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Cuentos Cortos: Donde Crecen las Piedras (de Lisa Tuttle)





Thread creado por GABULLS el 24/08/2017 08:06:59 pm. Lecturas: 329. Mensajes: 7. Favoritos: 1





24/08/2017 08:06:59 pm 
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GABULLS


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Es curioso cómo algunos cuentos nos tocan, nos quedan en el corazón, a pesar del paso de los años..., curioso, más que nada, porque no necesariamente sus autores vuelvan a darnos una experiencia similar. Claro que es algo hermoso cuando encontramos un autor que siempre nos gusta, pero también lo es toparse, de tanto en tanto, con pequeñas obras de autores casi desconocidos que, sin embargo, nos llevan a situaciones inolvidables, como me pasó con esta original historia de terror.

Donde crecen las piedras
LISA TUTTLE


Lisa Tuttle, que acá aún no había cumplido los treinta, es natural de Texas. Nació en Houston, estudió en la universidad de Siracusa y durante un tiempo escribió una columna diaria sobre televisión para el American-Statesman de Austin. Hasta la fecha Lisa Tuttle ha publicado unas dos docenas de relatos, casi todos encuadrados en los géneros de la fantasía, el terror y la ciencia ficción. En colaboración con George R. R. Martin ha escrito The Storms of Windhaven, que fue nominada para el premio Nebula como mejor novela corta de ciencia ficción del año 1976. Más tarde ella y Martin añadieron nuevo material a esa novela corta y la convirtieron en una novela que recibió el título de Windhaven[6]. Entre las cosas que le interesan, figuran la investigación de los fenómenos ocultos y ser miembro de la National Organization for Women (NOW).


El cuento completo a continuación, que lo disfruten.
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GABULLS


