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Relatos, poesías y fragmentos





Thread creado por nicus07 el 24/02/2020 12:00:28 am. Lecturas: 4,576. Mensajes: 724. Favoritos: 2







24/02/2020 12:00:28 am 
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La idea es simple: cada cual es libre de colgar lo que quiera, se trate de relatos cortos (me parece una buena idea la de subir cuentos de corta extensión, para que sea más fácil de leer desde la pc y también por una cuestión de tiempo), de fragmentos de obras de teatro, de novelas, de poemas en prosa, artículos, etc.

Empiezo por este fragmento de esa hermosa y perfecta novela de Flaubert, ´´Salambó´´ (tuve que reemplazar los puntos y comas por puntos suspensivos):


´´Los cartagineses no habían entrado aún en sus casas cuando las nubes se espesaron. Los que levantaban las cabezas hacia el coloso sintieron sobre su frente gruesas gotas, y la lluvia comenzó a caer.

Llovió durante toda la noche, copiosamente, a raudales... retumbaba el trueno... era la voz de Moloch... había vencido a Tanit, y, ahora fecundada, abría en lo alto del cielo su vasto seno. A veces se la percibía, en una claridad luminosa, tendida sobre cojines de nubes, luego las tinieblas se cernían y la ocultaban como si, demasiado cansada aún, quisiera dormir otra vez... los cartagineses, que creían que el agua era engendrada por la luna, clamaban para facilitar su trabajo.

La lluvia azotaba las terrazas y desbordaba por encima, formaba charcos en los patios, cascadas en las escaleras, torbellinos en las esquinas de las calles. Se vertía en masas densas y tibias, en hilos apretados gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de todos los edificios, y los tejados de los templos, lavados, brillaban en negro al resplandor de los relámpagos. Por mil caminos descendían los torrentes de la acrópolis... algunas casas se derrumbaban de improviso, y trozos de vigas pequeñas, cascotes, muebles pasaban arrastrados por los arroyos que corrían sobre las losas impetuosamente. Se habían sacado ánforas, calabazas, lienzos, pero las antorchas se extinguían, cogieron teas de la hoguera del Baal, y los cartagineses, para beber, abrían la boca echando la cabeza hacia atrás. Otros, junto a las charcas cenagosas, hundían sus brazos hasta el sobaco y se hartaban de agua de tal modo que la vomitaban como búfalos. Poco a poco se refrescaba la atmósfera... aspiraban el aire húmedo estirando sus miembros, y en la delicia de aquella embriaguez enseguida brilló una inmensa esperanza. Todas las penas fueron olvidadas. La patria, una vez más, renacía.´´
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24/02/2020 08:46:58 am 
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bijou84


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Otra vez estos threads de mierda de cuentos? Pensar que despues hay forros que se quejan y terminan llorando por lo malo que se ´´volvió´´ el foro.


24/02/2020 09:51:51 am 
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fedeguille


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De etiquetas adjudicadas y otros prejuicios....Y de perdedores dignos, también.



Entre el infierno y el cielo,
galopando entre tinieblas
de la periferia al centro
del centro a la periferia,
el metro.

Con ojos de sueño viene
cruzando la madrugada
regresará a medianoche
con el alma fatigada,
el metro.

Cargando arriba y abajo
íntimos desconocidos,
amaneceres y ocasos
con dirección al olvido.

Por sus arterias discurre
presurosa humanidad,
el alimento que engorda
la ciudad.

De reojo se miran,
de lejos se tocan,
se huelen, se evitan,
se ignoran, se rozan
y en el traqueteo
del vagón hipnótico
cada quien se inventa
la suerte del prójimo.

El escritor ve lectores,
el diputado, carnaza
el mosén ve pecadores,
y yo veo a esa muchacha
del metro.

Los carteristas ven primos,
los banqueros ven morosos,
el casero ve inquilinos
y la pasma, sospechosos
en el metro.

El general ve soldados
juanetes, el pedicuro
la comadrona, pasado
el enterrador, futuro.

La bella ve que la miran,
y el feo ve que no está
solo en este mundo que
viene y va.

La bella se deja
mirar mientras mira
la nada que pasa
por la ventanilla.
Distante horizonte
de cristal de roca,
ajena y silente
flor de mi derrota.

El revisor ve billetes
el sacamuelas ve dientes,
el carnicero, filetes
y la ramera, clientes
en el metro.

Los avaros ven mendigos,
los mendigos ven avaros
los caballeros, señoras
las señoras, tipos raros
en el metro.

El autor ve personajes,
el zapatero ve pies
el sombrerero, cabezas
el peluquero, tupés.

Los médicos ven enfermos,
los camareros, cafés
yo sólo la veo a ella:
la bella,
la bella,
la bella que no me ve.

´´La bella y el Metro´´
(J.M.Serrat)


24/02/2020 12:11:13 pm 
   11                           
melusineh


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A la izquierda del roble. Mario Benedetti

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.

Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico

ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mírame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entrar en tus ojos
dejame entrar
te quiero
menos mal que te quiero.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puedo ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico

vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo despierta con la lluvia.

