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Horror y Fantasía: thread de relatos breves





Thread creado por GABULLS el 18/12/2017 09:40:27 am. Lecturas: 1,940. Mensajes: 25. Favoritos: 4







18/12/2017 09:40:27 am 
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GABULLS


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Un thread semanal para compartir cuentos cortos de género fantástico, terror, ciencia ficción, etc...
La idea es subir esos cuentos que nos gustaron (porque cuentos cortos hay muchísimos pero a lo mejor solo uno de cada diez nos llega a gustar realmente) y, claro, conocer los favoritos de los demás que tal vez nunca conoceríamos si no fuera por la recomendación.
Espero que les guste la idea y se animen a copiar sus cuentos favoritos (o a recomendar el título así lo buscamos y lo posteamos).
Buena semana!




Otros cuentos subidos:
La Camada (de Ramsey Campbell)
Donde Crecen las Piedras (de Lisa Tuttle)
El hombre que ahogaba cachorros (de Thomas Sullivan)
Popsy (de Stephen King)
La Camada (de James Kisner)
2020 20



18/12/2017 09:41:08 am 
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GABULLS


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EL NIÑO QUE REGRESÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
Alan Rodgers



Walt Fulton regresó de la tumba el domingo, al atardecer, después de la cena, pero antes de que su madre hubiera recogido los platos.
Estaba sucio, cubierto con tierra de la tumba de la cabeza a los pies pero todas las cosas que el coche le había roto y aplastado al atropellarlo (cosas que el de pompas fúnebres no había logrado recomponer del todo) estaban arregladas.
—Mamá —gritó Walt, abriendo de par en par la puerta de la cocina—, ¡ya estoy en casa!
Su madre lanzó un grito, pero ni por asomo se le cayó la cacerola de porcelana que llevaba en las manos.
Hay algo en un niño de ocho años que le permite comprender a su madre, aunque no llegue a saber nunca que tiene esa habilidad ni logre expresar con palabras lo que le dice. Walt no podía haberle contado a nadie que, al verlo, su madre quiso no creer que era él —el niño estaba muerto y enterrado, por Dios y María Santísima, y dejemos que los muertos descansen en paz—, pero como era su madre, y las madres «saben», ella supo que él había regresado de la tumba.
Entonces Walt vio que sobrevenía la sorpresa, y su madre empezaba a paralizarse. Pero era una mujer fuerte: apretó los dientes, y se sacudió el aturdimiento de encima. Sí, era una mujer fuerte. El regreso de su hijo le produjo una alegría inefable, porque lo amaba. Pero deseó que se marchara y que no regresara jamás. Volver a tenerle ante ella significaba recordar aquel momento en la zona de descanso de la autopista, cuando alzó la cabeza para verle primero cruzar a la carrera la calzada en busca de su pelota y luego, de repente, aplastado como una mosca contra el parachoques delantero de un Buick último modelo. Y no soportaba tener ese sueño de nuevo.
Walt no se ofendió por ello, ni siquiera de saber que provocaba esos sentimientos en ella. La misma cosa que le permitía saber qué pensaba su madre (a pesar del hecho de que fuera imposible) le aseguraba que nunca dejara de quererla.
Al cabo de un minuto y medio, la mujer se dominó.
—Walt —dijo—, llegas tarde para la cena y estás muy sucio. Lávate las manos y la cara y siéntate a la mesa.
Su padre y su hermana sonrieron papá tenía lágrimas en los ojos, pero no dijo nada. Mamá se levantó y le puso un plato.
Y Walt estuvo en casa.
A la mañana siguiente de su regreso, Walt se pasó horas sentado a la mesa de la cocina, coloreando libros para pintar, mientras su madre hacía las labores de la casa. El trazo de los lápices de colores tenía cierta melancolía y elegancia le intrigó la indiferencia que crecía en las páginas a medida que iba pintando.
Su madre espió por encima de su hombro y emitió un tenue silbido de sorpresa.
—Mira, Walt —dijo—, no puedes imaginarte lo difícil que será lograr que vuelvas al colegio. —Se dirigió a la cocina y se agachó para ver el interior del armario de debajo del fregadero—. Todos están convencidos de que has muerto. La gente no vuelve de entre los muertos. Nadie va a creer que eres tú. Pensarán que los dos estamos locos.
Walt asintió. Su madre tenía razón, claro. Iba a ser un gran problema. Miró al suelo y restregó los pies contra el acabado.
—Debería contárselo a alguien —dijo.
—¿Contar qué, Walt?
Su madre tenía la cabeza metida en el interior del armario de debajo del fregadero, entre los líquidos limpiadores, el estropajo de aluminio y las cacerolas viejas.
—Lo de estar muerto, mamá. Me acuerdo.
Walt sabía que su madre no le escuchaba.
—Me parece muy bien. ¿Estás preparado para ir a la escuela esta tarde? Tenemos cita con el director a la una, después de comer.
—Sí, el cole está bien. —Se rascó la mejilla—. Sé que la gente necesita saber cómo es. Lo de estar muerto, quiero decir. Es algo que todos necesitan saber desde siempre.
Con lentitud, la madre de Walt sacó la cabeza del armario y se volvió para mirarle, boquiabierta.
—¡Walt! No harás nada de eso. No lo consentiré.
Estaba furiosa.
—Pero ¿por qué? Necesitan saberlo.
Su madre se limitó a apretar los labios y a ponerse roja como un tomate. No volvió a hablarle hasta después del almuerzo.
El señor Hodges, el director, era un hombre de piel rojiza y seca y cabello negro grisáceo: vestía un traje azul marino y del bolsillo de la pechera asomaba un pañuelo de seda rojo. A Walt no le caía bien, nunca le había gustado. Aquel hombre no era cordial, y Walt tenía la impresión de que, de haber podido, le habría hecho daño.
—Y tanto que es Walt —dijo mamá al hombre—. Por más que lo había visto con mis propios ojos, esta misma mañana, apenas amanecer. Sam y yo hemos ido a ver la tumba. La tierra está amontonada a un lado y puede notarse a la perfección por dónde salió de ella.
—Pero no es posible. Ya no tenemos su expediente. Lo hemos enviado a la ciudad, a la bóveda a prueba de incendios. —Hizo una pausa para recobrar el aliento—. Oiga, sé que es tremendo perder un hijo. Y mucho peor verle morir. Walt no es el primer alumno que se me ha muerto en un accidente. Pero usted no puede dejarse engañar así. Walt está enterrado. No sé quién será este jovencito, y mucho menos por qué se aprovecha de esta debilidad suya…
Su madre parecía indignada, tan enfadada que no podía hablar. Walt quiso arreglar las cosas, calmarlos, por eso le preguntó al director:
—¿Qué prueba quiere que le dé? ¿Cómo puedo convencerle de que soy yo mismo?
Al principio, ni su madre ni el director pudieron contestarle. Al cabo de un momento, el señor Hodges se excusó y abandonó el despacho.
Durante veinte minutos, Walt se quedó mirando por la ventana del despacho del director observaba a los demás niños durante el recreo. Su madre en ningún momento se levantó del asiento que ocupaba junto al escritorio del director. Tenía la mirada perdida en la pared mientras con los dedos iba retorciendo trocitos de papel hasta formar bolas bien apretadas.
Finalmente, el señor Hodges abrió la puerta y entró de nuevo. Parecía cansado, como si padeciera el susto propio de quien ha sufrido un bombardeo, pero ya no tenía aquel aspecto maligno. Depositó dos gruesas carpetas de archivo sobre su escritorio.
—Las pruebas que pudiera pedirte podrían fabricarse, Walt. Pero no es justo que trate de detenerte de esta forma. Como mínimo tienes derecho a ponerte el nombre que quieras. —Abrió una de las carpetas—. No puedo relacionarte con estos expedientes sin remover cielo y tierra. Pero no creo que los necesites. Aquí no hay nada que nos hiciera tratarte de otro modo que no sea el que emplearíamos con un nuevo alumno. —Y se puso a leer—. Estudias tercer curso. El grupo al que pertenecías ha continuado sus clases, y tu maestra, la señorita Allison, sigue trabajando aquí. Has estado ausente menos de un año, y aunque ya has estudiado estos temas del tercer curso, creo que no te vendría mal un repaso.
Más tarde, antes de que Walt y su madre terminaran de rellenar los impresos, el director mandó llamar a la señorita Allison para que los viera. Walt levantó la mirada cuando ella abrió la puerta del despacho del señor Hodges, y sintió que le reconocía al verlo.
La señorita Allison lanzó un grito y las piernas le fallaron. No se desmayó —nunca llegó a perder el conocimiento— pero cuando cayó al suelo, pareció como si lo hubiera hecho.
Volvió a gritar cuando él se le acercó para ayudarla a levantarse.
—¡Wal… ter!
El nombre sonó prolongado y horrendo, como en una vieja película de terror.
—Tranquila —dijo Walt—, no soy un fantasma.
—¿Qué eres?
Su voz sonó aguda por efecto del miedo.
—Sólo soy… Walt, sólo Walt. Soy Walt.
La señorita Allison le lanzó una mirada furibunda e impaciente.
—De verdad. Soy Walt. Además, mamá me ha dicho que no puedo contar nada.
Walt oyó que su madre rompía entre los dientes el lápiz que estaba mordisqueando.
—Cuéntaselo —le ordenó, furiosa—. Cuéntamelo.
Walt se encogió de hombros.
—Fueron los alienígenas —dijo—. Recorrían el cementerio para ver el interior de las tumbas.
—¿Qué alienígenas?
—Pues un montón de alienígenas de distinto tipo. Aterrizaron en una nave espacial, en el bosque. Un par de ellos parecían como peces, o puede que víboras, otro tenía cara de oso, otros dos parecían grillos cebolleros vistos con una lupa. Y otros también.
»Pero en el que me fijé mejor, que era el que daba órdenes a todos los demás, era realmente gordo. Tenía una cabeza enorme, llena de chichones, con la misma forma que el niño retrasado que tuvo la señora Anderson…
—¡Walt! Billy Anderson es mongólico. No debes hablar mal de los menos afortunados que tú.
Walt asintió con la cabeza y se excusó.
—Perdona. Bueno, el caso es que aquella cosa tenía una cabezota llena de chichones, como esponjosa y una cara como de hormiga, con dos enormes pinzas en lugar de boca, y además parecía como algo que se te cae al suelo de la cocina. Babeaba por todas partes…
—¡Walt!
—… y no paraba de hacer un ruido fuerte, como alguien que carraspea para expulsar una flema enorme.
»Pero su aspecto no era lo que más me impresionó. Lo que me asustó fue cuando se colocó sobre mi tumba y miró hacia abajo como si pudiera verme a través de la tierra. Y sus pinzas entrechocaban y se frotaban entre sí igual que un gato se lame los bigotes al ver a un ratón, y echaba los codos hacia atrás, como dispuesto a echárseme encima. Y hacía un sonido como de llanto, igual que un perro cuando te pide algo, y pensé que iba a atravesar la tierra y comerse mi cuerpo podrido. Y aunque yo sabía que estaba muerto y que no podía volver a morir, me dio mucho miedo. Como si no tuviese bastante con convertirme en algo que los árboles no distinguían del estiércol como para encima tener que servir de cena a un ladrón de cementerios. Pero entonces, aquella cosa se alejó y siguió mirando en el interior de las tumbas de otras personas. Cuando terminaron de verlas todas, volvieron a la mía, cavaron la tierra y me iluminaron con su rayo. No me dolió, aunque cuando estás muerto ya no sientes nada. Al cabo de cinco minutos volví a estar vivo, y sentí cosas, aunque ya no me las sabía, y entonces me levantó de la tumba.
»Pero cuando subí, los alienígenas ya se habían marchado. Entonces me fui a casa.
Fue la señorita Allison quien por fin lo dijo:
—Walt, eso es imposible. ¿Cómo podías saber todo eso si estabas muerto, enterrado bajo tierra? Aunque hubieras tenido los ojos abiertos, ¿cómo pudiste ver a través de la tierra?
Walt se encogió de hombros y respondió:
—Eso es lo que necesito contarles. Lo que es estar muerto. Siempre han necesitado saberlo, porque todo el mundo tiene miedo. Es como cuando te da dentera cuando con las uñas rascas el encerado al escribir, como estar despierto durante tanto tiempo que te mareas y empiezas a oír cosas. Y no se siente nada, y te enteras de todo lo que ocurre a tu alrededor, y de algunas cosas que ocurren lejos. Es malo, y da miedo, pero no es tan horrible como para no poder acostumbrarse.
Aquella tarde, ni la señorita Allison ni su mamá volvieron a hablarle.
A nadie le pareció que tuviese sentido provocar una conmoción metiéndolo en el aula en medio de la jornada lectiva. Se incorporó al día siguiente, por la mañana, bastante temprano. (Quizá demasiado, decía la mirada de la señorita Allison pero todo el mundo procuró no reparar en ella). Cuando llegaron a casa, Anne, su hermana, lo abrazó, y jugaron a cartas hasta la hora de la cena. Después de cenar, papá, Walt y Anne hicieron el indio y se lanzaron almohadas en el cuarto de juegos.
Fue divertido.
Antes de irse a la cama, Walt quiso que papá le contara un cuento (había echado mucho de menos las historias de fantasmas de papá), pero él no quiso. Al cabo de un rato. Walt dejó de preguntar el porqué. No era tonto sabía por qué su padre le tenía miedo.
Pero ¿qué podía hacer? Estaba claro que no quería marcharse, volver con los muertos. Le gustaba estar vivo. Le gustaba que la gente lo viera, le oyese y supiera que estaba allí. Los muertos no eran una compañía divertida. Casi todos se quedaban muy quietos y estaban cansados, esperaban la resurrección, no tanto cansados de la vida como exhaustos por su ausencia.
El martes y el miércoles fueron días tranquilos en la escuela. Casi ninguno de los chicos del nuevo curso había conocido a Walt antes del accidente. Y a los pocos que sí lo habían conocido no les costó demasiado concluir que Walt era algo que sólo habían visto los sábados, en la película de terror de las tardes.
Pero el jueves la noticia ya había circulado, y el grupo más decidido de su clase del año anterior —eran cuatro en total— lo buscó y lo encontró durante el recreo, en un rincón desierto del patio.
—Eh, zombi —le gritó Frankie Munsen desde atrás.
Entonces, le lanzó un terrón de tierra que alcanzó a Walt en la parte blanda del hombro, justo debajo del cuello.
—El conde Drácula, supongo… —se burló Donny James, saliendo de detrás de un árbol, a la izquierda de Walt. Con el chándal azul se envolvió el antebrazo y se escudó tras él, como hacen los vampiros de las películas con sus capas—. ¿Tienes murciélagos en la cabeza, Walt? ¿Qué se siente al haber regresado de entre los muertos?
Walt dio un respingo cuando un terrón de tierra, lanzado desde la derecha, lo golpeó en el vientre. Se volvió y vio a John Taylor y a Rick Mitchell, de pie entre un grupo de pinos, lanzando terrones de tierra. Uno de ellos le dio en la frente y el polvo se le metió en los ojos.
Cuando por fin volvió a abrir los párpados, vio a cuatro niños, de pie, a su alrededor.
—¿Qué pasa, zombi? ¿Tienes humo en los ojos? —se mofó Donny, que comenzó a sacudir a Walt por los hombros, con lo que el niño cayó de espaldas. Donny se le sentó sobre el pecho y le hundió las rodillas en los músculos del brazo—. ¿No vas a defenderte, zombi? —Soltó una risita tonta—. Demasiado tarde, imbécil.
La voz de Walt no sonó asustada no tenía miedo, sólo estaba un poco enfadado.
—¿Qué te pasa? Yo no te he hecho nada.
—Es que no nos gusta ver que los muertos andan por nuestra escuela, zombi. —Donny le escupió a los ojos mientras hablaba—. Queremos que te vayas, idiota.
Walt echó a rodar de repente, sorprendiendo a Donny y quitándoselo de encima.
Al levantarse, con un brazo se limpió la saliva de los ojos y con el otro, aferró a Donny por el cuello. Walt obligó a arrodillarse al niño mayor.
—No estoy muerto —dijo.
Le temblaba la voz, estaba enfurecido. Lanzó a Donny contra un árbol, y la cabeza del muchacho produjo un sonido hueco.
Ninguno de los otros chicos dijo nada. Pero tampoco echaron a correr. Donny se sentó la saliva sanguinolenta que le salía de la boca fue a caer sobre la tierra.
—Me he mordido la lengua —dijo.
Se balanceaba adelante y atrás de un modo inestable.
Walt se alejó y les advirtió:
—No volváis a hacer nada parecido.
Después se marchó a su casa.
Alguien debió hacer algo al respecto: telefonear a su casa, enviar a buscarle, reprenderle al menos por haber hecho «novillos». Pero nadie hizo nada al respecto. No era porque no hubiesen notado que se había marchado. Y, sin duda, todo el mundo se dio cuenta de lo que le había hecho a Donny James. Pero la señorita Allison no logró convencerse de que debía informar de su comportamiento, y nadie iba a contradecirle.
Cuando su mamá llegó a casa. Walt estaba sentado junto a la televisión, con un libro para colorear abierto en la mesita. El sonido de la televisión estaba casi al mínimo.
—Cariño, has vuelto pronto. ¿Cómo es eso?
Walt masculló algo sin utilizar ninguna palabra en concreto, simplemente le contestó con voz lo bastante baja como para que su madre pensara que la respuesta quedaba ahogada por el sonido de sus propios pasos al alejarse.
—Lo siento, cariño, no te he oído. ¿Qué ha pasado?
Walt hizo demasiada presión sobre el papel, y el lápiz de cera dejó en él una marca oscura, escamosa. A Walt, aquella marca le pareció como una cicatriz.
—Me he peleado —respondió—. Creo que he lastimado seriamente a Donny James. Me parece que tendrá que ir a ver al médico. Y como no tenía ganas de volver a hablarles, me vine para casa.
—¿O sea que te has ido de la escuela? ¿Así, por las buenas?
—Mamá, piensan que soy un monstruo. Creen que soy una especie de vampiro o algo así.
Walt sintió deseos de llorar, más que nada por la frustración que sentía, pero no lo hizo. Metió la cabeza entre los brazos y su nariz rozó el libro de colorear.
Mamá se sentó a su lado, y lo levantó para abrazarlo. Frente a ellos, en la televisión con el volumen bajo, los personajes de una telenovela se mostraban silenciosamente preocupados, del mismo modo que un hueso se preocupa por un perro.
—No eres un monstruo, Walt —dijo mientras lo abrazaba y lo apretaba cada vez más contra ella—. No permitas que te digan esas cosas.
