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CLIVE BARKER: Tortured Souls: La Leyenda de Primordium (caps 05 y FINAL)





Thread creado por Illuminauta el 25/12/2017 03:54:54 pm. Lecturas: 779. Mensajes: 6. Favoritos: 1





25/12/2017 03:54:54 pm 
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Quinta y sexta (última) partes del relato Tortured Souls: La Leyenda de Primordium, de Clive Barker. Para el que no se enteró, acá dejo los links para Capítulo 01,
Capítulo 02 y Capítulos 03 y 04. Sin mas, aquí van...



Libro Cinco: El Atormentador de Primordium

I

Habiendo hecho el arreglo con Talisac para proporcionarles una criatura, los tres generales -Bogoto, Urbano y Montefalco- regresaron al Cuartel General Militar y esperaron. Bogoto era el más ansioso de los tres. Había visto su parte de escenas de batalla: cuerpos destrozados, el hedor del pelo ardiendo y el hueso quemado en el aire. Pero las grotesquerías del laboratorio de Talisac le habían dejado enfermo y nervioso.

Decidió hacer lo que hacía a menudo cuando su vida se le hacía difícil: atravesó la ciudad en la noche para buscar el consuelo de una mujer llamada Greta Sabatier, una lectora de fortunas. Aunque se habría sentido horrorizado si hubiera creído que alguno de sus compañeros generales lo sabía, el consejo de Sabatier había estado detrás de mucho de lo que Bogoto había hecho a lo largo de los años: a quién había favorecido entre sus subordinados y a quién había degradado. Incluso, en ocasiones, cómo había dirigido algunas de sus campañas militares. Y a medida que los acontecimientos en Primordium se enloquecían cada vez mas, Bogoto había llegado a depender cada vez más de la sabiduría de Sabatier. Sus cartas, él había llegado a creer, cargaban pistas vitales sobre su destino. En un mundo donde la locura estaba constantemente en el aire, y donde no se podía confiar en nada ni en nadie, tenía un sentido paradójico buscar la iluminación en una mujer que leía el futuro de una baraja de naipes sucios.

“Has visto a alguien poderoso”, le dijo Greta esa noche, tocando una de las cartas que acababa de voltear. “No sé si es un hombre o una mujer.”

Bogoto visualizó a Talisac, colgando de sus ganchos, con ese vientre vil suyo colgando entre sus piernas.

Sabatier estaba estudiando su cara.

“¿Conoces a esta persona de la que estoy hablando?”

Bogoto asintió.

“Bueno, entonces no necesitas ninguna advertencia de mi parte. Él, o ella, ¿qué es?”

“Es un hombre.”

“Bueno, él tiene amigos... aliados... es difícil estar seguro de quién o qué son exactamente... las cartas son muy ambiguas. Pero hay daño de esta fuente, sea lo que sea.”

“¿Daño hacia mí?”

“Daño al mundo.”

“Huh…”

“Eso te importa menos a ti, ¿sí?”

“Por supuesto. ¿Crees que debería considerar dejar la ciudad?”

“Bueno... eres un militar. No es la primera vez que veo la muerte en sus cartas, General.”

Fue la primera vez que Greta mencionó la profesión del General. Ya sea que ella lo supiera por las cartas o por los diarios en los que él era regularmente elogiado, nadie podía adivinarlo.

“Pero creo que nunca la vi tan cerca de ti”, continuó mirando las cartas.

“Ya veo”.

“Así que sí, creo que deberías considerar irte. Al menos hasta que este período intranquilo se acabe, astronómicamente.”

“¿Así que no son sólo las cartas, también son las estrellas?”

“Son todos reflejos de los demás: cartas, estrellas, palmas. Es la misma historia donde quiera que mires.”

Clasificó las cartas mientras hablaba, y ahora dejó caer una sobre la mesa frente al general Bogoto. Se llamaba La Torre, y representaba -en una forma simplificada, incluso cruda- una torre golpeada por un rayo. Su mitad superior estaba en erupción, lloviendo escombros y cuerpos la mitad inferior estaba agrietada y lista para caer.

“¿Esto es Primordium?” Dijo Bogoto.

“Es el futuro de la ciudad”, contestó Greta, asintiendo. “O al menos uno de ellos.”

