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Horror y fantasía: cuentos cortos .4





Thread creado por GABULLS el 08/01/2018 08:29:25 am. Lecturas: 830. Mensajes: 13. Favoritos: 2





08/01/2018 08:29:25 am 
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GABULLS


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Cuentos cortos para leer directo desde el foro. De preferencia horror, fantasía, ciencia ficción y esas cosas. Compartan sus cuentos favoritos o, si no los encuentran, dejen el título para que lo busquemos y lo subamos.

Y si están con ganas de leer alguno, acá dejo la lista con los que ya subimos entre todos:

La camada de Ramsey Campbell
Donde crecen las piedras de Lisa Tuttle
El hombre que ahogaba cachorros de Thomas Sullivan
Popsy de Stephen King
El huésped de Amparo Dávila
La camada de James Kisner
La piedra negra de Robert E. Howard
El niño que regresó de entre los muertos de Alan Rodgers
La guadaña de Ray Bradbury
Nunca visites Maladonny de Elsa Bornemann
El Tesoro de los Belinos de Lord Dusany
Tienda de chatarra de John Brosnan
Sucedió en el subterráneo de Harry Harrison
Miedo de noche de Robert Sheckley
La pata de mono de W. W. Jacobs
Pesadilla en verde de Fredric Brown
Aprendan geometría! de Fredric Brown
Más allá se encuentra el wub de Philip K. Dick
Roog de Philip K. Dick
El último encantamiento de Clark Ashton Smith
Mascarada de Henry Kuttner
Lemmings de Richard Matheson
El Reloj de Pío Baroja
Ubazakura de Lafcadio Hearn
La historia de Mimi Nashi Hoichi (el desorejado) de Lafcadio Hearn
Sangre de Fredric Brown
Vera de Villiers de L’Isle Adam
El ídolo de las Cícladas de Julio Cortázar
Continuidad de los parques de Julio Cortázar
Para bajar a un pozo de estrellas de Marcial Souto



Buena semana!
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08/01/2018 08:30:57 am 
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GABULLS


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LAS RUINAS CIRCULARES
Jorge Luis Borges




Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.


08/01/2018 02:54:34 pm 
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GABULLS


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Hay uno de un tipo que busca objetos que no existen pero que igual los encuentra... Vos que sos borgiano, te acordás el nombre, Nicus?


08/01/2018 04:05:58 pm 
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GABULLS


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No se te ocurra borrarlo!


09/01/2018 04:54:46 am 
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carancho67


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Acá va mi colaboración.

LA MENTE ALIEN
Philip K. Dick
 
 
 
Inerte en las profundidades de su cámara theta, oyó el tono débil y después la sensivoz.
- Cinco minutos.
- De acuerdo - dijo, y se esforzó por salir de su sueño profundo. Tenía cinco minutos para ajustar el curso de la nave algo había funcionado mal en el sistema de autocontrol. ¿Un error de su parte? No era probable nunca cometía errores. ¿Jasón Bedford cometer errores? Jamás.
Mientras se dirigía tambaleante hacia el módulo de control, vio que Norman, a quien habían enviado para divertirlo, también estaba despierto. El gato flotaba lentamente en círculos, dándole golpecitos con las patas a una lapicera que alguien había dejado suelta. Extraño, pensó Bedford.
- Creía que estarías inconsciente conmigo.
Revisó las lecturas del curso de la nave. ¡Imposible! Un quinto de pársec apartada de la dirección de Sirio. Agregaría una semana a su viaje. Con hosca precisión reacomodó los controles, después envío una señal de alerta a Meknos III, su destino.
- ¿Problemas? - contestó el operador meknosiano. La voz era seca y fría, el monótono sonido calculador de algo que a Bedford siempre lo hacía pensar en serpientes.
Explicó su situación.
- Necesitamos la vacuna - dijo el meknosiano -. Trate de mantener su curso.
Norman, el gato, flotó majestuosamente junto al módulo de control, tendió una zarpa, y manoteó al azar dos botones activados soltaron tenues bips y la nave cambió de curso.
- Así que tú lo hiciste - dijo Bedford -. Me humillaste ante la mirada de un alienígena. Me redujiste a la imbecilidad de cara a la mente alien.
Atrapó el gato. Y apretó.
- ¿Qué fue ese sonido extraño? - preguntó el operador meknosiano -. Una especie de lamento.
Bedford dijo sereno:
- No queda nada por lamentar. Olvide que lo oyó.
Cortó la radio, llevó el cuerpo del gato al esfínter para la basura, y lo eyectó.
Un instante después había regresado a la cámara theta y, una vez más, se adormeció. Esta vez no habría quien se metiera con los controles. Durmió en paz.
 
