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Cuentos Cortos: Roberto Arlt La muerte del sol (Escaneado)





Thread creado por nicus07 el 31/08/2017 12:16:28 am. Lecturas: 869. Mensajes: 14. Favoritos: 1





31/08/2017 12:16:28 am 
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Dejo los escaneados del relato (el último de Arlt sobre este tema), ya que me resultó imposible conseguirlo en la web. Este relato se encuentra en el tomo ´´Cuentos completos´´ de la editorial Seix Barral.

Los escaneos permiten leer el cuento sin mayores problemas, aunque hay algunas palabras que se ven medio borrosas... es que mi escáner es muy viejo!

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31/08/2017 03:53:08 am 
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Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo.


31/08/2017 04:06:34 am 
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trenton007 escribió:
Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo.
Es cierto. Aunque esta página que acabo de encontrar para el laburo te puede solucionar todo el asunto... primero lo pasás a un word, lo corregís (errores de lectura podría haber varios) y lo pasás al Kindle.

Lector de texto de un escaneo


31/08/2017 09:01:32 am 
       4                           
nicus07 escribió:
trenton007 escribió: Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo. Es cierto. Aunque esta página que acabo de encontrar para el laburo te puede solucionar todo el asunto... primero lo pasás a un word, lo corregís errores de lectura podría haber varios y lo pasás al Kindle.www.free-ocr.com/es.html Lector de texto de un escaneo


Lo tengo, no desde esa página porque la verdad lo que reprodujo era literalmente ininteligible pero encontré otra que sí lo hizo y la verdad muy bien, los fallos y las correcciones serán pocas, así que agregado a la recopilación. Gracias.


31/08/2017 10:57:37 am 
       7                           
melusineh


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Gracias, para leer antes de dormir...Igual se puede ver, no problem!





31/08/2017 03:22:13 pm 
       5                           
trenton007 escribió:
nicus07 escribió: trenton007 escribió: Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo. Es cierto. Aunque esta página que acabo de encontrar para el laburo te puede solucionar todo el asunto... primero lo pasás a un word, lo corregís errores de lectura podría haber varios y lo pasás al Kindle.www.free-ocr.com/es.html Lector de texto de un escaneoLo tengo, no desde esa página porque la verdad lo que reprodujo era literalmente ininteligible pero encontré otra que sí lo hizo y la verdad muy bien, los fallos y las correcciones serán pocas, así que agregado a la recopilación. Gracias.



y estaría buenísimo, ya que hiciste el laburazo, volver a subirlo decentemente, no?



31/08/2017 05:22:57 pm 
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oliveritosacks escribió:
trenton007 escribió: nicus07 escribió: trenton007 escribió: Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo. Es cierto. Aunque esta página que acabo de encontrar para el laburo te puede solucionar todo el asunto... primero lo pasás a un word, lo corregís errores de lectura podría haber varios y lo pasás al Kindle.www.free-ocr.com/es.html Lector de texto de un escaneoLo tengo, no desde esa página porque la verdad lo que reprodujo era literalmente ininteligible pero encontré otra que sí lo hizo y la verdad muy bien, los fallos y las correcciones serán pocas, así que agregado a la recopilación. Gracias.y estaría buenísimo, ya que hiciste el laburazo, volver a subirlo decentemente, no?



Hecho


LA MUERTE DEL SOL de Roberto Arlt


Faltaban cuarenta minutos para amanecer.
Silvof se asomó a la puerta trasera del hotel, aquella por donde entraban la carne y el hielo, y se quedó mirando con expresión embrutecida la calzada lustrosa. Columnas infinitas de cifras danzaban en su caletre. Entre los espacios de estas cifras, que aún se movían ante sus ojos, vio a un motorista, bajo la luz amarilla de un foco, terminando de ajustar la tuerca floja del eje delantero de su barredora mecánica.
Silvof levantó la cabeza al cénit. Innúmeras gotas de luz extendían lechosas manchas en la cúpula negra, animándola así de misteriosa vida. Silvof, de entre las pilas de cifras que se bamboleaban sobre la superficie de su cerebro, entresacó este pingajo de pensamiento:
“Es absurda la vida que hago. Tendré que buscarme trabajo de día´´, Iuego rectificó: “Lo que pienso es un disparate. ¿Dónde encontrar trabajo hoy?´´.

Apretó con el índice el tabaco en la pipa y echó a caminar calle abajo, entre fachadas oscuras, hacia el puerto. Ya había dejado atrás las grandes arterias comerciales, los corredores de los rascacielos, enrejados por cortinas de acero, las vidrieras de las casas de modas brujescas con sus maniquíes de dos dimensiones a la luz violácea de las lámparas de gases raros.
De cuando en cuando se cruzaba con otros trasnochadores que, con el cuello del gabán levantado hasta las orejas, marchaban apresuradamente hacia la cama, arrastrando no obstante los pies, lo cual los diferenciaba de aquellos que por una u otra razón terminaban de levantarse, porque estos últimos taconeaban fuertemente. Comenzaban el próximo día sin la tristeza de aquellos otros que parecían sombras.
Silvof andaba con las manos enfundadas en los bolsillos, barajando aún el mismo pingajo de pensamiento inútil:
´´Sin embargo, no cabe duda que me convendría un empleo de día”, cuando de pronto se detuvo, efectuando con la cabeza ese movimiento que en el animal se traduce por el enrigidecimiento de las orejas en una dirección determinada, para recoger un sonido o un silencio alarmante.

