Introducción y 4 cuentos
20 Breves Viajes por el Tiempo (Nº2)
SOUVENIR
(Carlos A. Duarte Cano - Cuba)
Anochecía cuando She-hi-laa vio a sus padres difuminarse —¡al fin!— en la cámara de viajes. Se deslizó hasta la pieza de sus progenitores y abrió con su ´´Decod-V´´ el panel privado de su padre. Allí, reluciente, la esperaba el añorado Cronifalcus.
Apenas si pudo controlar su ansiedad mientras lo trasladaba hacia su cuarto. Percibía en cada poro de su piel la excitación de lo prohibido. Nada podía compararse con esto al menos nada de lo que acostumbraban a hacer sus insulsas amigas en las noches de sábado.
Se puso el vestido y los zapatos celosamente guardados para estas ocasiones. Frente al espejo dio los últimos toques a su maquillaje y se colocó la fina diadema. Introdujo la contraseña en el equipo y luego, con suma prolijidad, las coordenadas de las seis dimensiones. El torbellino temporal la ofuscó como de costumbre pero el efecto desapareció a los cinco segundos de su llegada. «Otra vez en el establo» pensó. Corrió afuera, subió por la alfombra escarlata y penetró en el palacio.
Allí lo vio, sentado junto al trono, bello como sólo él lo era en todo el espacio-tiempo conocido. Reclinada sobre un tapiz esperó a que, como tantas otras noches, la descubriera y quedara prendado de su extraña belleza. Luego fue ese girar juntos al ritmo de la música, bebiendo sus miradas e ignorando la marcha del tiempo a través de la euforia de su amor. En el jardín, se rozaban apenas los labios con la timidez de un beso adolescente cuando, como tantas veces, la sorprendieron las campanadas.
Sin tiempo para más corrió lejos del atónito príncipe. Coordenadas introducidas y de vuelta a casa para devolver todo a su lugar antes de que regresaran los padres. O casi todo, porque en la atropellada huida había perdido algo.
En algún universo paralelo, al que She-hi-laa nunca podría regresar, un apuesto príncipe aprisionaba entre sus desconsoladas manos un zapato de raro cristal.
LA MUERTE DE CÉSAR
(João Ventura - Portugal)
Riendo a carcajadas, César, Brutus y otros tres senadores salieron con ímpetu del Senado, a los tropezones, claramente borrachos. Uno de ellos contaba una historia obscena que envolvía a una matrona, a su hija y a un esclavo nubio. Los centinelas se alinearon y César les respondió con un remedo de saludo militar.
Brutus y César siguieron caminando, tambaleándose, cogidos del brazo. Uno de los otros seguía bebiendo de un odre que traía, y el vino se escurría por las comisuras de la boca, manchando de violáceo la túnica alba.
El cronomóvil, que había sido sincronizado para los 15 minutos que incluían la muerte de César a las puertas del senado, había accionado la microcámara que registraba todos los detalles.
Julio César se alejó unos pasos, se inclinó y empezó a vomitar. Los otros se rieron.
El Consejo Supremo de los Historiadores escuchaba la exposición del Viajero. Uno de los consejeros exclamó:
—¿No hubo asesinato entonces? ¿Brutus era inocente?
—Precisamente. Al intentar enderezarse, César tropezó y cayó de bruces. Los otros intentaron ayudarle a levantarse, pero estaban tan borrachos que no lo lograron. Murió ahogado en su propio vómito...
—Y usted, compañero, ¿qué pretende hacer con esta información?
—Escribir un artículo para el International Journal of Verified History, por supuesto.
—Eso es lo que yo me temía —dijo el presidente del Consejo y, apuntando al Viajero con una pistola láser, disparó una única vez.
Mientras los robots de la limpieza se llevaban el cuerpo, comentó: —¡No faltaría más, cambiar la Historia tan sólo por una simple verificación in loco...!
(Traducción: Conceição Cruz)
LOS TRES CAVERNÍCOLAS
(Diego E. Gualda - Argentina)
Tres cavernícolas encuentran tres objetos traídos del futuro: Una laptop, una muñeca inflable y una grande de muzzarella. Uno de ellos se empacha. Otro se idiotiza. El tercero, evoluciona para convertirse en el primer hombre moderno. El interrogante es quién tomó qué.
EL LIBRO
(José Vicente Ortuño - España)
—Señor Wells —dijo el desconocido—, tengo que decirle algo muy importante.
—Estoy muy ocupado, señor...
—Profesor Policarpo Úcronos —dijo el individuo—, de la Universidad Politécnica de Valencia.
—No he oído hablar de dicha universidad —dijo Herbert George Wells mientras intentaba dejar atrás al extraño personaje que lo seguía desde hacía un rato.
—Bueno es que... cómo le diría yo —dudó el profesor—, es que todavía no existe.
—¡Ah bien! —exclamó Wells—. Pues avíseme cuando la construyan, estaré encantado de dar unas charlas en la inauguración. Adiós, buenos días.
—Déjeme que le cuente algo —insistió el profesor—, luego le dejaré en paz, se lo prometo.
—De acuerdo —cedió Wells cansado—, nos sentaremos en aquel banco unos minutos, tengo que volver al trabajo, ¿sabe?
—Gracias señor Wells, no le haré perder su precioso tiempo. —El profesor Úcronos rió como si hubiese dicho algo gracioso.
Una vez sentados, el científico del futuro explicó:
—Verá, señor Wells, vengo del futuro, del siglo XXV. Sé que en 1895 usted publicará un libro titulado La máquina del tiempo. Esta novela se convertirá en la inspiración para los científicos de los siglos venideros.
—¿De verdad? —dijo Wells en apariencia interesado.
—Por supuesto. Yo mismo, desde que la leí siendo un niño, no he cejado en el intento de construir una máquina similar. Al fin lo conseguí y he venido para conocerlo en persona y darle las gracias.
Wells se levantó sonriente y estrechó la mano del visitante del futuro.
—Gracias profesor. Le agradezco que se haya molestado en venir desde tan lejos... en el futuro. Le tendré presente cuando escriba mi novela —dijo con amabilidad y se marchó dando grandes zancadas.
El profesor Úcronos, satisfecho de haber convertido en realidad uno de sus sueños más preciados, volvió al siglo XXV. Envuelto en un aura de felicidad científica, se sentó ante a su escritorio, sobre el que había dejado un ejemplar de La máquina del tiempo, pero al mirarlo se quedó estupefacto, el título había cambiado, ahora en la portada rezaba: ´´Recetas de Cocina para Gente Fina´´
La semana que viene, otros 4.
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