elecciones de alguna cosa (Rafa no tenía muy claro de qué, solo sabía que no era para presidente). No hizo falta mucho para que el humor de ambos reflejara esa frustración y el colmo fue cuando vieron en una solitaria esquina a una pareja gay aguardando un taxi mientras se besaban apasionadamente y se murmuraban palabras de amor, todo sonrisas. Los gay siempre tenían cosas buenas y caras, y sobra decir que si tenían una tarjeta de débito eran, en general, mucho más dóciles para ser llevados a un cajero por una extracción de medianoche. Rafa buscó a tientas la Bersa 9 mm que llevaba en la cintura mientras Marquitos detenía la moto frente a los enamorados… solo para arrancar inmediatamente tras ver que, cómo no, a menos de media cuadra había un policía apostado en la salida del pub del que probablemente venían las maricas. Maldiciendo recorrieron un par de cuadras y se detuvieron bajo un enorme árbol del paraíso, entre las sombras, para intercambiar algunas palabras y acomodar las ideas, aunque desacomodarlas tal vez sea una palabra más apropiada porque, tras maldecir la suerte que estaban teniendo, Rafa sacó de uno de sus bolsillos un capuchón de bolígrafo envuelto en cinta adhesiva, quitó la cinta con un tirón y se metió un buen poco del polvo blanco que contenía por la nariz. Su compañero trató de decirle que mejor lo guarde para más tarde… pero sin mayor convicción, con decir que cuando el otro le convidó no se privó de aspirar un poco, aunque no tanto como Rafa, eso seguro, no tenía ganas de terminar en el hospital aquella noche y era él quien conducía. Un par de minutos más tarde Rafa comenzó a aullar como un lobo mientras continuaban recorriendo las calles en busca de un ganador. Marquitos le decía que se calme un poco, que deje de llamar la atención… pero el aullido le daba mucha gracia y no podía parar de reír, con lo que Rafa probablemente se sintiera animado a aullar más fuerte en vez de hacer silencio y comportarse como un buen ciudadano civilizado que anda paseando en moto junto a un amigo. Y algunos minutos más tarde se cruzaron con el desafortunado de la noche. Fue en alguna de esas calles de adoquines que cruzan Juan B. Justo, bordeada por gigantescos plátanos, esos árboles odiosos que tiran toneladas de pelusa amarronada. La luz era menos que pobre, una penumbra apenas… y en medio de la calle, zigzagueante, una lucecilla roja avanzando con relativa lentitud. Marquitos frenó la moto y ambos miraron para todas partes. No había nadie esta vez. Solo ellos y el repartidor de pizzas que conducía esa indigna bicicleta cubierta de plásticos con la marca y el logo de una pizzería de Av. Santa Fe, a esas horas, por aquellas solitarias y oscuras calles adoquinadas. Bajaron de la moto y se miraron. Aquel no era, ciertamente, la presa que habían salido a cazar, pero la noche ya estaba terminando y comenzaba a ser hora de ir volviendo pa’ las casa’. Y nunca era fácil volver con las manos vacías. Peor aún: era de mala suerte y no hacía falta que nadie lo dijera, eso simplemente se sabía. Rafa se detuvo en medio de calle y no dijo nada, solo sacó su arma y se la mostró al repartidor de una forma muy curiosa, esto es con la palma de la mano hacia arriba y la pistola descansando de costado sobre esta, como quien le muestra a alguien una piedra rara que encontró en el suelo. Al chico de la bicicleta esa piedra le pareció lo suficientemente rara como para detenerse. Casi sin ganas, a juzgar por su voz y sus movimientos cansinos, Marquitos intervino para intimarlo a que le diera todo: dinero, propinas, el teléfono, la Sube, reloj, cadenita… todo, todo lo que llevara encima. Rafa seguía inmóvil con la mano abierta hacia arriba, tambaleándose ligeramente de lado a lado con la mirada fija