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Vio moverse la piedra. Giró sobre sí misma tan grácilmente como una puerta al cerrarse y volvió a aposentarse en el hueco donde había permanecido durante siglos.
Matarán a cualquiera que las vea.
Paul retrocedió, aterrorizado, dispuesto a correr, y entonces vio algo que no hubiera debido estar en aquel campo desierto que olía a mar. Pero allí estaba, medio dentro y medio fuera del triángulo formado por las tres grandes piedras llamadas las Hermanas: era el padre de Paul, con el rostro cubierto de sangre. Ya no volvería a moverse nunca más.
Cuando tenía veintiséis años, la empresa de Paul Staunton le hizo una oferta para asistir a un curso especial en Londres dicha oferta era un anticipo de las cosas aún mejores que le estaban reservadas. Paul se dejó dominar por el pánico y rechazó la oferta de una forma demasiado vehemente. Su única razón —el que su padre hubiera muerto violentamente en Inglaterra dieciocho años antes— no fue considerada una razón digna de ese nombre. Antes de finales de año Paul había sido transferido de la oficina principal de Houston a la sucursal de San Antonio.
Sabía que hubiese debido sentirse desgraciado pero, por extraño que parezca, aquel cambio le resultó bastante agradable. Seguía recibiendo un buen salario a cambio de hacer un trabajo que le gustaba, y tanto el clima de San Antonio como su ritmo de vida se adaptaban a su personalidad mejor que los de Houston. Decidió comprar una casa y quedarse allí.
La casa que escogió tenía cuarenta años y había sido construida con la caliza blanca de los alrededores de San Antonio se encontraba en un barrio muy pacífico situado al oeste de la ciudad. La casa tenía forma rectangular, era bastante larga y no demasiado alta. Se parecía a un vagón de ferrocarril. Tenía el tejado plano y tanto los desagües como los marcos de las ventanas estaban cubiertos de una pintura verde que empezaba a descascarillarse. Las cuatro habitaciones no le ofrecían más espacio del disponible en los modelos habituales de caravanas, pero sería suficiente para él.
Un patio de tamaño impresionante rodeaba la casa, con un frondoso césped sombreado por mimosas, pacanas, una magnolia y dos gigantescas higueras. Una valla de alambre servía para definir los límites de su propiedad, aunque en la parte trasera había un punto donde los soportes se habían aflojado y habría que repararlos. La casa estaba flanqueada por otros dos edificios que también poseían grandes patios, pero más allá de la valla de atrás había una impenetrable masa de arbustos y malas hierbas que se extendía a lo largo de diez o más acres por urbanizar, separando su casa de la autopista estatal.
Paul Staunton se mudó a su casa un día de junio, cuando faltaban pocos días para el decimonoveno aniversario de la muerte de su padre. Los problemas y el puro simple esfuerzo físico necesario en una mudanza impidieron que su mente se acordara del pasado hasta que ocurrió algo inesperado. Cuando estaba desenrollando una nueva alfombra con la que cubrir el feo damero de linóleo de la sala, algo cayó de ella: un puñadito de partículas grisáceas, una arenilla muy fina a la que ni siquiera se podía dar el nombre de guijarros. No eran más que trocitos de roca.
Paul empezó a sudar y soltó la alfombra tan de prisa como si hubiera pertenecido a un leproso. Contempló las partículas de roca y su respiración se convirtió en un jadeo espasmódico.
Su reacción era absurda y totalmente desproporcionada. Se obligó a coger nuevamente la alfombra y acabar de desenrollarla. Después —no se sentía capaz de tocarlas con la mano—, cogió la escobilla y la pasó sobre la alfombra una y otra vez hasta que todas aquellas migajas de piedra grisácea hubieron desaparecido.
Ya iba siendo hora de tomarse un descanso. Paul cogió una cerveza de la nevera y una silla plegable de la cocina y fue a sentarse en el patio de atrás. Colocó la silla bajo una mimosa y se dedicó a contemplar el exuberante verdor del césped. Hasta podarlo sería un placer, pensó mientras se bebía la cerveza. Estaba en su propiedad, la primera que había tenido en toda su vida… Los higos no tardarían en estar maduros. Nunca había comido higos, como no fuera de relleno de un pastel.
Cuando hubo acabado de beberse la cerveza y se sintió algo más tranquilo, dejó que su mente empezara a pensar en su padre.
Edward Staunton, el padre de Paul, siempre se había sentido atraído por Inglaterra. Era un lugar lleno de magia e historia, la tierra de la que vinieron sus antepasados. Había soñado con ir allí desde que era niño, pero no pudo viajar a Inglaterra hasta haber cumplido los veintisiete años, y fue acompañado de una esposa y un hijo de ocho años.
Paul tenía unos cuantos recuerdos borrosos de Londres, del olor de las calles y de haber viajado en el segundo piso de un autobús, y también recordaba haber bebido un té dulzón con leche dentro…, pero la mayor parte de aquellos recuerdos infantiles se habían esfumado bajo el peso del horror que les siguió.
