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Narapoia (Alan Nelson)





Thread creado por ZerOMegA el 06/09/2017 02:49:18 pm. Lecturas: 396. Mensajes: 1. Favoritos: 2





06/09/2017 02:49:18 pm 
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ZerOMegA


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Este es un cuento que apareció en la revista Minotauro número 3 de 1965.
Es una de esas joyitas humorísticas poco apreciadas y casi olvidadas, así que decidí compartirlo acá. Espero que les guste.

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Narapoia (Alan Nelson)

—No se realmente cómo explicárselo, doctor —empezó a decir el joven McFarlane. Se pasó la mano por los sedosos cabellos negros, que brillaban como un disco de fonógrafo, y parpadeó mirando al médico con unos azules ojos de bebé.— Parece ser lo contrario de un complejo de persecución.
El doctor Manly J. Departure era un hombre bajo y severo que tenía como norma no mostrarse nunca sorprendido.
—¿Lo contrario de un complejo de persecución? —dijo, permitiéndose elevar una ceja—. ¿Qué quiere decir exactamente, señor McFarlane?
McFarlane se acomodó plácidamente en el sillón, con las manos cruzadas, las mejillas rosadas y brillantes: una verdadera imagen de la salud y la tranquilidad.
—Bueno, tengo siempre la impresión de que sigo a alguien.
El doctor Departure se movió incómodo en su asiento.
—De que alguien lo sigue a usted, querrá decir —corrigió.
—No, no, de ningún modo. Ocurre simplemente que ando por la calle y tengo de pronto esta impresión de que alguien marcha delante de mí, alguien a quien yo sigo. A veces hasta corro para alcanzarlo. Por supuesto, no hay nadie. Es muy molesto. Terriblemente molesto. Y no me gusta nada correr.
El doctor Departure jugueteó con su lápiz.
—Aja. ¿Algún otro síntoma?
—Bueno, sí. Pienso también que la gente... la gente... Bueno, es algo realmente estúpido.
—No se preocupe —ronroneó el doctor Departure—. Hable sin ningún temor.
—Bueno, tengo la rara impresión de que la gente trata de hacerme bien. Que quiere ser buena y amable conmigo. No sé exactamente quiénes son, o por qué quieren favorecerme, pero... Todo es muy fantástico, ¿no?
Había sido un duro día de trabajo para el doctor Departure. De algún modo no se sentía con fuerzas para oír la descripción de otros síntomas. Se pasó el resto de la hora anotando la historia de su cliente: McFarlane, 32 años matrimonio feliz infancia sana y normal trabajo satisfactorio, reparación de radios ningún mal físico no había habido conflictos entre los padres no tenía preocupaciones de dinero. Nada, en una palabra.
Sonriendo, acompañó a McFarlane hasta la puerta.
—¿El martes a las diez?
A las diez menos diez del martes, el doctor Departure consultó su libro de citas y frunció el ceño. Bueno, quizá no apareciese. Había ocurrido muy a menudo, y ojalá ocurriera esta vez. ¡Lo contrario de un complejo de persecución! ¡Psicosis de beneficencia! ¡Qué ideal El hombre tenía que ser... Se detuvo a tiempo. Iba a decir ´´loco´´ En ese momento llamaron a la puerta. McFarlane entró sonriendo y le estrechó la mano.
—Bien, bien —dijo el médico con una cordialidad un poco tiesa—. ¿Qué hay de nuevo?
—Me parece que estoy peor —dijo McFarlane, radiante—. Hablo de esa impresión de seguir a alguien. Sí, señor. ¡Ayer caminé diez kilómetros!
El doctor Departure puso las manos en los brazos del sillón, del otro lado del escritorio.
—Bien, qué le parece si me dice algo más. Todo. Lo que se le ocurra.
McFarlane frunció el ceño.
—¿Lo que se me ocurra? ¿Cómo, doctor?
—Hable simplemente. De cualquier cosa. Lo que le pase por la cabeza.
—No entiendo muy bien, doctor. ¿No me podría dar un ejemplo?
El médico se permitió una risita.
—Por supuesto, es muy simple ... En este preciso momento estoy pensando en un día de mi infancia, cuando robé un dinero del bolso de mi madre... y pienso ahora en mi mujer, y me pregunto qué podría regalarle para el aniversario de bodas. .. —El doctor alzó los ojos, animado.— ¿Entiende? Cosas así.