Pero su voz sonó tan insegura que aunque Walt deseara creerle más que nada en el mundo, no pudo.
Walt salió una hora antes de la cena, para ver si encontraba algo que hacer. Caminó un largo trecho, manzana tras manzana del barrio. Trataba de encontrar a alguien conocido, o un parque donde poder sentarse, o incluso jugar, o «algo», pero lo único que encontró en el arroyo, al final de la calle Dumas, fueron unas chinches de agua (las que su madre le había prohibido llevar a casa porque en realidad eran cucarachas). No fue muy divertido. Al regresar a su casa, las estrellas se veían gloriosamente brillantes, aunque todavía no estaba muy oscuro. Walt trató de identificar a Betelgeuse —le encantaba el nombre de aquella estrella, por eso le había pedido a su padre que le enseñara a buscarla—, pero no logró verla por parte alguna. Y mientras observaba el cielo, tres estrellas se convirtieron en meteoros. Al principio se limitó a observar, maravillado ante las marcas como de lápiz de luz que dejaban tras de sí las estrellas fugaces, pero, entonces, comenzaron a caer en espiral y cada una de ellas se dirigía hacia donde él se encontraba. A tres manzanas de allí había un enorme bosque, unas quince o veinte manzanas cuadradas de terreno en las que nadie había logrado abrir calles ni construir casas. Walt corrió hacia allí, tan de prisa como fue capaz. Se internó en el bosque mucho más de lo que se había internado nunca, hasta que ya no vio las casas ni las señales que conocía, y ya no estuvo seguro de dónde se encontraba. Y cuando oyó que un grupo de gente corría hacia él, trepó al árbol más grande, más alto y más frondoso que logró encontrar. Y allí se ocultó.
Los alienígenas debían ir por él. Walt lo sabía.
Había siete en total, y cada uno de ellos era raro y diferente de los demás. El único al que vio de verdad era al que sostenía un chisme que parecía como un contador Geiger, el que tenía un par de gigantescas pinzas de hormiga en lugar de boca, aunque, en realidad, no era una boca, sino unas fauces. (Walt lo sabía. El martes había estado en la biblioteca y se había pasado horas leyendo acerca de los insectos).
Era el mismo que lo había mirado fijamente a través de la tierra que cubría su tumba cuando todavía estaba muerto. Aquella cosa se acercó al árbol donde Walt se había escondido, y el trasto que llevaba en las manos empezó a hacer «bip», «bip» como loco. Walt observó a aquella cosa desde lo alto mordiéndose el labio inferior. De cerca, era más fea todavía que cuando había mirado en su tumba. Las cosas que llevaba en el extremo de los brazos no eran manos. No tenían ni palmas ni dedos, sino unos pliegues de piel vermiformes y musculosos que colgaban y oscilaban en los extremos de sus muñecas. Su piel tenía el mismo color de una cucaracha cuando la aplastas. Olía como a huevos podridos, como el ratón que anidó un verano en la televisión y fue a morder el cable que no era y acabó electrocutado. Al principio, sus brazos parecían normales (o algo en los ojos de Walt quería que pareciesen normales), pero entonces, aquella cosa se estiró para apoyarse contra el tronco del árbol, y sus brazos se doblaron hacia atrás, como si tuvieran dos articulaciones, y la cosa se apoyó con más fuerza aún y el brazo ya no se dobló en dos partes, sino que lo hizo como en arco bajo el peso. Las piernas las tenía igual, y al andar se le doblaban hacia el trasero, en una postura semiacuclillada. Llevaba una túnica, por lo que Walt casi no podía verle el torso, pero en un momento dado se dobló de lado y la tela (¿o sería una especie de plástico gomoso que se estiraba?) se alargó tanto que quedó transparente y Walt logró ver que por el centro estaba retorcido como una salchicha, y formado por dos enormes trozos bulbosos apenas unidos por un punto.
Lo peor de todo eran sus ojos: enormes, más grandes que los platos del juego de porcelana que mamá reservaba para las visitas, y se parecían a como dicen que son los ojos de una araña vistos de cerca. Aunque no del todo. Eran más bien como una fuente llena de huevos, partidos y listos para batir, pero con las yemas todavía intactas. Alrededor de la media docena de pupilas de cada ojo, a través de la sustancia clara, Walt logró ver cómo palpitaban las venas y las terminaciones nerviosas contra la cuenca del ojo. De los ojos salía continuamente una especie de flema que iba a caer a las fauces. Por eso aquella criatura se pasaba todo el rato emitiendo aquel sonido, como cuando alguien carraspea tratando de tragarse los mocos.
La criatura se pasó un largo rato merodeando alrededor del árbol donde Walt se ocultaba, escudriñaba a través de cada tronco de cada arbusto, de cada montón de hojas, mientras los otros alienígenas revisaban el resto del bosque. Pero en ningún momento miró hacia arriba. Ni uno solo de los alienígenas levantó en ningún momento la mirada.
Lo buscaron prolija, metódicamente, enterrando en el suelo sus largas sondas electrónicas, volviendo todas las piedras y troncos podridos, tamizando hasta el último montoncito de estiércol.
Pero en ningún momento, ninguno de ellos examinó las ramas de los árboles.
«Estúpidos alienígenas», pensó Walt. Más tarde, al reflexionar sobre aquel detalle, decidió que había hecho bien.
Después de pasarse tres cuartos de hora buscándolo, se dieron por vencidos y se marcharon. Walt siguió en el árbol veinte minutos más, no fuera a ser que se hubiesen ocultado en alguna parte a esperarlo. Se había hecho el firme propósito de aguardar más, pero no lograba estarse quieto.
Daba igual. Porque cuando bajó del árbol, nadie acudió a capturarlo.
«Los alienígenas son más impacientes que yo», pensó Walt. De sólo imaginarse a unos alienígenas agitados y nerviosos, le entraron ganas de reír, pero se contuvo.
Ya era noche cerrada, y Walt desconocía aquella parte del bosque. Al menos la luna había salido ya y estaba casi llena, de manera que había luz suficiente para ver, para ver el sendero (un sendero muy poco transitado: en algunos lugares la hierba crecía tupida) que conducía hasta ambos lados y que él no reconocía.
No se sentía demasiado preocupado por sí mismo —al fin y al cabo, se había perdido pero estaba cerca de su casa, cosa que resultaba muy tonta— pero sabía que su madre estaría angustiada. Cuando lograra llegar a casa, la encontraría muy enfadada. Se apresuró cuanto pudo.
Al cabo de unos quince pasos, el sendero fue a parar al cementerio de Walt.
El mismo en el que había estado sepultado durante once meses y siete días. El árbol junto al que se encontraba era el mismo cuyas raíces le hacían cosquillas en las mañanas soleadas. Delante de él estaba la lápida, profanada por las pintadas.
Aunque la luz de la luna era tenue, logró verla unos osados trazos de pintura en spray cubrían las letras esculpidas en el granito.
Las pintadas tenían que ser recientes. La noche que había salido de la tumba se había vuelto para ver la lápida y estaba limpia.
Y alguien había puesto la tierra en el hoyo de nuevo, prensándola bien y habían vuelto a colocar el césped en su sitio.
Walt se puso de pie sobre la tumba y hundió la punta del zapato en las raíces del césped, al tiempo que contemplaba la lápida, leyéndola una y otra vez. También trató de leer las pintadas, pero no estaban formadas por palabras, ni siquiera eran letras, sino más bien extraños mamarrachos, como en las pintadas que cubrían los vagones del metro que Walt había visto cuando papá lo llevó a Nueva York. (Papá le explicó que las pintadas de la ciudad eran así porque los chavales que las hacían nunca habían aprendido a leer y escribir, y que eran demasiado tontos como para aprender siquiera el alfabeto. Parecía increíble, pero a Walt no se le ocurría ninguna otra razón por la cual no supieran cómo utilizar las letras). Pensó que quizá las hubieran hecho los alienígenas, pero entonces se preguntó, «¿para qué iban los alienígenas a utilizar un spray rojo brillante?», y supo que no habían sido ellos.
Observar la tumba le hizo sentirse cómodo y somnoliento. Se hacía tarde, y sabía que debía regresar a su casa. Pero no podía evitarlo. Se acostó sobre su tumba, apoyó la cabeza en la lápida (la pintura estaba aún tan fresca que Walt logró olería), y se quedó durante una hora de cara al cielo, mirando las estrellas. No lo hizo para buscar naves espaciales alienígenas, sino porque en el mundo no había nada más cómodo.
Cuando volvió a casa, su mamá no estaba. Sólo papá y Anne, que miraban la televisión en el cuarto de trabajo.
—Hola, Walt —lo saludó papá cuando entró—. Parece que los exploradores habéis trabajado hasta tarde, ¿no?
A Walter le entró la risa y respondió:
—Pues sí.
En realidad, no era una mentira papá se hacía el chistoso. Walt se sentó a la mesa de juego, detrás del sofá de papá. Anne, estaba sentada en el confidente que había contra la pared, y no dejó de mirar la tele hasta que salieron los anuncios.
—¿Juegas a las cartas? —preguntó.
—No, creo que me iré a la cama temprano.
—En la nevera queda algo de cena, Walt —dijo papá—. Chuletas de cerdo rellenas y judías verdes.
Walt asintió.
—Gracias —repuso.
Se levantó y se dirigió a la cocina.
—Ah, Walt —dijo papá—. Se me olvidaba. Llamó el hombre de ese periódico. The Interlocutor. Quiere venir a hablar contigo mañana por la mañana, antes de que salgas para la escuela.
—Ah.
Walt no estaba muy seguro de lo que pensaba.
—Creo que sería interesante —dijo papá—. Me pregunto cómo se habrán enterado tan pronto.
Walt se encogió de hombros y entonces se dio cuenta de que su padre no lo comprendería.
—No lo sé. Supongo que alguien del colegio se lo diría.
—Sí. —Su padre movió la cabeza afirmativamente mirando el televisor—. Supongo que eso habrá sido.
En la cocina, sacó el plato de la nevera y trató de comer lo que su madre le había dejado. A Walt le encantaban las chuletas de cerdo rellenas. Incluso frías. Pero no logró encontrar las ganas de comérselas, ni tampoco las judías verdes. Al cabo de veinte minutos, dejó el plato casi sin tocar sobre la mesa de la cocina y se fue a la cama.
Su mamá entró por la puerta trasera justo cuando él subía la escalera para irse a su cuarto. Se volvió para darle las buenas noches, pero ella ya se disponía a subir también, despotricando contra Dios sabía qué, y como estaba oscuro, no reparó en él.
—Mamá —dijo Walt, en un intento de llamar su atención antes de que tropezara con él.
—¡Dios mío! —gritó su madre.
En la oscuridad, le arreó un puñetazo que alcanzó a Walt justo debajo del ojo derecho. Cayó al suelo, y habría salido rodando, escalera abajo, de no habérsele enganchado el tobillo izquierdo entre los pies de su madre.
Durante cinco minutos, temblando y respirando con agitación, la mujer permaneció agarrada a la barandilla que había atornillada a la pared. Walt no se movió —no le pareció seguro—, y permaneció tirado en la escalera, a los pies de su madre. En un instante, su padre y su hermana se presentaron al pie de la escalera y lo vieron todo. Se quedaron allí, observándolo. No dijeron palabra.
—Walt —dijo su madre por fin (su voz le pareció más fría y más inhumana de lo que llegaría a parecerle nunca a ningún extraño)—. Te he dicho cien veces que enciendas la luz cuando vayas por la escalera y por los pasillos.
—Perdóname —se disculpó, temeroso de enfurecerla más si agregaba algo.
—No vuelvas a hacerlo.
Asintió y le dijo:
—Me iba a la cama. Quería darte las buenas noches.
—Buenas noches —respondió su madre.
Su voz fue más dura y más solitaria de lo que había sido su tumba.
En la cama, cuando estaba a punto de dormirse, se dio cuenta de que no había comido casi nada en toda la semana y que desde su vuelta de entre los muertos apenas había sentido apetito.
Papá lo despertó muy, pero que muy temprano, sacudiéndolo por el hombro con su enorme mano blanda. Walt se duchó y se vistió antes de espabilarse del todo: más tarde, se dio cuenta de que se había puesto la camisa del revés.
Cuando entró en la cocina, su mamá ya estaba preparando el desayuno —huevos revueltos con tocino—, y el hombre del The Interlocutor estaba sentado a la mesa de la cocina. Miraba a Walt del mismo modo que Walt recordaba haber mirado a las lagartijas en la Sala de Reptiles del zoológico cuando tenía seis años. Pero la lagartija no podía verle, o al menos se comportó como si no pudiera.
—Hola, Walt. —El hombre le tendió la mano para saludarle, pero no dejó de mirarlo—. Soy Harvey Adler, del The National Interlocutor. He venido para tomar nota de tu historia.
A pesar de que sonreía, a Walt le recordó las sonrisas de las lagartijas: eran más un fallo de su anatomía que una expresión verdadera.
—¿Va a desayunar con nosotros? —preguntó Walt.
No estaba seguro de por qué lo había dicho.
—Esto… —comenzó a decir Adler, incómodo.
Pero, entonces, la mamá de Walt puso un plato delante de él y otro delante de Walt.
—Bueno, parece que sí.
Walt, en cierto modo, se sintió traicionado.
—¿Café, señor Adler? —inquirió la mamá de Walt.
Aquello fue incluso peor y Walt no supo bien el porqué.
—No, gracias, señora Fulton, ya me he tomado dos esta mañana. —Se volvió hacia Walt y le preguntó—: ¿De veras te has muerto, Walt? ¿Y te has levantado de tu tumba? ¿Cómo fue eso de estar muerto?
Walt revolvió el desayuno con el tenedor.
—Crucé la autopista corriendo y se me olvidó mirar. Hubo como un grito. Supongo que era el coche que trataba de frenar. Pero no lo vi. Nunca giré la cabeza. Todo pasó demasiado de prisa. Después, todo se volvió negro durante un rato.
Adler tenía el magnetófono en marcha, y tomaba notas con ahínco.
—Y después, ¿qué pasó, Walt?
Éste se encogió de hombros.
—Después, me morí —respondió—. Podía ver y oír todo lo que ocurría a mi alrededor. Igual que los otros muertos. Pero no podía moverme.
—¿Y estuviste así un año? Debiste de estar muy solo.
—Bueno, la verdad es que no te importa mucho cuando estás muerto. Y los demás muertos pueden oírte. Y hablarte. Pero no son muy conversadores. Nunca quieren hablar.
Y así estuvieron durante una hora. Se lo contó todo al hombre, lo de los alienígenas, cómo salió de su tumba, lo de sus amigos y lo de la escuela, todo. Al final. Walt llegó tarde a clase. Probablemente no era un buen día para ello: cuando por fin llegó al colegio, la señorita Allison siguió sin hablarle por lo del día anterior.
Durante el recreo, Donny James (lleno de moretones aunque no lastimado de verdad) buscó a Walt y le invitó a la partida de «Risk» que siempre jugaban en su casa los viernes por la tarde. Se comportó como si nada hubiera pasado tal vez se mostró un poco incómodo. Walt nunca logró entenderlo, y aunque más tarde en la vida, aprendió que la gente hacía cosas como aquélla, jamás consiguió creérselas ni se acostumbró a esperarlas.
Una hora después del recreo, tuvo problemas con la señorita Allison. Ésta hizo una pregunta a la clase («¿Dónde está la República Malgache?») que esperaba que nadie supiera responder. Pero Walt levantó la mano y la contestó a la perfección («La República Malgache es la isla de Madagascar, situada cerca de la costa sudeste de África. Sus nativos son negros, pero hablan una lengua emparentada con el polinesio»), lo cual hizo que ella pareciera como terriblemente tonta, y los niños de la clase se rieron. Walt no había querido ofenderla. Pero en cuanto abrió la boca, supo que la había dejado en ridículo. Contestar preguntas era algo más fuerte que él, y sabía la respuesta porque el anciano que ocupaba la tumba junto a la suya había sido marinero en el océano Indico durante treinta años, y cuando hablaba (cosa que ocurría muy rara vez) le contaba cosas de África, de la India, de las Maldivas y de sitios por el estilo.
A la señorita Allison aquello le sentó fatal. Desde el regreso de Walt, todo le sentaba fatal. Y no contribuyó en nada a mejorarlo el hecho de que Walt (sintiéndose intrépido, pues durante el desayuno se lo había explicado todo al hombre del The Interlocutor) tratara de explicarle cómo y por qué se había enterado de algo tan extraño al fin y al cabo, no tenía tanta importancia. Por tercera vez consecutiva en aquella semana, la expresión de la señorita Allison se tornó violenta, y levantó la mano dispuesta a abofetearle y, por tercera vez, Walt le lanzó una mirada iracunda como advirtiéndole que si le golpeaba, sería lo último que haría en su vida. (Walt no lo hizo con mala intención, ni siquiera era capaz de cumplir con la amenaza. Simplemente la miró así para impresionar. Pero la conocía lo suficiente como para saber que con aquello la detendría). Sin embargo, la señorita Allison no regresó temblando a su escritorio, tal y como había hecho las ocasiones anteriores. Salió del aula corriendo y cerró de un portazo. Estuvo ausente durante veinte minutos al menos, y cuando por fin regresó, lo hizo acompañada del señor Hodges, el director.
El señor Hodges sacó a Walt de la clase de la señorita Allison y lo puso en el curso siguiente, en la clase que había compartido con Donny James, Rick Mitchell y el resto.
La nueva clase le gustaba más. Aunque la señorita del cuarto curso era una vieja fornida y gruñona, por lo menos no resultó ser una histérica.
Por la tarde, acompañó a Donny hasta su casa y le ayudó a preparar el «Risk». En total, jugaron seis chicos —Walt, Donny, Rick, Frankie, John y Jessie, el hermano menor de Donny— y la partida fue bien. Walt no ganó, pero tampoco perdió. En realidad, nadie perdió. Se hizo la hora de la cena antes de que ninguno de ellos lograra conquistar el mundo, de modo que lo dejaron así.
Al llegar a su casa, su padre y su hermana no estaban. Su madre se encontraba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo café con los alienígenas.