“Entonces, ¿tú también te irás?” Dijo Bogoto, pensando en unirse a la mujer en su huída. Greta era tan vieja como la mesa anticuada sobre la que leía sus cartas y sus piernas eran mucho menos fiables. Nunca abandonaría Primordium, o eso pensaba él.

“Sí, me voy. Esta será la última vez que me vea, General, a menos que venga a Calyx”.

“¿Te mudas a Calyx?”

“Mañana, antes de que las cosas empeoren.”

II

La casa de la calle Diamanda, que alguna vez perteneció al senador asesinado, se había ganado su propia reputación últimamente.



Había amantes allí, se rumoreaba, varios de ellos. Noche y día, los transeúntes escuchaban el sonido del amor: los suspiros, los sollozos, las exigencias irresistibles.

Las casas cercanas estaban prácticamente desiertas, pues sus dueños habían huído de Primordium para buscar ciudades más seguras. O mejor aún, hacia el campo. La vida en una granja de cerdos puede ser aburrida, pero al menos poseía la oportunidad de ser larga. Sin embargo, la gente llegaba a Diamanda Street en horas tardías, simplemente para oír el ruido del placer desde la casa iluminada por las lámparas. No, no sólo para oír. Había una sensación sobre el lugar, que se metía bajo la piel de la gente. La energía que brotaba de las ventanas abiertas, era suficiente para hacer que las luciérnagas se reunieran en sus muchas decenas de miles al atardecer y describieran arabescos elaborados en su persecución, el aire tan espeso con su pasión, y su luz tan insistente, que la casa se tapizaba con sus senderos de vuelo, los cuales perduraban mucho tiempo después del hecho consumado y los insectos yacían exhaustos y extinguidos en la hierba alta.

A veces a los fisgones humanos, que se quedaban en las sombras de las casas cercanas esperando echar un vistazo a los amantes, se les concedía aquello que venían a ver. Como lo sugería la extraña fuerza del fragor amatorio, no eran criaturas naturales, de ninguna manera. Parecían ser híbridos: un tercio humano, un tercio metálico, un tercio esa tierra de nadie entre la carne y los artefactos hechos para despojarla, cortarla y barrerla. Sangraban al levantarse de sus lechos nupciales, pero sonreían, besándose las heridas del otro como si fueran irrelevantes, como si estos colgajos y llagas y ampollas fueran pruebas de devoción.

Se corrió la voz, rápidamente. Al general Montefalco no le llevó mucho tiempo enterarse de la casa en la calle Diamanda, y de la reputación que se había ganado. Fue al lugar, tarde una noche. Las cosas estaban en plena marcha: el aire lleno de luces ondulantes, las casas gimiendo y temblando. Luego chillidos de terrible júbilo desde el interior iluminado por el fuego, y sombras en las persianas, moviéndose de habitación en habitación a medida que el ímpetu de la pasión de los amantes los llevaba por toda la casa.

Montefalco nunca antes había visto, oído o sentido nada parecido. Una ola de algo parecido a la superstición atravesaba su cuerpo, debilitando sus entrañas y haciendo que su cabello, cortado a un cuarto de pulgada desde la frente a la nuca, se le erizara.

Empezó a retirarse de la casa, sudándole las manos. Al hacerlo, oyó una voz detrás de él. Se giró. Era Urbano. Parecía un hombre que acababa de descubrir algo verdaderamente terrible sobre sí mismo, o sobre Dios, o sobre ambos.

“A éstos los matamos”, dijo Montefalco con mucha calma.

El general Urbano comenzó a asentir con la cabeza, pero el movimiento era demasiado para su enfermo sistema. Lanzó un vómito amarillento, que salpicó sus botas inmaculadamente pulidas. Sacó un pañuelo y se limpió la boca, luego dijo:

“Sí.”

“¿Sí?”

“Sí. A estos los matamos.”

Más tarde esa noche, Montefalco volvió a ver a Talisac. Fué solo, lo que resultó ser una movida inteligente. Ni Urbano ni Bogoto tenían las agallas para lo que allí le esperaba.