—¿Cosas así? No me doy cuenta del todo. —Pero McFarlane no parecía estupefacto, sino ansioso.— ¿No me podría dar otro par de ejemplos? Son muy interesantes.
El doctor se puso a describir imágenes inconexas, en parte olvidadas. McFarlane se recostó en el sillón, curiosamente satisfecho. Al fin de la hora, el doctor Departure, completamente agotado, con el cuello de la camisa abierto y la corbata suelta, decía roncamente:
—.. .y bueno, mi mujer... hace conmigo lo que quiere... bizqueo un poco, y siempre me he sentido un poco molesto...
Se interrumpió de mala gana, se frotó los ojos, y miró el reloj. En seguida oyó que McFarlane decía:
—Me siento mucho mejor. ¿El martes a las diez?
El martes siguiente a las diez el doctor Departure se puso firme. Las tonterías de la otra sesión no se repetirán más, se dijo. Pero no tenía por qué sentirse inquieto. McFarlane entró en silencio, con aire preocupado. Traía una enorme caja de cartón que puso cuidadosamente en el piso antes de sentarse en el sillón de cuero. El médico lo sondeó con unas pocas preguntas preliminares.
—Temo haber comenzado a sufrir de alucinaciones, doctor —dijo al fin McFarlane.
El doctor Departure se frotó mentalmente las manos. Estaban otra vez en terreno conocido. Se sintió más cómodo.
—¡Ah, alucinaciones!
—Sí, aunque no son realmente alucinaciones, doctor. Yo diría que son lo contrario de una alucinación.
El doctor Departure se quedó mirando un rato a McFarlane. Dejó de sonreír.
—Anoche, por ejemplo, doctor —continuó McFarlane—. Tuve una pesadilla. Soñé que un paja- rraco se había posado en el aparato de radio de ondas cortas esperando a que yo despertara. Era horrible, con un cuerpo bulboso y un pico vuelto hacia arriba, y bolsas bajo los ojos inyectados de sangre. Y orejas, doctor. ¡Orejas! ¿Ha oído hablar de un pájaro con orejas? Orejas menudas, caídas, como de perro de aguas. Bueno, me desperté, con el corazón en la boca, ¿y qué cree usted que vi? Había realmente un pajarraco orejudo posado en mi aparato de radio.
El doctor Departure se animó otra vez. Un caso tradicional, casi clásico, de confusión de lo irreal con lo real.
—¿Un pájaro real en el aparato de onda corta? —preguntó suavemente—. ¿Con ojos inyectados de sangre?
—Sí —respondió McFarlane—. Sé que parece tonto. Es difícil de creer.
—De ningún modo. De ningún modo. Ese tipo de aberración visual es un fenómeno bastante común. —El médico mostró una sonrisa tranquilizadora.— Nada que...
McFarlane lo interrumpió agachándose y poniendo la caja de cartón sobre el escritorio.
—Usted no entiende, doctor —dijo—. Abra la caja. Adelante.
El doctor miró a McFarlane un momento, y luego volvió los ojos hacia la caja agujereada, de color castaño. Desconcertado, cortó al fin el cordel y apartó las alas de la tapa. Se inclinó, miró... y se quedó sin aliento. Unos ojos sanguinolentos y bolsudos lo miraban ferozmente. El pájaro tenía un par de orejas caídas. Un pico vuelto hacia arriba. Era un animal obsceno.
—Se llama Lafayette —dijo Me Farlane, mientras echaba dentro de la caja unos mendrugos que fueron rápidamente devorados con un cloqueo repulsivo—. Pasado el primer momento, uno le toma cariño, ¿no le parece?
Cuando McFarlane se fue con su alucinación, el médico se quedó un rato meditando. Se sentía un poco aturdido, como si acabara de salir del Túnel de Horrores de alguna feria.
Quizá, se dijo, he tropezado con una psicosis desconocida. Hoy pasan tantas cosas raras en el mundo. Se imaginó presentando una monografía en el Congreso de Psiquiatría: La aparición de una psicosis. Este nuevo desorden parecía tener síntomas opuestos a los de la paranoia lo llamaría narapoia. Pero no había por qué renunciar a la esperanza de que algunos de sus colegas insistiesen en darle el nombre de su descubridor: departureomanía. Sería famoso. Lo compararían con Freud.
