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Londres. Casi oculto entre la entrada de un viejo edificio de ladrillo de dos plantas y una tienda de viajes polaca, el viandante de Seven Sisters (barrio de la periferia londinense) puede encontrarse con el graffiti de la foto, uno de los últimos que se le atribuyen a Banksy. Así es Londres. En la ciudad del Big Ben la obra de este artista callejero aparece y se esfuma a cada paso, tal y como lo hace el propio autor.
Al día de hoy nadie conoce la verdadera identidad de este grafittero nacido en Bristol. Nadie sabe qué nombre lleva impreso su carné de identidad. Nadie sabe si reside en esta pequeña ciudad del sudoeste de Inglaterra, o lo hace en Londres, o quizá en Los Ángeles, donde ha vendido cuadros a estrellas como Brad Pitt o Angelina Jolie. Nadie sabe si Banksy es rico o pobre, a pesar de que sus obras se venden por cantidades esquizofrénicas. Todo en Banksy es un misterio y una paradoja.
¿Arte desinteresado?
Sus mayores críticos argumentan que Banksy pinta para los pobres y vende para los ricos. Hay fuentes que señalan que trabaja cobrando para organizaciones benéficas como Greenpeace y para empresas capitalistas como Puma y MTV, o que vende cuadros por hasta 25.000 libras en la galería de su agente, Steve Lazarides. Pero su trabajo reivindica justo lo contrario. Sus obras vociferan anticapitalismo, mordacidad e irreverencia, siempre bajo el influjo de su homólogo parisino Blek le Rat (muy recomendable), su mayor inspiración.
Debates aparte, lo cierto es que cualquiera en Londres puede compartir pared con un Banksy. Y ese es un excelso privilegio. Lo hace, por ejemplo, la mujer de la tienda de viajes polaca que da justamente con la clave de su arte: “Banksy te hace pensar”, afirma. Pensar, por ejemplo, en esos dos niños que esperan que del cielo caiga una pelota con la que se les ha prohibido jugar.
Lucía Taboada
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