Ahora la última nube a resuelto quedarse
y nos está mojando como alegres mendigos.

El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nadar desesperadamente.

Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.

Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.


24/02/2020 12:36:25 pm 
   6                           
pozi2171


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Roger Waters basó la canción en ‘Lecciones del Kamasutra’, obra del poeta palestino Mahmoud Darwish


24/02/2020 01:12:14 pm 
   7                           
elessarnet


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Nunca nadie describió mejor a la mujer que Lope De Vega

ES LA MUJER DEL HOMBRE LO MÁS BUENO


Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.

Cielo a los ojos, cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.

Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata:
es un ángel, y a veces una arpía.

Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer al fin como sangría,
que a veces da salud, y a veces mata.


24/02/2020 01:38:57 pm 
   6                           
fedeguille


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pozi2171 escribió:
rYDyR8EX7bMRoger Waters basó la canción en ‘Lecciones del Kamasutra’, obra del poeta palestino Mahmoud Darwish


Disculpame, pero el ´´Espérala´´, me la dejó picando. Es más fuerte que yo...




24/02/2020 01:51:35 pm 
   1                           
La verdad que no me gusta la poesía...pero prefiero estos threadas a los de conspiración o crap!!!


Seguí armando!!!


24/02/2020 02:00:37 pm 
   3                           
fedeguille escribió:
pozi2171 escribió: rYDyR8EX7bMRoger Waters basó la canción en ‘Lecciones del Kamasutra’, obra del poeta palestino Mahmoud DarwishDisculpame, pero el Espérala, me la dejó picando. Es más fuerte que yo...dcx_Ovi9A4g



24/02/2020 04:06:05 pm 
   7                           
Alister702


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A MARGARITA DEBAYLE

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar
yo siento
en el alma una alondra cantar
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes.

Un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a tí.
Cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: ´´¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?´´

La princesa no mentía,
y así, dijo la verdad:
´´Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad.´´

Y el rey clama: ´´¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar.´´

Y dice ella: ´´No hubo intento:
yo me fui no sé por qué
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté.´´

Y el papá dice enojado:
´´Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver.´´

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el buen Jesús.

Y así dice: ´´En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí.´´

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesa está bella,
pues ya tiene el prendedor,
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento

Ya que lejos de mí vas a estar
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Ruben Dario


24/02/2020 04:10:46 pm 
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J. L. Borges

La intrusa


Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
—Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre.
Sin explicar nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido los caminos estaban muy pesados y serían las tres de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
—De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande —¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!— y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
—Vení tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo. Ya los cargué aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al sur tomaron por el Camino de las Tropas después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.



24/02/2020 04:10:51 pm 
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fedeguille


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pabloaran escribió:
La verdad que no me gusta la poesía...pero prefiero estos threadas a los de conspiración o crap!!!Seguí armando!!!


¡Subí algo! Aunque sea el manual del operador de una licuadora. Los que están impresos en China, son un canto al absurdo.




24/02/2020 04:12:48 pm 
   8                           
carbonero119


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Dejo algunos fragmentos que me encantan de una gran novela como ´´Jonathan Livingston Seagull´´, de Richard Bach.

La mayoría de las gaviotas no se molestan en aprender sino las normas de vuelo más elementales: cómo ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.

Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando.

No comprendía por qué, por ejemplo, cuando volaba sobre el agua a alturas inferiores a la mitad de la envergadura de sus alas, podía quedarse en el aire más tiempo, con menos esfuerzo y sus planeos no terminaban con el normal chapuzón al tocar sus patas en el mar, sino que dejaba tras de sí una estela plana y larga al rozar la superficie con sus patas plagadas en aerodinámico gesto contra su cuerpo. Pero fue al empezar sus aterrizajes de patas recogidas -que luego revisaba paso a paso sobre la playa- que sus padres se desanimaron aún más.

-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre- . ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas! -No me importa ser sólo hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber que puedo hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo.

-Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-. El invierno está cerca. Habrá pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las profundidades. Si quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla. Esto de volar es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No olvides que la razón de volar es comer.

(...)

Cuando Juan Gaviota volvió a la Bandada ya en la playa, era totalmente de noche. Estaba mareado y rendido. No obstante, y no sin satisfacción, hizo un rizo para aterrizar y un tonel rápido justo antes de tocar tierra. Cuando sepan -pensó- lo del Descubrimiento, se pondrán como locos de alegría. ¡Cuánto mayor sentido tiene ahora la vida! En lugar de nuestro lento y pesado ir y venir sobre nuestra ignorancia, podremos descubrir como criaturas de perfección, inteligencia y habilidad. ¡Podremos se libres! ¡Podremos aprender a volar!

Los años venideros susurraban y resplandecían de promesas.

Las gaviotas se hallaban reunidas en Sesión de consejo cuando Juan tocó tierra, y parecía que habían estado así reunidas durante algún tiempo. Estaban, efectivamente, esperando.

