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Horror & Fantasía: El hombre que ahogaba cachorros (de Thomas Sullivan)





Thread creado por GABULLS el 06/09/2017 11:24:42 pm. Lecturas: 320. Mensajes: 9. Favoritos: 1





06/09/2017 11:24:42 pm 
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GABULLS


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El hombre que ahogaba cachorros


MacIver era el hombre de la muerte de todo el barrio. Hacía los ataúdes, enterraba a los muertos. Ahogaba perritos y gatitos, se llevaba los cadáveres de los animales y exterminaba las infestaciones, fueran de ratas, gorgojos o víboras. Si querías deshacerte del animal más pequeño de la camada, mandabas llamar a MacIver. Y cuando a Jonathan Sawyer lo declararon culpable del asesinato de Betsy, su esposa, fue MacIver quien lo colgó.
Ninguna de estas tareas encerraba un placer especial para el hombre bajo, corpulento, de ojos implacables. Se veía a sí mismo como una fuente de fuerza para la gente a la cual servía, y que carecía de la volun tad de hacer aquello que debía ser hecho, eso era todo. No se podía de jar que en los pueblos se acumularan el barbecho, la muerte o su hedor. La degeneración es como el moho. Déjala vivir, y se comerá lo que esté vivo. Mátala, y permitirás que la vitalidad florezca. Lo que MacIver ha cía era compasivo. Lo que MacIver hacía servía al más alto imperativo moral autorizado por los habitantes del pueblo. Y él necesitaba esa au torización. Le daba integridad y limpieza. Le otorgaba una cualidad es­piritual a su aparición. Tras el desdén y el miedo se encontraba el irrevo cable imperativo moral, el reconocimiento de que aquello que hacía era correcto y necesario. MacIver jamás explotó ese temor, y se mostraba casi comprensivo con el desdén. Y llegó a ser el hombre de la muerte. El ritualmente gentil MacIver.
No obstante, había cosas ante las que incluso un hombre decidido como MacIver palidecía. Porque había un grupo que no reconocía su imperativo moral. Los niños. Estos jamás entenderían que él mantenía los pueblos salubres merced a matar y enterrar lo que ya no debía seguir vivo. Por más enfermo que estuviera un animalito, o lastimado un caba llo, o por más destructivo que fuese el ratoncillo, un niño jamás aprobaría el misterio final. Y siempre había demasiados cachorritos. Por eso, MacIver palidecía. Porque algunos días debía enfrentarse a los niños.
Como este día.
Fue la señora Garrick quien lo mandó llamar. MacIver admiraba su valor, porque no había esperado a que el consistorio municipal le dijese que estaba protegiendo a una amenaza. Sin duda, el hecho de que fuera una viuda con cuatro hijos influyó. A duras penas lograba alimentar a su familia. Sin embargo, los niños organizaron un escándalo, sobre todo Bobby, y por más perspicaz que fuera la mujer, debía de tener el corazón destrozado.
Una hora después del amanecer. MacIver cogió su saco de arpillera y partió. Los Garrick vivían al otro lado del pueblo, pero la belleza y la paz del día le infundieron fuerza, y no le importó caminar. No tardaría en ver a Bobby Garrick, y ésa constituiría su prueba.
—Buenos días, Mac —oyó de repente.
Era Elder Robinson, que aparecía en la linde del bosque con su hacha.
—Hola — respondió MacIver.
—Veo que llevas el saco de los cachorros.
—Voy a casa de Garrick.
—Ah.
—Ella me mandó llamar.
—¿De veras? A mi modo de ver, debió hacerlo hace seis meses. En tonces ya estaba claro que tenía un problema.
—No habrá dificultades. Sólo que ahora, a los demás pequeños les resultará difícil separarse de él.
Elder Robinson gruñó. MacIver siguió su camino.
Las espuelas de caballero estaban floreciendo, los abadejos salían de entre la maleza como agua corriente silenciosa, pero todo lo que MacIver lograba ver era el rostro de Bobby Garrick, censurador e hinchado de tanto llorar. Con una sensación de alivio y gratitud, llegó a la cabaña de los Garrick y la encontró en silencio, sumisa: aquel lugar era como un cadáver gris al que le hubieran arrancado ya la vida de sus habitaciones. Ha llegado el hombre de la muerte y se ha hecho el silencio.