El lugar se había deteriorado considerablemente en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la última vez que sobrepasó el umbral: los cuerpos seguían en todas partes, pero estaban en una nueva condición. Parecía que toda la humedad, toda la energía, había sido succionada de ellos, dejándolos marchitos. Los ojos habían salido de sus cuencas y los labios habían sido arrancados de los dientes, dándoles a todos ellos la expresión de monos ciegos y chillones.

La carne de sus torsos se había marchitado hasta los huesos, al igual que la carne de sus brazos y piernas. La piel en sí era como una fina capa de tejido seco que cubría la estructura del hueso. Cuando la enana Camille apareció para saludar a Montefalco, y pateó un par de cadáveres a un lado, se alejaron con su golpe como maniquíes de papel.

“¿Está hecho?” le preguntó Montefalco.

“Oh sí, está hecho”, dijo Camille con una sonrisa brillante,”y creo que te vas a alegrar mucho”.

Una voz emergió de las sombras, hablando palabras que Montefalco no podía comprender.

“Me está pidiendo que lo revele”, dijo Camille.

El General recorrió con la mirada la habitación de paredes sucias, buscando lo que podría “ser”, y allí al final de la sala vio una forma monumental, cubierta con una tapicería deshilachada, obviamente traída del piso de arriba.

“¿Eso?” Dijo, no esperando confirmación, antes de acercarse. Mientras caminaba por los cuerpos, se agrietaron bajo sus talones, haciendo erupción en polvo y fragmentos. Pronto la habitación se llenó de trozos de pálida materia humana flotando en espiral.

Montefalco agarró el tapiz. Al hacerlo, Camille llamó a la cosa:”VENAL ANATOMICA”.

El General retiró el tapiz y lo reveló.

Como se podría haber adivinado por su escala debajo de la alfombra, era de un tamaño heroico, nueve pies de alto o más. Tenía el rostro de la muerte, y estaba equipado con una variedad de armas medievales asesinas. Había clavos martillados crudamente en su hombro y pierna. La sangre se había coagulado alrededor de las uñas, pero cuando Venal Anatomica comenzó a moverse (como ahora), sangre fresca brotó de las heridas y corrió por su cuerpo.

“¿Me conoce?” Preguntó el General.

“Sí”, dijo Camille,”está listo para obedecer tus instrucciones”. Talisac habló, y Camille tradujo. “Dice que no tiene lealtad hacia su Creador, sólo hacia usted, general Montefalco.”

“Qué bueno oír eso”.

Montefalco le hizo señas.

“Vamos entonces”.

La criatura dio un paso vacilante. Luego otro.

“¿Puedo ir contigo?” Dijo Camille.

Montefalco miró su desnudez. “Sólo si te cubres”, dijo.

Sonrió, y luego se fue a buscar un abrigo de pieles mordido por las pulgas.

Salieron juntos a la noche: los tres. El General, la enana y Venal Anatomica.

El amanecer no estaba lejos. Tampoco el fin de ciertas cosas. Aunque Greta Sabatier había sido asesinada por los bandidos en su camino a Calyx -un destino que ella no había previsto- tenía razón en eso. Una era estaba llegando a su fin: y era la Edad de los Amantes.



Libro Seis: La Segunda Venida

I

En su búnker de tierra y cadáveres Talisac esperaba solo, mientras su cuerpo -que era algo sin precedentes- se movía y saltaba y se agitaba.

Había un niño dentro de él: el MONGROID, el infante de la Segunda Venida. O así llegó a creerlo, después de los años que había pasado experimentando con otros, y consigo mismo. No fue hasta que creó un homúnculo que sería a todos los efectos y propósitos de su hijo, su carne hecha del mismo ADN que la suya, que llegó a creer que había algo santo en la inminente llegada. Fue otro nacimiento virgen.

En cuestión de horas, el niño estaría en sus brazos.

No tendría a nadie para compartir el triunfo de lo que había logrado, pero que así sea. Había estado solo toda su vida, incluso en compañía de sus semejantes. Solo con su ambición, solo con sus fracasos, solo con los sueños extraños que lo encontraron en medio de la noche: sueños de su hijo, hablándole, diciéndole que el mundo iba a terminar, pero que no importaría, porque estarían juntos, Hombre y Niño, hasta el Fin de los Tiempos.

Podía sentir al niño luchando por salir ahora. Podía oír su pequeña y aguda voz mientras trabajaba para liberarse.