en el rostro del repartidor: se trataba de un muchacho de su misma edad, delgado, con un corte de cabello casi idéntico al suyo… bien podía ser un vecino de su barrio, o hasta hermano suyo tal vez, excepto que el muy imbécil estaba montando una ridícula bicicleta de repartos vestido con un uniforme no menos ridículo, a cambio de un sueldo miserable, sin duda alguna. -Eh, ¿de qué barrio sos, gil? –le consultó de repente, con una voz inesperadamente suave, casi afeminada. -Yo de Lugano, amigo… -la suya era suplicante, casi al borde de las lágrimas- No soy de acá… Nada que ver con todo este chetaje, amigo… Rafa sonrió amargamente, dicho y hecho: Lugano, vecino del barrio, no de Ciudad Oculta seguramente, pero sí de aquellas zonas… y el muy gil se tomaba el bondi todos los días para ir a llevarle comida a todos esos putos con plata de Barrio Norte a cambio de una miserable propina. Un chispazo de furia se encendió en su interior. -Entregale todo a mi compañero. –le solicitó con aquel raro tono de voz que resultaba tan inofensivo, siempre inmóvil, la mano extendida con la pistola descansando sobre la palma. Marquitos revisó y vació todos sus bolsillos, sin apuro y sin dejar a hacer comentarios amistosos que no eran tales, desde ya que no, al contrario, cada chistecito reflejaba lo drogados que estaban y lo poco que les importaba lo que pudiera pasar. -Date vuelta, putita. –le ordenó y comenzó a revisarle los bolsillos traseros del pantalón- Relajante, tontita, no va a pasarte nada. –le aseguró, susurrante y con cierta picardía burlona en la voz, como si se tratara de una mujer con la que estuviera teniendo sexo, y para mayor énfasis le propinó una fuerte nalgada cuyo sonido resonó en el silencio de la desolada cuadra. –Uy, pero qué lindo suena esa cola. –agregó Marquitos, disfrutando la pasividad de su víctima… y apretando a último momento una de sus nalgas, solo para aumentar el grado de humillación. Rafael observó toda la escena inmutable, grave, sin humor, esforzándose por controlar el asco que le provocaban las manos temblorosas del chico de la bici, pasivo, regalado, entregado a una vida de servidumbre y entregado también a ellos y, sin dudas, a cualquier adversidad que se le cruzara en la vida… Y entonces lo vio sollozar cuando Marquitos, bardero, le estrujó las cachas. ¿Cómo podía ponerse a llorar por semejante boludez? ¿En serio podía será tan marica? ¡Era de Lugano, mierda! ¡Era del barrio! ¡Era uno de los suyos y no tenía ningún derecho a ser tan cagón! Una furia roja se apoderó de su vista, de su mente y también de su destino, una furia descomunal, insensata… o al menos le era imposible decir con precisión qué era lo que originaba, pues no atinaba a descifrar que, si ese chico tenía miedo, entonces tal vez él también podía tenerlo. Y él, Rafael, no podía tenerlo, no si aspiraba a librarse alguna vez de esa vida y de ese barrio a los que, aunque jamás lo reconocería frente a sus amigos y compinches, tanto detestaba. Como por arte de magia, con un movimiento sorprendentemente grácil y veloz, giró la pistola con los dedos de esa misma mano y la acomodó de modo que, ahora sí, la empuñaba por la culata, apuntando a la cara del chico, quien de inmediato alzó las manos a la altura del rostro y comenzó a suplicar por su vida entre lágrimas. Un zorzal comenzó a cantar en la madrugada, a todo volumen, una breve melodía a la que repetía una y otra vez… casi impertinente, como si fuera el dueño de la noche y de la calle, ajeno por completo –o eso parecía- al drama con final incierto que se desarrollaba ahí bajo. Marquitos sabía que, en esa parte, terminando ya de robar a alguien, un último susto, incluso un buen culatazo, siempre era algo recomendable para dejarlos confundidos y