Supo que aquellas cosas estaban allí incluso antes de entrar en la cocina como una tromba cuando abrió la puerta principal, olió a carne electrocutada y al aroma sulfuroso de huevos podridos, y supo que habían ido a buscarle. Lo primero que pensó fue que habían tomado a su madre como rehén, que la habían raptado para obligarle a que los acompañara. Entró como una tromba en la cocina (de donde le llegaba el olor) empujado por uno de esos valientes impulsos que un niño suele sentir cuando no tiene tiempo para pensar.
En cuanto abrió la puerta de la cocina, supo que debía dar media vuelta y echar a correr de inmediato, pero no lo hizo. La sorpresa le paralizó. Retrocedió hacia la pared, junto a la puerta que acababa de trasponer y los miró con los ojos desorbitados y la boca muy abierta.
Su madre estaba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo café con los alienígenas. El feo, el de la piel color entraña de cucaracha y ojos como el cadáver de una araña, estaba sentado a la mesa con su madre. Detrás de ellos, en el vestíbulo que daba al garaje, los demás alienígenas se amontonaban en el umbral para mirarle.
—Walt —dijo su madre—, éste es el señor Krant. Va a llevarte con él.
Walt quiso gritar, pero se le hizo un nudo en la garganta, y no logró emitir sonido alguno. En las rodillas, algo quiso soltársele y dejar que cayera al suelo apoyó el cuerpo contra la pared para mantenerse de pie.
—Por eso te despertaron, cariño. Te necesitaban. Están aquí por ti. Han venido a ayudarte.
Walt no se creyó una sola palabra, ni por un segundo. El tono de su madre era meloso, y «demasiado» sincero le había mentido así como así después que él se había muerto.
—¡No! —gritó.
Su voz sonó chillona. Seguía con ganas de gritar, pero también tenía ganas de llorar. «Dios mío, ¿por qué mamá?». ¿Por qué tenía que aliarse con ellos?
—Tranquilo, Walt. —Siguió mintiéndole—. No tienes que ir con ellos si no quieres. Pero escúchales. Habla con ellos. Escucha lo que quieren decirte.
De inmediato supo que eso sería lo último que haría. El alienígena metió la mano en el bolso que llevaba y sacó un chisme que, cuando Walt lo miró, le entró un mareo.
«Un hipnotizador», pensó Walt, y volvió la cabeza hacia otro lado tan de prisa como pudo.
—Tranquilízate, Walter. —La voz ronca de la cosa sonaba como el aire que burbujea en el retrete cuando las cañerías hacen cosas extrañas. Walt oyó a la cosa manipular el chisme—. Puedes llamarme capitán Krant. Hemos recorrido una larga distancia para encontrarte. Muchas, muchas galaxias.
Walt no pudo contenerse, y se volvió para verle hablar. Las pinzas no se movían demasiado, pero las fauces saltaban y se retorcían como locas. Eso hacía que unos mocos espesos le cayeran por la mandíbula sin mentón. Walt observó cómo el moco bajaba despacio por la tela de la túnica del alienígena y se le metía dentro del escote redondo, debajo del cuello…
… Tuvo que vomitar, aunque llevara días sin probar bocado sus piernas lo condujeron por entre los alienígenas, rumbo al lavabo…
… Y entonces cayó en la cuenta de que podía moverse de nuevo, de que podía correr…
… De modo que donde acababa el vestíbulo, él siguió hasta el garaje, salió por la puerta lateral, y echó a correr, y corrió, y corrió, sin volverse nunca para mirar la casa de su madre.
Cosa que quizá debió haber hecho, porque nunca más volvió a verla.
No se fijó muy bien hacia dónde corría, de modo que no se sorprendió demasiado cuando, momentos después, se encontró jadeante y lloroso, reclinado sobre su propia lápida. La tumba era su hogar, tal vez el mejor hogar que había tenido nunca aunque aquel pensamiento contenía un cierto prejuicio, una cierta amargura. A Walt no le importó. La amargura no tenía nada de malo cuando era producida por el hecho de que su mamá se hubiera vuelto contra él como un perro rabioso, incluso puede que tuviera algo de positivo. Se suponía que las madres debían protegerte, y no venderte para que te esclavizaran (o algo peor: regalarte) cuando los alienígenas venían a buscarte.
—¿Walt?
Una mano se posó en su hombro. Dio un salto y estuvo a punto de gritar, pero se contuvo. No le había oído llegar. En absoluto.
—Walt, ¿estás bien?
Era su hermana. Nadie más. Nadie la acompañaba. El corazón le latía como un caballo desbocado dentro del pecho.
—Sí —repuso Walt, inspirando una honda bocanada de aire y soltándolo despacio—. Estoy bien. Pero debí despedirme. Tuve que huir.
—¿Eh? ¿Y por qué?
—Mamá… —Se interrumpió—. No me creerías.
Anne sacudió la cabeza.
—Cuesta mucho creer que estás vivo. ¿Puede haber algo peor?
Walt intentó pensar en ello un momento y luego decidió que no. Se encogió de hombros y respondió:
—Los alienígenas, los que me revivieron. Han vuelto a buscarme. Mamá quiere que me vaya con ellos.
—Quizá tenga razón —dijo Anne con un encogimiento de hombros—. Hay algo que no funciona. Que no está bien desde que tú regresaste.
—¡Dios mío! No, tú también, no. Si los vieras, si tuvieras que irte con ellos… ¡Dan mucho miedo! —Walt trató de no llorar, pero no lo logró—. No quiero irme. No quiero que mamá trate de deshacerse de mí.
Anne se quedó allí, con el rostro inexpresivo, sin decir nada. Walt no supo cómo ni por qué, pero tuvo la certeza de que no había manera de que Anne respondiera a lo que acababa de decir.
Y a él no le quedaba nada que agregar.
—Sí —repuso por fin, porque necesitaba llenar el espacio con algo y, cuando lo dijo, en realidad no pretendía referirse a nada en particular—. Bueno, entonces, adiós.
Ella asintió, lo abrazó y le deseó suerte. Dio media vuelta, y antes de que ella se hubiera alejado cinco pasos, Walt ya se encontraba en el bosque, buscando a hurtadillas el sitio más oscuro que pudiera encontrar. Durante mucho tiempo, no volvió a ver a su hermana.
Se quedó sentado en el bosque horas y horas. Intentaba pensar qué debía hacer.
Llegó la medianoche y todavía no se había decidido entonces, oyó los pasos de su papá. Él no necesitaba hablar para que Walt supiera de quién se trataba conocía su forma de caminar, por el ruido de sus pasos.
—Hijo —lo llamó papá, como si le oyese respirar—. ¿Walt? ¿Todavía estás ahí, hijo?
Walt se acurrucó más en el hueco entre las dos enormes rocas donde estaba descansando.
—Todo está bien, hijo —dijo papá.
En el tono de su voz. Walt oyó todo lo que necesitaba creer: que su papá lo amaba, que lo quería, que lo necesitaba. Que su mamá estaba pasando por un mal momento, y que pronto volvería a quererle como siempre lo había hecho. Muy pronto, a la semana siguiente, o a la otra, como mucho.
—Vamos, Walt, todo está bien —volvió a gritarle su papá—. Nadie te obligará a hacer nada que no quieras. De veras, hijo. Mamá está un poco afectada, pero se le pasará. Quizá podríamos irnos de viaje contigo y con tu hermana, una semana o dos, alquilaríamos una cabaña junto al lago.
Se refería al lago Hortonia, en Vermont, donde cada año iban de vacaciones desde que Walt tenía tres.
—Así dejamos a tu mamá sola una temporada —prosiguió su papá—, para que tenga tiempo de acostumbrarse a las cosas.
Papá se encontraba muy, muy cerca: pero Walt ya no intentaba ocultarse. Aunque tampoco se incorporó ni le dijo a su papá dónde estaba. Se había vuelto precavido. Un reflejo le impedía ponerse en pie. Entonces fue cuando movió la pierna e hizo caer unos cuantos terrones de tierra.
Eso lo delató.
—¿Walt?
La voz de su papá sonó tensa, más aguda. La luz de la linterna se desvió y allí quedó él, preso en su haz.
Walt quiso lanzar un grito de terror, de frustración por haber sido atrapado. Pero lo que ocurrió después le produjo más ganas de llorar que otra cosa, aunque trataba con todas sus fuerzas de no hacerlo. Entonces, echó a correr hacia su papá, con los brazos tendidos y gritando «papá». Le puso los brazos alrededor de la cintura y hundió el rostro en la barriga grande y blanda de papá. Y lloró sobre la suave camisa de franela, que olía a limpio porque su papá nunca sudaba.
—Papá —volvió a decir Walt, y se abrazó a él con más fuerza.
—¡Dios santo, Walt! Dios santo, Walt, te quiero, hijo, y tú lo sabes.
Walt asintió sin apartar la cabeza de la barriga de papá aunque, en realidad, no le hubiese formulado una pregunta.
—Y ruego a Dios que algún día me perdones por lo que hago. ¡Dios mío, tu madre me obligó, tu madre me obligó…! —Entonces, las manos de su padre lo aferraron por las muñecas con mucha fuerza, como si fueran esposas de hierro, y gritó en dirección del cementerio—: Ya lo tengo…
Algo dentro de Walt se rompió y, sin que tuviera tiempo de pensar en nada, sin saber lo que hacía, un grito surgió desde un profundo hoyo negro y sin fuego que llevaba en su interior.
Un grito tan horrendo y verdadero que estremeció los bosques y, durante semanas, los sueños de todo aquel que lo había oído.
Las manos de su padre soltaron las muñecas de Walt.
Y Walt echó a correr.
Corrió toda la noche. No iba a ninguna parte. Todavía. Aún no había pensado tanto.
Siguió corriendo, porque sabía que lo buscaban. En más de una ocasión, les oyó caminar a sus espaldas: a su madre, a su padre. Oyó los extraños ritmos de los alienígenas. Y, más tarde, de otros.
Después de que la luna se ocultara, pero antes que comenzara a amanecer, oyó el sonido agudo y sonoro de un cuchicheo siseado.
—Psst, Walt.
Al principio creyó que provenía de la casa de Donny James (se encontraba en el bosque detrás de ella) pero luego se dio cuenta de que le llegaba desde la casa del señor Hodges, que estaba al lado.
Walt no logró imaginarse para qué lo llamaría el director del colegio. Para averiguarlo, se acercó a la ventana trasera que estaba abierta y tenía un mosquitero.
—¿Qué ha pasado, Walt? Tus padres han estado aquí, y también la policía. Te buscaban. Deben de haber ido a todas las casas del barrio para vigilarlas. ¿Qué has hecho?
Walt se encogió de hombros.
—Me he escapado —respondió—. Los alienígenas que me revivieron han vuelto a buscarme. Mamá quiere entregarme a ellos.
El señor Hodges no creyó una sola palabra.
—Aunque hubiera ocurrido así, e imagino que no es más asombroso que las demás cosas que te han ocurrido en estos días, ¿por qué iba tu madre a llamar a la policía? Ellos no harían más que complicarle las cosas después.
Walt volvió a encogerse de hombros.
—Mamá es una traidora —replicó.
El señor Hodges sacudió la cabeza.
—Walt, no sé lo que eres, pero eres muy raro. —Miró hacia el bosque, en todas direcciones—. ¿Quieres pasar a tomar un poco de chocolate?
Walt sabía que no debía confiar en aquel hombre la experiencia le decía que aquella noche no debía confiar en nadie. Pero estaba cansado de huir y de tener miedo, de manera que asintió.
—Sí.
—Entra por la puerta lateral —le indicó el señor Hodges.
Él obedeció.
Dentro todavía estaba oscuro. Se sentaron a la mesa de la cocina mientras el director preparaba el chocolate (él se hizo café), para lo cual se alumbró sólo con la luz que entraba por las ventanas y que provenía de las farolas de la calle.
—Es mejor que no encendamos las luces —explicó—. Tal como están buscándote ahí fuera, si las encendiéramos, seguro que te verían.
—Sí —asintió Walt.
En realidad no tenían mucho de que hablar. Walt ya había dicho más sobre sí mismo y sobre los alienígenas de lo que jamás se había propuesto contarle a nadie. Y la verdad era que no sabía mucho más. Quedaba la escuela, pero Walt se sintió incómodo de hablar con el director de nada interesante podría meter a alguien en apuros.
—La señorita Allison está en el hospital —dijo el señor Hodges—. Ayer por la tarde sufrió un ataque de nervios. En su propia aula. A las cuatro entró el conserje para barrer y fregar, y la encontró allí, mirando al infinito, como si esperara algo. Y por más cosas que le hicimos, ni pestañeaba, aunque si la observabas el tiempo suficiente, a lo mejor la veías pestañear por sí sola.
Walt asintió y se portó de una forma muy rara.
El señor Hodges encendió la pipa: en tres ocasiones aspiró por ella la llama de un encendedor de butano produciendo un siseo aspirante. El humo se elevó y quedó congelado en el haz de luz de la farola. El olor era pleno, pero amargo y polvoriento.
Walt supo que el sol no tardaría en salir. Sintió que se aflojaba lentamente igual que cuando la imagen desaparece poco a poco del televisor notó que los músculos se le relajaban despacio la cabeza se le fue deslizando hacia el cojín de su brazo que descansaba sobre la mesa, junto a la taza de chocolate. Trató de ponerse tenso y mantenerse despierto, pero no pudo.
—¿Walt? ¿Estás bien?
La pregunta del señor Hodges lo despertó. Sacudió la cabeza y se disculpó.
—Lo siento. Estoy bien.
—¿Quieres acostarte en el sofá? ¿Necesitas dormir?
—¿Me deja?
Walt estaba cansado, pero también tenía miedo. Se imaginó que su madre lo encontraba mientras dormía y que le entregaba a los alienígenas sin despertarlo para que lo supiera. Se vio despertando en una nave espacial, a años luz de su casa, en brazos de alguna «cosa» que tenía el aspecto y la consistencia del mondongo y que olía a huevos podridos. Trató de no temblar, pero no lo consiguió.
—¿Walt? ¿Te traigo una almohada y una manta? No te duermas ahí podrías caerte de la silla y desnucarte.
—Por favor…
Con paso vacilante entró en la sala y fue hasta el sofá. Antes de que el señor Hodges regresara, casi se había dormido.
La limpia muselina de la funda de la almohada le pareció cómoda y tenía un tacto maravilloso pero, en cierta manera, a Walt le pareció extraña. Se había acostumbrado al satén de su ataúd, aunque estando muerto no lograba sentirlo. La muselina le pareció demasiado áspera, demasiado absorbente. Permaneció despierto mucho más tiempo del que deseaba, tratando de acostumbrarse a su tacto.
Walt se despertó a primeras horas del anochecer: el señor Hodges no había regresado a casa todavía tampoco le había dejado nota. Walt fue al cuarto de baño y se lavó lo mejor que pudo, sin tener una muda de ropa. No sabía qué haría después sabía que no tenía adonde ir, y le parecía que no le quedaba una vida por recomponer. Incluso llegó a pensar, por un momento, que estaría mejor muerto, pero supo que no era así.
El sonido del timbre lo decidió. Walt dejó la toalla que había usado para secarse y miró por el rincón donde el corredor acababa, hacia la sala.
Por la ventana del cenador divisó a tres policías que llevaban las manos entrelazadas delante, igual que los ayudantes de camarero en los restaurantes de lujo. Su madre iba detrás de ellos.
Tenía que marcharse o lo cogerían. Corrió al dormitorio del fondo, arrancó el mosquitero del marco de la ventana, salió y echó a correr.
—¡Walt!
El corazón le dio un vuelco e intentó salírsele por la garganta. Creyó que lo habían atrapado, pero no se volvió cuando reconoció la voz: era Donny James estaba sentado en una tumbona, en el patio trasero. La casa de los James se encontraba al lado de la del señor Hodges.
—¡Calla! —cuchicheó Walt. Intentó quedarse quieto, pero no lo logró—. Me buscan. No grites.
—¿Eh? —Donny echó a correr para alcanzarle.
En el extremo más alejado del bosque, donde el desagüe pluvial pasaba por debajo de la carretera interestatal, había un enorme tubo de cemento del desagüe, lo bastante grande como para que un niño pudiera atravesarlo, pero demasiado pequeño para un adulto. Podía ocultarse allí, e incluso si lo encontraban, no podrían entrar para cogerle. Ni siquiera atraparle. Se habría marchado muy lejos antes de que ellos lograsen llegar al paso superior más cercano de la carretera para rodearlo por el otro extremo del tubo.
—¿Adónde vas, Walt?
No contestó a la pregunta.
—Tú sígueme.
Todavía no había señales de su mama o de la policía cuando llegaron al tubo. Walt entró, caminó medio agachado, en realidad. Al llegar a la mitad del tubo, se sentó y apoyó la espalda contra la curva pared. Aquello estaba frío, seco y oscuro. No había bichos, al menos Walt no logró ver ninguno.
—Hoy ha venido la policía a buscarte al colegio —le informó Donny—. Y como no te encontraron, interrogaron a todo el mundo.
Walt asintió. En cierto modo, se lo había imaginado.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué huyes? ¿Por qué te buscan?
Walt no supo qué contestarle con el pie golpeó el otro extremo del tubo, intentando pensar.
—Los alienígenas que me revivieron han venido a buscarme. —Siempre esperaba que la gente no lo creyera, y todo el mundo venga creérselo. Raro—. No quise irme con ellos porque son muy, pero que muy asquerosos. Sin embargo, mamá quiso obligarme. Por eso me escapé.
Donny lanzó una piedra a la entrada por la que habían pasado.
—¿Y adónde vas a ir ahora?
Walt no había pensado «todavía» en ello. No mucho. Se encogió de hombros.
—Supongo que no lo sé —respondió.
Donny y Walt permanecieron sentados, sin hablar y reflexionando sobre aquel punto, durante cinco minutos.
—Bueno —dijo Donny—, no puedes volver a tu casa. Ella te enviará con los alienígenas. Pero has de tener un sitio donde vivir.
—Sí —asintió Walt.
Antes no se le había ocurrido pensar en ese aspecto. Imaginó que lo había evitado expresamente.
—Bueno, cualquiera que sea el sitio que elijas, más te vale que esté muy lejos. O tu mamá te encontrará.
—Sí.
Era cierto. Por eso había tratado de no pensar en lo que haría. No «quería» huir. Deseaba regresar a su casa y quedarse allí, para crecer igual que los demás niños.
Pero aquello era imposible. Sintió necesidad de llorar —más por la frustración que por otras cosas—, pero no quiso hacerlo en un sitio donde pudiesen verle. Y menos Donny.
—Será mejor que me marche —dijo Walt.
Donny asintió.
—¿Adónde vas a ir?
—No lo sé. Pero volveré tarde o temprano. Volveremos a vernos, te lo aseguro.
Pero no lo vio nunca más. Cuando Walt regresó al pueblo, Donny llevaba mucho tiempo muerto.
En la ventana de la tienda, junto a la rampa que llevaba a la interestatal, Walt se vio en la cubierta del National Interlocutor.
UN NIÑO SALE DE SU TUMBA