El dolor era insoportable, un alucinógeno vicioso. Lloró y gritó, el Convento nunca había oído maldiciones como las que ahora escuchaba.

Pero finalmente el vientre se rasgó mientras el Santo Niño se escabullía con sus manitas, sus uñas, y en un chorro de fluidos ensangrentados, el mongroide fue degenerado en el suelo entre los cadáveres.

II

“¿Kreiger?”

Lucidique se acercó a la ventana y llamó al jardín que rodeaba la casa de su padre. Zarles Kreiger, el Scythe-Meister, que últimamente se había convertido en el amante de Lucidique, había salido al jardín para traerle flores perfumadas. El dormitorio apestaba al aceite especiado que sus cuerpos violentamente transfigurados desprendían. Era un olor amargo y desagradable, no el olor salado del sexo natural.

Pero el jardín estaba lleno de flores de olor dulce que ocultaban la amargura, y algunos de los olores más extraños eran los de las flores que se abrían al anochecer. Eran ya casi las dos de la madrugada, y los olores que se elevaban del oscuro jardín eran vertiginosamente fuertes.

Volvió a decir el nombre de Kreiger. Entonces ella pareció verlo, una oscura presencia moviéndose a través de los arbustos.

Si era Kreiger, ¿por qué no contestó su llamada? Tal vez no era él.

Manteniendo su silencio ahora, bajó sigilosamente las escaleras y salió al jardín.

Esta noche había una brisa suave y balsámica, que hizo a los arbustos y los árboles agitarse. El jardín era grande, y su diseño complejo, pero ella había jugado aquí desde que era una niña. Podría encontrar su camino por los estrechos y laberínticos senderos y alrededor de sus rosales y arboledas secretas con los ojos cerrados.

Fue directamente al lugar donde pensó que había visto al hombre cuando estaba en la ventana del dormitorio. A pesar de la dulzura de la madreselva y el jazmín nocturno, su olfato captó el olor de otra cosa, alguien más, en las cercanías. Había un hedor que no era el olor amargo de su propio cuerpo, o el de Kreiger. Esto era otra cosa. Algo que la hizo pensar en la enfermedad, en la corrupción, en la muerte.

Se quedó muy quieta. Algo se movió a través de los arbustos cercanos. Vio su forma, recortada contra el cielo sin estrellas: una enorme cabeza deforme, hombros acorazados, el pecho de un buey. Fuera lo que fuese, caminó con una marcada cojera, arrastrando su pierna izquierda. Cuanto más se acercaba a ella, más fuerte se hacía el olor de la corrupción. Este intruso era la fuente, no había duda de eso.

Entonces, desde la oscuridad cercana, el sonido de la voz de su amante:

“¡Lucidique! ¡Aléjate de aquí! ¡Rápido!”

Había algo quebrado en su voz.

“¿Qué te ha pasado?” Dijo, con miedo a la respuesta.

Al oír su voz, el intruso miró hacia ella. Una capucha de carne resbaló deslizándose hacia atrás desde la mitad superior de su cara, revelando sus rasgos esqueléticos. Esto era como ellos, un monstruo. Y sin embargo no era como ellos. No es obra de Agonistes, al menos. No es producto del desconocido arquitecto del Edén.

Este intruso era el hijo de una casa fúnebre, si alguna vez existió algo así. Estaba hecho de parches de carne y hueso podridos, todos clavados juntos y con hedor fétido.

Retrocedió mientras eso caminaba hacia ella. Ella sabía cómo matar eso no estaba en duda. Pero la criatura aún la asustó. Era una fuente de poder. E indiferente, adivinó, a cualquier dolor que pudiera ser capaz de causarle.

“¡Vamos!” escuchó a Kreiger gritándole.

Sus ojos revolotearon en su dirección, y junto a la luz que salía de la ventana del dormitorio, ella lo vio, en el suelo, derramando su propia sangre.

“¡Cristo!”

Ella corrió hacia él, pero el intruso se movió para interceptarla, sus vastas manos ansiosas por arrancarle la garganta.

Pero ella no iba a huir del jardín, no con su amante tendido allí en la tierra, sangrando en cien lugares. En vez de eso, se giró y llevó al cojeante carnicero lejos de Kreiger, esquivando el oscuro jardín, usando su conocimiento del trazado para doblar la distancia entre ellos.