-¡Juan Salvador Gaviota! ¡Ponte al Centro! -Las palabras de ceremonias. Ponerse en el Centro sólo significaba gran vergüenza o gran honor. Situarse en el Centro por Honor, era la forma en que se señalaba a los jefes más destacados entre las gaviotas. Por supuesto, pensó, ¡la Bandada de la Comida... Esta mañana: vieron el Descubrimiento! Pero yo no quiero honores. No tengo ningún deseo de ser líder. Sólo quiero compartir lo que he encontrado, y mostrar esos nuevos horizontes que nos están esperanto. Y dio un paso al frente.

-Juan Salvador Gaviota -dijo el Mayor-. ¡Ponte el Centro para tu Vergüenza ante la mirada de tus semejantes!

Sintió como si le hubieran golpeado con un madero. Sus rodillas empezaron a temblar, sus plumas se combaron, y le zumbaban los oídos. ¿Al Centro para deshonrarme? ¡Imposible! ¡El Descubrimiento! ¡No entienden! ¡Están equivocados! ¡Están equivocados!

-... por su irresponsabilidad temeraria - entonó la voz solemne-, al violar la dignidad y la tradición de la Familia de las Gaviotas...

-... algún día, Juan Salvador Gaviota, aprenderás que la irresponsabilidad se paga. La vida es lo desconocido y lo irreconciliable, salvo que hemos nacido para comer y vivir el mayor tiempo posible.

Una gaviota nunca replica al Consejo de la Bandada, pero la voz de Juan se hizo oír:

-¿Irresponsabilidad? ¡Hermanos míos! -gritó-. ¿Quién es más responsable que una gaviota que ha encontrado y que persigue un significado, un fin más alto para la vida?

(...)

Durante largo tiempo Juan se olvidó del mundo de donde había venido, ese lugar donde la Bandada vivía con los ojos bien cerrados al gozo de volar, empleando sus alas como medios para encontrar y luchar por la comida. Pero de cuando en cuando, sólo por un momento, lo recordaba.

Se acordó de ello una mañana cuando estaba con su instructor mientras descansaban en la playa después de una sesión de toneles con ala plegada.

-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en silencio, ya bien acostumbrado a la cómoda telepatía que estas gaviotas empleaban en lugar de graznidos y trinos-. ¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De donde vengo había...

-...miles y miles de gaviotas. Lo sé. -Rafael movió su cabeza afirmativamente-. La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en seguida de dónde habíamos venido, sin preocuparnos hacia dónde íbamos, viviendo sólo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay más en la vida que comer, luchar, o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido en éste. No aprendas nada, y el próximo mundo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar.

(...)

¿Por qué será -se preguntó perplejo Juan- que no hay nada más difícil en el mundo que convencer a un pájaro de que es libre, y de que lo puede probar por sí mismo si sólo se pasara un rato practicando? ¿Por qué será tan difícil?



24/02/2020 04:13:48 pm 
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fedeguille


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Lope de Vega, Rubén Darío, Borges...

Vamos a lo seguro, no? Bien fuerte y al medio,no?


24/02/2020 04:19:22 pm 
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AllEyezOnMe


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Poema Negro de Claudio de Alas

Cuando moría, me enlazó en su brazo
cual un reptil de palpitante raso
y con voz afiebrada y lastimera,
me dijo que cual última terneza,
y en recuerdo de toda su belleza,
me dejaba su blanca calavera...

Que robara a la hambrienta sepultura,
ese último jirón de su hermosura,
que una lívida amante me sería,
y en mis horas, alegres o de duelo,
su alma, descendiendo desde el cielo,
al través de sus cuencas me vería...

Pasa el tiempo... El ave silenciosa
del recuerdo voló sobre su fosa,
llamándome a cumplir aquel pedido,
que cual lúgubre flor de sus amores,
me dejó en los postreros estertores,
temerosa a los lutos del olvido.

Y era una noche. Oscuridad y viento
la lluvia desgarrando el firmamento
batida en sus ramajes la espesura
los jardines tronchados y barridos
y del mar, el estruendo y los rugidos,
resonando a lo lejos con pavura...

Ardiente el corazón, los miembros yertos,
escalé la muralla de los muertos
y pensando en la súplica postrera
de esa lívida novia del Misterio,
me perdí en el profundo cementerio,
porque iba a robar su calavera.

Por las calles desiertas y medrosas,
buscando en los letreros de las fosas,
llegué hasta su sepulcro solitario.
El viento en los cipreses sollozaba,
y la lluvia, furiosa, me azotaba,
cual queriendo arrojarme del osario.

De una lámpara sorda, bajo el brillo,
su mármol quebranté con un martillo.
Cual fatídico abismo, negro y hondo,
de la tumba la puerta entenebrida
abierta contemplé... De entre su fondo,
brotó una bocanada corrompida!

Y en lo profundo de la negra caja,
entre blancos jirones de mortaja,
la miré desleída y pestilente:
sepultadas sus formas y sus manos,
entre olas hirvientes de gusanos
que tragaban su carne lentamente.

En sus sienes, mechones de cabellos,
sus ojos ¡ay! como ninguno bellos,
convertidos en cuencas pavorosas
en su boca, que fue roja granada,
una muda y horrible carcajada,
y su pecho en piltrafas asquerosas...