Walter Fulton, de ocho años, salió de su tumba la semana pasada, después de haber estado enterrado más de un año. Walt falleció el año pasado tras ser atropellado por un coche cuando cruzaba la calle.
«Morir no fue tan malo —dice Walt—. Dos ángeles me cogieron de los brazos y me levantaron del lugar del accidente para llevarme al cielo.
»El cielo es un sitio genial, y todo el mundo es feliz —agrega Walt—, pero no es lugar para un niño de ocho años. No hay ni barro, ni bates de béisbol, y nadie se lastima nunca en los partidos de fútbol».
El doctor Ralph Richards, del Instituto de Investigación Psíquica de Tuskeegee, Alabama, sostiene que quizá la experiencia de Walt no haya tenido una naturaleza mística. «Es posible que el pequeño Fulton no estuviera muerto cuando lo enterraron, sino que quedara sumido en un estado tanático, del que se recuperó posteriormente».
(Pasa a la página 9.)


Walt se quedó maravillado con el periódico, lo leyó una y otra vez, y miró a fondo las fotos. Había dos: una estaba hecha en el cementerio, era de la lápida. Aún no había ninguna pintada en ella, y en el suelo seguía la tierra que Walt había amontonado al salir. Los policías —unos quince o veinte— se arremolinaban allí. Walt nunca había visto la foto, pero sabía que debieron de haberla hecho poco después de que el guardián encontrase la tumba de Walt abandonada. Aquello había ocurrido el lunes siguiente a su resurrección. La otra era una foto en la que se veía su rostro. La reconoció la habían cortado del retrato que le hicieron en el primer curso, la foto en grupo donde toda la clase había tenido que colocarse en tres filas paralelas y posar para la cámara.
Walt entró en la tienda y compró un ejemplar del periódico con parte del dinero del almuerzo que había logrado guardar aquella semana. A la hora de almorzar no había tenido apetito.
El periódico lo asombró era como si hubiesen escrito el artículo antes de haber enviado a aquel hombre a hablar con él. Sacó el periódico del estante, le pagó a la mujer, salió de la tienda y vagó por la calle, leyendo el artículo una y otra vez. Estaba atónito el diario tenía el aura de Los Misterios, incluso de las cosas místicas.
En la calle, Walt apretó los dientes y se dirigió a la rampa que llevaba a la carretera interestatal. Anduvo durante media hora con el pulgar en alto por la franja de césped que había a la derecha del carril con rumbo sur.
Era casi de noche cuando la camioneta se detuvo.
—¿Adónde vas? —le preguntó el tipo que iba junto al conductor.
En el vehículo viajaban ya cuatro personas. El olor a marihuana salió por la ventanilla. Walt vio que en el suelo había latas vacías de cerveza, y por lo menos uno de los cuatro hombres estaba bebiendo.
—Hacia el sur —respondió Walt—. Muy lejos.
—¿Quieres viajar en la parte de atrás de la cabina?
—Claro.
—Eh, Jack, abre la puerta y déjale subir.
Jack abrió la puerta y se inclinó, apartándose lo suficiente como para permitir a Walt que subiera pasando por encima de él Walt se acomodó entre los bolsos y una pila de objetos. Durante horas viajó tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en una almohada formada por algo que parecía ropa. Miraba el cielo mientras estaba acostado y observaba las estrellas.
En lo alto, los meteoros cruzaban veloces por encima de la carretera. Y en tres ocasiones, los coches patrulla de la policía, con las luces encendidas y las sirenas aullantes, pasaron por su lado.
Jack le preguntó si quería una calada de un canuto le contestó que no, Jack y los demás que iban en la camioneta rieron ruidosamente.
A las cuatro de la madrugada se detuvieron en una zona de descanso para ir al lavabo. Cuando la camioneta dejó de andar, el olor que había dentro se le hizo insoportable.
—Abandonaremos la autopista en la próxima salida —le informó Jack, que regresó antes que los demás—. Si todavía quieres ir al sur, quizá aquí te resulte más fácil encontrar quien te lleve.
Walt asintió.
—Sí.
Trató de salir de la camioneta, aliviado de tener una ocasión de alejarse de aquel olor. Cuando se levantó, descubrió de dónde procedía: de la pila de ropa que había usado como almohada. Eran calcetines y ropa interior sucia. Se le revolvió el estómago y le entraron náuseas, pero no logró expresar nada. Hacía mucho que no comía, gracias a Dios.
—Tómatelo con calma, chico —dijo Jack. Se le había acercado muchísimo cuando Walt intentaba vomitar—. ¿Estás bien? ¿Te encuentras bien?
Walt salió del vehículo. Se quedó inclinado, con las manos apoyadas en las rodillas.
—Ya me pondré bien —respondió. El olor era horrible le impregnaba el cabello y la ropa, y estaba tan cansado—. Gracias por el viaje.
Se dirigió a la fuente que había junto a las mesas del merendero, y bebió agua durante diez minutos, sin siquiera hacer una pausa para respirar. Cuando alzó la mirada, la camioneta se había marchado.
Su casa se encontraba muy, muy lejos, y él estaba cansado y olía mal. Entró en el servicio de caballeros y trató de lavarse, pero no le sirvió de nada. El olor se le había metido hasta en los poros.
Necesitaba un sitio donde dormir. Estaba convencido de que si se dormía en uno de los bancos del parque que había junto al camino, su mamá o alguien daría con él. Y aunque no fuera así, se hallaría tan a la vista que algún guardia de tráfico que no tuviera nada que ver con todo aquello podría encontrarle. Pero no soportaba la idea de tener que volver a hacer autostop. Miró más allá de la cerca que rodeaba la zona de descanso y pensó en el bosque tupido y extenso que rodeaba la autopista. Era profundo, oscuro y enorme silencioso e infinito. Se extendía hasta más allá de donde alcanzaban sus ojos.
La cerca esta formada por tres filas tirantes de alambre de espino que atravesaban unos rústicos postes de madera. Tan lejos de cualquier ciudad no había necesidad de nada más complicado. Walt estiró hacia abajo el alambre inferior y pasó entre él y el de más arriba. Se rompió la camisa al enganchársela en una de las púas, y con otra se produjo un largo arañazo en el brazo, que se le llenó de sangre. Pero no le importó. Estaba demasiado cansado. Sólo quería encontrar un lecho de pinaza seco, blando y cómodo y dormir un millón de años.
Se internó en el bosque mucho más de lo que en principio se había propuesto.
Imaginó que necesitaría la caminata en cuanto quería dejarse caer, algo, como un tic nervioso en las piernas, le impulsaba a internarse más y más en el bosque. Quizá fuera su cuerpo, que intentaba eliminar el exceso de adrenalina, o tal vez la necesidad de alejarse lo más posible de la autopista, para estar seguro.
No faltaba mucho para el amanecer cuando el pie se le enredó en una raíz retorcida que no había visto y cayó de bruces sobre un enorme montón de estiércol, húmedo y blando. Se le desparramó por toda la pechera de la camisa, por los brazos (incluso por la herida) y por debajo de la barbilla. Se echó a llorar no estaba tan mal que lo hiciese porque nadie lo veía. Se quitó la camisa y la utilizó para limpiarse los brazos y el cuello. No le sirvió de nada. Logró quitarse algunos trozos, pero con los pliegues enmerdados se manchó donde estaba limpio. Lanzó la camisa sobre una pila de piedras y, arrastrándose, se alejó de la mierda de oso. Se dirigió al pie de un pino.
Paralizado por la frustración y la desesperanza, se quedó allí sentado, con la espalda contra el tronco, hasta que el sol salió. Pensó otra vez en morirse, pero no creyó que aquello le sirviera de nada.
Se durmió bien entrada la mañana seguía sucio y la piel comenzaba a arderle y a picarle allí donde el estiércol la cubría. No se había movido desde que se arrastrara hasta el árbol. Apenas notó el paso de la vigilia al sueño.
El tacto de algo fresco y limpio lo despertó. Antes de abrir los ojos, cuando todavía no se había despertado del todo, pensó que sería la lluvia.
Pero no era la lluvia.
Al aclarársele la vista por fin, vio que se trataba del alienígena limpiaba el cuerpo de Walt con un lienzo blanco que olía a limón o a algo cítrico. Su mano lo rozó, y la sintió exactamente como si fuera un trozo de mondongo en el cajón de la verdura del refrigerador. Tras el olor cítrico se notaba el del sulfuro del alienígena y… el de carne en conserva. El primer impulso que sintió Walt fue gritar de terror —¿acaso lo estaba limpiando como se limpia a un animal antes de matarlo?—, pero ya no le quedaban siquiera ánimos para gritar. Si aquél era el fin, pues que lo fuera: se lo hubiese propuesto o no, ya se había hecho a la idea de llegar al final. Observó tranquilamente los ojos llorosos de aquella cosa.
—¿Estás herido? —le preguntó el alienígena, con la voz que sonaba a burbujas en una pecera y el aliento a huevos podridos.
Walt apartó la cara.
—No —respondió, y lanzó un suspiro—. Me encuentro bien.
El alienígena asintió moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás muy despacio, como una mecedora. Terminó de limpiarle el hombro derecho y se estiró para limpiarle el izquierdo. Walt notó que debajo de la barbilla ya estaba limpio y le ordenó:
—Para ya.
El alienígena se mostró sorprendido, pero retiró la mano.
—Te quema la piel —dijo.
El alienígena se sentó durante un largo rato y se le quedó mirando con fijeza.
—No puedes volver a casa. Tu mamá se sentiría infeliz contigo. Te haría daño.
—Ya lo sé —repuso Walt.
Hacía ya mucho que lo sabía.
—¿Adónde vas a ir? ¿Dónde tendrás tu vida?
Walt se encogió de hombros.
—No eras feliz entre los muertos. Eso es raro en vuestra gente casi todos ellos descansan en paz. Necesitábamos un ayudante, por eso te despertamos. —El alienígena miró la suciedad que cubría a Walt—. No estás obligado a venir.
Walt sintió la mierda de oso, la tenía como metida en el fondo de los poros, aunque la criatura lo hubiese limpiado. Notó que llevaba la mugre de la camioneta impregnada en el cabello. Tenía la ropa sucia y grasienta, hacía tres días que no se cambiaba. Y el alienígena, con sus manos como el mondongo, que olía a algo muerto y a algo podrido, no le pareció tan asqueroso ni horrendo. Al menos, en comparación.
Se marchó con los alienígenas. Fuera su decisión acertada o no, lo cierto es que jamás se arrepintió.
Y se divirtió.
Y cuando creció, llevó una vida plena y estupenda en las galaxias, una vida llena de estrellas, aventuras y maravillas. A los cuarenta años, regresó a su casa de la Tierra para hacer las paces.
Se reunió con su padre, con su hermana y la familia de ésta y todos juntos pasaron una semana de fiestas y celebraciones. Fue una semana estupenda, alegre como treinta Navidades juntas.
Pero cuando regresó, su madre ya no estaba allí. No había vivido mucho murió poco después de marcharse Walt. Fue al cementerio, a decirle adiós.
Pero no contestó. Ella hizo todo lo posible por ignorarlo.