Y así fue. La noche anterior, Mary Garrick había enviado a sus hijos a casa de unos vecinos, porque sabía lo que ocurriría al amanecer.
—Iré a buscar a mis hijos —le comunicó, estoica pero cenicienta—, cuando regresemos, usted ya habrá terminado, señor MacIver.
—Ajá.
Y la mujer se marchó.
Esperó un instante en la silenciosa cabaña, midiéndola. A menudo se había encontrado así, solo, poco después o poco antes de la muer te. Era un momento en el que había llegado a confiar, porque era inevitablemente pacífico, como si el mundo y su caos se detuvieran, reve­rentes.
Mary Garrick no le había dicho ni dónde estaba, ni cómo se llamaba, pero era probable que estuviera dormido, y el nombre no importaba. Al avanzar hacia el dormitorio, fue cuando gimió. Era un gemido apenas audible que le dijo a MacIver todo cuanto necesitaba saber. La criatura era dócil y estaba asustada. Retrocedería al aproximarse él: temblaría cuando la metiera en el saco y al llevarla al río no se resistiría ni haría ruido.
Y así fue.
La encontró debajo de la cama. No lo arañó ni le mordió cuando la sacó con suavidad y la metió en el saco. Gimió y MacIver murmuró:
—Bueno, bueno, tranquilo…
Le dio unas afectuosas palmaditas en la cabeza y le subió el saco has ta por encima de los ojos con un ademán preciso, ágil, que revelaba se guridad. No se echó el saco al hombro, sino que lo acunó entre sus bra zos, y cantó bajito al salir de la cabaña y enfilar hacia el camino.
De allí al río había más de un kilómetro. Conocía un sitio donde ha bía un saliente de piedra que se adentraba sobre la superficie del agua. La corriente se tragaba las cosas, y él sostendría el saco mientras el sa liente y la corriente hacían el resto nada de palos, ni de brutales tirones para mantener bajo el agua el saco palpitante. Había ahogado muchas criaturas allí, y luego había enterrado sus cuerpos. Nunca se notaba que había habido lucha, porque MacIver lo hacía todo con suavidad, con suma reverencia.
Efectuaba aquellos menesteres al amanecer o a la puesta del sol, por las tardes en una ocasión lo hizo a la luz de la luna. Según él, nadie lo observaba por manifiesta ignorancia. Fuera cual fuese el momento del día, los pobladores lo rehuían, cerraban los postigos, se apartaban del camino. Festejaban los nacimientos y las bodas, los compromisos y las conmemoraciones, ¿por qué no podían celebrar el momento de la extin ción? El paso de una vida a la siguiente era, sin duda, el más significati vo de todos, y, sin embargo, huían de él como si se tratara de la peste. Si se hubiese tratado de un asesinato, acompañado de gritos, sangre y fu ror, lo habría comprendido, pero se trataba de un ritual que ellos mis mos autorizaban, y todo lo que ocurriese bajo aquella saliente de piedra sucedía entre Dios y el celebrante. No podía ser impío.
Testigos. Se habría sentido agradecido de tenerlos. Exceptuando a los niños. Por eso, cuando Bobby Garrick se acercó corriendo por el ca mino. MacIver cantó bajito, acunó su carga y se descorazonó.
No pronunciaron ni palabra, pero el niño era como un tizón ardien te saltado del hogar. Su calor, y su aliento siseante envolvieron a MacIver. El niño corría delante de él para poder ver mejor el saco debajo de la frente húmeda, sus ojos eran enormes, inquisitivos. Entonces, un breve gimoteo salió del saco. El niño tendió la mano de dedos frágiles y blancos.
—No, hijo. —MacIver se detuvo, se hizo a un lado y continuó an dando—. Será mejor que no lo toques. Se irá en paz, no lo toques.
—Tiene miedo —murmuró el niño.
—Ha estado tranquilo hasta ahora —dijo MacIver.
Siguió cantando bajito. Pero en su canto hubo una especie de urgen cia, y el gimoteo continuó.
—Está muy asustado —declaró el niño.
—Es porque has venido.