De su belleza, que radió cual astro,
no había allí tan siquiera un rastro.
Era un informe y corrompido andrajo.
La miré contristado, mudo, inerte:
medité en los festines de la Muerte,
y me hundí en el sepulcro abierto a tajo.

Temblorosas, tendiéronse mis manos
al inmenso hervidero de gusanos.
Busqué de la garganta las junturas:
nervioso retorcí... Hubo traquidos
de huesos arrancados y partidos...
hasta que hollando vil las sepulturas.

Huí miedoso entre las sombras crueles,
creyendo que los muertos en tropeles,
levantaban su forma descarnada
corriendo a rescatar su calavera,
esa yerta y silente compañera
de la lóbrega noche de la Nada...

Eso pasó... fue ayer... Hoy, en mi mesa,
cual escombro final de su belleza,
helada, muda, lívida e inerte,
sobre mis libros en montón, reposa,
cual una gigantesca y blanca rosa,
_que ostentase la risa de la Muerte._

Sus grandes cuencas, como dos cavernas,
me contemplan inmóviles y eternas.
Atónito, al mirarlas, me figuro
que su alma tal vez huya del Cielo,
para triste, silente y con anhelo,
mirarme allá, desde su fondo oscuro.

Entonces con amor llego hasta ella,
y cual si fuera, cuando viva y bella,
por sus huesos, mi mano se desliza:
siento de ansia el corazón opreso,
y en el instante en que le doy un beso,
me encuentro ¡ay! con su macabra risa.

Y allá, de la alta noche, cuando escribo,
ante su faz sintiéndome cautivo,
me parece que se abren sus quijadas,
y que en frases muy tiernas, temblorosas,
me pide que le diga blandas cosas,
como en noches amantes y borradas...

Y soñando, la veo transformarse
en la bella de entonces, y acercarse...
y sentirme yo suyo... y ella mía...
Más, al instante mi pupila advierte,
que no es sino la imagen de la Muerte,
que me contempla extática y sombría.

Ya llevan mucho tiempo estos amores...
Es ella quién conoce mis dolores,
los sueños todos de mi vida entera...
Ella me da la desnudez que viste,
y yo el cariño de mi alma triste,
teniéndola de novia hasta que muera.

Y cuando rompa de la Vida el lazo,
cual ella a mí, la enlazará mi brazo,
y antes que en mi redor todo sucumba,
le diré como frase postrimera:
—Acompáñame, pobre calavera,
acompáñame, amada, hasta la tumba!...


24/02/2020 04:21:25 pm 
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pozi2171


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Te prometo recorrer tu geografía y sentirte sólo mía.

Te prometo ser el custodio amoroso de tu cuerpo voluptuoso.

Te prometo penetrar con mis sentidos en tus sitios más prohibidos:

los espacios más guardados donde nadie haya llegado.

Borraré con mi boca tus lunares hurgaré entre todos tus lugares

volcaré el torrente de mis mares en la cuenca de tu boca que a mí tanto me provoca.

Te prometo ser quien beba de tu algibe quien te mime, quien te cuide.

Te prometo que te haré sentir más plena que la misma luna llena.

Te prometo invadirte la conciencia, regalarte mi experiencia y que sientas mi tibieza de los pies a la cabeza.

Viviré para darte mi ternura, buscaré contagiarte mi locura.

Lograré penetrar en la espesura de ese bosque centinela que a mí tanto me desvela.

Te prometo y te digo con certeza: si no cumplo mi promesa de la mano del Eterno que me hunda en el Infierno.
silvio


24/02/2020 04:22:00 pm 
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fedeguille


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NO ACABARÁ CON UN ESTALLIDO
(Damon Knight)

Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo
sin lugar a dudas que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser
humano se llamaba Louise Oliver, y estaba sentada a la mesa, frente a él, en la
cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían salchichas de Viena
enlatadas y bebían café.
La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una
ventana. No se oían ruidos ni adentro ni afuera sólo un sofocante rumor de
ausencia. El sonido de platos en la cocina, el ruido sordo y pesado de los
tranvías: nunca más. Había sol y silencio y los ojos acuosos, asombrados, de
Louise Oliver.
Rolf se inclinó sobre la mesa e intentó atraer por un instante la atención de
aquellos ojos de pez.
—Querida—dijo—, claro que respeto tu punto de vista. Pero tengo que
hacerte comprender que no es práctico.
Louise lo miró un poco sorprendida, luego volvió a apartar los ojos. La
cabeza se agitó levemente. No. No, Rotf, no viviré contigo en pecado.
Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de México, de los Mares
del Sur. Había pasado tres meses en los devastados estudios de una estación
de radio en Rochester, escuchando las voces hasta que se apagaron. Había
habido una gran colonia en Suecia, que incluía a un ministro del gobierno
inglés. Los habitantes de esa colonia informaban que Europa ya no existía: no
quedaba una hectárea que no hubiese sido barrida por el polvo radiactivo.
Tenían dos aviones y suficiente combustible para llegar a cualquier sitio del
continente pero no había adónde ir. Tres de ellos tuvieron la plaga luego once
luego todos.
Había un piloto de bombardero que cayó cerca de una estación de radio
gubernamental en Palestina. No duró mucho tiempo porque se había roto
varios huesos al estrellarse pero había visto las aguas vacías donde tendrían
que haber estado las Islas del Pacífico. Suponía que habían sido
bombardeados los hielos árticos.
No había informes de Washington, ni de Nueva York, ni de Londres, París,
Moscú, Chungking, Sydney. Era imposible saber quién había sido exterminado
por la enfermedad, quién por el polvo, quién por las bombas.
El propio Smith había sido ayudante de laboratorio en un equipo que
trataba de encontrar un antibiótico para la plaga. Sus superiores encontraron
uno que daba resultado a veces, pero llegó un poco tarde. Cuando se fue del
laboratorio, Smith se llevó todo el que había: cuarenta ampollas, una cantidad
suficiente para varios años.
Louise había sido enfermera de un elegante hospital cerca de Denver.
Según ella, algo bastante extraño le había sucedido al hospital mientras ella
caminaba hacia allí la mañana del ataque. Estaba bastante tranquila cuando
hablaba de ese asunto, pero en sus ojos aparecía una mirada vaga, y su
expresión destrozada se volvía un poco más ausente. Smith no la apremiaba
para que le diese una explicación.
Como él mismo, Louise había encontrado una estación de radio que
todavía funcionaba, y cuando Smith descubrió que ella no había contraído la
plaga, aceptó que se encontraran. Louise, al parecer, era naturalmente inmune.
Debía de haber otros, por lo menos unos pocos pero las bombas y el polvo no
les habían perdonado.
A Louise le parecía muy embarazoso que no quedase ningún pastor
protestante vivo.
El problema era que ella lo pensaba de veras. A Smith le había llevado
mucho tiempo creerlo, pero era así. Ella tampoco estaba dispuesta a dormir en
el mismo hotel que él esperaba, y recibía, la mayor cortesía y corrección.
Smith había aprendido la lección. Caminaba del lado de afuera en las aceras
cubiertas de escombros le abría las puertas, mientras hubo puertas le
acercaba la silla se cuidaba de no maldecir. La galanteaba.
Louise tenía unos cuarenta años, por lo menos cinco más que Smith. A
veces él se preguntaba qué edad pensaría ella que tenía. La impresión de ver
lo que le había sucedido al hospital (fuese lo que fuese), a los pacientes que
ella había cuidado, había obligado a su mente a refugiarse en la infancia.
Louise admitía tácitamente que todas las demás personas del mundo estaban
muertas, pero aparentemente consideraba que eso era algo que uno no debía
mencionar.
Más de un centenar de veces en las últimas tres semanas, Smith había
sentido un impulso casi irresistible de romperle el delgado pescuezo y seguir
adelante. Pero no tenía salvación ella era la única mujer en el mundo, y la
necesitaba. Si moría, o lo abandonaba, él también moriría ¡Vieja perra!, pensó
furiosamente para sus adentros, cuidando de que no se le notara en la cara el
pensamiento.
—Louise, vida mía—dijo suavemente—, quiero abusar lo menos posible de
tus sentimientos. Tú lo sabes.
—Sí, Rolf—dijo ella, mirándole fijamente con cara de gallina hipnotizada.
Smith se obligó a proseguir.
—Tenemos que afrontar los hechos, por muy desagradables que sean.
Querida, somos el único hombre y la única mujer que existen. Somos como
Adán y Eva en el Jardín del Edén.