De pronto se estremeció. ¿Y si este McFarlane era un impostor, un simulador? Cielos, tenía que investigar.
Llamó rápidamente a su secretaria, la señorita Armstrong, y le dijo que cancelara todas las citas por el resto del día. Se puso el sombrero, y salió precipitadamente.
Tres días más tarde, la señora Departure llamó por teléfono al consultorio.
—No, no está aquí —le dijo la señorita Armstrong—. En realidad en estos últimos tres días no
ha venido más que a retirar la correspondencia.
—No entiendo. —La voz exasperada de la señora Departure chilló en el receptor.— Se pasa la mitad de la noche fuera de casa. Regresa agotado. ¿No sabe usted qué andará escribiendo en esa libretita?
—Francamente, señora, estoy un poco preocupada —dijo la señorita Armstrong—. Está tan irritable. Parece como si estuviese corriendo detrás de alguien.
—No tiene usted muy buen aspecto, doctor —dijo McFarlane en la sesión del martes siguiente.
Era la primera vez que el médico se sentaba al escritorio desde hacía varios días. Le dolían las piernas y se le habían ampollado los pies. Se sacó disimuladamente los zapatos detrás del escritorio.
—No se preocupe por mí —dijo bruscamente—. ¿Cómo está usted?
Le temblaban los dedos. Estaba mucho más delgado, y tenía una cara pálida y consumida.
—Me parece que estoy mejor —anunció McFarlane—. Últimamente tengo la impresión de que alguien me sigue a mí.
—¡Tonterías! —exclamó irritado el doctor Departure—. Son imaginaciones suyas.
Entornó los ojos y observó a McFarlane. Si por lo menos pudiera saber que este hombre no estaba simulando. Nada parecía indicar otra cosa. Al fin y al cabo la conducta de McFarlane en la calle parecía enteramente genuina. McFarlane alzaba de pronto la cabeza, apresuraba el paso, y allá iba. Bueno, tendré que observarlo un poco más, se dijo el médico. Cerró un momento los ojos, recapitulando las actividades de la semana: sus interminables caminatas por la ciudad, durante las que casi había perdido a McFarlane una docena de veces las larguísimas esperas en las puertas de los bares y restaurantes. Tengo que seguir hasta tener todos los datos, pensó. Pero estaba un poco preocupado por los kilos que había perdido, y ese campanilleo que sentía en la cabeza desde hacía un tiempo...
Al cabo de la hora McFarlane salió en puntillas del consultorio. El doctor Departure roncaba ruidosamente.
Cuando McFarlane se presentó para la sesión siguiente, se encontró en la puerta con la señorita Armstrong.
—El doctor no está —le informó la mujer—. Y no volverá hasta dentro de tres meses, un año quizá.
—Oh —dijo McFarlane—. Parecía realmente agotado. ¿Dónde pasará esas vacaciones?
—Bueno, descansará en una casa de reposo.
McFarlane se quedó mirando el aire un momento, con una rara expresión de perplejidad. Al fin le sonrió a la secretaria. —Qué sensación extraña —dijo—. De pronto me sentí completamente curado. En el momento en que usted me hablaba del doctor Departure.
Los médicos del sanatorio estaban realmente ocupados con el doctor Departure.
—Díganos todo. Lo que se le pase por la cabeza —le pidieron.
-Tengo que seguirlo, ya lo expliqué. No puedo perderlo de vista. Ni por un instante. Tiene un pájaro con ojos bolsudos y orejas caídas.
Los doctores se hablaban en voz baja, sacudiendo científicamente las cabezas.
—Muy interesante. Todo muy interesante.
—Algo totalmente nuevo.
—Parece un complejo de persecución, ¿no es cierto? Sólo que al revés.
—Tiene la ilusión de que sigue a alguien. Asombroso, ¿no es cierto?
—Asistimos sin duda a la aparición de una nueva psicosis. Sugiero que lo observemos muy de cerca.
Y uno de los médicos hasta llegó a proponer que dejaran que el doctor Departure caminase libremente por la ciudad, vigilado de cerca, naturalmente, por miembros escogidos del cuerpo médico, que anotarían cuidadosamente todas sus idas y venidas...
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