18/12/2017 09:46:49 am 
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GABULLS


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Un poco largo el cuento, recién me doy cuenta...
Voy a tratar de elegir más cortos, para la próxima.


18/12/2017 10:24:50 am 
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melusineh


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Como siempre, tonight! Muchas gracias.Y muy buena idea un thread semanal.


18/12/2017 10:38:03 am 
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elpelikan


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... me equivoque de hilo


18/12/2017 11:00:52 am 
       3                           
GABULLS


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melusineh escribió:
Como siempre, tonight! Muchas gracias.Y muy buena idea un thread semanal.


Que lo disfrutes. y gracias a todos por los votitos


18/12/2017 07:11:47 pm 
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Random77


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GABULLS, comparto este cuento ´´NUNCA VISITES MALADONNY´´, extraído de la antologías de cuentos ¡SOCORRO! de la escritora argentina ELSA BORNEMANN.


´´NUNCA VISTES MALADONNY´´, de Elsa Bornemann.

Casi todos los pueblos encierran en su historia hechos extraordinarios, inexplicables, de esos que —con el correr de los años— van transmitiéndose de padres a hijos, de hijos a nietos, como si no hubiesen sucedido realmente, como si fueran cuentos fantásticos.

Casi todos los pueblos guardan en su memoria incluso lo que no les gusta recordar.

Maladonny también. Y fue un ocasional compañero de viaje en un tren londinense, el que me refirió este episodio que ahora voy a contarte como si no hubiera sucedido realmente, como si fuera un cuento fantástico...

Timothy Orwell era un muchacho de trece años parecidos a los de cualquier otro muchacho. Vivía con sus padres Cecil —su hermana veinteañera— y sus tíos Wanda y Oliver, en una casona de los suburbios de Maladonny.

Iba a la escuela durante los fines de semana practicaba rugby en un club próximo a su domicilio y tocaba el saxo toda vez que podía, especialmente en los cumpleaños de sus amigos.

Ah, también le encantaba jugar inacabables partidas de ajedrez con Allyson, una de sus compañeras de curso, aunque —habitualmente— ella le ganara. ¡Es que a Timothy le resultaba dificilísimo concentrarse en el juego, silenciosamente enamorado como estaba de esa jovencita!

Como verás, nada sorprendente hasta este punto de mi relato.

Pero continúa. Lamentablemente, continúa.


Una tarde —a la salida de la escuela y durante la caminata hacia su casa— Timothy Orwell se cruzó con el matrimonio Brown, viejos vecinos de Maladonny.

Los vecinos no respondieron al cordial saludo de Timothy. Se limitaron a mirarlo como si fuera la primera vez. en sus vidas que veían al hijo menor de los Orwell y siguieron su andar, sin prestarle demasiada atención.

—Raro — pensó Tim, pero no le dio demasiada importancia.
—Si algún vecino no responde a tu saludo, no supongas que te tiene ojeriza —le había dicho su madre, una vez—. Seguramente, se debe a que está muy encerrado en sus propios pensamientos. No hay que preocuparse por eso. Vaya a saberse qué problema puede estar distrayéndolo...

Por lo que Tim conocía con respecto a los Brown, los viejos esposos tenían bastantes problemas. De salud, de soledad, económicos...

El muchacho prosiguió su marcha.

Unos minutos después, la señora Farrell con sus dos hijos se le aparecía en la dirección contraria. Varios metros detrás, las hermanas OHara y —atravesando la calle como si fuera a su encuentro— el pastor Johnson.

Generalmente, Tim se encontraba —por casualidad— con aquellos vecinos cuando volvía de la escuela y coincidía con ellos en el horario de su caminata: la señora Farrell llevaba a sus hijos a coro las hermanas OHara hacían las compras y para el pastor Johnson era la hora de reunión diaria con un grupo de feligreses.

—Buenas tardes, señora.
—Buenas tardes, señoritas.
—Buenas tardes, reverendo.

Tim saludó a todos como de costumbre, a medida que se los iba cruzando en la vereda.

El muchacho empezó a inquietarse cuando —tras haber saludado al pastor Johnson— éste tampoco demostró reconocerlo, lo mismo que los demás momentos antes.

Tim se dio vuelta y —después de contemplarlo unos instantes, desconcertado— le corrió detrás, llamándolo.

—¡Pastor Johnson! ¡Pastor Johnson!

El pastor se detuvo y se volvió hacia Timothy. Fue con un movimiento de cejas como contestó el llamado, al arquearlas. Con esa manera muda con que —a veces— se pregunta al otro:

—¿Qué desea?

Tim se le acercó, de sonrisa y mano extendida. El hombre se la estrechó y le dijo:

—Bien, gracias —a la pregunta del muchacho acerca de qué tal estaba, pero mirándolo como a un extraño del que no se logra recordar el nombre ni el rostro siquiera. De inmediato, lo interrogó:
—¿En qué puedo servirte?
—Pero, reverendo, ¿cómo es posible que no me reconozca? ¡Soy Timothy Orwell, de aquí, de Malladonny! Desde chiquito que todos los domingos voy al oficio religioso con mi familia... a su templo... y...
—Lo lamento, muchacho, pero estarás confundido. Yo jamás te vi antes en nuestro pueblo. Y ahora... Estoy apurado, ¿eh?

El pastor controló la hora en su pequeño reloj —que le colgaba de una cadena— la comparó con la que señalaba el enorme de la torre cercana y se despidió del muchacho sin hacer ningún otro comentario.

Tim se quedó perplejo. ¿Qué estaba sucediendo?

Nervioso, recorrió —a la carrerita— la cuadra que aún lo separaba de su domicilio. Estaba ansioso por contarle a su madre todo ese episodio del desconocimiento de los demás, que lo había tenido por involuntario protagonista. ¿Se habría desatado una epidemia de falta de memoria en Maladonny?

Al llegar a la puerta de su casa suspiró aliviado. Enseguida, tocó el timbre. Le extrañó no oír los ladridos de Tony y Zara a modo de bienvenida.

Pulsó nuevamente el timbre y —nuevamente— el silencio. Recién cuando apretó su dedo al timbre —decidido a no soltarlo hasta que alguien respondiera a su llamado— una voz le respondió.

Era una voz femenina que Tim no conocía:

—¡Ya va! ¡Ya va! ¡Tanto timbrazo!

Rápidamente, la puerta de la casa se abrió y una mujer que Tim no había visto nunca salió a recibirlo.

—¡No hacía falta tanto timbrazo! ¿Qué pasa, jovencito?

La puerta entreabierta permitió que parte del amplio hall de entrada quedara al descubierto.

Al borde del llanto, Tim observó —entonces— que ni los muebles ni los cuadros ni los sillones ni. las cortinas eran los de su casa.

—¿Quién es usted, señora? ¿Dónde está mi familia? ¿Qué sucedió? ¿Y mis perros? ¿Quién es usted? ¿QUIÉN ES USTED?— se puso a gritar, entonces, a la par que la mujer intentaba sujetarlo para que no entrara a la casa, enloquecido como parecía.
—¿En? ¿Qué significa este ataque? ¡Charlie! —llamó entonces.

La mujer parecía muy asustada.

Enseguida, un hombre tan extraño para Tim como aquella mujer, estuvo a su lado.

En un momento, sujetó con fuerza al muchacho mientras le decía:

—Calma, tranquilo, ¿qué te está pasando?

Ante semejante griterío, algunas personas salieron de las casas linderas.

Tim reconoció a sus vecinos de siempre.

—¡Señora Molly! ¡Señor Peter! IMickey! —exclamó entonces, desesperado—. Esta gente... ¿Dónde está mi familia, señor Peter? ¡Ayúdeme, señora Molly, por favor!¡Mickey! ¿No te das cuenta de que soy yo, tu amigo Timothy?

Los tres vecinos lo contemplaban con la misma extrañeza que la gente que había encontrado viviendo en su propia casa. Desconcertados.

El señor Peter se le acercó y le informó:

—Estás en la calle Rochester 127, querido —como si estuviera convencido de que el muchacho había equivocado la dirección.
—Esta es la residencia de la familia Saxon ——agregó la señora Molly.
—¿De dónde llegaste? ¿De Irlanda? ¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Mickey.

Ni la señora Molly, ni su esposo ni el grandulote de su hijo admitían conocerlo.

El colmo: el perro de los vecinos se escapó del jardín y se le aproximó ladrándole y gruñéndole. Le mostraba los dientes, circulando a su alrededor de forma amenazadora y fue inútil que Tim tratara de acariciarlo, como solía hacerlo.

El muchacho se estremeció.

—Habrá que avisar a la policía, Charlie. Este muchacho estará extraviado.
—Y muy perturbado, lógicamente. ¿O tendrá amnesia?
—Vamos, querido, te voy a dar una taza de té bien caliente mientras llega la policía.

Y la señora que ahora ocupaba la casa de Timothy como si fuera la dueña, lo tomó de un brazo con la intención de conducirlo al interior de la vivienda.

El muchacho volvió en sí en la sala de un hospital.

Estaba sujeto a la cama con unos cinturones especiales y una mano le acariciaba el pelo con ternura: vestida como una enfermera, su hermana.

Tim creyó que volvería a desmayarse.

—¡Cecil! ¡Cecil! —pero la garganta se le quebró. Las lágrimas no le permitieron ver casi nada durante un rato.

Aún seguía llorando, reconfortado por aquellas caricias cuando la joven le dijo:

—Me llamo Amy y soy tu enfermera. Yo voy a cuidarte mucho, hasta que te restablezcas, al igual que Randolph y Melanie que también son enfermeros.

Y la tal Amy le señaló una pareja uniformada de blanco, como ella misma. ¡Oh, Dios! Esa pesadilla de ojos abiertos parecía no tener fin: ¡Eran sus tíos Wanda y Oliver los que lo contemplaban —sonrientes— mientras se acercaban a su lecho, acomodaban el suero, preparaban algunos medicamentos sobre su mesa de luz, escribían en unas planillas...

—¡Cecil! ¡Tío! ¡Tía Wanda! ¡SoyTimothy! ¡SoyTim! ¿No me reconocen? ¿Por qué no me reconocen? ¡Mamá! ¡Papá! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mamá!, ¿dónde estás? ¡Socorro!
—Doctor Bronson, doctora Caldwell, urgente a la habitación ciento uno, por favor— y Cecil/Amy pulsó una botonera y habló, en reclamo de auxilio para Tim.
—Doctor Bronson, doctora Caldwell, el paciente de la ciento uno ha tenido un nuevo brote de locura. Urgente a la ciento uno, por favor.

Recién entonces —y en mitad de sus gritos— Tim advirtió que estaba internado en un hospicio.

Timothy Orwell permaneció cuarenta años confinado en ese establecimiento de salud mental, tiempo durante el cual fue amorosamente atendido por el doctor Bronson y la doctora Caldwell hasta que éstos murieron.