Aún así le siguió, lanzando su peso a través de la maraña de arbustos espinosos, emitiendo un estruendo gutural mientras lo hacía, como el ruido de un inmenso mecanismo que imitaba imperfectamente el sonido de un animal atormentado. Un toro, tal vez, bajo el martillo del matadero. Fue horrible oírlo.

Había llegado al lugar donde esperaba burlar a su perseguidor: un árbol que había trepado mil veces de niña, y que ahora volvía a trepar, tan rápido que para cuando el intruso quedó a la vista, ya estaba escondida en su verdoso dosel.

Ahora, pensó, si la bestia sólo vagara bajo el árbol, quizás podría matarlo. Sal de las ramas y córtale la garganta. Incluso si era algo que estaba hecho de bazofia mortuoria, respiraba, y si ella podía abrir su garganta de oreja a oreja, estaría muerto como cualquier otra cosa que haya sido cortada.

Pero a unos tres metros del árbol, la criatura se detuvo y olfateó el aire, mirando sospechosamente a su alrededor. ¿Sintió que había una trampa tendida aquí? No podía creer que tuviera el ingenio de ser tan cauteloso. Y sin embargo se había detenido, ¿no? Y ahora se retiró del árbol, perdiéndose el bajo y apenas audible ruido de su garganta, cojeando hacia la oscuridad.

Separó cuidadosamente el follaje, para ver si podía descubrir en qué andaba. Hubo un sonido desde la dirección en la que vino, y luego un gemido audible de Kreiger.

Oh Dios, no, pensó. No dejes que el intruso sea lo suficientemente listo como para usar a Kreiger como cebo...

Sus temores se hicieron realidad un momento después, cuando la criatura reapareció entre los espinosos arbustos, arrastrando una pesada carga tras él. Era Kreiger, por supuesto. Este amante suyo, que ahora estaba reducido a poco más que un saco, arrastrado tras el demonio sin nombre, había sido un terror por derecho propio no hace mucho tiempo. Como el asesino Zarles Kreiger, una vez persiguió a la ciudad de Primordium desde las chabolas hasta los castillos. Luego, después de la transformación que Agonistes trabajó sobre él, como el Scythe-Meister había aniquilado a la clase dominante de la ciudad en una noche escarlata.

¡Pero ahora mírenlo! Su cara estaba abierta, como si el demonio simplemente hubiera metido sus dedos en la boca de Kreiger (cuyos labios Lucidique habían besado una hora antes) y la hubiera roto como una bolsa de papel. El resto de su cuerpo había sido tratado cruelmente: la carne arrancada de su asentamiento, exponiendo el esternón y las costillas y el hueso largo de su muslo. La pérdida de sangre de estas heridas había sido traumática. Era una maravilla que Kreiger aún estuviera todavía vivo. Pero, obviamente, sorprendido en el jardín mientras recogía las flores pacíficamente, se había defendido hasta que no tenía fuerzas con las que luchar, momento en el que su atacante simplemente había esperado en el jardín mientras una de sus dos víctimas se desangraba lentamente hasta morir, sabiendo que la otra iba a aparecer en el jardín.

Y así lo hizo. Sin duda, la criatura esperaba despacharla en un abrir y cerrar de ojos. Ahora estaba obligada a sacarla de su escondite con este maldito rehén. Agarró el cuello de Kreiger y lo levantó con una mano, empujando su cara rota hacia el árbol. La cabeza de Kreiger se inclinó sobre su cuello, sus ojos regresaron a sus órbitas. Estaba tan cerca de la muerte que no había diferencia.

Entonces su asesino levantó la otra mano y llamó a la mujer del árbol. Al hacerlo, movió la cabeza de Kreiger de un lado a otro, como si fuera una muñeca. Para Lucidique era una agonía más allá de las palabras ver a su amante, un hombre que había derribado una dinastía, sacudido como un muñeco de ventrílocuo. Le hizo perder toda razón. Aunque sabía que el intruso de abajo tenía el poder físico para matarla, no podía ver los últimos momentos de Kreiger interpretados como un humillante espectáculo de marionetas.