Todo empezó en un pueblecito costero de Devon. Era una población pequeña y muy pintoresca, pero nunca había sido famosa y no tenía nada de especial. Paul nunca llegó a saber por qué habían ido allí.
Llegaron a última hora de la tarde y caminaron por calles adoquinadas sobre las que caían los rayos oblicuos del sol poniente. El viento traía el olor del mar, y el grito de las gaviotas podía oírse incluso en pleno centro del pueblo. Había una calle que le pareció una montaña porque caía como a pico hasta llegar a la reluciente superficie gris del océano, con pulcras casitas de piedra flanqueándola. Nada más verla, la madre de Paul lanzó una exclamación de sorpresa, se rió y dijo que no se atrevía a ir por allí, no con sus zapatos, pero los tres se cogieron de la mano y, gritándose advertencias los unos a los otros igual que si fueran intrépidos montañeros, los Staunton acabaron bajando por ella.
Al final de la calle había una playita rocosa, y unos abruptos acantilados de piedra blanquecina se alzaban a cada lado del pueblo, curvándose a su alrededor igual que alas protectoras.
—Es magnífico —dijo Charlotte Staunton, y sus ojos fueron de los acantilados al continuo agitarse blanco y gris de las aguas para acabar volviendo al pueblecito.
Paul se agachó para coger un guijarro marrón oscuro, tan suave y pulido que más parecía un pedazo de madera o una nuez que una piedra, y después cogió otro: éste era más pequeño, casi esférico y de un color lechoso. Luego cogió otro más, un guijarro negro que parecía una gota de tinta. Se los metió en el bolsillo y siguió buscando guijarros exóticos, con los ojos clavados en el suelo.
—Me pregunto si habrá otro camino de subida —le oyó decir a su padre.
Y un instante después la voz de un desconocido respondió: «Oh, sí, lo hay. Está el Camino de las Hermanas».
Paul alzó los ojos, sorprendido, y vio a un hombre de edad bastante avanzada que llevaba bastón, fumaba en pipa e iba acompañado de un perrito negro parecía estar tan a gusto como si hubiera nacido en aquella playa, y contempló a los tres norteamericanos con un apacible y benévolo interés.
—¿El Camino de las Hermanas? —exclamó el padre de Paul.
El anciano alzó su nudoso bastón de paseo y señaló hacia los acantilados de su derecha.
—Ahora iba para allí —dijo—. ¿Quieren acompañarme? Resulta más fácil que ir por la calle High.
—Sí, creo que nos gustaría —repuso el padre de Paul—. Gracias. Pero ¿quienes son esas hermanas?
—Pronto las verá —dijo el anciano, y empezaron a caminar—. Están en la cima.
A primera vista los acantilados parecían terriblemente abruptos, pero en cuanto fueron acercándose se dieron cuenta de que eran bastante accesibles. Paul pensó que sería divertido trepar por ellos aprovechando los asideros y cornisas que ahora podía distinguir, pero no fue necesario. El anciano les llevó por un angosto sendero que iba subiendo poco a poco, haciendo muchas curvas y desvíos, con lo que la ascensión no resultaba nada difícil. El sendero no era lo bastante ancho para permitir el paso de más de una persona a la vez, por lo que los Staunton se pusieron en fila india detrás del anciano, con el perro cerrando la comitiva.
—Bien, ¡ya hemos llegado! —dijo su guía en cuanto alcanzaron la cima—. Y aquí están las Hermanas.
Se encontraban en una pradera cubierta de maleza e hierbajos bastante cercana al pueblo detrás de un macizo de árboles se podían ver los primeros tejados, que debían de estar a menos de un kilómetro de distancia, y las Hermanas, a juzgar por el ademán del anciano, sólo podían ser unos peñascos de color grisáceo.
—Monolitos —dijo Edward Staunton, pareciendo muy interesado.
Fue hacia los peñascos y su esposa y su hijo le siguieron.
Las Hermanas eran unos imponentes peñascos de granito grisáceo que medirían unos dos metros y medio de alto y brotaban del suelo poroso en una formación más o menos triangular. El padre de Paul fue de una a otra, acariciándolas con una expresión de reverencia.
—Deben de ser increíblemente viejas —dijo. Se volvió hacia su guía y alzó un poco la voz—. ¿Por qué las llaman «las Hermanas»?
El anciano se encogió de hombros.
—Porque eso es lo que son.
—Pero ¿qué historia tienen? —le preguntó Staunton—. Debe de haber alguna leyenda…, una tradición o algo…, quizá un ritual celebrado por la gente de la localidad.
—Aquí todos somos buenos cristianos —dijo el anciano, casi indignado—. No celebramos rituales. ¡Procuramos dejar en paz a las piedras!
Mientras hablaba, el perrito se puso en marcha como si quisiera ir hacia las piedras, pero bastó que el anciano moviera la mano para que se quedara inmóvil y acabara sentándose obedientemente junto a él.
—Pero seguramente debe de haber una historia que explique cómo llegaron aquí, ¿no? Y el sendero por el que subimos…, ¿por qué le han dado el nombre de las piedras?