—El doctor Bronson y la doctora Caldwell... Mi padre y mi madre... Eran mi padre y madre, ¿se da cuenta?, aunque jamás lo admitieron... Fue tortuoso... me reveló mi ocasional compañero de viaje cuando aquel tren londinense llegaba a destino y ya nos preparábamos para bajar.

Yo había viajado hasta allí para disfrutar de una beca de estudios en la Universidad local. Un año de estadía en ese paraje, con todos los gastos pasos.

No había elegido el lugar me había tocado en un sorteo que se había realizado entre cientos de estudiantes avenimos destinados —todos— a distintos países, a diferentes ciudades según la materia que deseábamos perfeccionar. La mía era ´´Literatura Fantástica´´.

—El doctor Bronson y la doctora Caldwell... Eran mis padres, ¡mis padres! ¿Puede sentir lo que eso significaría para mí?—seguía contándome mi compañero de viaje.

Me estremecí. Recién entonces comprendí todo:

—Entonces... usted es...

No tuve valor para completar la frase.

—Sí— me respondió, mientras aprestaba su equipaje—. Yo soy aquél Timothy Orwell...

Me dieron el alta porque —después de cuarenta años— ya muertos mis tíos, mis padres y mi hermana— y con los que —durante todo este tiempo— me hicieron mantener la relación de paciente incurable, acepté la versión oficial de los hechos y no volví a insistir en que yo soy quien soy...

—¿Pero qué es lo que —en verdad— sucedió en este pueblo... y allí, en ese siniestro hospicio? ¿Cómo es posible que toda una comunidad se transforme así, de la noche a la mañana? ¿Cómo es posible tanta complicidad? ¿Y qué piensa hacer ahora? ¿Para qué regresa a este infierno? —le pregunté, alterada y desordenadamente, a medida que descendíamos en la estación de Maladonny y el sentío nos empujaba hacia la salida.
—¿Para qué regresa a este infierno?

No escuché su respuesta, si es que la hubo. De repente, lo perdí de vista entre la multitud. Fue entonces cuando decidí que —por las dudas— nunca visitaría Maladonny.

Esperé el tren siguiente —sin moverme de la estación— y retorné a Londres esa misma noche. Y esa misma noche —en el cuarto de mi hotel—escribí la parte principal de este texto que —indudablemente— irá a parar a alguna antología de cuentos fantásticos, aunque la realidad pueda superar —en espanto— la más delirante de las fantasías.

Rechacé la beca.

A los dos días, retorné a mi país.

Durante el vuelo de vuelta a Buenos Aires me entretuve jugando —mentalmente— con refranes, al inventarles versiones distintas de las originales.

Mi avión ya carreteaba sobre la pista del aeropuerto de Ezeiza cuando pensé:

Más vale infierno conocido... que infierno por conocer. Era diciembre de 1978.


Fin


18/12/2017 08:08:51 pm 
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GABULLS


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Uh, qué bueno, gracias por los aportes amigos!
Acabo de leer el de Bradbury que subió Nicus. Loco. Interesante. Fácil de leerse. Es un escritor tremendo, con muchos relatos breves, un obligado. Siempre con ese toque algo surrealista, tremendo escritor Ray.
En cuanto me haga un rato leo el del amigo Random77, mil gracias por compartir!


19/12/2017 11:53:36 am 
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GABULLS


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Coincidencia espeluznante, el thread está en 101 votos... el mismo número de la habitación en que encerraron al pobre Timothy Orwell

Acabo de leerlo, genial el cuento, cortito y contundente, muy inquietante. Gracias Random77!


19/12/2017 06:42:55 pm 
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ZerOMegA


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Acá les dejo un relato breve de Lord Dusany:

El Tesoro de los Belinos

Como es bien sabido, los belinos no comen otra cosa mas que carne de hombre. Su lóbrega torre se halla unida a la Terra Cognita, es decir a las tierras que conocemos, por un puente. Su tesoro se halla fuera de lo que cabe imaginar incluso supera a la misma avaricia: tienen un sótano especial dedicado a las esmeraldas y otro para los zafiros han llenado un abismo con oro y toman parte del mismo cuando lo necesitan. Y el único uso conocido para su incalculable fortuna es el atraer a su despensa un continuo suministro de alimento. Se sabe incluso que, en épocas de hambre, han ido desparramando rubíes hasta alguna ciudad del Hombre, en forma de sendero, con lo que se aseguraban de que sus despensas volverían a estar repletas pronto.


Su torre se alza a la otra orilla de ese río que ya Homero conocía -ho rhoos Okeanoio, como él lo llamó- y que rodea el mundo. Y donde el río se estrecha y se hace vadeable, allí construyeron su torre los glotones belinos, pues querían que los ladrones llegaran con facilidad a sus puertas. Y de aquel suelo debían de extraer los enormes árboles algún sustento que no posee el terreno común, pues sus colosales raíces cruzaban el río de una orilla a otra.


Allí vivían y se alimentaban bellacamente los belinos.


Alderico, Caballero de la Orden de la Ciudad y del Asalto, Guardián hereditario de la Paz Espiritual del Rey, un hombre que no ha sido olvidado por cantores de mitos, soñó durante tanto tiempo con el tesoro de los belinos que acabó por considerarlo suyo. ¡Ay, lo que he de narrar de una aventura tan peligrosa emprendida cuando la noche es más oscura por un hombre valeroso, pero cuya única motivación era la pura codicia! Y, no obstante, era en la codicia en lo que confiaban los belinos para mantener repletas sus despensas, y cada cien años enviaban espías a loas ciudades de los hombres para ver cómo seguía su codicia, y siempre regresaban a la torre tales espías con la buena nueva de que todo iba bien.


Hubiera podido pensarse que, a medida que transcurrían los años y los hombres iban sufriendo horribles muertes en los muros de aquella torre, menos y menos personas acabasen en la mesa de los belinos... pero éstos podrían haber atestiguado que no era así.


Alderico no sube a la torre impulsado por la insensatez y frivolidad de su juventud, sino que estudió cuidadosamente durante varios años las formas en que sus predecesores habían encontrado su fin al ir en busca de aquel tesoro que él consieraba suyo. Y descubrió que en todos los casos habían entrado por la puerta.


Consultó a aquellos que estaban especializados en aconsejar acerca de esta hazaña anotó cada detalle que le indicaban y pagó religiosamente sus estipendios, decidiendo no hacer el mínimo caso a lo que aconsejaban, pues... ¿dónde se hallaban ahora sus antiguos clientes? No eran mas que ejemplos del arte culinario, simples recuerdos medio olvidados de una comida y muchos de ellos, ni siquiera esto.


Aquellos expertos acostumbraban a aconsejar ciertos requisitos para el inicio de la tarea: un caballo, un bote, armadura y cota de mallas y, cuanto menos, tres hombres de armas. Algunos decían: ´´Sopla el cuerno que hay en la puerta de la torre´´ otros decían: ´´Ni lo toques´´.


Y ésta fue la decisión a la que Alderico llegó: no llevaría caballo hasta la orilla del río, no lo cruzaría en un bote e iría solo, tomando el camino del Bosque Infranqueable.


El lector podrá objetar, ¿cómo se franquea lo infranqueable? He aquí su plan: érase un dragón que, si las súplicas de los campesinos habían de ser creídas, merecía morir, no solo a causa del número de doncellas que había asesinado cruelmente, sino porque no era bueno para las cosechas, asolaba hasta el mismo suelo, y era la maldición de todo un ducado.


Así que Alderico se decidió a partir en busca del dragón. De modo que tomó caballo y lanza y picó espuelas hasta hallar a la bestia, y la bestia fue contra él escupiendo su acre fuego. Y a ella le gritó Alderico:


¿Es que acaso algún sucio dragón ha logrado jamás derrotar a un bravo caballero?


Y bien sabía el dragón que esto nunca se había dado, así que bajó la cabeza y se quedó en silencio, porque estaba ahíto de sangre.


De modo -dijo el caballero- que si quieres volver alguna vez a saborear la sangre de las doncellas, deberías ser mi fiel montura, pues, si no lo hicieres, por esta lanza te daré muerte para que todos los trovadores puedan cantar el fin de tu estirpe.


Y el dragón no abrió sus bramantes fauces, ni se abalanzó sobre el caballero escupiendo fuego, pues bien sabía que el fin de aquellos de su especie que hacían estas cosas, sino que consintió en aceptar los términos impuestos, y juró al caballero serle una montura fiel.


Y fue sobre una silla colocada en lo alto del lomo del dragón como Alderico franqueó, por encima de las copas de los árboles inconmensurables, el Bosque Infranqueable. Pero antes redondeó aquel sutil plan suyo, que no consistía simplemente en evitar todo lo que había sido hecho antes y dio órdenes a un herrero, y el herrero hizo un zapapico.


Hubo entonces un gran júbilo al correr el rumor del plan de Alderico, pues todas las gentes sabía que era un hombre cauto, y consideraron que tendría éxito y enriquecería al mundo, y en las ciudades hubo mucho frotar de manos al pensar en su magnanimidad y todos los habitantes del país de Alderico se regocijaron, exceptuando tal vez a los pesimistas, que temieron ser pronto pagados. Y grande fue el alboroto, pues los humanos esperaban también que cuando los belinos perdiesen su tesoro, podrían destruir su alto puente y romper las cadenas de oro que los unían a este mundo, para que de este modo ellos y su torre flotasen de regreso a la Luna, de la que habían venido y a la que en justicia pertenecían. Poca era la estima que tenían los belinos, aunque todos los hombres envidiaran su tesoro.


De modo que todos lanzaron vítores aquel día en que montó en su dragón, cual si ya regresase conquistador, y aún les complació más que los bienes que esperaban lograse para el mundo el oro que esparció mientras marchaba a la ventura pues, tal como dijo, no lo necesitaría si lograba el tesoro de los belinos, y aún lo necesitaría menos si era servido en la mesa de éstos.


Cuando oyeron que había rechazado los consejos de los especialistas, algunos dijeron que el caballero estaba loco, y otros afirmaron que era mucho más sabio que aquéllos que aconsejaban, pero ninguno logró captar el mérito de su plan.


Su razonamiento era éste: durante siglos los hombres habían sido bien aconsejados y seguido el camino más astuto, mientras que los belinos los esperaban a que llegasen en bote y los aguardaban a la puerta cuando su despensa estaba vacía, tal como el hombre aguarda al pato en las ciénagas pero, se decía Alderico, ¿y si un pato se quedase sentado en la copa de un árbol, es que acaso los hombres lo iban a hallar allí? ¡Nunca jamás! Por ello Alderico se decidió atravesar el río a nado y no utilizar la puerta, sino abrirse camino al interior de la torre a través de la piedra. Por otra parte, tenía en mente trabajar bajo el nivel del Océano, ese río que (como Homero bien sabía) circunda el mundo, de modo que, tan pronto como hiciese un agujero en la pared, el agua entrase por el mismo, confundiendo a los belinos e inundando los sótanos a los que la voz popular calculaba en siete varas, tras lo que se zambulliría a por las esmeraldas tal cual un buzo se zambulle a por las perlas.


Y en el día que narro galopó alejándose de su mansión, al tiempo que desparramaba una fortuna en oro, tal cual he contado, y pasaba por muchos reinos, en los que el dragón chasqueaba la boca al ver doncellas, sin poderlas devorar por el bocado que tenía en las fauces, y no logrando más dulce recompensa que un golpe de espuela allá en donde su piel era más suave. Y así llegaron al obstáculo arbóreo que era el Bosque Infranqueable. Ante el mismo, el dragón se alzó con un batir de alas. Muchos fueron los campesinos cercano al borde del mundo que lo vieron allá arriba, en donde el sol aún se resistía a ocultarse, como una tenue y ondulante línea negra y, confundiéndolo con una formación de gansos adentrándose en tierra procedentes del Océano, volvieron a sus casas frotándose las manos y diciendo que llegaba el invierno y que pronto habría nieve. No pasó mucho antes de que pasara el atardecer, y cuando descendieron en el borde del mundo era ya de noche y brillaba la luna. El Océano, ese antiguo río, estrecho y poco profundo en aquel lugar, pasaba fluyendo sin un solo murmullo. Y ya estuvieran en un banquete o acechando tras la puerta, tampoco produjeron ruido alguno los belinos. Alderico desmontó y se despojó de su armadura y, tras encomendarse a su dama, nadó con su zapapico. No se desprendió de su espada, por miedo a hallarse con un belino. Llegado a la otra orilla, comenzó sin tardanza su trabajo, y todo le fue a pedir de boca. Nadie sacó su cabeza por ventana alguna, y todas estaban iluminadas de tal modo que nadie del interior podía verlo en la oscuridad. Los golpes de su zapapico eran atenuados por las gruesas paredes. Trabajó toda la noche, ningún sonido lo turbó y, al alba, se tambaleó la última roca y se hundió hacia dentro, y el río vertióse tras ella. Entonces Alderico tomó una piedra y fue hasta el último de los escalones y lanzó la piedra contra la puerta oyó cómo los ecos subían hacia lo alto de la torre y en aquel momento regresó corriendo y zambulló por el agujero de la pared.


Estaba en el sótano de las esmeraldas. No había luz en la alta bóveda que por encima de él se alzaba, pero, buceando hasta una profundidad de siete varas de agua, notó al tacto todo el suelo tapizado de esmeraldas, y cofres abiertos repletos de las mismas. Un débil rayo de luna le mostró que el agua era verde a causa de ellas y, llenando con facilidad un saquete, subió de nuevo a la superficie ¡y allí estaban los belinos con el agua hasta la cintura y antorchas en sus manos! Y, sin decir una sola palabra y ni siquiera sonreir, lo colgaron límpiamente de la pared exterior... y éste es un cuento de ésos que no tiene un final feliz.


19/12/2017 07:11:49 pm 
       2                           
ZerOMegA


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Aproveché ese cuento porque reúne las dos condiciones, horror y fantasía, junto con un humor negro bastante característico en Dunsany (otro buen ejemplo es ´´Una noche en una taberna´´, aparecido en la ´´Antología de la literatura fantástica´´ de Bioy Casares y Borges). Este cuentito apareció en Nueva Dimensión 54, el especial de fantasía heroica. De Dunsany tengo ´´Cuentos de un soñador´´ en la edición de La Revista de Occidente de 1924 (lo conseguí a 250 mangos en Mercadolibre el año pasado), ´´La espada de Welleran´´ y ´´El crepúsculo de la magia´´, y tengo la esperanza de conseguir lo demás en castellano o en inglés.


19/12/2017 07:37:47 pm 
       2                           
ZerOMegA


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¿Estás tratando de liquidarme de envidia?


20/12/2017 09:32:45 am 
       2                           
GABULLS


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Gracias, ZerOMegA, y bienvenido!
Pobre Alderico... a lo mejor tenía que pedirle al dragón que primero rocíe con fuego a todos esos belinos durante unos cuantos días, jaja.

La moraleja es que el capitalismo mata. La mejor defensa tal vez sea evitarlo... o bien convertirse en un belino devorador de congéneres, porque si entrás al juego es comer o ser comido. (?)
Me fue inevitable procesar este cuento de Dusany como una especie de ``parábola´´ que en cierta forma me recuerda a la relación entre los Morlock y los Eloi, porque si bien los Eloi no eran codiciosos igualmente servían, irremediablemente, al apetito insaciable de los Morlock, dueños de las fábricas y las maquinarias.
A veces no sé ni los autores son muy sutiles o si yo veo lo que se me da la gana... Como sea, gracias por el relato y ojalá continuemos viéndonos por acá.