Saltó del árbol con un chillido de ira, y antes de que la criatura pudiese bajar su visera de carne, le había cortado los dos ojos con una de sus armas, cegándola.

Dejó caer a Kreiger, y emitió un rugido que sonó agradablemente como pánico. Esquivó agachada sus brazos que se sacudían y fue hacia Kreiger.

Estaba muerto.

Miró a su asesino, que estaba en un estado de terror infantil. Su rugido se había convertido en aullidos que estaban cerca de caer en gemidos.

Podría haberlo herido de nuevo con bastante facilidad, y quizás, después de una docena de heridas, o dos docenas, podría haberle quitado la vida. Pero no tenía tiempo que perder con esta cosa ciega. Necesitaba llevar a Kreiger a algún lugar donde él tuviera esperanza de resurrección.

Hacia el desierto. A buscar a Agonistes.

Cargó el cuerpo de su amante sobre sus hombros (él era más ligero de lo que ella esperaba, perturbadoramente, como si su materia vital se hubiera alejado de él para nunca regresar, ni aunque fuera por un milagro). Sin embargo, ella no dejaría que tal pesimismo persistiera en su mente. Dejando al intruso ciego enfureciéndose entre las rosas, se dirigió a la explanada de la casa. Suavemente puso el cadáver en la parte trasera del coche, y luego salió de la ciudad en busca de una tormenta de arena.

III

Talisac miró hacia la criatura que se había derramado de su cuerpo: su Mongroide. Había visto cosas más bonitas, pero también había visto cosas más feas. Era más autosuficiente que lo que cualquier criatura recién nacida razonablemente debería ser: caminaba, como un cangrejo, a cuatro manos, y hacía intentos rudimentarios de expresarse.

Lo llamó, como si fuera un perro. Pero no vendría. Estaba demasiado interesado en los cuerpos que yacían por todas partes alrededor de la cámara, examinándolos con su cabeza invertida, olfateando los mejores ejemplares. Parecía tener una cabeza bien formada, por lo que Talisac podía ver. Había algún parecido familiar allí, pensó.

Había dejado de intentar llamar su atención, pero ahora -paradójicamente- sus ojos se posaron sobre él, y con su desgarbado paso lateral se le acercaba. Echó una mirada alrededor de la casa mortuoria mientras lo hacía, y sus procesos de pensamiento estaban perfectamente claros. Era la primera distinción de su joven vida: entre los vivos y los muertos.

“Así es...” dijo Talisac, intentando un tono alentador,”... están muertos. No te sirven de nada. Es a mí a quien tienes que ayudar. Soy tu padre”.

Cuánto de esto -si es que algo de ello- comprendió, Talisac no tenía ni idea. Muy poco, adivinó. Pero tenían que empezar con algo. Sería un asunto largo y agotador, criar esta cosa. Tenía la esperanza de dar a luz algo más loable, algo que podría mostrarle a Montefalco y, por lo tanto, recibir financiación para nuevas investigaciones más ambiciosas.

Tendría que hablar rápido para que el general viera su visión de las cosas. El homúnculo de cangrejo producido de su saco de semen y agua de mar estaba muy lejos del niño perfecto y vicioso que él esperaba producir: un himno a las glorias de la testosterona.
Pero no importa, habría otros. Con el tiempo sometería a éste, y lo viviseccionaría para ver si podía averiguar dónde estaban los errores. Entonces lo intentaría de nuevo.
La criatura se había detenido a unos metros de él, y estaba estudiando el saco en el que había estado contenido durante diecisiete semanas. Todavía goteaba sangre de él, al suelo sucio. Se inclinó y puso su lengua en el charco, probando el fluido.
“No”, dijo Talisac, levemente repugnado por esta demostración. “No hagas eso.”
Él no quería que tuviese un apetito antinatural. Por la sangre, o carne, o cualquier otro jugo que corría de él libremente mientras colgaba allí. Era demasiado vulnerable en su estado actual.
“Malo”. Dijo, dando un tono de asco. “Malo”.
Pero la criatura no estaba interesada en que le prohibieran nada. Era una criatura de instinto, y su instinto le decía que había que comer aquí. Rastreó la fuente del charco hasta el cadáver colgante de carne que había sido su vientre improvisado.
No le gustaba en absoluto la mirada de la criatura. Tampoco le gustaba la forma en que su vientre se estaba distendiendo, como si su apetito despertase un cambio en su anatomía.
El mongroide estaba tirando de los sueltos y sanguinolentos jirones de su carne ahora, la piel de su vientre todavía se hinchaba obscenamente.
“¡Camille!” Gritó Talisac, olvidando en su temor que la enana se había ido en compañía del general Montefalco. Estaba solo.
Y ahora, mientras se balanceaba allí, indefenso, el vientre de su descendencia se abría, revelando una vasta boca, completamente cubierta de brillantes dientes.
“¡Jesús! Oh Jesús!”
Fueron las últimas palabras pronunciadas por Talisac.