—Ah, eso… —dijo el hombre—. Se llama el camino de las Hermanas porque en ciertas noches del año las Hermanas bajan por él para bañarse en el mar.
Paul sintió que el estómago le daba un vuelco al oír esas palabras y retrocedió un poquito, no queriendo estar demasiado cerca de las piedras. Nunca había oído hablar de piedras que pudieran moverse por sí solas, y estaba seguro de que eso era imposible, pero aun así la idea le daba algo de miedo.
—¡Se mueven! —exclamó el padre de Paul. Parecía complacido—. ¿Las ha visto alguna vez?
—Oh, no. Ni yo ni ningún hombre vivo hemos visto que se movieran. A las Hermanas no les gusta que las espíen. Matarán a cualquiera que las vea.
—Mamá —dijo Paul con voz apremiante—, volvamos. Tengo hambre.
Su madre le dio unas distraídas palmaditas en el hombro.
—En seguida volveremos, querido.
—Me pregunto si alguien ha intentado verlas —dijo el padre de Paul—. Me pregunto de dónde habrá salido esa historia… ¿Y cuándo se supone que hacen ese trayecto?
—Ciertas noches —repuso el anciano. Parecía algo nervioso.
—¿Las noches de algunas fiesta especial? ¿La víspera de Todos los Santos, quizá?
El anciano se volvió hacia los árboles detrás de los que se divisaba el pueblo.
—Mi esposa ya estará esperándome con el té preparado —dijo—. Se preocupa si llego tarde. Bueno, creo que será mejor que me despida…
Se golpeó la cadera, el perrito se incorporó de un salto y los dos se alejaron caminando bastante de prisa.
—Lo cree —se asombró Staunton—. Para él no es sólo una historia… Me pregunto qué le habrá puesto tan nervioso. ¿Pensaría que las piedras iban a ofenderse porque hablábamos de ellas?
—Puede que esta noche sea una de esas a las que se ha referido —dijo su esposa con expresión pensativa—. Se supone que la noche del solsticio de verano es una noche mágica, ¿no?
—Vámonos —insistió Paul.
Las piedras le daban tanto miedo que no se atrevía ni a mirarlas. Podía verlas por el rabillo del ojo y le pareció que estaban inclinándose amenazadoramente hacia sus padres, como si quisieran escuchar lo que decían.
—Paul ha tenido una buena idea —dijo su madre con voz jovial—. Creo que un bocado no me iría nada mal. ¿Nos vamos?
Los Staunton encontraron alojamiento para aquella noche en una casita de postigos verdes sobre cuya verja colgaba un letrero de «Cama y desayuno». La casita era el hogar del señor y la señora Winkle, un matrimonio bastante mayor que criaba gatos y rosales y trataba a sus huéspedes como si fueran viejos amigos. En cuanto los últimos rayos de sol se hubieron desvanecido del cielo, los Staunton se sentaron en el cómodo salón de los Winkle y conversaron con ellos. Paul, que había recibido un rompecabezas para que se entretuviera, se quedó en un rincón del cuarto escuchando a los adultos y esperando que nadie se fijara en él para mandarle a la cama.
—Una de las cosas que más me gustan de este país es la forma en que perviven las viejas leyendas —dijo su padre—. Esta tarde encontramos a un anciano en la playa y nos llevó por un sendero llamado Camino de las Hermanas. Nos mostró las piedras que hay al final, pero en cuanto le pregunté por qué las llamaban así, no logré sacarle gran cosa… No sé, me pareció que les tenía miedo.
—Hay mucha gente que les tiene miedo —dijo el señor Winkle sin perder la calma—. Más vale prevenir que curar.
—¿Cuál es su historia? ¿La conoce?
—Cuando yo era joven la gente decía que eran tres hermanas que fueron convertidas en piedras por bañarse en el mar durante el Día del Señor —dijo la señora Winkle—, y eran tan malvadas que no sólo no se arrepintieron de su pecado sino que aún siguen yendo a bañarse siempre que pueden.
El señor Winkle meneó la cabeza.
—Es el tipo de historia que puedes esperar de la hija de un sacerdote —dijo—. Bañarse el Día del Señor, ¡ja! No, la historia que se cuenta por aquí no tiene nada que ver con eso. No conozco todos los detalles, ya que cada uno la cuenta a su manera, pero hace tiempo hubo tres chicas que cometieron el error de quedarse a pasar la noche en ese campo, mucho antes de que el pueblo existiera. Y cuando llegó la mañana las chicas se habían convertido en piedras.
»Pero aun siendo piedras tienen el poder de moverse durante ciertas épocas del año, y así lo hacen. Acabaron abriendo un sendero de tanto bajar al mar y bañarse intentaban quitarse de encima la capa de piedra que las aprisiona, pero aunque la playa está cubierta con los fragmentos de piedra arrancados por las olas, no podrán quitársela toda hasta que llegue el día del juicio.
El señor Winkle cogió su pipa y empezó a limpiarla.
Staunton se inclinó hacia él.
—Pero ¿cuál es la razón de que pasar la noche en ese campo hiciera que acabasen convertidas en piedras?
—¿No lo he dicho? Oh, bueno, el nombre de ese sitio es «el lugar donde crecen las piedras», y eso es justamente lo que es. Esas chicas escogieron un mal momento y un mal sitio para descansar, y cuando las piedras brotaron del suelo, las chicas se encontraron atrapadas dentro.
