Lo dicen los que lo han visto todo: es el mayor espectáculo musical y visual que se haya montado. Ante 42.000 personas Roger Waters ofreció el primero de los shows de su ´´residencia´´ en River: demoledor.
El principio no puede ser más impactante. ´´¿Así que ustedes pensaron que quizás les gustaría venir al show?´´, interpela Roger Waters, cantando In The Flesh? envuelto en una trinchera de cuero negro, lentes oscuros y brazalete, en su papel de psicótico führer del rock.
Los fuegos artificiales al ritmo de la batería marcial se disparan desde el escenario, desde atrás de la monstruosa pared a medio construir que va de tribuna a tribuna. Y allá viene un avión, un Spitfire que atraviesa todo el estadio hasta estrellarse entre el escenario y la pared de mil ladrillos blancos en una explosión demasiado real.
El asombro se impone. Y deja paso a la emoción con The Thin Ice. Esos serán los ejes del espectáculo: asombro -por la espectacularidad de cada instante del show- y emoción -por la fidelidad y sentimiento en la interpretación de cada una de esas canciones grabadas a fuego en la memoria.
Es una intensa experiencia visual y física que deja en claro la intención de Waters al escribir el disco, concebido ya en 1979 con las definiciones plásticas y visuales que la película de Alan Parker profundizaría en 1982 y que sustentarían su concepto de obra audiovisual.
The Wall es una monumental paradoja. Nació como disco doble, de la fricción entre el éxito de la gira Animals In The Flesh y sus majestuosos shows de estadio -en los que Pink Floyd marcó una era inmortalizada por sus gigantescos chanchos inflables, que Waters continúa soltando-, la autoindulgencia del rock que intentaba sobrevivir al punk a fines de los `70 y los miedos que Roger Waters confesaba (aparte de las críticas al sistema capitalista de un millonario resentido).
Es la ópera rock más perfecta de la historia y logró lo que supone que el arte siempre busca y rara vez encuentra plenamente: una amplia identificación y adhesión.
Waters encontró inspiración y coraje para un álbum que revela los traumas de su autobiografía infantil y juvenil, combinados con el presente de una estrella de rock (Pink) que se imagina aviones bombardeando al público.
En 1980-1981 fue representada en vivo sólo 29 veces en cuatro ciudades. El hijo de Waters, Harry, que ahora es el tecladista de su banda, tenía 2 años. En 1990 se renovó la vigencia de la obra y Pink Floyd se reunió para un show en Berlín, junto al muro (verdadero) más famoso del mundo, que acababa de caer.
Fear Builds Walls (´´El miedo construye paredes´´) se lee en las remeras de los niños que suben a cantar ´´We don`t need no education, we don`t need no thought control´´ (´´No necesitamos educación, no necesitamos que nos controlen el pensamiento´´) al maligno profesor.
Mother es un momento clave del espectáculo. La Mother de hoy (una versión ligeramente bluseada) muestra que Waters siente la necesidad de subrayar mensajes con frases escritas en la pared los textos avisan a quienes no están familiarizados con las letras que la madre es sobreprotectora, que el padre murió en la guerra y que la guerra es una estafa, que cada peso gastado en armamento es sacarle la comida de la boca a quienes nada tienen. Waters, y el resto de las voces de la banda, cantan con una perfecta dicción, limando las inflexiones características del disco.
Las pantallas reciben imágenes que recorren géneros cinematográficos con solvencia y todo lo que las cámaras agigantan del show en vivo está pasado por el mismo tamiz estético de lo que se está proyectando en cada momento. Debe ser la pantalla de cine más grande del mundo, con 150 metros de largo y 12 de alto. La calidad visual es tal que un guiño de Waters en primer plano arranca una ovación, recobrando esa complicidad con el público que el músico sentía perdida cuando se sentó a escribir The Wall.
Otro prodigio de la ingeniería al servicio del ensamblaje del espectáculo es el estudiado sistema de audio que hace sentir a los espectadores envueltos en una marea sonora que recorre las tribunas. No se sabe de qué lado atacan los aviones, por dónde viene cantando ese coro o dónde aterrizará el helicóptero. Suena fuerte pero no aturde y no queda ese característico zumbido en los oídos algo clave cuando en la obra son fundamentales las transiciones de un momento de estruendo a un silencio o un verso cantado en un lamento.
Waters es hábil en mostrarse como único protagonista de esta historia: en los fragmentos del film proyectados en el muro nunca aparece Bob Geldof (Pink). El guitarrista Dave Kilminster contribuye a que no se extrañe la ausencia de David Gilmour gracias a la destreza con que recrea los solos de Comfortably Numb (de los temas más celebrados) y eriza a todo el estadio en el punteo de Young Lust, una de las canciones más rockeras del álbum.
El tramo final es apabullante: los martillos desfilan, todo se tiñe de rojo, el juez gusano condena a Pink a ser expuesto ante sus pares.
Con las expectativas absolutamente colmadas, con el muro por el suelo, los espectadores se retiran en silencio. Acá no hay bis posible. Tras la caída de los ladrillos -Outside The Wall-queda mucho para saborear, y la convicción de haber asistido a un acto tan único como perfectamente repetible.
Un duro crítico que nunca será ´´caballero´´
´´Quiero dedicar este show a todos los desaparecidos, muertos y torturados los reconocemos´´, dice Roger Waters esforzando las erres. Es su único mensaje -más allá de los que exhiben los proyectores. The Wall es una furiosa crítica a la guerra, los sistemas educativos represivos, las ambiciones totalitarias, la uniformización del pensamiento, la familia y el establishment del rock. Y ahora, 30 años después, ¿cuál es la vigencia de The Wall? Todo un fenómeno. La demanda de entradas en Argentina -más de 400.000- hizo estirar la serie de conciertos a nueve, rompiendo los récords de Soda Stereo (7 estadios de River) y los Rolling Stones (5). En Buenos Aires el miércoles todo el mundo andaba con una remera de The Wall, hasta los vendedores de panchos. Atrás quedan los tropiezos en las declaraciones sobre Malvinas que hizo Waters, un artista interesado en temas políticos y de derechos humanos, un visitador de presidentes que ha sabido incomodar con sus opiniones críticas y, seguramente, nunca será ´´sir´´, como Paul McCartney o Keith Richards.
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Aparte de que Waters no se tiñe las canas
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