Usando sus cuatro manos para saltar hacia el útero del que había sido dado a luz recientemente, la cosa cerró sus enormes mandíbulas en la ingle de su progenitor, sus dientes excavando profundamente en la carne de Talisac. Los gritos a Jesús se convirtieron en un chillido sólido. El mongroide tomó un saludable bocado de tripa, hombría y vientre, y cayó de nuevo al suelo para devorar lo que había mordido.

Las entrañas de Talisac, con la mitad inferior removida, simplemente cayeron de su cuerpo: entrañas desenrolladas seguidas por hígado, riñones y bazo.

Los gritos del genio del hospicio del Sagrado Corazón cesaron.

IV

Así, en una noche Primordium perdió dos de los monstruos que habían atormentado sus calles, y ganó dos nuevos.

Venal Anatomica -o El Ciego, como se le conocía- era, en realidad, una especie de broma. A pesar de su volumen, y su fuerza fenomenal, nunca desarrolló las habilidades compensadoras que a menudo vienen después de un cegamiento. Vivía siempre como si acabara de ser cegado. Siempre temblando, siempre furioso, siempre violento.

Montefalco lo cuidaba, sin embargo, por un extraño sentido de lealtad. Ordenó que cualquiera que se encontrara burlándose del otrora poderoso Venal Anatomica fuera ejecutado sumariamente. Después de una docena de ejecuciones casuales, el mensaje llegó a los que gustaban de atormentar a la criatura. El Ciego fue dejado solo para atormentar los cementerios de la ciudad, a menudo desenterrando y comiendo a los recién fallecidos.

V

Lucidique nunca encontró a Agonistes. Aunque ella condujo durante varios días, buscando las tormentas de arena donde se escondía, el desierto estaba inmóvil. Ni una brisa que se mueva tanto como un grano de arena, mucho menos una tormenta.

Después de una semana, cuando el cuerpo de The Scythe-Meister empezaba a oler, ella cavó un agujero con sus propias manos y lo metió en él. Mientras se encontraba allí sentada junto al montículo, entusiasmada, creyó oír a Agonistes decir su nombre, y se levantó, lista para la noticia del momento de reclamar a Kreiger de su lecho seco, para dejar que el genio del Edén ejercitara su magia de Lázaro sobre su amante.

Pero no era la resurrección lo que había oído. Era sólo un truco del viento. De hecho, ni una sola vez en los siguientes cuarenta y un años, durante los cuales Lucidique rara vez se apartó más de un cuarto de millas del lugar donde Zarles Kreiger fue depositado, apareció Agonistes.

VI

Entonces, un día, despertando al mismo cielo brillante con el que se había despertado por más de cuatro décadas, ella fue atrapada por el deseo de ver Primordium.

La casa que su padre había construido aún estaba en pie, le sorprendió encontrarla: abandonada por las autoridades, demasiado supersticiosas como para derribarla. Volvió a ocuparla, y después de unas cuantas noches durmiendo sobre las tablas desnudas, superó su miedo a recuerdos que le desgarraban la cordura, y se mudó a la antigua cama manchada, donde ella y Kreiger habían hecho el amor tantos años antes.

No hubo pesadillas. Estaba con ella, aquí, más de lo que había estado en el desierto. Él la sostuvo, en sus sueños, y le susurró travesuras, que a veces ella actuaba, por los viejos tiempos. Sangre que dejó salir libremente, cuando le agradó hacerlo. Nadie estaba a salvo de ella. Habría asesinado felizmente a un santo si él la hubiera mirado de alguna manera que la irritaba.