20/12/2017 03:02:48 pm 
       3                           
carancho67


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Muy buenos los cuentos, señores. Tienen un buen gusto notable.


20/12/2017 03:11:44 pm 
       1                           
ZerOMegA


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La moraleja, GABULLS, es que todos somos la comida de alguien, sin importar lo cuidadosos que seamos.
Acá dejo un cuentito de un australiano radicado en Gran Bretaña. Este está más en la línea fantástica pura. Apareció en ´´Los mejores relatos de Fantasía I´´, de la impresionante colección Fantasy de Martínez Roca.

TIENDA DE CHATARRA
John Brosnan

Joe descubrió la tienda por casualidad durante uno de sus paseos a la hora del almuerzo. Estaba apretujada entre una fábrica en ruinas y un vacío almacén en una pequeña callejuela. Si le preguntan el lugar exacto, Joe será incapaz de contestar, aunque él sabe que se hallaba cerca de las cocheras de tranvías. No era lo que se llama propiamente una tienda, dice Joe no había escaparate, no había nada, en realidad no era más que una barraca.
En fin, Joe se detiene al llegar a la tienda y atisba el interior. No consigue ver gran cosa porque el sol brilla bastante ese día, y el interior está oscuro, pero vislumbra un letrero en una mesa, cerca de la puerta, que tiene escrita la palabra CHATARRA. Joe, como es sabido, es aficionado a husmear en tiendas de chatarra y similares, y entra. Todavía no puede ver nada, deslumbrado como está por el sol, pero e! lugar huele mal. El ambiente es caluroso y húmedo, tiene un sabor «metálico» (si le preguntan a Joe qué pretende decir con eso, él supondrá que se trata del criadero perfecto para uno de sus dolores de cabeza). Pero Joe decide que echará una rápida ojeada, y cuando por fin sus ojos se adaptan a la oscuridad interior, empieza a husmear.
Las existencias, suponiendo que se las pueda llamar así, están dispuestas en dos hileras de mesas largas y estrechas que se extienden hasta la misma parte trasera de la tienda. Al principio nada parece prometedor a Joe, en realidad ni siquiera reconoce lo que ve pero eso no le sorprende, ya que supone que los objetos más vulgares parecen extraños cuando están alejados de su habitual entorno. Al coger una retorcida pieza de metal, preguntándose si procede de las entrañas de un motor de reacción o de una lavadora, Joe nota de pronto que alguien está de pie junto a él. Sorprendido, se vuelve y ve a un anciano vestido con un sucio mono.
Suponiendo que debe de ser el propietario de la tienda, como así es realmente, Joe sonríe y le dice:
—Sólo estoy echando una ojeada. Le parece bien, ¿no? —-Claro —dice el viejo—, mire cuanto quiera. Él es un extraño bobalicón, según Joe. Piel amarillenta, ¿saben?, como de ictericia, y ojos de brillante color anaranjado. Bien, pregunten a Joe luego. La cuestión es que a Joe no le gusta el aspecto del anciano y confía en que se esfume. Joe considera que ser observado anula toda la diversión de curiosear.
—Estaré detrás —dice el viejo—. Dé un grito si encuentra algo que le guste.
Y se va. Sintiéndose más feliz, Joe continúa su fisgoneo y, dos minutos más tarde, topa con algo que le interesa. Es una esfera en forma de huevo, de veinte centímetros de diámetro, hecha con vidrio transparente o algo similar. Como por arte de magia —y Joe tiene sus ideas al respecto— el anciano vuelve a estar junto a él con aire ansioso. Joe está tan sorprendido que el objeto por poco se le escapa de las manos.
—¿Le gusta? —pregunta el viejo.
—Oh, no sé —dice Joe—. ¿Qué es? No será una de esas bolas de cristal, ¿eh?
—Nooo —dice el viejo—. Es lo que podría llamarse una novedad. Mire fijamente el interior.
Joe obedece. Descubre que el huevo tiene un trozo de reluciente neblina en el centro.
—Observe —dice el viejo.
Joe observa y ve que la zona de neblina se encoge. Se hace cada vez más pequeña hasta que es imposible verla. Luego hay un brillante centelleo de luz y la zona de neblina reaparece, pero en esta ocasión creciendo.
—¿Qué es? —vuelve a preguntar Joe.
—El universo —responde el anciano.
—Oh —dice Joe, y luego piensa un poco—. Muy ingenioso, ciertamente. Como una de esas escenas de Navidad para los niños. Las agitas y parece como si nevara dentro.
—Nooo —dice el anciano—. Esto es genuino. Lo que está sosteniendo usted es su verdadero universo.
—Me está tomando el pelo —dice Joe—. ¿Cómo puede meterse el universo entero en un huevo de cristal de este tamaño?
—No lo sé —responde el viejo—. Supongo que es como meter un barco dentro de una botella Era un hobby de un antepasado mío. Ni siquiera tengo una pista de cómo lo hacía.
—Pero ¿cómo podemos estar aquí sosteniendo el universo? —pregunta Joe—. ¿No deberíamos estar también dentro del huevo?
—Estamos, o estaremos, o estuvimos no estoy seguro. Una escala de tiempo muy distinta, eso está claro por el hecho de que podemos ver la vibración del universo. Mientras hablamos, millones de años pasan dentro del huevo.
—Hummm —dice Joe.
—Bien, ¿lo quiere? Será una maravillosa curiosidad en su cuarto de estar. Es francamente espectacular si apaga las luces.
—No quiero que se forme una idea equivocada —dice Joe—, pero me resulta difícil tragar esta bola. ¿Puede demostrar que es el universo verdadero?
El anciano suspira.
—Naturalmente —dice—. Basta con que me mire los ojos.
—Bueno... —dice Joe, y empieza a retroceder.
—Mire —repite el viejo.
Y Joe, simplemente para darle gusto, observa los curiosos ojos anaranjados del viejo chiflado, y de repente comprende, comprende —pero no le pidan que explique cómo— que el anciano está diciéndole la verdad.
—¡Cristo! —exclama Joe—. ¡Vaya antepasados que tiene!
El viejo tipo ofrece una sonrisa a modo de excusa y se encoge de hombros.
—Pero, como puede ver, yo he topado con tiempos difíciles...
Joe vuelve a mirar el huevo.
—Cristo —murmura—, el verdadero universo... —Luego le asalta un pensamiento—. Eh, ¿cuánto quiere por esto?
El anciano medita.
—¿Qué le parece un dólar y medio? —pregunta,
Joe menea la cabeza y, con aire de tristeza, deja el huevo en la mesa.
—Lo que pensaba —comenta—, demasiado. ¿Qué otras cosas tiene?


20/12/2017 03:33:48 pm 
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GABULLS


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Genial, lo ataco en un ratito y comento.







Edito, ahí lo leí, muy divertido el microrrelato:


21/12/2017 02:57:59 pm 
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ZerOMegA


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Como ya se habrán dado cuenta, me da por el lado de los relatos de tipo más bien humorístico y oscuro. Hoy les voy a dejar este de Harry Harrison, aparecido en la Selección 12 de la colección Bruguera Ciencia Ficción y que creo haber visto adaptado a la pantalla.

SUCEDIÓ EN EL SUBTERRÁNEO
Harry Harrison

—¡Gracias a Dios que terminamos!
La voz de Adriann Dubois rebotó ásperamente en las paredes enladrilladas del subterráneo, puntuada por el repiqueteo de sus altos tacones. Hubo un ruidoso temblor al pasar por la estación un tren expreso, y una ola de aire viciado se deslizó sobre ellos.
—Es más de la una —dijo Chester, bostezando ampliamente y tapándose la boca con el dorso de la mano—. Lo más seguro es que tengamos que estar una hora esperando el próximo tren.
—No seas tan negativo, Chester —dijo ella, y su voz cobró el mismo timbre metálico de su taconeo—. Hemos terminado las copias para la nueva contabilidad, probablemente nos den una bonificación y mañana podemos tomarnos casi todo el día libre. Mira las cosas de esta manera, más positivamente y te aseguro que te sentirás mucho mejor.
En aquel momento, y antes que Chester pudiera pensar en una respuesta adecuada, lo que por otra parte no le resultaba fácil a la una de la madrugada, llegaron a la barrera de entrada. Puso una ficha en la ranura y Adriann entró rápidamente. Al revolver de nuevo en sus bolsillos, comprobó que aquélla había sido su última ficha, y tuvo que retroceder hasta la ventanilla de cambio, murmurando palabrotas.
—¿Cuántos? —gruñó una voz en la oscuridad de la celda enrejada.
—Tres, por favor —puso dos monedas en la ventanilla. No era que le importase pagarle el billete, después de todo se trataba de una mujer pero no hubiera estado de más que ella diese las gracias o hiciera un simple movimiento de cabeza en señal que ella advertía el hecho que no se entra en las estaciones por arte de magia. Después de todo, ambos trabajaban en la misma casa de locos y ganaban el mismo dinero, y de ahora en adelante ella iba a ganar más. Se le había olvidado por un momento aquel pequeño detalle. La ranura engulló su ficha y pudo pasar.
—Yo subo en el último vagón —dijo Adriann, intentando ver algo por el túnel vacío y oscuro—. Vayamos hasta el final del andén.
—Yo voy en uno de los del centro —dijo Chester, pero tuvo que ir tras ella. Adriann nunca oía lo que no quería oír.
—Hay algo que puedo decirte ahora, Chester —empezó ella, con aquel modo suyo de hablar de hombre a hombre—. No he podido hacerlo antes, puesto que ambos hacíamos el mismo trabajo y, en cierto sentido, competíamos. Pero, puesto que la coronaria de Blaisdell le impedirá trabajar durante unas semanas, yo voy a ascender a jefe de copia, con un poco más de dinero...
—Alguna cotorra me lo dijo. Feli...
—... Así que estoy en condiciones de darte un buen consejo. Debes tener más energía, Chester. Aférrate a las oportunidades cuando éstas se te presenten.
—Por amor de Dios Adriann. Pareces un mal anuncio de radio para coches con problemas de carburación.
—Y esas cosas, también. Chistes. La gente empieza a pensar que no tomas tu trabajo en serio, y eso acarrea una muerte segura en el mundo de la publicidad.
—Por supuesto que no me tomo el trabajo en serio. ¿Qué persona en su sano juicio lo haría? —oyó un ruido y miró, pero el túnel permanecía vacío un camión allá arriba en la calle, quizá—. ¿Vas a decirme que de verdad te preocupas por escribir esa prosa interminable sobre «los sobacos de la señora olerán bien usando el adecuado Olor-Desaparece»?
—No seas vulgar, Chester. Sabes que puedes ser agradable si te lo propones —dijo ella, aprovechándose de este argumento femenino para ignorar los razonamientos de él y al mismo tiempo introducir una nota de emoción en una charla previamente lógica.
—Tienes mucha razón, puedo ser agradable —dijo él roncamente, sintiéndose por su parte inclinado a la emoción. Con la boca cerrada Adriann resultaba bastante atractiva, en un estilo ya maduro. El vestido de punto hacía maravillas por su parte posterior, y el artificio del sujetador tenía algo que ver con el sorprendente atractivo de su busto, pero apostaba que más en revestir que en rellenar.
Se aproximó un poco más a ella y deslizó una mano alrededor de su cintura, dándole unas palmaditas en la cadera.
—Y puedo recordar un tiempo en el que a ti no te importaba ser agradable también.
—Hace mucho que eso se terminó, muchacho —dijo ella con voz de maestra de escuela, apartándose con expresión de repugnancia.
A Chester se le cayó el periódico de debajo del brazo se agachó, murmurando, a recogerlo.
Ella guardó silencio un momento, ajustándose la falda y alisándola como si se librase así de la contaminación de aquel contacto. No había ruido alguno allá arriba en la calle, y la sombría estación permanecía tan silenciosa como una cripta funeraria. Estaban solos, con la extraña soledad que experimentan las personas en una gran ciudad, siempre próximas unas a otras y al mismo tiempo tan lejanas. Cansado, súbitamente deprimido, Chester encendió un cigarrillo e inspiró una larga bocanada de humo.
—No está permitido fumar en el subterráneo —dijo Adriann, con distante frialdad.
—No está permitido fumar, ni darte un apretón, ni hacer chistes en la oficina, ni mirar con justificado desprecio a nuestros clientes.
—No, no lo está —respondió ella, levantando hacia él su índice delicado, con la uña pintada de rojo—. Y, puesto que tú lo mencionas, te diré algo más. Otros en la oficina se han dado cuenta también. Lo sé. Llevas en la empresa más tiempo que yo, y pensaron en ti para el puesto de jefe de copia..., y te rechazaron. Y me han dicho confidencialmente que están pensando en que te vayas. ¿Significa esto algo para ti?
—Sí, sí que significa. Significa que he estado amamantando a una víbora. Creo recordar que fui yo quien te consiguió este empleo, y que tuve incluso que convencer a Blaisdell de tu capacidad para hacer el trabajo. Fuiste agradecida conmigo, entonces... ¿Recuerdas aquellas escenas apasionadas en el vestíbulo de tu residencia?
—¡No seas asqueroso!
—Ahora la pasión ha muerto también cualquier posibilidad de ascenso, y parece que mi trabajo se va a pique también. Con la querida Adriann de amiga, ¿quién necesita un enemigo...?
—¿SABEN?, HAY COSAS QUE VIVEN EN EL SUBTERRÁNEO...
La voz era ronca y temblorosa, sonó de pronto a sus espaldas, en la plataforma que supusieran vacía, sobresaltándoles. Adriann murmuró algo y se volvió rápidamente. Había una zona de total oscuridad junto al cubo de los papeles, y ninguno de los dos había advertido al hombre que estaba sentado junto a la pared. Éste hizo un esfuerzo y se puso en pie.
—¿Cómo se atreve? —dijo Adriann, casi a gritos, furiosa y sobresaltada—. ¡Ahí escondido, interrumpiendo una conversación privada! ¿No hay policía en esta estación?
—Hay cosas, sabe —dijo el hombre, ignorándola y haciendo una mueca a Chester. Su cabeza se inclinó como señalando a alguna parte.
Era un vagabundo, uno de los componentes de aquella horda de desgraciados que había invadido Nueva York cuando el Bowery fue destruido y la luz penetró en aquella calle atestada de desechos humanos. Fotófobos, se fueron tambaleando, en busca de la oscuridad. Para muchos de ellos, las sombrías cavernas de los subterráneos representaron un refugio. Había coches con calefacción para el invierno, lavabos, esquinas silenciosas donde derrumbarse. El que se había dirigido a la pareja llevaba el uniforme de los de su condición: pantalones sucios y sin botones chaqueta arrugada, atada con una cuerda por cuyo cuello asomaban diversas prendas interiores, zapatos cuarteados con las suelas desclavadas, piel oscura y tan arrugada como la de una momia, con una línea de suciedad en cada grieta. Su boca era un negro orificio, con los escasos dientes sobrevivientes plantados como sucias piedras sepulcrales a la memoria de sus hermanos desaparecidos. Examinándolo detalladamente, el hombre tenía un aspecto repugnante pero era algo tan común en la ciudad como las papeleras o los túneles.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Chester, mientras rebuscaba en los bolsillos una moneda con la cual comprar su libertad. Adriann les dio la espalda.
—Cosas que viven en la tierra —dijo el vagabundo, y sonrió tontamente, llevándose un dedo a los labios—. Los que lo saben no hablan nunca sobre ello. No quieren atemorizar a los turistas, ¡oh no...! Escamas, garras, aquí, en la oscuridad del subterráneo.
—¡Dale dinero..., deshazte de él..., esto es horrible! —dijo Adriann, agudamente.
Chester dejó caer unos peniques en la mano extendida, cuidándose de no tocar aquella piel mugrienta.
—¿Qué hacen esas cosas? —preguntó, no porque le importase realmente, sino para enojar a Adriann. Lo empujaba a hacerlo aquel sadismo suyo, viejo ya.
El vagabundo frotó las monedas una contra otra.
—Viven aquí escondidas, al acecho. Eso es lo que hacen. Es conveniente darles algo cuando uno se encuentra como usted ahora, solo a altas horas de la noche y cerca del final del andén. Peniques, por ejemplo póngalos aquí, en el borde donde puedan alcanzarlos. Las monedas de diez centavos también sirven, pero no las de cinco, como estas que me ha dado.
—Te estás tragando una buena tontería —dijo Adriann, furiosa ahora que el primer sobresalto había pasado—. Vamos, despégate de ese vago.
—¿Y por qué sólo peniques y monedas de diez centavos? —preguntó Chester, interesado, a pesar de todo. Estaba muy oscuro, al borde del andén. Cualquier cosa podía estar oculta allí.
—Los peniques, porque les gustan los cacahuetes, y con ellos los pueden sacar de las máquinas cuando no hay nadie. Las monedas son para las máquinas de cola la beben a veces en lugar de agua. Los he visto...
—Voy a buscar a un guardia —resopló Adriann, y taconeó decidida. Pero se detuvo a los pocos metros. Ambos hombres la ignoraron.
—Vamos —dijo Chester al vagabundo, que se pasaba una mano temblorosa por el sucio cabello—, no irá a pensar que me lo creo. Si esas cosas comen tan sólo cacahuetes no hay razón para tenerles miedo.
—Yo no dije que eso era todo lo que comían. —La mano mugrienta se aferró a la manga de Chester antes que éste pudiera evitarlo y tuvo que apartar la cabeza de aquel aliento repugnante cuando el mendigo se inclinó para susurrar—: Lo que en realidad les gusta comer es GENTE, pero no se meterán con usted siempre que les deje algo. ¿Le gustaría ver uno?
—¡Después de esta introducción es lo menos que puedo hacer!
El vagabundo fue tambaleándose hasta el cubo de los papeles, ancho como un tronco, gris verdoso y con dos compuertas semiesféricas en la parte superior.
—Tiene que ser una ojeada rápida, porque no les gusta que los miren —dijo el hombre, y empujó una de las dos compuertas.
Chester retrocedió, atónito. Había sido una visión brevísima... ¿Había, en realidad, visto dos rojas manchas brillantes, separadas un palmo una de otra, semejantes a ojos monstruosos? ¿Era posible que...? No. Todo aquello era demasiado ridículo. Se oyó el distante retumbar de un tren.
—Magnífico, compañero —dijo, y arrojó unos peniques cerca del borde del andén—. Esto les proporcionará cacahuetes por un tiempo. —Se reunió rápidamente con Adriann—. La historia mejoró después que te fuiste, ese pillo asegura que una de las cosas está escondida en el cubo de los papeles. Así que les dejé un regalito..., por si acaso.
—No sé cómo puedes ser tan estúpido.
—Estás cansada, querida. Empiezas a enseñar las uñas. Y también te muestras monótona.
El tren se oía ya más cerca, y empujaba ante sí una nube de aire enrarecido, casi como el olor de un animal... Nunca se le había ocurrido pensarlo.
—Eres estúpido y supersticioso. —Adriann tuvo que alzar la voz sobre el rumor creciente del tren—. Eres la típica persona que toca madera, que nunca pisa las rayas de la calle y que se preocupa cuando se cruza un gato negro.
—Por supuesto. Nada de esto perjudica. Ya hay suficiente mala suerte alrededor de uno para no tener que ir buscando más. Es probable que no haya ninguna COSA en esa papelera..., pero no voy a meter la mano para comprobarlo.
—¡Completamente ridículo!
Era tarde. Chester estaba cansado y con los nervios un poco descompuestos. El tren se detuvo a su espalda con un estremecimiento. Corrió hacia el final del andén rebuscando en el bolsillo y sacando todo el cambio que le quedaba.
—Escucha —gritó, abriendo unos centímetros la compuerta de la gran papelera y arrojando dentro las monedas—. Dinero. Muchos centavos y peniques. Mucha cola y cacahuetes. Pero atrapa y cómete a la primera persona que se acerque.
Detrás de él, Adriann reía. Las puertas del tren susurraron al abrirse y el vagabundo se deslizó dentro.
—Éste es tu tren —dijo Adriann, riendo todavía—. Tómalo antes que las COSAS te atrapen. Yo espero el de circunvalación.
—Toma —dijo él, enojado aún, tendiéndole el periódico—. Eres tan simpática y tan poco supersticiosa. Veamos cómo lo tiras al cubo. —Y saltó dentro del tren, un segundo antes que las puertas se cerrasen.
—Por supuesto, cariño —gritó ella, con la cara roja por la risa—. Y se lo contaré a todos mañana en la oficina. —Las puertas se cerraron cortando el resto de sus palabras.
El tren retembló un poco y empezó a moverse. A través del sucio cristal vio cómo se dirigía al cubo de los papeles. Una columna le impidió ver, y el tren empezó a tomar velocidad.
La vio de nuevo, y ella continuaba con la mano sobre la tapa... ¿O era que había metido el brazo hasta el codo? Era difícil decirlo, con aquel cristal tan sucio. Otra columna. El tren empezaba a ir muy de prisa. Otra ojeada, y con aquel cristal sucio y la poca luz no podía estar seguro, pero parecía que ella se había inclinado y metía la cabeza en el cubo.
Aquella ventana no servía. Corrió a la ventanilla frontal, que tenía el cristal algo más limpio. El tren casi había salido de la estación, balanceándose al tomar velocidad, y él tuvo una última visión, antes que la hilera de columnas se convirtiese en una bruma espesa que impedía por completo la visión.
No podía estar metida hasta la cintura en el cubo. La abertura no era lo suficiente grande como para que una persona cupiese allí. Pero, ¿cómo explicar entonces que todo lo que él había visto era su falda y sus piernas moviéndose frenéticamente en el aire?
Desde luego había sido tan sólo una visión borrosa, y debió confundirse. Se volvió hacia el vagón vacío. No, vacío no. El vagabundo cabeceaba en un asiento, dormido ya.
Aquel andrajoso, sin embargo, levantó la cabeza y le sonrió con una mueca de complicidad, cerrando los ojos de nuevo. Chester fue hasta el otro extremo del vagón y se sentó. Bostezó y se encogió en un rincón.
Podía cabecear una siesta hasta llegar a su estación siempre se despertaba a tiempo.
Sería estupendo que el puesto de jefe de copia estuviera aún vacante. Tendría dinero extra...