—A mí no me tiene miedo. Déjeme que lo coja y verá.
MacIver se detuvo otra vez.
—Le ha llegado su hora, hijo. Si piensas en soltarlo, no servirá de nada. Ésta es la manera más piadosa.
Continuaron.
—¿Por qué es piadosa? —inquirió el niño.
—Porque Dios comete errores y espera que nosotros los corrijamos.
Del saco salió un prolongado gemido quejumbroso.
—Para él no es piadoso —arguyó el niño.
—Para él, también. Es una carga para sí mismo y para tu madre. No debió haber nacido nunca. En el pueblo no hay sitio para él.
—Puede compartir mi casa.
—… y sin embargo, arrancarás las hierbas del huerto —observó MacIver.
—¿Cómo?
MacIver anduvo en silencio unos momentos y después preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Mamá no quiso que le pusiéramos nombre.
—Sabia medida. Debió de sospecharlo desde el principio. A los de su clase no se les pone nombre.
—Yo lo llamo Cascabel.
MacIver gruñó.
—Mamá solía atarle cascabeles alrededor del cuello —le explicó el niño—. Así podíamos vigilarlo cuando se acercaba a la despensa.
—Piensa en cuánto os habríais ahorrado si no hubierais esperado tanto.
El niño no supo qué decir. Pero para MacIver estaba claro: al crío no le importaban las penurias, la pobreza, las condiciones de vida. Su ma dre debió haberlo sabido. Ella había postergado la decisión lo más posi ble, había conservado a Cascabel todo lo que pudo. La vida estaba llena de pequeños martirios, pequeños martirios descaminados.
Ya estaban llegando al río, y MacIver notó que la crisis del niño iba en aumento.
—La naturaleza lanza sus semillas al viento, hijo mío. Pero no espe ra que todas germinen. Si lo hicieran, el mundo se hundiría en una ma raña. Puedes mirar, si quieres, pero no debes molestar. Te juro que a él no le importará. Los que son como él nunca se enteran de lo que pasa.
MacIver se dirigió al lugar donde se interrumpía la orilla y emergía una enorme lasca de piedra. El niño lo siguió estaba tenso y tragaba sa liva, pero el hombre de la muerte ya no se fijaba en él. Era como un sa cerdote que se pusiera su vestimenta de celebración, se subió primero una manga, después la otra, y luego se arrodilló sobre la piedra. El murmullo litúrgico del río lo envolvió hundió la mano en el agua, como si estuviera palpando seda. Poco a poco se inclinó hacia afuera, torciendo el brazo al hacerlo, y aterrándose al saliente, limpió la zona de basura.
El niño quedó petrificado. El corazón se le había vuelto de hielo y cada latido era como el golpe de un escalpelo.
MacIver se incorporó una vez, dos, y cada vez sacó una rama mu grienta. Posó las manos sobre sus rodillas, justo al borde de la losa de piedra y contempló el agua que fluía veloz. Aquél era el material del bautismo, la esencia de la vida.
—Tranquilo…. Cascabel —dijo.
Cascabel lloriqueó una vez y cuando MacIver izó el saco y luego lo hundió, se quedó quieto.
La corriente lo arrastró de inmediato bajo la losa MacIver mantuvo el saco aferrado, al tiempo que se inclinaba hacia afuera. Si el niño tenía intención de protestar, tendría que hacerlo en ese momento. Pero no se oyó nada. No podía, pensó MacIver. Porque debajo de la losa de pie dra, le tocaba el turno a Dios.
Cuando acabó, izó el saco de nuevo, para lo cual necesitó incorpo rarse y emplear las dos manos. El agua, pura y plateada, se coló por la arpillera, con lo cual dejó marcada la silueta de Cascabel, ahora más corpulenta que antes.
—¿Quieres echar un vistazo? —preguntó MacIver.
El niño, pálido y mudo, asintió una sola vez con la cabeza.
MacIver desenvolvió a la criatura.
—¿Ves? —dijo por fin—, ahora estás en paz. Igual que el pueblo. Nunca fue como nosotros, Bobby. Tenía algo en la cabeza que no le funcionaba, y ahora está entero. Si quieres, puedes quedarte con sus zapatos.
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07/09/2017 12:36:50 am 
       3                           
Volviste!... este cuento es realmente breve.