Esto último era para él.
Un silencio, semejante al que se produce en los oídos del radioescucha al quitarse los auriculares, acaba de ondular en sus sentidos. Un silencio quizá sobrehumano, al que no estaba acostumbrado, y sobre el que Silvof pasó, diciéndose medio adormecido:
‘Debe provenir de mis nervios fatigados por el trabajo nocturno
Cincuenta metros antes de llegar a la calle 27, era visible el rectángulo de luz que lanzaba a la vereda y a la fachada frontera una lechería permanentemente abierta. Aunque el paraje era sucio y sórdido, la carne que allí despachaban era de buena calidad. Entró y, como de costumbre, le pidió a un muchacho pelirrojo el bife con su correspondiente par de huevos fritos. Siempre se desayunaba de esa manera Cuando salía, ya el cielo aclaraba entonces se enquistaba en su cuarto ubicado en el fondo de un oscuro corredor, perteneciente al departa mentó de un séptimo piso de la Avenida 88, y dormía hasta las cuatro de la tarde.
Mientras esperaba que le sirvieran, entrecerró los ojos. Luego tuvo que apartarse para que el muchacho colocara el mantel de papel de estraza, la aceitera y los dos panes que él comía con los bifes. Luego se marchó.
Silvof apoyó la cabeza en la palma de la mano. Aún no clareaba Sin embargo, era hora. Consultó su reloj y luego lo comparó con el de. la lechería. Mediaba entre ambos una diferencia de tres minutos.
—¿No anda bien su reloj? —le preguntó al patrón, que, despatarrado tras el mostrador en un charco de aserrín y espuma de cerveza, con los codos apoyados entre un queso y un jamón, leía la edición matutina de un periódico.
Despaciosamente el comerciante retiró su reloj del bolsillo. Observaba una diferencia de dos minutos con el reloj de pared.
—Es curioso —insistió Silvof.
—¿Lo qué es curioso?...
—Ayer a esta hora estaba clareando..., y hoy todavía no ha comenzado.
El hombre gordo, que leía acodado en el mostrador una página revista, se volvió. Tenía una mancha de pelos negros junto al mentón. Sensatamente aconsejó:
—¿Por qué no se fija en el diario?
Luego él mismo tomó el periódico de las manos del patrón, y leyó en voz alta:
—Sol..., sol... sale..., no se pone.,. Sale a las 6 y 18.
—Pues son las seis y veinte en mi reloj, y aún no sale el sol.
—Pues su reloj debe estar mal.
El hombre gordo extrajo del chaleco una especie de caja de níquel.
—Hombre..., en mi reloj son las seis y veinte también...
El patrón, Silvof y el hombre gordo se asomaron a la puerta de la lechería.
La misma oscuridad lechosa en las alturas, las mismas innúmeras gotas de luz, temblando, frías. Hacia el Este no había vislumbre aún de la proximidad del sol. Se miraron consternados los tres: luego el hombre gordo propuso:
—Deben haberse equivocado los diarios.
—Los diarios no se equivocan —aseguró el lechero.
Silvof caviló, y así, de entre su modorra, extrajo el disparate:
—¿No habrán transmitido mal la hora a las estaciones de radio? Pasaba un diariero voceando otro periódico. El muchacho, en el momento de marchar, se dijo:
—Es raro que no salió el sol todavía.
Consultaron la columna que trataba de cuestiones meteorológicas. Ahora no cabía duda. El sol salía ese día a las 6 y 18 minutos.
De pronto se detuvo ante ellos un vigilante. Esgrimía su cachiporra.
—¿Han visto que no amanece? —luego miró al patrón—. ¿Funciona ya su teléfono?
–Sí.
—Entonces aviso a la comisaría que el sol no sale.
Y se dirigió al teléfono.
Ninguna sensación terrorífica es semejante a la que apareja la posibilidad de la muerte del mundo. Silvof conoció esta sensación diez minutos después que el vigilante habló por teléfono.
Ya no es posible dudar.
Ahora no sólo se moriría él, sino que también el planeta y la obra luciente de millones y millones de generaciones de hombres a través de siglos oscuros y pesados. Sin embargo, algunos no parecían comprenderlo. Conversaban alegremente bajo los focos, como si se tratara del advenimiento de una fiesta.
La noticia corría.
En todas direcciones se descubrían grupos de hombres que, enviserándose la frente con la mano, acechaban en el horizonte la aparición de la más mínima franja de luz.
Silvof, desconcertado, no sabía en qué dirección lanzarse.
Se olvidó por completo de que tenía sueño. Una inquietud extraordinaria agitaba su conciencia. Después de la momentánea sensación de terror infinito, que lo aplastó sobre la mesa de la lechería durante algunos minutos, su mente recibió como una descarga de optimismo: despertaba en orto planeta, en otro planeta que, a pesar de llamarse Tierra, ya no era ella.
Ya no era posible dudar. Faltaban cinco minutos para las siete de la “mañana´´ y aún era noche. En las cornisas y balconadas de los altos edificios se veían grupos de sombras inspeccionando el horizonte o la bóveda celeste con largavistas,. cuyas piezas niqueladas centelleaban en las tinieblas con chispas de plata. Los tizones de los cigarros parecían rojas señales de alarma.
Un viento frío corría a lo largo de los muros. Los vagabundos que se habían dormido en los zócalos se despertaban azorados, miraban el horizonte, y luego se aproximaban a los grupos de gente, en los que eran recibidos, como si el trastrueque celeste hubiera también determinado un cambio en la conciencia social de los habitantes de la ciudad.