—Pero eso no tiene sentido —dijo Staunton—. Toda Inglaterra está llena de monolitos y piedras colocados en posición vertical…, he leído muchas cosas sobre ellas y nunca he oído una historia semejante. La gente no puede convertirse en piedras sin ninguna razón que lo justifique.
—Claro que no, señor Staunton. No he dicho que no hubiera ninguna razón. Fue por el sitio en que estaban, y porque estaban allí en un momento determinado. No digo que esa clase de cosas, el que la gente se convierta en piedras, ocurra hoy en día, pero tampoco lo niego. La gente evita el lugar donde crecen las piedras, aunque se encuentra muy cerca del pueblo.
Las vacas no pastan allí, y a nadie se le ocurriría edificar en ese sitio.
—¿Quiere decir que pesa sobre él una especie de maldición?
—No, señor Staunton. Está tan maldito como pueda estarlo un huerto de manzanos o un criadero de ostras… Es un sitio donde crecen las piedras, y nada más.
—Pero las piedras no crecen.
—Edward… —murmuró su esposa, en el tono de quien hace una advertencia.
Pero el señor Winkle no parecía haberse ofendido ante la tozudez de Staunton. Sonrió.
—Usted es hombre de ciudad, ¿verdad, señor Staunton? Verá, hace tiempo oí una historia sobre un niño de Londres: el niño estaba convencido de que el tendero fabricaba las verduras con una pasta verdosa y las ponía en el horno, igual que hacía su madre con las galletas. Nunca las había visto crecer…, nunca había visto crecer nada, salvo las flores en las macetas y la hierba en los parques, y la hierba y las flores no son comestibles, así que ¿cómo iba a saber de dónde vienen las verduras?
»Pero el hombre del campo sabe que todo lo que vive crece siguiendo su propio ritmo, tanto el árbol como la piedra, el hombre o el animal.
—Pero una piedra no está viva. No se parece en nada a una planta o un animal. —Staunton trató de encontrar un argumento que le permitiera ganar la discusión—. Usted mismo puede hacer la prueba. Coja una piedra de ese campo o de cualquier otro sitio, póngala en su ventana, obsérvela durante diez años, ¡y no crecerá ni un centímetro!
—Usted podría hacer el mismo experimento con una patata, señor Staunton —replicó el señor Winkle—, y después me diría que como la patata se ha pasado diez años en el alféizar de mi ventana sin crecer, nunca ha crecido y nunca crecerá, ¿verdad? Hay un tiempo y un lugar para todo. Todas las cosas tienen su propia estación —dijo, alargando el brazo para acariciar la mano de su esposa—, como gustaba de recordarnos el difunto padre de mi mujer.
De niño Paul Staunton estaba convencido de que las piedras habían matado a su padre. Cuando su madre le hizo salir en la oscura y ventosa mañana para que buscara a su padre y le dijera que viniese a desayunar, ya tenía miedo, y cuando vio moverse la piedra supo cuál era la verdad. Lo supo y temió que las piedras le persiguieran para castigarle por haber descubierto la verdad sobre ellas, y la advertencia del anciano resonó en su mente. Matarán a cualquiera que las vea.
Pero a medida que se fue haciendo mayor, Paul buscó otras explicaciones más racionales a la muerte de su padre. Un accidente. Le habían atracado. Un lunático escapado de un manicomio. Un grupo de brujas sorprendidas cuando celebraban sus ritos. Un enemigo desconocido que había seguido la pista de su padre durante años. Aun así, ninguna de aquellas respuestas poseía la fuerza de la primera: que las piedras habían matado a su padre moviéndose de una forma tan horrible como antinatural, aplastándole cuando quiso interponerse en su camino.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que cuando se dio cuenta ya había oscurecido y los mosquitos empezaban a picarle. Aún tenía trabajo que hacer dentro de casa. Se puso en pie, plegó la silla, la cogió con una mano y fue hacia la puerta. Cuando llegó a ella sus ojos se posaron en el alféizar de la ventana que tenía al lado. Sobre la madera había tres guijarros de colores desvaídos.
Dejó de respirar durante un par de segundos. Recordó los guijarros que había recogido en aquella playa de Inglaterra y cómo más de una semana después habían vuelto para obsesionarle ya estaban en su casa de los Estados Unidos, y los guijarros cayeron del bolsillo en donde los había guardado tan despreocupadamente. Se habían convertido en un horrible recordatorio de la muerte de su padre y Paul los contempló, temblando violentamente, sin atreverse a recogerlos. Acabó llamando a su madre y ella se encargó de recogerlos por él Paul nunca supo qué había hecho con los guijarros. Quizá los hubiera tirado. O quizá decidió quedárselos… Nunca se lo preguntó.
Pero aquello no tenía nada que ver con esas piedrecillas. Movió la mano en un gesto muy veloz, cogiéndolas en el cuenco de la palma, y las arrojó tan lejos como pudo. Le pareció que caían más allá de la verja, pero las sombras y la maleza le impidieron ver dónde.