Y una noche, sólo por el el placer de hacerlo, mató a los tres generales, Montefalco, Bogoto y Urbano, que ya eran gordos y viejos y protestaron a su llegada.

Otra noche, fue a buscar al asesino de Kreiger, El Ciego.

Ella lo encontró en el cementerio, llorando con sus ojos rajados, las lágrimas cansadas de un hombre que llora cada noche, pero no conoce cura para ellos. Ella lo observó un rato, mientras él lloraba y se comía a los muertos. Entonces ella lo abandonó a su sufrimiento.

Era cruel, por supuesto, dejarlo vivir, cuando ella pudo haberlo sacado de su miseria con un golpe bien dado. Pero, ¿por qué habría de dispensar misericordia, cuando nadie había sido nunca misericordioso con ella? Además, le agradó saber que había tres monstruos en Primordium. El mongroide (a quien también había ido a ver en su reino excremental) en las alcantarillas, Venal Anatomica en las casas fúnebres, ella en la mansión de su padre. Tenía cierto orden.

A veces, cuando se sentía sola, pensaba en salir al desierto y acostarse junto al cadáver momificado de Kreiger, dejando que la arena la asfixiara. Pero algo le impidió hacerlo. Tal vez tendría que mirar la ciudad de Primordium quemarse primero, o sentir que la locura le subía por la columna vertebral.

Hasta entonces, ella viviría su destino, con sangre y lágrimas y soledad, sabiendo que fue nombrada en las oraciones de decenas de miles de ciudadanos temerosos de Dios cada noche, quienes rogaban al Señor que los resguardara a ellos y a sus rostros a salvo de ella.

Era una tierra de inmortalidad.

FIN.



Ok, he aquí el final de este, para mí, espectacular relato de Clive Barker.¿Qué les pareció?Hace unos años se habló de adaptarlo para el cine, pero no creo que se acerque a las imágenes que esta historia conjura. De hecho, la sinopsis que se barajó sólo tiene el concepto de la transformación para la venganza y centrada en una sóla historia, que no tiene relación con ninguno de los personajes de Six Destinies. Es una pena, porque este relato podría ser una heredera perfecta de Hellraiser.

¡Abrazo grande a todos los amantes de los cuentos retorcidos y oscuros!
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25/12/2017 05:20:26 pm 
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Gracias Ilu, excelente regalo de navidad


26/12/2017 09:33:29 am 
       3                           
AlexLogan


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Después de leer esto me volvieron a dar ganas de rejugarme Clive Barkers Jerico, un videojuego tan retorcido como sus novelas, por si no lo han jugado, 100% recomendado, yo diría que la historia de este juego es aun mejor ya que explora figuras históricas y las deforma en sus perversiones mientras un grupo de mercenarios con poderes sobrenaturales se adentra en la ciudad de Jerico que solo se puede describir como la entrada al infierno, todo para eliminar al terror primordial, una entidad que solo Clive Barker podría imaginar.

Saludos!


30/12/2017 12:14:52 am 
       1                           
gendo_ikari


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me los voy a leer, gracias por esto, y si por casualidad tienes los de ´´twisted land of oz´´ que siempre me dieron curiosidad te lo agradezco


01/01/2018 01:53:39 pm 
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gendo_ikari escribió:
me los voy a leer, gracias por esto, y si por casualidad tienes los de twisted land of oz que siempre me dieron curiosidad te lo agradezco


Voy a chequear el pedido, el cuento que viene con las figuras de TLoO lo tengo guardado, pero nunca pensé en traducirlo. Le voy a dar una oportunidad, porque me pareció muy divertido cuando lo leí por primera vez.

Traducir y hacerlo bien es todo un laburo, sobre todo por las diferentes versiones a las que uno llega con las sucesivas correcciones. Para SDX, por ejemplo, después de llegar a las versiones finales corregidas, tuve que editar todos los puntos y comas porque SDX no los acepta, reemplazándolos por los dos puntos y los puntos y aparte.

Lo que aún no pude conseguir es el relato en inglés que venía con las figuras de la otra colección colaborativa entre Barker y McFarlane llamada INFERNAL PARADE. Este relato es otro pendiente para cuando pueda encontrarlo...




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