Silvof se extrañó de sorprenderse, pensando alegremente esta puerilidad:
“No pagaré mi deuda en el banco.”
A continuación hilvanó:
´´Tampoco iré a trabajar. No me van a poder echar. Por otra parte, el lío que se va a producir es magnífico. ¿Qué será de los fabricantes de sombrillas? ¿Y de los vendedores de flores?”
Un periodista, en compañía de un fotógrafo, se detuvo a pocos pisos de él. Chispeó la lámpara del fotógrafo, y el periodista se aproximó:
—¿Quiere darme una opinión del fenómeno? ¿Usted se encontraba en la calle a la hora que tenía que salir el sol?
Silvof se encogió de hombros y continuó caminando. Entonces el reportero poniéndose a la par, le preguntó, pero ya con voz temblorosa
—¿Estaremos o no a comienzos del fin del mundo?
Silvof miró la cara del otro. Era un muchacho joven, posiblemente hacía muy poco tiempo que trabajaba en un diario, y lo mandarían a la calle a buscar impresiones para que no molestara a la gente que trabajaba en la redacción. Luego, terminó por responderle:
—Si tiene algún vencimiento en el banco, no pague.
Gente a medio vestir llenaba ahora los vanos de las escaleras, los balcones, los atrios de los edificios enormes. Algunos se peinaban al tiempo que conversaban, las muchachas jóvenes encontraban en medio del alboroto una deliciosa oportunidad de mostrar el corpiño o la liga. A lo lejos sonaba una sirena, los perros domésticos, desconcertados por tan inopinado alboroto, se refugiaban entre las piernas de sus amos, de tanto en tanto se les veía asomar el hocico peludo bajo una falda, y gruñir, hostiles, mientras que los chicos, tironeando de las mangas de los vestidos de sus progenitores, se olvidaban de proseguir encorajinando a los perros, para preguntar:
—¿Es cierto que ahora no iremos más al colegio?
Un pensamiento desagradable se desenvolvió en la mente de Silvof: ´´¿Qué comeremos? Dentro de pocos días se terminarán las reservas alimenticias, los vegetales, por la falta de luz, se morirán, todas las bestias tendrán que ser sacrificadas para que no se mueran de hambre. ¿No será mejor que me provea de alimentos?´´.
Se registró los bolsillos. Tenía dos pesos con setenta centavos.
Había llegado a la llamada Plaza de los Perfumes. La Plaza de los Perfumes era un rectángulo asfaltado. En su centro florecía un geranio en una maceta. Silvof, cansado, se dejó caer en un banco. El aire frío de la mañana-noche lo estremecía. Las estrellas parecían más grandes. De cada vértice y de cada hilo de sus puntas parecía desprenderse sobre el planeta una gota de nieve luminosa. De pronto, Silvof tuvo la sensación de que hacía mucho tiempo que no veía el sol, y con una intensidad dramática recordó al astro muerto, bañando de sábanas amarillas las fachadas de las casas. Sin poderse contener comenzó a llorar con amargura infantil.
¡Cuánto tiempo hacía! Pero reveía el sol de la mañana ocupando como un río desbordado todos los huecos de la ciudad, la temperatura de los mediodías de verano, cuando se desprendía el cuello y se enjugaba el sudor del cuello con el pañuelo. Aún ahora le parecía verse obligado a cerrar los ojos ante tal exceso de resplandor, miraba la gente refugiándose en los parajes sombrosos, las glorietas rebalsando de bebedores de refrescos, los árboles de los parques flotando como en reverberantes golfos de plata derretida, los celajes rojos del atardecer, ante los que se extasiaban las parejas de enamorados.
¡Y nunca más vería ese sol!
Movió puerilmente la cabeza como si se encontrara ante el ataúd de un niñito muerto. Sobre su cabeza lucían siniestras estrellas azules y verdosas. El viento era cada vez más frío, los distantes planetas semejaban pabilos de velas sacudidos por el simún. Un estrépito sordo resonó en sus oídos, levantó el rostro bañado de lágrimas. Desfilaban camiones cargados de tropas. Al pasar bajo las lámparas de arcos, se veía que los soldados estaban armados. Se levantó y echó a caminar desesperado. Frente a la fachada de un café un grupo de personas escuchaba la voz de un equipo de radio:
Hablaba el intendente de la ciudad:
“Un accidente cósmico imprevisto ha apagado la luz del sol. Se ignora si este fenómeno es transitorio o permanente. Se ruega a los habitantes de la ciudad esforzarse por mantener el orden. En tanto, como medida precautoria y a fin de evitar mayores males en el futuro, queda terminantemente prohibida la venta de víveres. Todos los habitantes de la ciudad tendrán que inscribirse en la comisaría seccional y retirar tarjeta. A fin de evitar amontonamientos inútiles, irán presentándose en orden alfabético en las comisarías. A las diez de la mañana, aquellos cuyos apellidos comiencen con la letra A. Los comerciantes prepararán una copia de los alimentos que guardan en sus comercios, la que será reuní da por oficiales del ejército. Tal medida tiende a evitar que se produzca el caso de carestía de alimentos. La industria química prepara aceleradamente pastillas con vitaminas y proteínas, lo cual permitirá alimentar a la población dentro de breves días, sin que su estado físico se resienta