En la cara de Louise apareció una expresión de leve disgusto.
Evidentemente estaba pensando en hojas de parra.
—Piensa en las generaciones venideras —le dijo Smith, con un temblor en
la voz. Piensa en mí siquiera una vez. Quizá sirvas otros diez años, quizá no.
Con un estremecimiento, recordó la segundo etapa de la enfermedad: la
desvalida rigidez, que golpeaba sin aviso previo. El ya había tenido un ataque
de esos, y Louise le había ayudado a curarse. Sin Louise él se habría quedado
en ese estado hasta morir, con la hipodérmica salvadora a pocos centímetros
de su rígida mano. Pensó desesperadamente: Con suerte te sacaré por lo
menos dos hijos antes de que estires la pata. Entonces estaré seguro.
Continuó hablando:
—Dios no quería que la raza humana acabase de este modo. Nos perdonó
a nosotros, a ti y a mí, para... —hizo una pausa ¿cómo lo podría decir sin
ofenderla? «Padres» no serviría: demasiado sugestivo—...para llevar adelante
la antorcha de la vida—concluyó.
Eso. Era una manera bastante adecuada de decirlo.
Louise miraba fijamente por encima del hombro de Smith. Los párpados le
pestañeaban regularmente, y la boca acompañaba ese ritmo con pequeños
movimientos de ratón. Smith se miró los debilitados muslos debajo de la mesa.
No tengo fuerzas para violarla, pensó. ¡Cristo, si tuviera fuerzas!
Volvió a sentir aquella rabia inútil, y trató de dominarse. No podía perder la
cabeza, porque ésta era quizá su última oportunidad. Louise había estado
hablando últimamente, en el lenguaje nebuloso que usaba para todo, de subir a
las montañas a rezar para que el Señor los guiase. No había dicho «sola», pero
era bastante fácil ver que se lo imaginaba de esa manera. Tenía que
convencerla antes de que la decisión fuese irrevocable. Se concentró
furiosamente, e hizo otro intento.
Las palabras pasaban como un rumor distante. Louise oía alguna frase de
vez en cuando. Cada una de esas frases le generaba una cadena de
pensamientos, que la ataban con más firmeza al ensueño. «Nuestro deber ante
la Humanidad...» Mamá había dicho a menudo—eso era en la vieja casa de
Waterbury Street, naturalmente, antes de que mamá enfermara—había dicho:
—«Niña, tu deber es ser limpia, educada y temerosa de Dios. Ser bonito no
importa. Hay muchas mujeres feas que han conseguido maridos buenos y
cristianos.»
Maridos... Tener y poseer... Azahares, y las madrinas de boda la música
de órgano. Entre la bruma vio la cara delgada y lobuna de Rolf. Naturalmente,
él era el único hombre que tendría jamás lo sabía muy bien. Caramba, cuando
una muchacha pasaba de los veinticinco tenia que aceptar lo que consiguiese.
Pero a veces me pregunto si de veras es un buen hombre, pensó.
«...a los ojos de Dios...» Louise recordó las ventanas de vidrios coloreados
de la vieja Primera Iglesia Episcopal, y cómo pensaba siempre que Dios la
miraba desde aquella brillante transparencia. Quizá El la estuviese mirando
todavía, aunque a veces parecía que la hubiese olvidado. Naturalmente, ella se
daba cuenta de que las costumbres matrimoniales cambiaban, y si uno no
podía tener regularmente un pastor... Pero era una verdadera lástima, casi un
ultraje que si de veras se casaba con ese hombre, no pudiese disfrutar de
tantas cosas agradables.-.. Ni siquiera habría regalos de boda. Ni siquiera eso.
Pero, por supuesto, Rolf le daría todo lo que ella quisiese. Miró otra vez a su
cara, y notó aquellos ojos negros concentrados que la miraban con feroz
intención, la boca delgada que se contraía en un tic lento y regular, los velludos
lóbulos de las orejas debajo de la maraña de pelo negro.
Rolf no se debía dejar crecer tanto el pelo, pensó Louise. Bueno, ella podía
cambiar todo eso. Si se casaba con él, sin duda le haría cambiar el modo de
ser. Era su obligación.
Rolf estaba hablando de una granja que había visto en las afueras de la
ciudad, una casa grande, buena, con granero. No había ganado, dijo, pero
después ya conseguirían alguno. Y plantarían cosas, y tendrían sus propios
alimentos, para no tener que ir a restaurantes todo el tiempo.
Louise sintió algo en la pálida mano que tenía delante de ella en la mesa.
Los dedos de Rolf, morenos, gordos, con negro vello encima y debajo de los
nudillos, tocaban los de ella. Rolf habla callado un momento, pero ahora
hablaba otra vez, con más urgencia todavía. Louise retiró la mano.
Rolf estaba diciendo:
—...y tendrás el más hermoso traje de boda, y un ramo de flores. Todo lo
que quieras, Louise, todo...
¡Un traje de boda! ¡Y flores, aunque no hubiese un pastor! Bueno, ¿por qué
el tonto ese no lo había dicho antes?
Rolf se interrumpió en la mitad de una frase acababa de darse cuenta de
que Louise había dicho claramente «Sí, Rolf, me casaré contigo si ése es tu
deseo...»
Aturdido, Rolf quiso que lo repitiese, pero no se atrevió a preguntarle:
«¿Qué dijiste?», por miedo a recibir alguna respuesta fantástica, o ninguna
respuesta. Tomó aliento, profundamente, y dijo:
—¿Hoy, Louise?
—Bueno—dijo ella—, hoy... No estoy muy... Naturalmente, si te parece que
puedes hacer todos los preparativos a tiempo... aunque me parece...
El triunfo corrió por el cuerpo de Smith. Ahora tenía una ventaja, y la
aprovecharía.
—Di que sí, querida—la apremió—. Di que sí y seré el hombre más feliz...
La lengua se le resistió, impidiéndole terminar la frase pero no importaba.
Louise asintió sumisamente.
—Lo que te parezca mejor, Rolf.
Smith se puso de pie, y Louise le permitió que le besase una pálida y seca
mejilla.
—Nos vamos inmediatamente—dijo él—. ¿Me disculpas un minuto,
querida?
Esperó al «Sí, claro» de Louise, y entonces caminó hasta el fondo de la
sala, dejando huellas en la alfombra de piel. Sólo tendría que hablar así con
ella unas pocas horas, y luego ella sentiría que le pertenecía para siempre.
Después, Rolf podría hacer con ella lo que quisiese: pegarle, someterla a
cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Entonces no estaría tan
mal, nada mal, ser el último hombre sobre la tierra. Hasta podía tener una hija...
Encontró la puerta del retrete y entró. Dio un paso, y el cuerpo se le
paralizó, sin llegar a perder el equilibrio, erguido pero impotente. El pánico le
atacó la garganta trató de volver la cabeza y no pudo trató de gritar y no pudo.
A sus espaldas hubo un pequeño chasquido: la puerta, amortiguada por el tope
hidráulico, acababa de cerrarse para siempre. No estaba con llave pero del
otro lado mostraba la advertencia CABALLEROS.