Paul Staunton se había pasado dos días trabajando sin parar y estaba bastante complacido consigo mismo. Todas sus posesiones se hallaban dentro de la casa, colocadas en su sitio la casa estaba limpia, el teléfono había sido instalado y había reparado el pestillo roto de la ventana del cuarto de baño. Aún quedaban algunas cosas por hacer —necesitaba una mesa para el comedor, el papel de pared del cuarto de baño no le gustaba, y pronto habría que podar el césped del patio trasero—, pero pensándolo bien, tenía todo el derecho del mundo a sentirse orgulloso de lo que había hecho en esos días. Aún quedaban unas cuantas horas de luz, así que valdría la pena pasar un rato fuera y disfrutar de la frescura del atardecer.
Cogió una silla, pensando en que necesitaría algunos muebles de jardín, y la colocó en el mismo sitio donde había estado antes, bajo la mimosa. Pero antes de sentarse decidió dar un paseo por el patio quería recorrer su propiedad y disfrutar de las sensaciones que le producía el tener una casa.
Un objeto descolorido que reflejaba la luz del ocaso le llamó la atención y Paul se detuvo, frunciendo el ceño. El color del objeto no encajaba con la confusa masa de verdes y marrones que había al otro lado de la verja. Fue hacia ella, intentando distinguir qué era aquel objeto, pero lo único que consiguió fue obtener imágenes parciales irritantemente incompletas. Probablemente no era más que un papel traído por el viento, pero aun así… No estaba seguro de que aquella parte de la valla pudiera soportar su peso y decidió trepar por otro punto. Cuando llegó al final se quedó inmóvil la verdad es que no tenía muchas ganas de saltar… Trató de ver qué era aquello que le había llamado la atención y cuando lo consiguió estuvo a punto de caerse de la valla.
Logró recuperar el equilibrio con el tiempo justo para convertir su poca digna caída en una especie de salto, pero acabó aterrizando al otro lado de la valla, y su corazón latía desbocado.
Unas piedras colocadas en posición vertical. Tres rocas en una formación más o menos triangular.
Deseó no haberlas visto. Quería volver a su patio trasero, pero ya era demasiado tarde para eso. Ahora necesitaba asegurarse de lo que había visto. Se abrió paso por entre la maleza y los arbustos, sintiendo como los tallos y hojas se enganchaban en sus tejanos, sus calcetines y su camiseta.
Allí estaban.
Tenía un nudo en la garganta y sus músculos no querían obedecerle, pero Paul se obligó a ir hacia ellas. Sí, había tres piedras, pero dejando aparte su colocación y el recuerdo que le traían, la verdad es que no se parecían en nada a las rocas de Inglaterra. Aquellas piedras sólo tenían un metro veinte de altura y medirían unos sesenta centímetros de ancho. A diferencia de los monolitos del Viejo Mundo, aquellas piedras no habían sido talladas y colocadas en su sitio: eran simples masas de caliza que asomaban del suelo. San Antonio se encuentra en la meseta Edwards, una gran extensión de piedra caliza que fue depositada allí como sedimento oceánico durante el período cretáceo, y que normalmente estaba cubierta por unos escasos centímetros de tierra. Aquellas piedras no tenían nada de raro y no guardaban ninguna relación con las leyendas de otro país sobre piedras que crecían y caminaban.
Paul lo sabía. Pero cuando les dio la espalda a las piedras y volvió a abrirse paso por entre la espesura para regresar a su patio, su mente empezó a darle vueltas a una pregunta, un problema al que no lograba hallar una solución satisfactoria, y la pregunta era: ¿por qué no las he visto antes?
Nunca había llegado a saltar la valla, cierto, pero había dado bastantes paseos por el patio —incluso antes de comprar la casa—, y en una ocasión había trepado por la valla para contemplar lo que se encontraba al otro lado.
¿Por qué no había visto las piedras entonces? Eran claramente visibles desde la valla, ¿por qué no las había visto una semana antes? Tendría que haberlas visto. Si es que estaban allí…
Pero, naturalmente, tenían que haber estado allí. No podían haber brotado del suelo de la noche a la mañana, y ¿quién iba a tomarse la molestia de colocarlas en aquel sitio? Tenían que haber estado allí. Entonces, ¿por qué no las había visto antes?
El sitio donde crecen las piedras, pensó.
Cuando entró en casa cerró la puerta con llave.
La noche siguiente era el solsticio de verano, el aniversario de la muerte de su padre, y Paul no quería pasarla solo.
Después del trabajo tomó unas copas en compañía de Alice Croy, una joven bastante guapa que había sido contratada como secretaria suplente en su empresa, y luego la llevó a cenar después tomaron unas cuantas copas más, tuvieron una pequeña discusión sobre la eficiencia, el ahorrar gasolina y el si estaba demasiado borracho para conducir o no, y Alice acabó cogiendo su coche y le siguió hasta su casa, donde tuvieron una relación sexual mutuamente satisfactoria, aunque a ninguno de los dos le pareciera demasiado cargada de significado.