Cuando la nave amarró en Meknos III, el jefe del equipo médico alien lo recibió con un pedido curioso.
- Nos gustaría ver su mascota.
- No tengo mascota - dijo Bedford. Lo cual, por cierto, era verdad.
- Según la planilla que nos enviaron por adelantado...
- Realmente no es asunto suyo - dijo Bedford -. Ya tienen la vacuna despegaré en seguida.
- La seguridad de cualquier forma de vida es asunto nuestro - dijo el meknosiano -. Revisaremos su nave.
- En busca de un gato que no existe - dijo Bedford.
La búsqueda resultó inútil. Con impaciencia, Bedford miró cómo las criaturas alienígenas escrutaban cada depósito de almacenamiento y cada pasillo de su nave. Por desgracia, los meknosianos encontraron diez bolsas de comida para gatos deshidratada. En su propio idioma, se desarrolló una prolongada discusión.
- ¿Ahora tengo permiso para regresar a la Tierra? - preguntó Bedford con aspereza -. Tengo un horario ajustado.
Lo que los extraterrestres estaban pensando y diciendo no le importaba sólo deseaba regresar a la silenciosa cámara theta y al sueño profundo.
- Tendrá que pasar por el procedimiento de descontaminación A - dijo el jefe médico meknosiano -. Para que ninguna espora o virus...
- Me doy cuenta - dijo Bedford -. Que lo hagan.
Más tarde, cuando la descontaminación quedó completa y estuvo de regreso en la nave para activar el arranque, la radio sonó. Era uno u otro de los meknosianos para Bedford todos se veían iguales.
- ¿Cómo se llamaba el gato? - preguntó el meknosiano.
- Norman - dijo Bedford, y apretó el botón de arranque. La nave se disparó hacia arriba y él sonrió.
 
No sonrió, sin embargo, cuando descubrió que faltaba el suministrador de energía para su cámara theta. Tampoco sonrió cuando tampoco pudo localizar la unidad de repuesto. ¿Se había olvidado de traerla?, se preguntó. No, decidió no haría algo así. La sacaron ellos.
Dos años hasta llegar a Terra. Dos años de conciencia plena por su parte, privado del sueño theta dos años de sentarse o flotar o - como había visto en los holofilms de entrenamiento para estado físico militar - enroscado en un rincón, totalmente psicótico.
Lanzó un pedido radial para regresar a Meknos III. Ninguna respuesta. Bueno, lo mismo daba.
Sentado en el módulo de control, encendió de un golpe la pequeña computadora interna y dijo:
- Mi cámara theta no funcionará la sabotearon. ¿Qué me sugieres hacer durante dos años?
HAY CINTAS DE ENTRETENIMIENTO DE EMERGENCIA
- Correcto - dijo -. Tendría que haberlo recordado. Gracias.
Apretó el botón indicado para que la puerta del compartimiento de cintas se abriera deslizándose.
Ninguna cinta. Sólo un juguete para gatos, una bolsita en miniatura para presionar, que habían incluido para Norman nunca había alcanzado a dárselo. Por lo demás... estantes vacíos.
La mente alien, pensó Bedford. Misteriosa y cruel.
Hizo funcionar la grabadora de audio de la nave, y dijo con calma y con la mayor convicción posible:
- Lo que haré es construir mis dos años siguientes alrededor de la rutina diaria. Primero, están las comidas. Pasaré todo el tiempo posible planificando, preparando, comiendo y disfrutando platos deliciosos. Durante el tiempo que me queda por delante, probaré toda combinación posible de víveres.
Tambaleante, se paró y se dirigió al enorme armario contenedor de comida.
Mientras se quedaba con los ojos muy abiertos ante el armario apretadamente lleno, apretadamente lleno de hilera tras hilera de envases idénticos, pensó: Por otro lado, no hay mucho que hacer con una provisión de dos años de comida para gatos. En el sentido de la variedad, ¿serán todos del mismo sabor?
Eran todos del mismo sabor.
 
FIN
 


12/01/2018 07:12:50 am 
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carancho67


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Alguien puede explicarme por qué subo algunos cuentos y la página me los rechaza con la frase ´´estás usando palabras no permitidas´´?
No hay insultos de ningún tipo.

 


12/01/2018 07:35:52 am 
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GABULLS


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carancho67 escribió:
Alguien puede explicarme por qué subo algunos cuentos y la página me los rechaza con la frase estás usando palabras no permitidas?No hay insultos de ningún tipo. 


Es un viejo bug de la página. Generalmente se debe a símbolos no permitidos y no a palabras. Las letras de otros idiomas, como ruso o chino, por ejemplo... Creo que los signos de mayor y menor, tampoco y algunos raros...
Si tenés problemas para pasar un cuento, primero copialo a una archivo txt y después copialo desde el txt, que le quita el formato y la mayor parte de la información `´rara`´ que seguramente es la que te está dando problemas para subir al foro.
Si no otra: dejá el título y lo busco de alguna otra fuente.
Saludos y cualquier cosas acá estamos




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