24/02/2020 04:32:52 pm 
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AllEyezOnMe escribió:
Poema Negro de Claudio de AlasCuando moría, me enlazó en su brazocual un reptil de palpitante rasoy con voz afiebrada y lastimera,me dijo que cual última terneza,y en recuerdo de toda su belleza,me dejaba su blanca calavera... Que robara a la hambrienta sepultura,ese último jirón de su hermosura,que una lívida amante me sería,y en mis horas, alegres o de duelo,su alma, descendiendo desde el cielo,al través de sus cuencas me vería... Pasa el tiempo... El ave silenciosadel recuerdo voló sobre su fosa,llamándome a cumplir aquel pedido,que cual lúgubre flor de sus amores,me dejó en los postreros estertores,temerosa a los lutos del olvido. Y era una noche. Oscuridad y vientola lluvia desgarrando el firmamentobatida en sus ramajes la espesuralos jardines tronchados y barridosy del mar, el estruendo y los rugidos,resonando a lo lejos con pavura... Ardiente el corazón, los miembros yertos,escalé la muralla de los muertosy pensando en la súplica postrerade esa lívida novia del Misterio,me perdí en el profundo cementerio,porque iba a robar su calavera. Por las calles desiertas y medrosas,buscando en los letreros de las fosas,llegué hasta su sepulcro solitario.El viento en los cipreses sollozaba,y la lluvia, furiosa, me azotaba,cual queriendo arrojarme del osario. De una lámpara sorda, bajo el brillo,su mármol quebranté con un martillo.Cual fatídico abismo, negro y hondo,de la tumba la puerta entenebridaabierta contemplé... De entre su fondo,brotó una bocanada corrompida! Y en lo profundo de la negra caja,entre blancos jirones de mortaja,la miré desleída y pestilente:sepultadas sus formas y sus manos,entre olas hirvientes de gusanosque tragaban su carne lentamente. En sus sienes, mechones de cabellos,sus ojos ¡ay! como ninguno bellos,convertidos en cuencas pavorosasen su boca, que fue roja granada,una muda y horrible carcajada,y su pecho en piltrafas asquerosas... De su belleza, que radió cual astro,no había allí tan siquiera un rastro.Era un informe y corrompido andrajo.La miré contristado, mudo, inerte:medité en los festines de la Muerte,y me hundí en el sepulcro abierto a tajo. Temblorosas, tendiéronse mis manosal inmenso hervidero de gusanos.Busqué de la garganta las junturas:nervioso retorcí... Hubo traquidosde huesos arrancados y partidos...hasta que hollando vil las sepulturas. Huí miedoso entre las sombras crueles,creyendo que los muertos en tropeles,levantaban su forma descarnadacorriendo a rescatar su calavera,esa yerta y silente compañerade la lóbrega noche de la Nada... Eso pasó... fue ayer... Hoy, en mi mesa,cual escombro final de su belleza,helada, muda, lívida e inerte,sobre mis libros en montón, reposa,cual una gigantesca y blanca rosa,_que ostentase la risa de la Muerte._ Sus grandes cuencas, como dos cavernas,me contemplan inmóviles y eternas.Atónito, al mirarlas, me figuroque su alma tal vez huya del Cielo,para triste, silente y con anhelo,mirarme allá, desde su fondo oscuro. Entonces con amor llego hasta ella,y cual si fuera, cuando viva y bella,por sus huesos, mi mano se desliza:siento de ansia el corazón opreso,y en el instante en que le doy un beso,me encuentro ¡ay! con su macabra risa. Y allá, de la alta noche, cuando escribo,ante su faz sintiéndome cautivo,me parece que se abren sus quijadas,y que en frases muy tiernas, temblorosas,me pide que le diga blandas cosas,como en noches amantes y borradas... Y soñando, la veo transformarseen la bella de entonces, y acercarse...y sentirme yo suyo... y ella mía...Más, al instante mi pupila advierte,que no es sino la imagen de la Muerte,que me contempla extática y sombría. Ya llevan mucho tiempo estos amores...Es ella quién conoce mis dolores,los sueños todos de mi vida entera...Ella me da la desnudez que viste,y yo el cariño de mi alma triste,teniéndola de novia hasta que muera. Y cuando rompa de la Vida el lazo,cual ella a mí, la enlazará mi brazo,y antes que en mi redor todo sucumba,le diré como frase postrimera:—Acompáñame, pobre calavera,acompáñame, amada, hasta la tumba!...
¡Mieeerda, qué hermosura de poema! Macabro, romántico y gótico, al estilo de Poe, de Baudelaire, de Espronceda...