22/12/2017 03:54:16 pm 
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GABULLS


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Estupendo, ZerOMegA. Un señor cuento corto: breve, contundente, ameno... Una pequeña genialidad, para mi gusto.
No recuerdo haber leído antes a este autor, mil gracias por recomendarlo.

Ultima edición por GABULLS el 23/12/2017 08:23:25 , editado 1vez


22/12/2017 04:11:43 pm 
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ZerOMegA


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Más que nada, Harry Harrison fue un escritor de ciencia ficción, lo más conocido de él posiblemente sea el personaje de Bill, el héroe galáctico (adaptado al cine hace unos pocos años). Sin embargo también tenía varias piezas de corte más fantástico, como ese cuento que subí. Gran parte de su obra está traducida al castellano.


22/12/2017 04:42:27 pm 
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Acá dejo un cuento de Robert Sheckley, otro gran escritor de ciencia ficción con un sentido oscuro del humor.

MIEDO EN LA NOCHE
Robert Sheckley

Oyó su propio grito al despertar y se dio cuenta de que debía llevar chillando varios segundos. Hacía frío en la habitación, pero ella estaba empapada de sudor. El sudor le bajaba por la cara y por los hombros, empapaba su camisón. Tenía la espalda mojada y también estaba mojada la sábana.
Inmediatamente comenzó a temblar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó su marido.
Durante unos instantes no pudo responder. Tenía las rodillas encogidas y los brazos fuertemente apretados abrazándolas, intentando poner fin a los temblores. Su marido era una oscura masa a su lado, un largo y oscuro cilindro frente al desmayado blancor de las sábanas. Contemplándole, empezó a temblar de nuevo.
—¿Quieres que encienda la luz? —preguntó él.
—¡No! —contestó ella ásperamente—. No te muevas... ¡por favor!
Y luego sólo hubo el firme tic-tac del reloj, pero de algún modo, también aquello estaba empapado de amenaza.
—¿Volvió a pasar?
—Sí —dijo ella—. Exactamente igual. ¡Por amor de Dios, no me toques! —El había empezado a acercarse a ella, oscuro y sinuoso frente a la sábana, y ella temblaba de nuevo, violentamente.
—El sueño —comentó él cautelosamente—, ¿fue... fui yo...? —delicadamente, no llegó a decirlo. Cambió de posición en la cama, con mucho cuidado para no asustarla.
Pero seguía tensa y crispada. Soltó las manos de las rodillas y apretó las palmas con fuerza sobre la cama.
—Si —dijo—. Otra vez las culebras. Me recorrían todo el cuerpo, grandes y pequeñas, a centenares. Y la habitación estaba llena y seguían entrando por la puerta, por las ventanas. El armario estaba repleto de culebras. Tantas que salían por debajo de la puerta hasta el suelo...
—Tranquilízate —dijo él—. ¿Estás segura de que no quieres que hablemos de ello?
Ella no contestó.
—¿Quieres que encienda ya la luz? —preguntó él suavemente. Ella vaciló. Luego dijo:
—Aún no. Aún no me atrevo.
—Oh —dijo él en un tono de absoluta comprensión—. Entonces también tuviste la otra parte del sueño...
—Sí.
—Bueno, quizás no debieses hablar de ello.
—Hablemos de ello —intentó reír, pero la risa se convirtió en tos—. Crees que ya debería estar acostumbrada, ¿no? ¿Cuántas noches hace ya?
El sueño siempre empezaba con una serpiente pequeña que reptaba lentamente por su brazo, mirándola con rojos y malévolos ojos. Se libraba de ella, se incorporaba en la cama. Entonces se deslizaba otra sobre el cobertor, mayor, más rápida. Se libraba también de ésta, y saltaba rápidamente de la cama al suelo. Entonces sentía una bajo los pies y luego otra enredada en el pelo, sobre los ojos, y a través de la puerta, súbitamente abierta, llegaban más, obligándola a volver a la cama, chillando, buscando a su marido.
En el sueño su marido no estaba allí. En la cama, a su lado, había un largo cilindro oscuro que contrastaba con la claridad difusa de las sábanas, y que era una enorme serpiente. No se daba cuenta de ello hasta que la rodeaba con sus brazos.
—Enciende ya la luz —ordenó. Sus músculos se contrajeron cuando la luz inundó la habitación. Tenía los muslos tensos, dispuestos para el salto, para huir de la cama si...
Pero era su marido.
—Dios mío —musitó, y se relajó del todo, hundiéndose en el colchón.
—¿Sorprendida? —preguntó él, sonriendo tensamente.
—Siempre —le dijo—, siempre estoy segura de que no estarás aquí. Siempre creo que estará aquí la serpiente —tocó su brazo sólo para asegurarse.
—¿Te das cuenta de que todo esto es absurdo? —dijo él suave y acariciadoramente—. Si fueses capaz de olvidar. Si tuvieses suficiente confianza en mí, estas pesadillas acabarían.
—Lo sé —dijo ella, recorriendo todos los detalles de la habitación. La mesita del teléfono le resultaba sumamente tranquilizadora, con su libreta de direcciones, y la madera rayada del buró era como un mensaje de vieja amistad, y también la pequeña radio y el periódico en el suelo. ¡Y qué tranquilizador resultaba su vestido verde esmeralda echado despreocupadamente sobre la mecedora!
—Ya te lo dijo el médico —siguió él—. Cuando tuvimos aquel problema, tú me asociaste a todo lo malo que sucedió, a todo lo que te hirió. Y ahora que nuestros problemas terminaron, aún sigues haciéndolo.
—Pero no de modo consciente —dijo ella—. Te lo juro.
—Pero de todos modos lo haces —insistió él—. ¿Recuerdas cuando yo quería el divorcio? ¿Cuando te dije que nunca te había amado? ¿Recuerdas cómo me odiaste entonces, aunque no quisiste que me separara de ti? —se detuvo para tomar aliento—. Odiabas a Helen y me odiabas a mí. Y ésa es la cuestión, el odio se ha mantenido dentro de ti, oculto, por debajo de la reconciliación.
—No creo que te haya odiado nunca —dijo ella—. Sólo a Helen... ¡Aquella monita huesuda!
—No debemos hablar mal de los que ya no están entre nosotros —murmuró él.
—Sí —dijo ella pensativa—. Supongo que yo la empujé a aquel derrumbe. Y no puedo decir que lo sienta. ¿Crees que es ella la que me persigue?
—No debes acusarte a ti misma —dijo él—. Ella era de un temperamento nervioso, desequilibrado, artístico. Tenía un carácter neurótico.
—Ahora que Helen ha desaparecido, creo que superaré todo esto —sonrió, y las arrugas preocupadas de su frente desaparecieron—. Estoy tan loca por ti —murmuró, acariciando el pelo castaño claro de él—. Jamás te dejaré.
—Y harás muy bien —dijo él sonriendo también—. Yo no quiero irme.
—Tan solo ayúdame.
—Con todo lo que tengo.— Se inclinó hacia delante y la besó levemente en la mejilla. — Pero, querida, a menos que superes estas pesadillas, conmigo como el villano principal, tendré que…
—No lo digas,— murmuró ella rápidamente. —No puedo soportar esa idea. Y ya pasamos el mal momento.
Él asintió con la cabeza.
—Sin embargo tienes razón,— dijo ella. —Creo que lo intentaré con otro psiquiatra. No puedo soportar esto mucho más. Estos sueños, noche tras noche.
— Y se están poniendo peor,— le recordó él, frunciendo el ceño. —Al comienzo sólo era uno de vez en cuando, pero ahora es cada noche. Pronto, si no haces algo, será…
—Está bien,— dijo ella. —No hables de eso.
—Tengo qué. Me estoy preocupando. Si esta fijación con las serpientes continúa, una de estas noches, terminarás acuchillándome mientras duermo.
—Nunca,— le dijo ella. —Pero no hables de eso. Quiero olvidarlo. No creo que vaya a ocurrir otra vez. ¿No crees?
—Espero que no,— dijo él.
Ella estiró el brazo y apagó la luz, lo besó y cerró sus ojos.
Luego de unos minutos se giró sobre su costado. En media hora volvió a girarse otra vez, dijo algo incoherente y se quedó quieta. Tras veinte minutos más encogió un hombro pero, aparte de eso, no hizo ningún otro movimiento.
Su marido, que era una masa negra a su lado, se alzó sobre un codo. Permanecía en la oscuridad, pensando, escuchándola respirar, escuchando el tictac del reloj. Luego se estiró por completo.
Lentamente desató el cordón de su pijama y lo estiró hasta liberar unos treinta centímetros de él. Entonces retiró las mantas. Muy suavemente se giró hacia ella con el cordón en sus manos, escuchándola respirar. Colocó el cordón sobre el brazo de ella. Lentamente, tomándose unos segundos por cada pulgada, arrastró el cordón a lo largo del brazo.
Muy pronto ella gimió.






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