Paul empezaba a quedarse dormido, cuando se dio cuenta de que Alice se había levantado y estaba moviéndose por la habitación.
Miró el reloj: eran casi las dos de la madrugada.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó con voz soñolienta.
—No hace falta que te levantes.
Le dio una cariñosa palmadita en el hombro, como si Paul fuera un perro o un anciano de edad muy avanzada.
Paul se irguió en el lecho y vio que Alice ya se había vestido sólo le faltaba ponerse los zapatos.
—¿Qué estás haciendo? —volvió a preguntarle.
Alice suspiró.
—Oye, no te lo tomes a mal, ¿vale? Me gustas. Creo que nos lo hemos pasado realmente bien y espero que podamos volver a repetirlo, pero no me siento a gusto en una cama extraña. No te conozco lo bastante bien para… Por la mañana los dos nos sentiríamos muy incómodos, así que me voy a casa.
—Ah, por eso has venido en tu coche.
—Vuelve a dormirte. No quería molestarte.
—Ya lo has conseguido. Me molesta que te vayas.
Alice hizo una mueca.
Paul suspiró y se frotó los ojos. Discutir con ella no serviría de nada. Se dio cuenta de que en realidad Alice no le caía demasiado bien…, cualquier otra noche casi le habría alegrado verla marchar.
—Está bien —dijo—. Si cambias de opinión, ya sabes dónde vivo.
Alice le besó.
—Ya encontraré la salida. Anda, vuelve a dormirte.
Pero Paul ya se había despabilado y le pareció que esa noche no conseguiría dormir ni un minuto más. Estaba en su propia cama, en su casa…, allí no podía ocurrirle nada. Si su padre se hubiera quedado en cama, si no hubiera salido a la luz grisácea que precede al amanecer para echar una mirada a las tres piedras de aquel campo…, quizá ahora estaría vivo.
Se acabó, pensó Paul. Pasara lo que pasara, ocurrió hace mucho tiempo y le ocurrió a mi padre, no a mí. (Pero Paul había visto moverse la piedra).
Decidió encender la luz antes de que la vieja pesadilla de la infancia pudiera aparecer ante él: aquellas rocas inmensas moviéndose por el prado para aplastar a su padre… Ojalá conociera a alguien lo bastante bien para llamarle por teléfono a esa hora de la noche, alguien que viviera en San Antonio y a quien pudiera visitar… Otra presencia para mantener alejadas las pesadillas. Dado que no había nadie a quien acudir, Paul supo que debería conformarse con montones de Jack Daniel’s y hielo, y con Bach sonando en el estéreo: el último grito de la civilización para mantener alejados a los fantasmas.
Pero estaba casi seguro de que no le serviría de nada.
Fue a la sala, empezó a tomarse el primer vaso y se dio cuenta de que el cristal de las ventanas le ponía nervioso. Aún no tenía cortinas. No podía ver nada de lo que hubiese fuera, pero la luz de la habitación proyectaba su reflejo sobre el cristal, con lo que sus mismos movimientos servían para sobresaltarle. Resolvió ese problema apagando la luz. Había luna llena, y su claridad, unida al débil resplandor del estéreo, le permitía ver bastante bien. Las ventanas estaban cerradas y el aparato del aire acondicionado zumbaba suavemente el frío chorro del aire limpio y el suave zumbido del motor eran una protección contra la noche todavía más efectiva que los Conciertos de Brandeburgo.
Pensó que quizá debiera acudir a un psiquiatra no era la primera vez que acariciaba tal idea. Sí, hablaría con la gente de su oficina esa misma mañana y se buscaría un buen psiquiatra. Para un niño, perder al padre siempre es algo difícil de superar, pensó mientras apuraba su tercer vaso de whisky. Y el niño que se encuentra con el cadáver de su padre, muerto en circunstancias misteriosas…, bueno, eso es mucho peor. Pero había que superarlo. En su vida había muchas más cosas que los efectos de un trauma infantil.
Se puso en pie, y estaba atravesando la habitación para llenarse el vaso (pensó que haber dejado la botella tan lejos era una estupidez), cuando algo se movió por el patio, atrayendo su atención. Volvió la cabeza lentamente para mirar hacia allí.
Esta vez no era su reflejo. Algo se había movido en la otra punta del patio, cerca del trozo de valla rota, pero ahora que lo buscaba no podía ver nada. A menos que estuviera escondido entre las sombras pegadas al tronco de la higuera… ¿Qué podía ser? ¿Algo que medía un metro veinte de altura y era de un color desvaído, algo que ahora se había quedado muy quieto?
Paul sintió el impulso de coger una linterna y salir al patio, trepar por la valla y asegurarse de que aquellas tres rocas seguían allí, pero luchó contra ese impulso y en seguida consiguió dominarlo. Quieren que salga, pensó…, y trató de borrar esa idea de su mente.