24/02/2020 04:39:38 pm 
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pozi2171


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Hablando de ir a lo seguro
´´Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura la época de las creencias y de la incredulidad la era de la luz y de las tinieblas la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.´´
Charles Dickens


24/02/2020 04:41:06 pm 
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melusineh


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nicus07 escribió:
AllEyezOnMe escribió: Poema Negro de Claudio de AlasCuando moría, me enlazó en su brazocual un reptil de palpitante rasoy con voz afiebrada y lastimera,me dijo que cual última terneza,y en recuerdo de toda su belleza,me dejaba su blanca calavera... Que robara a la hambrienta sepultura,ese último jirón de su hermosura,que una lívida amante me sería,y en mis horas, alegres o de duelo,su alma, descendiendo desde el cielo,al través de sus cuencas me vería... Pasa el tiempo... El ave silenciosadel recuerdo voló sobre su fosa,llamándome a cumplir aquel pedido,que cual lúgubre flor de sus amores,me dejó en los postreros estertores,temerosa a los lutos del olvido. Y era una noche. Oscuridad y vientola lluvia desgarrando el firmamentobatida en sus ramajes la espesuralos jardines tronchados y barridosy del mar, el estruendo y los rugidos,resonando a lo lejos con pavura... Ardiente el corazón, los miembros yertos,escalé la muralla de los muertosy pensando en la súplica postrerade esa lívida novia del Misterio,me perdí en el profundo cementerio,porque iba a robar su calavera. Por las calles desiertas y medrosas,buscando en los letreros de las fosas,llegué hasta su sepulcro solitario.El viento en los cipreses sollozaba,y la lluvia, furiosa, me azotaba,cual queriendo arrojarme del osario. De una lámpara sorda, bajo el brillo,su mármol quebranté con un martillo.Cual fatídico abismo, negro y hondo,de la tumba la puerta entenebridaabierta contemplé... De entre su fondo,brotó una bocanada corrompida! Y en lo profundo de la negra caja,entre blancos jirones de mortaja,la miré desleída y pestilente:sepultadas sus formas y sus manos,entre olas hirvientes de gusanosque tragaban su carne lentamente. En sus sienes, mechones de cabellos,sus ojos ¡ay! como ninguno bellos,convertidos en cuencas pavorosasen su boca, que fue roja granada,una muda y horrible carcajada,y su pecho en piltrafas asquerosas... De su belleza, que radió cual astro,no había allí tan siquiera un rastro.Era un informe y corrompido andrajo.La miré contristado, mudo, inerte:medité en los festines de la Muerte,y me hundí en el sepulcro abierto a tajo. Temblorosas, tendiéronse mis manosal inmenso hervidero de gusanos.Busqué de la garganta las junturas:nervioso retorcí... Hubo traquidosde huesos arrancados y partidos...hasta que hollando vil las sepulturas. Huí miedoso entre las sombras crueles,creyendo que los muertos en tropeles,levantaban su forma descarnadacorriendo a rescatar su calavera,esa yerta y silente compañerade la lóbrega noche de la Nada... Eso pasó... fue ayer... Hoy, en mi mesa,cual escombro final de su belleza,helada, muda, lívida e inerte,sobre mis libros en montón, reposa,cual una gigantesca y blanca rosa,_que ostentase la risa de la Muerte._ Sus grandes cuencas, como dos cavernas,me contemplan inmóviles y eternas.Atónito, al mirarlas, me figuroque su alma tal vez huya del Cielo,para triste, silente y con anhelo,mirarme allá, desde su fondo oscuro. Entonces con amor llego hasta ella,y cual si fuera, cuando viva y bella,por sus huesos, mi mano se desliza:siento de ansia el corazón opreso,y en el instante en que le doy un beso,me encuentro ¡ay! con su macabra risa. Y allá, de la alta noche, cuando escribo,ante su faz sintiéndome cautivo,me parece que se abren sus quijadas,y que en frases muy tiernas, temblorosas,me pide que le diga blandas cosas,como en noches amantes y borradas... Y soñando, la veo transformarseen la bella de entonces, y acercarse...y sentirme yo suyo... y ella mía...Más, al instante mi pupila advierte,que no es sino la imagen de la Muerte,que me contempla extática y sombría. Ya llevan mucho tiempo estos amores...Es ella quién conoce mis dolores,los sueños todos de mi vida entera...Ella me da la desnudez que viste,y yo el cariño de mi alma triste,teniéndola de novia hasta que muera. Y cuando rompa de la Vida el lazo,cual ella a mí, la enlazará mi brazo,y antes que en mi redor todo sucumba,le diré como frase postrimera:—Acompáñame, pobre calavera,acompáñame, amada, hasta la tumba!...Mieeerda, qué hermosura de poema, macabro y gótico, al estilo de Poe, de Baudelaire, de Espronceda...


Termine de leerlo con los ojos acuosos...Viste?Es un dulce.No leí todo, pero gracias por la iniciativa, Nicus y obviamente a los aportes, fedeguille me hiciste reir mucho, gracias!






fragmentos

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