Un coro de voces acompañó el final del parte. Silvof se apartó de allí. Al llegar a la bocacalle que formaban las avenidas 19 y 24, observó que frente a la garita del vigilante una patrulla de soldados montaba una ametralladora. Quiso ir más allá, hacia los barrios llamados de Los Ricos, pero un cordón de centinelas, destacados a dos por esquina cerraban la entrada a la ciudad parque.
Se encaminó hacia el Norte, las calles modestas. Numerosa gente se agrupaba frente a las puertas de los inquilinatos, iluminadas por malas lámparas de filamento rojizo. Un charlatán, haciendo equilibrios sobre la cúpula verde de un buzón, peroraba a un grupo de vecinos atemorizados:
—¡Lo nuestro es tortas y pan pintado, señores! ¡Pueden explicarme cómo se arreglarán en China los millones de chinos!...
—¡Qué diablos nos importan los chinos! —rugió malhumorado un oyente.
—¡Oh, Cristo..., cómo que no nos importan los chinos! Para fabricar alimentos sintéticos para quinientos millones de chinos, se necesitan fábricas químicas a granel. Eso no se improvisa ni hoy ni mañana. Van a morir de hambre millones y millones de hombres, posiblemente retornemos al canibalismo primitivo..., se producirán pestes...
—¡Que se calle!...
Silvof se apartó del grupo somnoliento. En un café de barrio un altoparlante, emplazado a la entrada, rugía entre chirriantes distorsiones:
“Por orden del señor comandante de la ciudad, todos los médicos deberán inscribir sus direcciones en los distritos militares que les correspondan.”
Diez minutos después, a la altura de las calles 79 y 27, junto al Mercado de los Perros, otro amplificador eléctrico recitó estentóreamente:
“Queda prohibido el tráfico de automóviles. Los garajes notificarán antes de las doce horas la nómina de coches, nombre y dirección de sus propietarios.”
En la esquina de las calles 80 y 27 un bar de choferes estaba ocupado por una multitud de artesanos. Silvof entró, y abriéndose camino a codazos, se arrimó al mostrador. Pidió un café. Le sirvieron una tacita de agua caliente, ligeramente obscurecida por unos residuos de achicoria antigua. Le cobraron tres veces su valor normal.
Un trabajador agobiado, sentado en la orilla de una mesa, preguntó al vacío, sin dirigirse a nadie en especial:
—¿De qué vamos a vivir nosotros, los fabricantes de sombreros de paja?
—¿Y yo que era jardinero?
—¿Y yo que era zapatero?
Una voz joven, desde el fondo, tras unas bordalesas, exclamó:
—Aparecerán centenares de industrias nuevas. ¿Quién no nos asegura que viviremos mucho mejor que antes? —Y a continuación exclamo:
— ¡Quiero, truco, vale cuatro!...
Un hombre de gorra y barba de tres días, totalmente afónico, habló para su prójimo:
—Antes la producción de materia estaba sometida a los caprichos de la naturaleza y de los comerciantes ahora el Estado tendrá que controlar la producción... Terminará el gobierno de los políticos y comenzará el de los técnicos...
Otro agregó:
—Quieran o no, el régimen económico del mundo cambiará...
Silvof salió nuevamente.
Una curiosidad infinita lo llevaba a caminar. No trabajaría hoy ni ´´mañana”. Ahora vivirían constantemente en la noche. Posiblemente aparecerían sistemas de alumbrado maravillosos. La estructura de las ciudades cambiaría. Seguramente se edificarán bajo la superficie de la tierra. Era más que seguro que el mundo se iría enfriando lentamente. ¿Dónde había leído eso? En cualquier parte. La catástrofe había sido prevista. Pero no tan próxima. Era más que seguro: la industria absorbería el setenta por ciento de las energías de las masas trabajadoras.
De cuando en cuando, automóviles a toda velocidad cruzaban las bocacalles iluminadas. Iban cargados de hombres, llamados precipitadamente a consultas estaduales.
Silvof y una señora con sombrero se detuvieron y leyeron en la pizarra:
´´Se advierte a la población no alarmarse. Noticias recibidas de Londres comunican que esta noche se reunirá un congreso extraordinario de sabios, los que determinarán las medidas más urgentes a tomar. A medida que estas resoluciones se vayan tomando, serán notificadas en boletines especiales y por radio.”
La señora de sombrero se enjugó los ojos con la punta de un pañuelo, y Silvof se dejó caer extenuado en el umbral de una casa desalquilada.
Cerró los ojos.
Se acordó de su infancia, de una mañana de sol en el campo una ligera brisa inclinaba suavemente la hierbecilla, escasas mariposas blancas iban y venían como mantenidas en suspensión en el aire por caprichosos giros del viento.
Experimentó una especie de vértigo bajo el oscuro cielo de la noche. Luego la creación retumbó en sus oídos. Alguien gritaba en la proximidad de su cabeza:
—¿No va a comer el bife?
El mozo de la lechería estaba de pie ante él. Sonrió, desentumeciéndose. Todo había sido un sueño vertiginoso, desplazándose dentro de otra velocidad más incalculable aún.
Allí estaba el bife con los huevos fritos.
Una claridad azulada y fría mordía el umbral de la lechería. A través de los cristales la fachada de las casas se agrisaba lentamente. Una mujer, con hábito marrón, pasó con apresurado paso. Una campana repicó lentamente, los vidrios del comercio se empañaban de lechosa neblina matutina. Silvof sintió que el corazón se le encogía dolorosamente, y pensó:
“He soñado. Tengo que buscarme trabajo de día.´´
Luego, con angustia, se inclinó sobre el bife.