Se dio cuenta de que sudaba. El aparato del aire acondicionado no parecía estarle sirviendo de mucho. Llenó el vaso y le dio la vuelta al sillón hasta dejarlo de cara a la ventana. Se sentó en la oscuridad, tomando sorbos de whisky, y contempló la noche. El estéreo emitió un leve chasquido y el disco se detuvo, pero Paul no se tomó la molestia de poner otro, y cuando se acabó el vaso no se levantó para volver a llenarlo. Esperó y observó las sombras del patio durante casi una hora y no vio nada que se moviera. Pero siguió esperando. Tienen su propio tiempo y no se parece en nada al nuestro, pensó. Crecen a su ritmo, en el lugar que les corresponde, como todo lo que está vivo.
Sabía que algo estaba ocurriendo. Pronto vería moverse las piedras, igual que su padre. Pero no cometería el mismo error que su padre, no se pondría delante de ellas para obstruirles el paso… No permitiría que acabaran con él.
Y por fin —ya había perdido toda noción del tiempo—, la masa blanca escondida entre las sombras osciló suavemente y la piedra empezó a cruzar la extensión de césped bañado por la luna. Detrás había otra piedra, y otra más. Tres rocas blancas que se movían sobre la hierba.
Las piedras fluían. La sólida roca blanca ondulaba y perdía sus contornos para volver a formarse en otro lugar, un poco más cerca de la casa. Fluían…, pero no como el agua, sino como la roca.
Paul pensó en la roca fundida y en los ríos de lava. Pero la roca fundida no podía quedarse quieta de repente y no era capaz de mantener intacta su forma original, deshaciéndose y volviendo a solidificarse de esa manera. Intentó comprender lo que estaba viendo. Sabía que ya no estaba borracho. ¿Cómo era posible que una roca fuese capaz de moverse? Sometida a un gran calor o una intensa presión, quizá. ¿Qué eran las rocas? Material inorgánico, pero ese material estaba hecho de átomos, como todo lo demás… Y los átomos podían cambiar y ser alterados, las formas podían cambiar…
Pero, aun así, lo cierto era que las rocas no se movían. No por sí solas. No acababan abriendo senderos que llevaban al mar. No se reproducían. No crecían. No cometían asesinatos. No buscaban vengarse.
Todo el mundo lo sabía, pensó mientras veía como las rocas avanzaban por su patio trasero. Nadie había visto moverse a una roca.
Porque matarán a quien las vea.
Habían matado a su padre y ahora venían para matarle a él.
Paul se levantó de un salto, volcando el sillón, y pensando que debía escapar. Y entonces se acordó de que estaba a salvo. Sí, estaba a salvo dentro de su propia casa. Puso la mano sobre el alféizar y lo acarició. Unas sólidas paredes interponiéndose entre él y aquellas cosas de allí fuera, unas paredes hechas de piedra sólida y reconfortante…
Bajó los ojos hacia la mano que descansaba sobre el alféizar de roca blanca, todavía con una sonrisa de alivio en los labios, y vio como la piedra cambiaba: estaba moviéndose con una suave ondulación. Las yemas de sus dedos le transmitieron la sensación de estar tocando masilla caliente. Estaba viva. La piedra cubrió su mano, ocultándola, y se solidificó. Paul gritó e intentó liberarla. No sentía ningún dolor físico, pero su mano estaba firmemente enterrada en la roca sólida y no podía moverla.
Miró a su alrededor, aterrorizado, y vio que la piedra de las paredes también se había fundido y parecía palpitar. Las paredes empezaron a unirse. Un torrente de roca viva surgió al otro lado de la ventana y, como de muy lejos, Paul oyó el ruido del cristal al romperse. Las paredes estaban confundiéndose las unas con las otras, deslizándose sobre el suelo y el techo, ocupando codiciosamente todo el espacio vacío. La roca viviente convertida en líquido lamió sus tobillos, rodeándole, absorbiéndole, convirtiéndole en una roca más.


24/08/2017 09:14:53 pm 
       2                           
Al Kindleeeeee!!!

Será mi primer encuentro con Lisa Tuttle... eso siempre me parece motivador, porque nunca se sabe cuando puede ´´surgir´´ un nuevo amor literario, cosa que no ocurre con frecuencia, lamentablemente.

Gracias, GABULLS.


24/08/2017 10:05:52 pm 
       2                           
Vaya, Piedras!
Un nuevo miedo agregado a la larga lista.
Muy bien!

Gracias!


25/08/2017 02:05:49 pm 
       2                           
melusineh


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Muy linda historia, gracias, GABULLS!




10/11/2017 10:55:33 am 
       1                           
Sandra90


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Exquisito...Muy buena historia, es alucinante ver las piedras de manera distinta desde ahora. otra persona podría decir mira lo que hace el Whisky jajajaj !. Me ha encantado. Muchas Gracias.! border="0" src=img/foro/wave.gif>


13/11/2017 01:51:28 pm 
       2                           
GABULLS


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el principio!

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A esa persona le diría que no mancille el buen nombre del pobre y querido whisky que no le ha hecho casi nada a casi nadie.




tuttle

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