aterrorizados y así poder emprender la huida sin sorpresas innecesarias. Por eso al principio quiso seguirle la corriente a su compañero… sin embargo muy pronto descubrió por su mirada, sus dientes apretados y las palabras ininteligibles que salían entre ellos, que algo no andaba bien con el Rafa. Era como si se hubiera vuelta loco, pero en serio, aquello no era parte del habitual acto tantas veces practicado. Otro zorzal comenzó a responder los trinos del primero, con un sonido sorprendentemente nítido, cercano, como si estuviera justo sobre sus cabezas. Una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles, provocando que estas se froten entre sí haciendo un ruido envolvente y feroz, casi como un rugir. Los zorzales se callaron de inmediato… pero en cuanto la ráfaga terminó su función reanudaron sus escalas sin demora. Y ya no eran solo dos, eso seguro, ahora debían ser al menos media docena intercambiando voces entre las ramas. Marquitos echó un breve vistazo, pero no vio más que las ramas aún meciéndose por el viento. -Listo Rafa, terminamos… Y vos, gatito, mejor quédate en el molde, ¿me escuchaste? –agregó propinando un chirlo en la nuca al pibe que, aterrado, se puso de rodillas y se cubrió la cabeza con los brazos mientras los sollozos sacudían su cuerpo. –Ya fue, Rafa, nos vamos. –le anunció dirigiéndose a la moto y rogando que el otro simplemente lo siguiera y eso fuera todo. Pero en vez de eso Rafa repentinamente gritó algo a todo pulmón, escupiendo, con la mirada desencajada y el cañón del arma apoyada en la cabeza del pobre desdichado…, y mientras vociferaba como un desquiciado Marquitos no podía creer que, clac-clac-clac-clac, su compañero estuviera accionando el gatillo una y otra vez en la cabeza del otro. Los zorzales dejaron de cantar, aunque tal vez nadie lo haya notado. Esa vieja Bersa, gracias a Dios, al Gauchito Gil, a San La Muerte y a todos los santos, se había trabado… pero si llegaba a destrabarse y esa puta bala salía, los sesos del otro amanecerían sobre los adoquines, y ellos dos estarían en un buen lio por apenas unos pesos y un pibe fácil que ni siquiera había puesto un mínimo de resistencia. Marquitos, que ya estaba sobre la moto, bajó con un salto y se disponía a dar un par de zancos hasta su socio cuando algo pasó junto a su cabeza con un ruido de aleteo. Levantó una mano instintivamente y miró hacia arriba, sobresaltado: sobre sus cabezas, bajo las ramas de los árboles, había un montón de pájaros sobrevolándolos en un círculo tan ancho como la calle con sus veredas… Recién entonces notó que ya no cantaban, ahora solo se arremolinaban sobre ellos en una enérgica ronda nutrida de lo que bien podían ser docenas de zorzales que de algún modo se las ingeniaban para no chocarse entre sí ni con las ramas y troncos junto a los que se deslizaban con la velocidad de un rayo. Era un espectáculo sorprendente e incluso maravilloso que poco tenía de amenazante… sin embargo un escalofrío recorrió su espalda hasta su nuca y, por raro que fuera, un inaudible sollozo escapó de sus labios. -¡Rafa! –logró articular mientras lo tomaba por una muñeca, sin dejar de mirar eso de arriba- ¡Rafa, ya fue! ¡Ya fue, loco, vamos! Solo entonces su amigo dejó de gatillar y lo miró a la cara. Un hilo de baba chorreaba por su barbilla y su expresión era aturdida. Aturdida pero también había algo más… sus ojos grandes también parecían asustados. -Dale Marquitos, vamos... –balbuceó al fin y comenzó a andar hacia la moto, titubeante, mientras se percataba del hervidero de pájaros que se arremolinaba sobre sus cabezas. La piel de gallina se extendió con violencia por sus piernas y brazos., aquello no tenía el menor de los sentidos. ¿Sería una alucinación producto de la merca? Sí, tenía