31/08/2017 06:37:24 pm 
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trenton007 escribió:
oliveritosacks escribió: trenton007 escribió: nicus07 escribió: trenton007 escribió: Bien, aunque me veo obligado a prescindir de este para la recopilación ya que no puedo copiarlo. Es cierto. Aunque esta página que acabo de encontrar para el laburo te puede solucionar todo el asunto... primero lo pasás a un word, lo corregís errores de lectura podría haber varios y lo pasás al Kindle.www.free-ocr.com/es.html Lector de texto de un escaneoLo tengo, no desde esa página porque la verdad lo que reprodujo era literalmente ininteligible pero encontré otra que sí lo hizo y la verdad muy bien, los fallos y las correcciones serán pocas, así que agregado a la recopilación. Gracias.y estaría buenísimo, ya que hiciste el laburazo, volver a subirlo decentemente, no? Hecho LA MUERTE DEL SOL de Roberto ArltFaltaban cuarenta minutos para amanecer.Silvof se asomó a la puerta trasera del hotel, aquella por donde entraban la carne y el hielo, y se quedó mirando con expresión embrutecida la calzada lustrosa. Columnas infinitas de cifras danzaban en su caletre. Entre los espacios de estas cifras, que aún se movían ante sus ojos, vio a un motorista, bajo la luz amarilla de un foco, terminando de ajustar la tuerca floja del eje delantero de su barredora mecánica.Silvof levantó la cabeza al cénit. Innúmeras gotas de luz extendían lechosas manchas en la cúpula negra, animándola así de misteriosa vida. Silvof, de entre las pilas de cifras que se bamboleaban sobre la superficie de su cerebro, entresacó este pingajo de pensamiento:“Es absurda la vida que hago. Tendré que buscarme trabajo de día, Iuego rectificó: “Lo que pienso es un disparate. ¿Dónde encontrar trabajo hoy?.Apretó con el índice el tabaco en la pipa y echó a caminar calle abajo, entre fachadas oscuras, hacia el puerto. Ya había dejado atrás las grandes arterias comerciales, los corredores de los rascacielos, enrejados por cortinas de acero, las vidrieras de las casas de modas brujescas con sus maniquíes de dos dimensiones a la luz violácea de las lámparas de gases raros.De cuando en cuando se cruzaba con otros trasnochadores que, con el cuello del gabán levantado hasta las orejas, marchaban apresuradamente hacia la cama, arrastrando no obstante los pies, lo cual los diferenciaba de aquellos que por una u otra razón terminaban de levantarse, porque estos últimos taconeaban fuertemente. Comenzaban el próximo día sin la tristeza de aquellos otros que parecían sombras.Silvof andaba con las manos enfundadas en los bolsillos, barajando aún el mismo pingajo de pensamiento inútil:Sin embargo, no cabe duda que me convendría un empleo de día”, cuando de pronto se detuvo, efectuando con la cabeza ese movimiento que en el animal se traduce por el enrigidecimiento de las orejas en una dirección determinada, para recoger un sonido o un silencio alarmante.Esto último era para él.Un silencio, semejante al que se produce en los oídos del radioescucha al quitarse los auriculares, acaba de ondular en sus sentidos. Un silencio quizá sobrehumano, al que no estaba acostumbrado, y sobre el que Silvof pasó, diciéndose medio adormecido:‘Debe provenir de mis nervios fatigados por el trabajo nocturno Cincuenta metros antes de llegar a la calle 27, era visible el rectángulo de luz que lanzaba a la vereda y a la fachada frontera una lechería permanentemente abierta. Aunque el paraje era sucio y sórdido, la carne que allí despachaban era de buena calidad. Entró y, como de costumbre, le pidió a un muchacho pelirrojo el bife con su correspondiente par de huevos fritos. Siempre se desayunaba de esa manera Cuando salía, ya el cielo aclaraba entonces se enquistaba en su cuarto ubicado en el fondo de un oscuro corredor, perteneciente al departa mentó de un séptimo piso de la Avenida 88, y dormía hasta las cuatro de la tarde.Mientras esperaba que le sirvieran, entrecerró los ojos. Luego tuvo que apartarse para que el muchacho colocara el mantel de papel de estraza, la aceitera y los dos panes que él comía con los bifes. Luego se marchó.Silvof apoyó la cabeza en la palma de la mano. Aún no clareaba Sin embargo, era hora. Consultó su reloj y luego lo comparó con el de. la lechería. Mediaba entre ambos una diferencia de tres minutos.—¿No anda bien su reloj? —le preguntó al patrón, que, despatarrado tras el mostrador en un charco de aserrín y espuma de cerveza, con los codos apoyados entre un queso y un jamón, leía la edición matutina de un periódico.Despaciosamente el comerciante retiró su reloj del bolsillo. Observaba una diferencia de dos minutos con el reloj de pared.—Es curioso —insistió Silvof.—¿Lo qué es curioso?...—Ayer a esta hora estaba clareando..., y hoy todavía no ha comenzado.El hombre gordo, que leía acodado en el mostrador una página revista, se volvió. Tenía una mancha de pelos negros junto al mentón. Sensatamente aconsejó:—¿Por qué no se fija en el diario?Luego él mismo tomó el periódico de las manos del patrón, y leyó en voz alta:—Sol..., sol... sale..., no se pone.,. Sale a las 6 y 18.—Pues son las seis y veinte en mi reloj, y aún no sale el sol.—Pues su reloj debe estar mal.El hombre gordo extrajo del chaleco una especie de caja de níquel. —Hombre..., en mi reloj son las seis y veinte también...El patrón, Silvof y el hombre gordo se asomaron a la puerta de la lechería.La misma oscuridad lechosa en las alturas, las mismas innúmeras gotas de luz, temblando, frías. Hacia el Este no había vislumbre aún de la proximidad del sol. Se miraron consternados los tres: luego el hombre gordo propuso:—Deben haberse equivocado los diarios.—Los diarios no se equivocan —aseguró el lechero.Silvof caviló, y así, de entre su modorra, extrajo el disparate:—¿No habrán transmitido mal la hora a las estaciones de radio? Pasaba un diariero voceando otro periódico. El muchacho, en el momento de marchar, se dijo:—Es raro que no salió el sol todavía.Consultaron la columna que trataba de cuestiones meteorológicas. Ahora no cabía duda. El sol salía ese día a las 6 y 18 minutos.De pronto se detuvo ante ellos un vigilante. Esgrimía su cachiporra. —¿Han visto que no amanece? —luego miró al patrón—. ¿Funciona ya su teléfono?