Editado: Bien, es un relato extraño, completamente atípico. Se abstrae de las trilladas tramas de fantasmas, para centrarse en algo que ocasiona un terror mucho más profundo... un terror mucho más genuino... el ocasionado por el hombre... el real.

Muy buen cuento... se encuentra en el tomo séptimo de la colección ´´Horror´´ de la siempre infalible editorial Martínez Roca, y fue escrito por un autor casi desconocido.

Sigue creciendo la colección y siguen los intercambios interesantes en cada thread. Al fin algo bueno en el foro!... que siga aumentando el volumen de esta masa viviente de relatos, hasta copar todo el foro!.




07/09/2017 12:48:12 am 
       1                           
¿Quién carajos es el muerto de arinavarro?


07/09/2017 01:31:19 am 
       3                           
GABULLS


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nicus07 escribió:
Volviste!... este cuento es realmente breve. Editado: Bien, es un relato extraño, completamente atípico. Se abstrae de las trilladas tramas de fantasmas, para centrarse en algo que ocasiona un terror mucho más profundo... un terror mucho más genuino... el ocasionado por el hombre... el real.Muy buen cuento... se encuentra en el tomo séptimo de la colección Horror de la siempre infalible editorial Martínez Roca, y fue escrito por un autor casi desconocido.Sigue creciendo la colección y siguen los intercambios interesantes en cada thread. Al fin algo bueno en el foro!... que siga aumentando el volumen de esta masa viviente de relatos, hasta copar todo el foro!.


El relato me resultó terrible y también triste... Es particular en tanto que no hay villanos ni monstruos, propiamente. El hombre que ahoga cachorros ni siquiera es malo o cruel, no disfruta cumpliendo esa tarea terrible que, percibo, solo acepta, incluso con un espíritu compasivo... como quien resigna los propios códigos y acepta otros, acaso no divertidos pero tal vez más amplios, más generosos que los individuales.
Me resulta conmovedor lo de los zapatos: la vida sigue.


07/09/2017 01:38:21 am 
       2                           
GABULLS escribió:
nicus07 escribió: Volviste!... este cuento es realmente breve. Editado: Bien, es un relato extraño, completamente atípico. Se abstrae de las trilladas tramas de fantasmas, para centrarse en algo que ocasiona un terror mucho más profundo... un terror mucho más genuino... el ocasionado por el hombre... el real.Muy buen cuento... se encuentra en el tomo séptimo de la colección Horror de la siempre infalible editorial Martínez Roca, y fue escrito por un autor casi desconocido.Sigue creciendo la colección y siguen los intercambios interesantes en cada thread. Al fin algo bueno en el foro!... que siga aumentando el volumen de esta masa viviente de relatos, hasta copar todo el foro!. El relato me resultó terrible y también triste... Es particular en tanto que no hay villanos ni monstruos, propiamente. El hombre que ahoga cachorros ni siquiera es malo o cruel, no disfruta cumpliendo esa tarea terrible que, percibo, solo acepta, incluso con un espíritu compasivo... como quien resigna los propios códigos y acepta otros, acaso no divertidos pero tal vez más amplios, más generosos que los individuales. Me resulta conmovedor lo de los zapatos: la vida sigue.
Claro, según como lo presenta el autor, no hay héroes ni villanos, pero bien que yo a ese MacIver lo hubiera ahogado en el río, no sin antes haberle dado un par de coscorrones y sonoros sopapos, jajaja.

De parte del autor, muy bien ese detalle que marcás. Lo hace tan bien, que en realidad no te causa la repugnancia que debería -este tal MacIver-... puro mérito del escritor.


07/09/2017 01:54:00 am 
       2                           
GABULLS


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A veces cansa ser el mismo todo el tiempo: la ficción no solo se trata de leer cosas que no existen... también de pensar como no somos.
Me gusta desconectar -por completo, de ser posible- a este pobre tipo al que habito, lleno de bajezas y noblezas... traumas y, ojalá también, alguna que otra virtud... Me gusta mucho desconectarlo al meterme en alguna ficción, e impedir así que el pobre diablo siga sufriendo y valorando cada cosa del modo en que lo hace acá, en el mundo real, donde siempre sabemos que el bueno somos nosotros y que el malo siempre es el otro, digno, sin pérdidas de tiempo, de nuestro desprecio y también, de ser posible, de nuestros golpes.


07/09/2017 06:57:38 pm 
       2                           
melusineh


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Muchas gracias, lo leí anoche.




07/09/2017 08:55:04 pm 
       2                           
GABULLS


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melusineh escribió:
Muchas gracias, lo leí anoche.


¿Y qué tal la experiencia?


07/09/2017 09:16:19 pm 
       2                           
melusineh


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Después de que comenté, vi que vos y Nico la siguieron. Lo viví como un acto de infinita piedad. Solo alguien como MacIver tenía la capacidad de hacerlo.Supe de que no eran mascotas para sacrificar desde las primeras palabras con Robinson.
Me conmovió la disposición de este personaje para mantener el equilibrio de su barrio, su gente y el suyo propio encontrando un lado positivo, al final.
Nuevamente gracias, GABULLS.






maciver

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