que ser eso, aunque no recordaba que la merca alguna vez le hubiera producido algo como aquello. Entonces llegaron a la moto. Sobre su manubrio descansaba un zorzal. Su tamaño no podía infundir temor, sin embargo su impasible mirada de ojos negros y relucientes le helaron la sangre y una dolorosa arcada anidó en sus entrañas… Aquella noche no pudo dormir. Tampoco Marquitos. Cuando llegaron al barrio, mudos, mirando hacia arriba a cada rato, agradeciendo todo el tiempo que no hubiera pájaros ni nada raro, se dirigieron a “la placita”, poco más que un baldío con un par de bancos improvisados a pocas cuadras del Elefante Blanco. Compraron una cerveza en el kiosquito que estaba enfrente y la bebieron rápidamente entre los dos sin decir palabra. -Voy para lo de la Ale, amigo… ¿Venís? -Vamos… Rafa despertó al otro día enredado entre sábanas y un par de suaves piernas femeninas. Dejó una generosa propina y se fue sin preguntar si Marquitos seguía por ahí o si ya se había retirado. Fue directo a su casa, a pocas cuadras… sin poder evitar mirar para arriba a cada rato. Y al llegar se tiró en su cama y echó a llorar como no lo hacía en años. No recordaba todos los detalles de la noche anterior, solo momentos, partes, retazos que conformaban algo oscuro y espantoso que ahora lo habitaba como un peso en el pecho y una presión en las sienes y la nuca, algo sin forma que no podía precisar, tal vez porque no se trataba de un solo algo…, o tal vez porque uno de esos algos era…, ¿qué era? No lo sabía. Tampoco quería. Y, con suerte, tal vez no hiciera falta hacerlo, después de todo no había llegado a ser más que un aviso y un aviso siempre significa otra oportunidad, ¿o no? Bueno, ojalá fuera así y, en tal caso, debía agradecer esa oportunidad y, sobre todo, aprovecharla. Se recordaba gatillando en la cabeza de aquel muchacho, clac-clac-clac-clac, y recordaba ese sonido con tanta claridad como si aún estuviera oyéndolo. El recuerdo lo estremeció y una nueva oleada de sollozos se apoderó de todo su cuerpo: aquel pibe seguía vivo solo gracias a Dios que quiso que la pistola se atascara, porque lo que era él había gatillado con todas sus ganas al menos veinte veces, totalmente dispuesto a arrancarle el cerebro a balazos… a un inofensivo pibe que no había dado ningún trabajo. Nunca le había ocurrido algo así, nunca había tenido una reacción como aquella y nunca la hubiera imaginado posible. Pero había pasado. Y creía saber de qué se trataba: era su dedo el que había accionado el gatillo, pero no era él sino la droga quien lo había comandado. Rafael, en posición fetal sobre su cama, nunca llegó a descubrir que, en la locura del momento, a quien tenía en frente no era a otro que a sí mismo con su vida de miserias y pobreza…, pero no importaba, le alcanzaba con saber que el abismo había estado frente a sí y que ese abismo era la droga. SIGUE... edito y pego cuando estea
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Mensaje escrito por 111111 el 30/10/2017 06:23:29 pm - Puntaje: 0 
Así es. Hace un rato, menos de una hora, me puse a escribir unas líneas referidas a lo que pasó después de que el viejo lo agarrara por el brazo y le señalara adónde podía encontrarlo. Me dispongo a describir la primera visita de Rafa al viejo, por qué fue y con qué se encontró. Todo parte y continuación del mismo flashback que iniciaste con: ``Rafael había conocido al Viejo una tarde, hacía ya algunos años. [...] Allí señaló hacia lo alto de la mole Blanca, y le dijo que él vivía allá arriba, solo con sus animales.`` Lo que vos está escribiendo, en cambio, es la continuación del presente, donde Rafa ya conoce al viejo y va a visitarlo (y viene lo del chocolate robado que charlamos, si no me equivoco). Estamos de acuerdo?