–Sí.—Entonces aviso a la comisaría que el sol no sale.Y se dirigió al teléfono.Ninguna sensación terrorífica es semejante a la que apareja la posibilidad de la muerte del mundo. Silvof conoció esta sensación diez minutos después que el vigilante habló por teléfono.Ya no es posible dudar.Ahora no sólo se moriría él, sino que también el planeta y la obra luciente de millones y millones de generaciones de hombres a través de siglos oscuros y pesados. Sin embargo, algunos no parecían comprenderlo. Conversaban alegremente bajo los focos, como si se tratara del advenimiento de una fiesta.La noticia corría.En todas direcciones se descubrían grupos de hombres que, enviserándose la frente con la mano, acechaban en el horizonte la aparición de la más mínima franja de luz.Silvof, desconcertado, no sabía en qué dirección lanzarse.Se olvidó por completo de que tenía sueño. Una inquietud extraordinaria agitaba su conciencia. Después de la momentánea sensación de terror infinito, que lo aplastó sobre la mesa de la lechería durante algunos minutos, su mente recibió como una descarga de optimismo: despertaba en orto planeta, en otro planeta que, a pesar de llamarse Tierra, ya no era ella.Ya no era posible dudar. Faltaban cinco minutos para las siete de la “mañana y aún era noche. En las cornisas y balconadas de los altos edificios se veían grupos de sombras inspeccionando el horizonte o la bóveda celeste con largavistas,. cuyas piezas niqueladas centelleaban en las tinieblas con chispas de plata. Los tizones de los cigarros parecían rojas señales de alarma.Un viento frío corría a lo largo de los muros. Los vagabundos que se habían dormido en los zócalos se despertaban azorados, miraban el horizonte, y luego se aproximaban a los grupos de gente, en los que eran recibidos, como si el trastrueque celeste hubiera también determinado un cambio en la conciencia social de los habitantes de la ciudad.Silvof se extrañó de sorprenderse, pensando alegremente esta puerilidad:“No pagaré mi deuda en el banco.”A continuación hilvanó:Tampoco iré a trabajar. No me van a poder echar. Por otra parte, el lío que se va a producir es magnífico. ¿Qué será de los fabricantes de sombrillas? ¿Y de los vendedores de flores?”Un periodista, en compañía de un fotógrafo, se detuvo a pocos pisos de él. Chispeó la lámpara del fotógrafo, y el periodista se aproximó:—¿Quiere darme una opinión del fenómeno? ¿Usted se encontraba en la calle a la hora que tenía que salir el sol?Silvof se encogió de hombros y continuó caminando. Entonces el reportero poniéndose a la par, le preguntó, pero ya con voz temblorosa—¿Estaremos o no a comienzos del fin del mundo?Silvof miró la cara del otro. Era un muchacho joven, posiblemente hacía muy poco tiempo que trabajaba en un diario, y lo mandarían a la calle a buscar impresiones para que no molestara a la gente que trabajaba en la redacción. Luego, terminó por responderle:—Si tiene algún vencimiento en el banco, no pague.Gente a medio vestir llenaba ahora los vanos de las escaleras, los balcones, los atrios de los edificios enormes. Algunos se peinaban al tiempo que conversaban, las muchachas jóvenes encontraban en medio del alboroto una deliciosa oportunidad de mostrar el corpiño o la liga. A lo lejos sonaba una sirena, los perros domésticos, desconcertados por tan inopinado alboroto, se refugiaban entre las piernas de sus amos, de tanto en tanto se les veía asomar el hocico peludo bajo una falda, y gruñir, hostiles, mientras que los chicos, tironeando de las mangas de los vestidos de sus progenitores, se olvidaban de proseguir encorajinando a los perros, para preguntar:—¿Es cierto que ahora no iremos más al colegio?Un pensamiento desagradable se desenvolvió en la mente de Silvof: ¿Qué comeremos? Dentro de pocos días se terminarán las reservas alimenticias, los vegetales, por la falta de luz, se morirán, todas las bestias tendrán que ser sacrificadas para que no se mueran de hambre. ¿No será mejor que me provea de alimentos?.Se registró los bolsillos. Tenía dos pesos con setenta centavos.Había llegado a la llamada Plaza de los Perfumes. La Plaza de los Perfumes era un rectángulo asfaltado. En su centro florecía un geranio en una maceta. Silvof, cansado, se dejó caer en un banco. El aire frío de la mañana-noche lo estremecía. Las estrellas parecían más grandes. De cada vértice y de cada hilo de sus puntas parecía desprenderse sobre el planeta una gota de nieve luminosa. De pronto, Silvof tuvo la sensación de que hacía mucho tiempo que no veía el sol, y con una intensidad dramática recordó al astro muerto, bañando de sábanas amarillas las fachadas de las casas. Sin poderse contener comenzó a llorar con amargura infantil.¡Cuánto tiempo hacía! Pero reveía el sol de la mañana ocupando como un río desbordado todos los huecos de la ciudad, la temperatura de los mediodías de verano, cuando se desprendía el cuello y se enjugaba el sudor del cuello con el pañuelo. Aún ahora le parecía verse obligado a cerrar los ojos ante tal exceso de resplandor, miraba la gente refugiándose en los parajes sombrosos, las glorietas rebalsando de bebedores de refrescos, los árboles de los parques flotando como en reverberantes golfos de plata derretida, los celajes rojos del atardecer, ante los que se extasiaban las parejas de enamorados.