2. Comienzos.
Durante mucho tiempo no solo escribí muchísimas notas sino que además intenté montones de comienzos. Sentí que allí estaría la impronta que de alguna forma marcaría el sitio interior desde el cual contara mi relato. E incluso si para contar la historia era mejor limitarme a impresiones, relatos y conclusiones varias o si debía hacer referencias a mi vida en forma directa o través de un alter ego. Finalmente el resultado parece ser ya conocido, sin embargo elijo alguno de esos comienzos antes escritos y tal vez sirva para entender el porqué a veces utilicé en La Aldea cuentos donde se mezclaba la fantasía con la realidad.
Baldomero. Su secreto mejor guardado.
Se podrá decir que Baldomero fue un gran mentiroso, ya que se pasó media vida, su última media vida, inventando razones de porqué hacia lo que hacía. Incluso también diciendo lo que decía de porqué pensaba lo que pensaba. Claro está que Baldomero no se sentía un mentiroso, es más, el sostenía que era un tipo que había elegido “cultivar lo cierto”, Y de alguna forma lo hacía. Y lo hacía. Se había especializado en separar “las formas” de lo cierto y por ejemplo cuando citaba cosas que habían acontecido no solo se aferraba a dar su mejor versión de cuanto había percibido sino además contaba detalles respaldatorios suficientes e incluso relativizaba cuando y cuanto podía haber de relatividad en la exposición de lo visto o percibido. Esta última característica lo tornaba muchas veces en una persona que aparentaba ser densa y pesada, lo que de alguna forma lo divertía inmensamente, a veces y lo entristecía mucho también, pero sabía que era parte del “plan“. Y ser uno con el plan es lo que le daba sentido y sustento a su vida. Pero la verdadera razón por la que no se sentía un mentiroso era que siempre comenzaba por decir la verdad, pero como esa verdad no se la creía nadie, o mejor dicho nadie tomaba muy en cuenta lo que decía, inventaba razones aproximativas con el solo fin de socializar. Claro que nadie podía tomar en cuanta a qué límites había llevado su desafío de dejarse llevar por su intuición. Los límites se los exigió desde el comienzo, ya que de otra forma no podía aceptarlo y en diferentes formas, tenía que ver con el cuidado ajeno, que en su comprensión última era la mejor forma de cuidarse a si mismo, pero esa historia es parte de su iluminación. Y esto comenzó cuando su primer encuentro serio con su propia muerte y ello sucedió a muy temprana edad. Aunque no tanto, según se evalúe la idea de temprano o tarde en la vida de alguien.
La inquietud mayor comenzó apenas salió a la calle. Tenía la sensación de vivir algo que eran como días prestados y se preguntaba si eso duraría. Pero lo que lo inquietaba era lo que las miradas le devolvían. En su vida anterior había cultivado una personalidad complaciente y eso de alguna forma era cómodo, aunque el costo era muy alto. La vida parecía no contactar mucho con el, tal vez por eso había convertido su vida en una aventura, buscaba que algo pase para que a el, algo le pase, pero siempre vivía en una sensación de que nada alcanzaba para saciarlo. Era como una angustia existencial. Pero para entonces, en esa vida nueva que era sumamente incierta lo que percibía en las miradas en vez de la amabilidad antes acostumbrada, encontraba temor. Pero detrás de ese temor se abrían puertas maravillosos que viajaban del éxtasis al más pleno amor. Pero el miedo asomaba irremediablemente. Una y otra vez y fue entonces que comenzó a tener la sensación que algo lo había impulsado a convertirse en una espejo, un espejo donde cada uno proyectaba su luz y su sombra.
Para entender esa muerte temprana es necesario ver qué es lo que sucedió con Baldomero los años previos a la misma. Y sobre todo aquel momento en que alguien le dio un gran permiso para vivir, disfrutar y pensar. Fue al final del ciclo cuando adquirió conocimiento de una serie de terapias que indagaba una sobre los mecanismos de la búsqueda del estímulo y los juegos en los que sin querer participamos para obtenerlos y la otra que profundizaba en la capacidad de vivir en el “aquí ahora”. Era consciente entonces que de alguna forma era como un conejillo de indias a merced de un experimento que no se sabía muy bien el resultado final.
Había aprendido a tomar decisiones adultas y a permitirse dejar fluir los sentimientos genuinos y por sobre todas las cosas estar presente con cuanto a uno pasa y sucede. A ser capaz de abrirse en la mirada y el abrazo. Pero lejos estaba de saber que ese camino lo llevaría a otro encuentro de un conocimiento distinto dónde lo que se ponía en duda era la misma idea de la realidad. Aunque de más joven, había indagado en los conocimientos que parecían venir del lado del oriente, el sacudón final vendría poco antes de la muerte a la que hacemos referencia y ya fue de la mano de aquel chamán tolteca con el que solía dialogar.
Lejos estaba de saber por aquel entonces que había una lesión que con el convivía la causante del dolor físico que condicionaba su vida. De acuerdo a los conocimientos de moda por aquel entonces toda enfermedad partía de un desarreglo en áreas del mundo emocional o incluso del espiritual y eso irremediablemente se suponía que tenía su correlato e incluso su causa principal entre una serie de creencias, permisos, mandatos, acciones y una que otra circunstancia en la que incluso estaba el pasado más allá de la vida, pero todo esto percibido desde un pensamiento lineal, que si bien funcionaba en algunos casos, dejaba de lado la inmensidad de posibilidades del entramado de la vida tal se manifiesta.
La cosa que un dia Baldomero conducía su vehículo en una carretera paralela a playas lejanas cuando un intenso dolor le puso de manifiesto la inmensa partición en la que se habían convertido la primitiva dualidad de su ser, tal como culturalmente lo habían “educado”. Y supo que todo lo conocido se terminaba allí.
Sigue... Hola a los de siempre y a los nuevos por conocer... Abrazo. J