Morirán de hambre. Lo harán a miles. Muchos más de los que hasta hace no mucho tiempo estaban calculados. Porque, aunque cueste creerlo, se da por sentado que unos cuantos millones de personas tienen que morirse de hambre, es decir, de no comer, para que el mundo, tal y como lo entendemos, concebimos y disfrutamos pueda seguir su marcha. Pero, por desgracia, ahora nos avisan de que las muertes se pueden disparar. Los 850 millones de personas que pasan hambre se pueden convertir en unos años en casi 1.000 millones de seres humanos a los que el estómago se les reduzca hasta que el dolor sea insoportable y la debilidad les conduzca a una locura envuelta en enfermedades de las que aquí, en nuestro mundo, no hemos oído hablar.
Se van a morir sin remedio. Gentes anónimas, desconocidas, pobres, analfabetos, niños, mujeres, ancianos. Todos ellos se van a morir a miles, víctimas de un mercado globalizado en el que los intereses de los países desarrollados y, sobre todo, los de las grandes multinacionales -muchas de las cuales nos lanzan sus humanos y lacrimógenos mensajes publicitarios- están por encima de la vida de un montón de indeseables. Se van a morir porque, en el fondo, a los habitantes de los países desarrollados, es decir, a nosotros, angustiados por huelgas y mercados semivacíos, nos importa un pimiento que se mueran. ¿Quién se preocupa ahora de esos millones de desgraciados? Lo importante es nuestra vida, la despensa, el acaparar lo más posible para no perder nuestras gorduras. ¿Me equivoco?
Morirán de hambre y lo harán a millones a pesar de que una buena parte de los jefes de Estado y de gobierno se hayan propuesto en Roma toda una serie de medidas para controlar los mercados, impulsar la agricultura en las zonas más deprimidas del planeta, reajustar los mecanismos comerciales y prometer donaciones al desarrollo. Se van a morir de hambre miles de personas en el mundo porque quienes controlan de verdad los circuitos comerciales no han pasado por Roma. Las grandes multinacionales, los imperios empresariales energéticos, los interesados en eso que llaman biodiésel y las descaradas mafias de la especulación alimentaria tienen muy claro que por encima de los millones de personas que morirán de hambre están sus malditos negocios, sus malditas personas y sus malditas familias, gordas de egoísmo y de un espíritu tan inhumano que, visto con la perspectiva que nos ofrece la historia, bien podrían asemejarse al de los nazis cuando, en pro de su gran proyecto de imperio, pusieron en marcha los mecanismos de exterminio sistemático de miles, de millones de seres humanos. La diferencia es que, ahora, este genocidio se realiza con nuestra inocente connivencia puesto que mientras nuestras despensas estén llenas y nuestras barrigas satisfechas, ellos, los malditos, seguirán haciendo negocios con la muerte de millones de personas.
Es fácil hacer demagogia con el drama del hambre. Fácil y necesario. Aunque, para ser prácticos, lo primero que exige una situación como la actual, en la que millones de personas van a morir de hambre, es tomar conciencia del injusto desequilibrio que habita este mundo. Sólo después de tomar conciencia, de empatizar con los condenados a muerte y sentirlos como iguales a nosotros podremos. ¿Acaso nos importa de verdad lo que les ocurra?
Creo sinceramente que después del triste espectáculo provocado por la huelga de transportes -ansiedad consumista, acaparamiento y egoísmo desmedido- es difícil, por no decir imposible, que se llegue a tomar conciencia de lo que puede ocurrirles a millones de personas. Todos, incluidos los medios de comunicación, se han olvidado del hambre de verdad para preocuparse de nosotros, una pandilla de egoístas y carroñeros insolidarios. Y a los pobres del mundo, ésos que van a morir a millones, que les jodan. Total, se van a morir de todos modos. No sé cómo se puede tener la indecencia de seguir pensando que somos buenos.
Fuente:
elcorreodigital