Si bien este artículo es viejo, yo lo acabo de leer y me gustaria compartirlo...
El fin de una década de mafia profunda
El adiós de Los Soprano es un acontecimiento en la cultura popular contemporánea. Por primera vez, una obra maestra ha durado ocho años.
Mientras escribo este párrafo, a las dos de la madrugada del lunes en Barcelona (las diez de la noche neoyorquina) en la pantalla de HBO comienzan a subir, por última vez, los créditos finales de The Sopranos. Letras blancas sobre fondo negro. Y después, con toda seguridad, habrá un gran silencio en el mundo entero. Dos o tres segundos de respiración en suspenso, de aliento mudo, que precederán a la ovación cerrada.
Es que acaba de ocurrir una de las obras maestras más extensas de la historia contemporánea. Estamos habituados a cuadros inolvidables que observamos en diez minutos, a novelas magistrales que leemos en seis días, a películas mágicas que disfrutamos en dos horas. Pero no estábamos acostumbrados a una obra maestra que nos atravesara el cerebro, y el corazón, durante ocho años enteros.
El New York Times tomó hace tiempo una posición arriesgada pero certera: “The Sopranos —publicó el periódico— es tal vez la mayor obra de la cultura popular estadounidense de los últimos 25 años´´.
No se habló de la mayor serie de televisión. Ni siquiera se habló de la más grande propuesta audiovisual contemporánea. En la frase ‘cultura popular’ quedaron englobadas todas las formas posibles del arte. Y yo creo que se trata de una crítica veraz: esta serie ha sido más necesaria que el mejor libro, más potente que la mejor escultura, más arriesgada que el mejor cine, más sutil que la mejor partitura que se haya podido componer en aquel país (y en casi todo el planeta) en el último cuarto de siglo.
Y su final, su desaparición, que repercute en las pupilas de medio mundo en este instante, se convertirá —por fuerza— en un hecho histórico sin precedentes.
The Sopranos, por supuesto, no es una serie de mafiosos. Conozco gente que no la ha querido ver porque sospecha que se enfrentará a una historia de tiros, de engaños ítaloamericanos, de negocios sucios y de señores narigones esnifando cocaína de la bolsa. No, eso es nada más que la superficie de un iceberg muy profundo. Si alguien mantiene este prejuicio (sobre todo las damas presentes) que se lo quite y le dé una oportunidad. La obra de David Chase es un cuchillo que desmenuza la condición humana y pone contra las cuerdas la moral de nuestro tiempo.
El peso del tiempo
Desde hace unos años ocurre algo muy novedoso —además— que será tema de estudio en la historia del arte del futuro: se trata de las múltiples posibilidades creativas que genera una trama audiovisual que se desarrolla en un largo espacio de tiempo. O, poniéndolo más claro: aquello que ocurre con una obra maestra cuando convive con nosotros una década entera.
Es poderosa la manera en que se enriquece un personaje al que hemos visto crecer, por ejemplo. Todo aquello que se activa en nosotros (como espectadores) al madurar al mismo tiempo en que maduran las marionetas de la ficción. Esta posibilidad narrativa es flamante, y cuando se da —además de disfrutar como cerdos— nos abre las puertas a una maravilla creativa que otros humanos, en tiempos anteriores, no pudieron experimentar.
Hace una semana, mientras disfrutaba de los últimos capítulos de The Sopranos (que son, de lejos, los mejores de la saga) noté que ya no había tiros. Cada escena era una pincelada minimalista, cada plano encontraba una profundidad humana arrolladora. Se trataba de un arte más parecido al cine europeo que al americano. Sentí un placer sibarita, exclusivo, como si pudiera palpar un sonido con los dedos.
Entonces me pregunté si esa misma sensación —al ver, por ejemplo, el capítulo S06E17— lo tendría también alguien que no hubiera seguido la saga completa. Y supe que no. La fuerza de la imagen no me llegaba desde el televisor sino desde la memoria, desde la experiencia de haber conocido a esa gente no ahora, sino a mediados de 1999, de haberlos comprendido a través de los años, y haberme comprendido yo mismo en ese lapso de tiempo.
Una mirada silenciosa que Tony le hace a Carmela cuando su hijo ya adulto se quiere suicidar, por ejemplo, no se puede generar en el cine con esa misma complicidad. No hay tiempo en dos horas para explicar tantos vericuetos. Ese silencio, esa mirada, nos dice tanto porque conocemos a ese hijo menor desde que era un gordito que no alcanzaba el segundo estante del armario. Desde que era inocente, desde que era feliz.
¡Ah, qué lujo más grande! Una obra maestra que nos persigue a través del tiempo, que acomoda nuestra madurez a la de sus propios personajes, que trabaja en secreto en la composición de nuestro estado de ánimo aun cuando creemos no recordarlos o no tenerlos presentes. No lo sé: me pone los pelos de punta. Una película genial nos puede conmover desde la elipsis, pero una serie genial nos hace temblar las rodillas de otra forma. Nos tensa. Nos modifica.
El llanto apagado que tendremos que soltar ahora, cuando veamos el capítulo final, cuando nos despidamos para siempre de esta familia ambigua de New Jersey, será un llanto hecho con lágrimas que han estado en nuestros ojos, agazapadas, ocho años enteros.
A llorar entonces, amiguitos, porque la fiesta acaba de terminar.
Fuente:
espoiler