Introducción y 4 cuentos
PRECISIÓN
(Carlos Daniel Joaquín Vázquez - Argentina)
En el Instituto todas las cosas se hacían con precisión. Jean Paul Millé fue rapado, higienizado, vacunado y examinado. Luego fue medido micrométricamente y pesado con cinco decimales bajo el gramo. Lo mantuvieron durante tres días en un ambiente estéril, en la periferia del Gran Buenos Aires, mientras la crononave entraba en sincronía con el Universo.
Porque no es fácil viajar en el tiempo, y menos tan lejos. Hay que contar los movimientos de la Tierra, el baile del Sol y el deambular de la Vía Láctea. Nadie se había aventurado más de cien años, y nunca más de cinco meses con las máquinas del Instituto. Por eso, ahora que Jean Paul Millé viajaría un poco más de mil años, sería un héroe. Para ser casi tan precisos como el Instituto Jean viajaría mil diecisiete años, diecinueve días, dos horas y ocho minutos. Ni más, ni menos. Y debería aparecer en el mismo sitio, aunque todo ese tiempo antes, y de allí mismo sería rescatado luego de observar las pampas vírgenes de todo lo civilizado.
Lo del rescate fue un decir. Nadie podía justificar que, a los hechos, Jean Paul Millé estuviera muerto.
Tampoco nadie había podido justificar nada cuando, veintitrés años antes, los que nivelaban el terreno para construir el Instituto encontraron, bajo treinta metros de tierra nunca removida, los restos destrozados de un europeo moderno.
SIN RETORNO
(Libia Brenda Castro R. - México)
Cada vez que me iba era para asistir a eventos fascinantes: pude inclinar la frente ante la reina Nefertiti estuve sentada a dos metros de Oscar Wilde, mirándolo almorzar incluso asistí a la primera proyección de los hermanos Lumiere, después de pasar un mes navegando en un barco vikingo. Mi vida era fabulosa, podía llegar a cualquier sitio, en cualquier momento. Lo tenía todo cubierto, nunca intervine en ningún hecho: me limitaba a observar, durante lapsos breves, y luego volvía. Mis viajes se hicieron cada vez más largos, mis amigos sabían que yo estaba fuera por mi trabajo y nunca le dije nada a nadie, porque hubiera sido un error. La cosa es que de repente todos empezaron a decirme ´´te ves un poco abatida´´, ´´no trabajes tanto´´ luego el novio que tenía me miró preocupado ´´amor, te ves ajada´´ y finalmente, después de una estancia muy larga en la segunda década del Siglo I, regresé y me di cuenta de que la gente se sorprendía al verme, hubo quien incluso se asustó: era mucho mayor que todos.
EL IDIOMA DE LOS PRÓCERES
(Fabián Casas - Argentina)
La lista era larguísima. Los primeros nombres: Cristo, Newton, Batuta, Leonardo, Marco Polo, Darwin... ´´Entrevista con la Historia´´. ¡Todos los miércoles a las 22:00, por HBO! Súmese a este viaje por el tiempo. Presencie el backstage del sermón de la montaña. Asista al colegio junto al joven Einstein y acompañe a León Trotzky ¡en la revolución rusa! ¡Los más grandes hombres y mujeres de la historia, en vivo y en directo!
Sería un éxito total.
25.000 millones de dólares garantizaban la exclusiva. Diez años de uso de la primera máquina del tiempo, sólo para la cadena.
¿El conductor? Murray ´´Rock´´ Fernández, el periodista capaz de contar el lado humano de los próceres. ¿Quién, si no, podría llevar a cabo la monumental tarea de adentrarse en la historia real, a bordo de la ´´impredecible´´ máquina del tiempo? Culto, ocurrente, en el límite exacto entre la juventud bisoña y la madurez incipiente. Muy pocos manejaban el oficio de Murray: La locución erudita, el reporte de arte, la nota científica. Ya había pasado la época de los profesores calvos en la tele. El espectador pide ciencia, sí, pero detesta que se la cuenten con una dentadura amarillenta o incompleta. Murray ´´Rock´´ Fernández, apolíneo y bronceado, ¡de notero de recitales a cronista de la historia!
Alguna palabra tendría que decir. No dejaría todo el diálogo con los personajes históricos en manos de sus tres asesores científicos. Así que se entrenó durante meses: griego, arameo, sánscrito... lenguas perdidas de incierta pronunciación. Pero fue un gasto inútil. Al poco tiempo de viajar se dio cuenta.
Los científicos de la cadena estaban consternados: Los forjadores de la humanidad hablaban perfecto inglés. Hammurabi también.
Encima se mostraban reacios a dejarse entrevistar por la cámara de la historia. Al cuarto intento, alguien se apiadó de Murray y su equipo.
—Flaco —le dijo Siddharta, fumando una pipa que aromaba el ocaso tras el Himalaya— ustedes no fueron los que inventaron la máquina, creeme.
Y allí se fue Buda, a seguir predicando por esas tierras altas, vírgenes aún de toda televisión.
EL EXAMEN
(Alejandro Ferreyra - Argentina)
—Idus Martius! —Me desperté y vestí. Temblé un poco por el piso frío. —Nunca me acostumbraré... En fin. —Me puse las botas y salí.
Dejé atrás la casa familiar y caminé hacia el límite de la colonia.
El sol brillaba recién salido sobre la gente que llegaba al mercado, cargada con bultos, gansos y gallinas. Avanzaban por el camino levantando una nube de polvo mezclada con hebras de neblina. El ruido de la gente comprando y vendiendo alrededor mío me aturdió, ¿dónde estaban los estantes silenciosos, las pantallas temblorosas y los murmullos de los estudiantes?
Un dedo golpeó severamente mi hombro derecho.
—Y bien, Kevin Ichi, si le pregunto por el ágora, ¿qué me diría? —Erguido bajo una capa de pieles y con la otra mano apoyada en el pomo de la espada, el profesor de Historia Antigua Europea iniciaba mi examen final.
—Pués le miraría raro y le preguntaría de dónde viene.
—Esfuércese si quiere aprobar. Ahora vaya al Mercado por alimentos para que su madre...
—Domina.
—¡Bien ahí! Le decía para que la matrona prepare el almuerzo...
Salí corriendo y me perdí en el gentío en dos horas sería regresado a la Universidad por el profesor y los ayudantes de TP mezclados entre la gente. Del éxito de mi ´´incrustación temporal´´ dependía que aprobara o no.
Corría y tropecé con una chica rubia, un poco mayor que yo.
—¡Fuera carajo! —me brotó el insulto clásico.
—Idem infaceto est infacetior rure!—gritó la chica.
Me vi rodeado por un grupo de jóvenes que me arrojaron a través de las fauces más cercanas a un atrium, donde una luz ámbar brotaba de un espejo lateral.
El profesor de pie, al lado del espejo, exclamó:
—¡Cuidado con los idus de Marzo! —Y el mundo se desvaneció.
La semana que viene, otros 4. 1111
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