¡Y nunca más vería ese sol!Movió puerilmente la cabeza como si se encontrara ante el ataúd de un niñito muerto. Sobre su cabeza lucían siniestras estrellas azules y verdosas. El viento era cada vez más frío, los distantes planetas semejaban pabilos de velas sacudidos por el simún. Un estrépito sordo resonó en sus oídos, levantó el rostro bañado de lágrimas. Desfilaban camiones cargados de tropas. Al pasar bajo las lámparas de arcos, se veía que los soldados estaban armados. Se levantó y echó a caminar desesperado. Frente a la fachada de un café un grupo de personas escuchaba la voz de un equipo de radio:Hablaba el intendente de la ciudad:“Un accidente cósmico imprevisto ha apagado la luz del sol. Se ignora si este fenómeno es transitorio o permanente. Se ruega a los habitantes de la ciudad esforzarse por mantener el orden. En tanto, como medida precautoria y a fin de evitar mayores males en el futuro, queda terminantemente prohibida la venta de víveres. Todos los habitantes de la ciudad tendrán que inscribirse en la comisaría seccional y retirar tarjeta. A fin de evitar amontonamientos inútiles, irán presentándose en orden alfabético en las comisarías. A las diez de la mañana, aquellos cuyos apellidos comiencen con la letra A. Los comerciantes prepararán una copia de los alimentos que guardan en sus comercios, la que será reuní da por oficiales del ejército. Tal medida tiende a evitar que se produzca el caso de carestía de alimentos. La industria química prepara aceleradamente pastillas con vitaminas y proteínas, lo cual permitirá alimentar a la población dentro de breves días, sin que su estado físico se resientaUn coro de voces acompañó el final del parte. Silvof se apartó de allí. Al llegar a la bocacalle que formaban las avenidas 19 y 24, observó que frente a la garita del vigilante una patrulla de soldados montaba una ametralladora. Quiso ir más allá, hacia los barrios llamados de Los Ricos, pero un cordón de centinelas, destacados a dos por esquina cerraban la entrada a la ciudad parque.Se encaminó hacia el Norte, las calles modestas. Numerosa gente se agrupaba frente a las puertas de los inquilinatos, iluminadas por malas lámparas de filamento rojizo. Un charlatán, haciendo equilibrios sobre la cúpula verde de un buzón, peroraba a un grupo de vecinos atemorizados:—¡Lo nuestro es tortas y pan pintado, señores! ¡Pueden explicarme cómo se arreglarán en China los millones de chinos!...—¡Qué diablos nos importan los chinos! —rugió malhumorado un oyente.—¡Oh, Cristo..., cómo que no nos importan los chinos! Para fabricar alimentos sintéticos para quinientos millones de chinos, se necesitan fábricas químicas a granel. Eso no se improvisa ni hoy ni mañana. Van a morir de hambre millones y millones de hombres, posiblemente retornemos al canibalismo primitivo..., se producirán pestes...—¡Que se calle!...Silvof se apartó del grupo somnoliento. En un café de barrio un altoparlante, emplazado a la entrada, rugía entre chirriantes distorsiones:“Por orden del señor comandante de la ciudad, todos los médicos deberán inscribir sus direcciones en los distritos militares que les correspondan.”Diez minutos después, a la altura de las calles 79 y 27, junto al Mercado de los Perros, otro amplificador eléctrico recitó estentóreamente:“Queda prohibido el tráfico de automóviles. Los garajes notificarán antes de las doce horas la nómina de coches, nombre y dirección de sus propietarios.”En la esquina de las calles 80 y 27 un bar de choferes estaba ocupado por una multitud de artesanos. Silvof entró, y abriéndose camino a codazos, se arrimó al mostrador. Pidió un café. Le sirvieron una tacita de agua caliente, ligeramente obscurecida por unos residuos de achicoria antigua. Le cobraron tres veces su valor normal.Un trabajador agobiado, sentado en la orilla de una mesa, preguntó al vacío, sin dirigirse a nadie en especial:—¿De qué vamos a vivir nosotros, los fabricantes de sombreros de paja?—¿Y yo que era jardinero?—¿Y yo que era zapatero?Una voz joven, desde el fondo, tras unas bordalesas, exclamó:—Aparecerán centenares de industrias nuevas. ¿Quién no nos asegura que viviremos mucho mejor que antes? —Y a continuación exclamo:— ¡Quiero, truco, vale cuatro!...Un hombre de gorra y barba de tres días, totalmente afónico, habló para su prójimo:—Antes la producción de materia estaba sometida a los caprichos de la naturaleza y de los comerciantes ahora el Estado tendrá que controlar la producción... Terminará el gobierno de los políticos y comenzará el de los técnicos...Otro agregó:—Quieran o no, el régimen económico del mundo cambiará...Silvof salió nuevamente.Una curiosidad infinita lo llevaba a caminar. No trabajaría hoy ni mañana”. Ahora vivirían constantemente en la noche. Posiblemente aparecerían sistemas de alumbrado maravillosos. La estructura de las ciudades cambiaría. Seguramente se edificarán bajo la superficie de la tierra. Era más que seguro que el mundo se iría enfriando lentamente. ¿Dónde había leído eso? En cualquier parte. La catástrofe había sido prevista. Pero no tan próxima. Era más que seguro: la industria absorbería el setenta por ciento de las energías de las masas trabajadoras.De cuando en cuando, automóviles a toda velocidad cruzaban las bocacalles iluminadas. Iban cargados de hombres, llamados precipitadamente a consultas estaduales.Silvof y una señora con sombrero se detuvieron y leyeron en la pizarra:Se advierte a la población no alarmarse. Noticias recibidas de Londres comunican que esta noche se reunirá un congreso extraordinario de sabios, los que determinarán las medidas más urgentes a tomar. A medida que estas resoluciones se vayan tomando, serán notificadas en boletines especiales y por radio.”La señora de sombrero se enjugó los ojos con la punta de un pañuelo, y Silvof se dejó caer extenuado en el umbral de una casa desalquilada.Cerró los ojos.Se acordó de su infancia, de una mañana de sol en el campo una ligera brisa inclinaba suavemente la hierbecilla, escasas mariposas blancas iban y venían como mantenidas en suspensión en el aire por caprichosos giros del viento.Experimentó una especie de vértigo bajo el oscuro cielo de la noche. Luego la creación retumbó en sus oídos. Alguien gritaba en la proximidad de su cabeza:—¿No va a comer el bife?El mozo de la lechería estaba de pie ante él. Sonrió, desentumeciéndose. Todo había sido un sueño vertiginoso, desplazándose dentro de otra velocidad más incalculable aún.Allí estaba el bife con los huevos fritos.Una claridad azulada y fría mordía el umbral de la lechería. A través de los cristales la fachada de las casas se agrisaba lentamente. Una mujer, con hábito marrón, pasó con apresurado paso. Una campana repicó lentamente, los vidrios del comercio se empañaban de lechosa neblina matutina. Silvof sintió que el corazón se le encogía dolorosamente, y pensó:“He soñado. Tengo que buscarme trabajo de día.Luego, con angustia, se inclinó sobre el bife.


CAPISIMOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!


01/09/2017 03:32:55 pm 
       0                           
guazaz


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Ninguna idea nueva, miles de cuentos parecidos en ingles.


01/09/2017 03:42:35 pm 
       4                           
guazaz escribió:
Ninguna idea nueva, miles de cuentos parecidos en ingles.
No se trata de ´´las ideas´´, sino del estilo y la forma de plasmar esas ideas... un poema de amor, siempre dice más o menos lo mismo en definitiva, pero lo glorioso, la magia, está en la misteriosa combinación de las palabras... cualquier boludo sabe eso, bah, cualquiera no

Ultima edición por nicus07 el 05/09/2017 03:48:02 , editado 1vez


01/09/2017 06:07:03 pm 
       1                           
nicus07 escribió:
guazaz escribió: Ninguna idea nueva, miles de cuentos parecidos en ingles.No se trata de las ideas, sino de el estilo y la forma de plasmar esas ideas... un poema de amor, siempre dice más o menos lo mismo en definitiva, pero lo glorioso, la magia, está en la misteriosa combinación de las palabras... cualquier boludo sabe eso, bah, cualquiera no



cualquier boludo, NO sabe eso


02/09/2017 07:13:18 am 
       3                           
Me estaba acordando de un relato que leí hace años ya, lamentablemente no me vienen a la memoria ni el título ni mucho menos el autor (creo recordar tan sólo que era brasileño o portugués), era justamente sobre que el sol ´´se apagaba´´ súbitamente y pasaba a narrar lo que progresivamente iba sucediendo con la sociedad, enfocado a través de la experiencia de un personaje en particular. Debió gustarme mucho porque aún no se fue de mi memoria, al menos en parte. Lamentablemente buscarlo es una empresa poco menos que imposible, con tal escasez de datos, pero quién sabe. ¿No?


04/09/2017 03:30:04 pm 
       3                           
Paulkaraoke


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Muy bueno. Que ganas de comer huevo frito.


14/11/2017 10:35:59 am 
       2                           
Sandra90


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Muy bueno, la mayor preocupación de Silvof... Debería tener una segunda parte.




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