Mensaje escrito por
ionisse el 11/01/2013 10:42:17 am - Puntaje:
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mage]
Llamar a una película Amor, como hace Michael Haneke, es una provocación. El cine de Haneke, de hecho, se alimenta y vive en el sano ejercicio de mover la silla a las conciencias. Él es, no en balde, el más evidente y fiel heredero de Pasolini. Y de Tarkovski. Y de Bergman. Bien podría haber titulado a su último trabajo Todo, porque en efecto eso es. Amor, para entendernos, es mucho más que la disección de un tiempo (el final de la vida) feo, cruel y ridículo es la lectura pautada, emotiva y plena de lo que queda cuando ya no queda nada. En un piso de París, un pareja de ancianos se enfrenta a todo lo que acompaña a la vejez. Que no es exactamente la férrea constancia de la muerte, sino, tal vez, la humillación de la pérdida. El dolor.
-Es bonita.
-¿El qué?
-La vida. Es tan larga.
Emmanuelle Riva (genial actiz y candidata al Oscar) hojea un álbum de fotos antiguas. A su lado, Jean-Louis Trintignant (genial actor e incomprensiblemente no candidato) acaba el almuerzo. Ella extrae de los cajones de su memoria lo que quizá un día dejó. Algunos recuerdos han desaparecido, otros se han transformado y los últimos aún permanecen intactos desde el día que se colocaron con cuidado en el fondo. Sea como sea, lo que sigue inmutable son las cajas como el espacio y recuerdo de lo vivido como la constancia de una vida que, de repente, se desvanece en un vano ritual de sufrimiento y pañales sucios. Probablemente una vida digna merece una muerte a su altura.
Y en medio de la cruenta batalla, la cámara se mantiene firme en una conversación de tres líneas. No hay más. Ni un gramo de la retórica que destila el párrafo anterior. No hace falta. Y todo ello merced a un complicado y calculadísimo ejercicio que huye del naturalismo como más la torpe de las convenciones. La narración, de hecho, vive en la falsa ilusión de la simplicidad entre las cuatro paredes de un apartamento que es a la vez cárcel, escenario y, finalmente, atáud.
Es más, Haneke no quiere intrigas o suspense huye de las sorpresas para bobos a las que nos tiene acostumbrados el cine que sufrimos y subvencionamos día a día. Abomina de las moralejas y desprecia los moralismos. Lejos de él el espejismo del entretenimiento, la tristeza de la diversión. Todo su cine es grave. Todo su cine importa.
De nuevo, la estrategia del director consiste en presentar cada acción de frente, sin trampas, sin excusas, sin dejar que el espectador se acomode un sólo segundo en la impostura del melodrama en la impudicia de la lágrima. Y, pese a ello, pese a la aparente frialdad, cada segundo de metraje conmueve. Conmociona y arrasa. Y lo hace por ser simplemente verdad.
Desde Funny games a La cinta blanca pasando por El séptimo continente, La pianista, Caché o El vídeo de Benny, cada película se ofrece como una perfecta disección de todo aquello que nos hace vulnerables y, por tanto, humanos. Y ello sin permitirse una sola concesión a los gestos aprendidos o los recursos de tramoyista. Nunca, para entendernos, el espectador es tratado de idiota. Se ofrecen las preguntas, y que cada uno componga las respuestas.
Ante un espejo
Así ocurre de la misma manera en esta pieza, entre la bomba de relojería y el reloj de precisión, llamada, en toda su arrogancia, Amor. El espectador es colocado frente a un espejo. Y allí, la carne vive, el castigo de la decrepitud con una proximidad lacerante de miradas perdidas. El cuerpo de Emmanuelle Riva se deteriora y con él, la dignidad de una vida entera. La de cualquiera. Una vida quizá bonita, quizá larga.
La cámara del director se mantiene, pudorosa y desafiante, a la altura de los ojos para dejar que sea la mirada (la del espectador y la del actor) la que escriba su propia historia. No hay drama. El drama mancha de cosas tan pringosas como las excusas las excusas para emocionarse. La emoción, la de verdad, surge desnuda en cada fotograma esculpido con una simétrica perfección. Todo tan estudiadamente simple. Cine sin trampa, sin artificio. Cine puro.
Decir que la película trata de la muerte sería reducirla a la última línea. Para ser justos, Amor sólo habla de una cosa: de la vida (larga y bonita) y, de su mano, de lo contradictorio que puede llegar a ser amar de lo difícil que puede ser evitar el sufrimiento de la persona amada. Todo resulta tan contundente, tan brutal, tan limpio, que duele. El cine de Haneke duele. Y es de esa sensación, de la del dolor, de la que extrae la constancia de su necesidad. Duele lo que importa.
Y así, al final queda la emoción la emoción de una conversación de tres líneas tres líneas en las que cabe el mundo, todo, el amor.
Luego está el asunto de las candidaturas a los Oscar, pero eso sí es antihanekiano. Aunque justo.
[link]http://www.elmundo.es/elmundo/2013/01/11/cultura/1357894291.html[/link][anchor_text]Fuente[/an
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