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Asnos estúpidos, un cuento de Isaac Asimov





Thread creado por homerodivx el 29/06/2011 06:00:51 am. Lecturas: 9,488. Mensajes: 6. Favoritos: 2






29/06/2011 06:00:51 am 
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Empeze a leer una coleccion de libros que baje de Asimov y este cuento me gusto y es corto como para postearlo



Naron, de la longeva raza rigeliana, era el cuarto de su estirpe que
llevaba los anales galácticos.
Tenía en su poder el gran libro que contenía la lista de las numerosas
razas de todas las galaxias que habían adquirido el don de la
inteligencia, y el libro, mucho menor, en el que figuraban las que habían
llegado a la
madurez y poseían méritos para formar parte de la Federacion Galáctica. En
el primer libro habían tachado algunos nombres anotados anteriormente: los
de las razas que, por el motivo que fuere, habían fracasado.
La mala fortuna, las deficiencias bioquímicas o biodísicas, la falta de
adaptación social se cobraban su tributo.
Sin embargo, en el libro pequeño no había habido que tachar jamás ninguno
de los nombres anotados.
En aquel momento, Naron, enormemente corpulento e increíblemente anciano,
levantaba la vista, notando que se acercaba un mensajero.
-Naron -saludó el mensajero-.¡Gran señor!
-Bueno, bueno, ¿qué hay? Menos ceremonias.
-Otro grupo de organismos ha llegado a la madurez.
-Estupendo. Estupendo. Actualmente ascienden muy aprisa.
Apenas pasa año sin que llegue un grupo nuevo. ¿Quiénes son ésos?
El mensajero dio el número clave de la galaxia y las coordenadas del
mundo en cuestión.
-Ah, sí -dijo Naron-. Lo conoco. -Y con buena letra cursiva anotó el dato
en el primer libro, trasladando luego el nombre del planeta al segundo.
Utilizaba, como de costumbre, el nombre bajo el cual era conocido el
planeta por la fracción más numerosa de sus propios habitantes.
Escribió, pues: La Tierra.
-Estas criaturas nuevas -dijo luego- han establecido un récord.
Ningún otro grupo ha pasado de la inteligencia a la madurez tan
rápidamente. No será una equivocación, espero.
- De ningún modo, señor - respondió el mensajero.
- Han llegado al conocimiento de la energía termonuclear, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
-Bien, ése es el requisito. -Naron soltaba una risita-. Sus naves
sondearán pronto el espacio y se pondrán en contacto con la Federación.
-En realidad, señor -dijo el mensajero con renuencia-, los Observadores
nos comunican que todavía no han penetrado en el espacio.
Naron quedó atónito.
-¿Ni poco ni mucho? ¿No tienen siquiera una estación espacial?
-Todavía mo, señor.
-Pero si poseen la energía termonuclear,¿dónde realizan las pruebas y las
explosiones?
-En su propio planeta, señor.
Naron se irguió en sus seis metros de estatura y tronó:
-¿En su propio planeta?
-Sí, señor.
Con gesto pausado, Naron sacó la pluma y tachó con una raya la última
anotación en el libro pequeño. Era un hecho sin precedentes pero es que
Naron era muy sabio y capaz de ver lo inevitable como nadie en la galaxia.

-¡Asnos estúpidos!- murmuró.
Fin.


Comentario de Isaac:
Me temo que éste es otro cuento con moraleja. Pero verán ustedes, el
peligro nuclear escaló puntos cuando Estados Unidos y la Unión Soviética,
cada uno por su parte, construyeron la bomba de fusión, o de hidrógeno. Yo
volvía a sentirme amargado.


Y este es un cuento que lei tambien de otra coleccion q baje:


Aprended Geometría de Fredric Brown

Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.
Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la
comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad.
Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.
¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había
encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su
voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su
mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un
pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. —¡El
triunfo es vuestro!
Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza,
el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.
El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
—Siempre he sido un inútil en geometría —Comenzó…
—¡A quién se lo dices! —Replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.



y dos cuentos mas de Fredric Brown, al cual no conocia y ya lei 5 o 6 cuentos y me encantaron todos!

Fredric Brown - La Primera Máquina del Tiempo


El doctor Grainger dijo solemnemente:
Caballeros, la primera máquina del tiempo.
Sus tres amigos la contemplaron con atención.
Era una caja cuadrada de unos quince centímetros de lado con esferas y un
interruptor.
Basta con sostenerla en la mano prosiguió el doctor Grainger, ajustar las
esferas para la fecha que se desee, oprimir el botón y ya está.
Smedley, uno de los tres amigos del doctor, tomó la caja para examinarla.
¿De veras funciona?
Realicé una breve prueba con ella repuso el sabio. La puse un día atrás y
oprimí el botón. Me vi a mí mismo mi propia espalda saliendo de esta sala.
Me causó cierta impresión, como pueden suponer.
¿Qué hubiera sucedido si usted hubiese echado a correr hacia la puerta para
propinar un buen puntapié en salva sea la parte a usted mismo?
El doctor Grainger no pudo contener una carcajada.
Tal vez no hubiese podido hacerlo... porque eso hubiese sido alterar el pasado.
Es la antigua paradoja de los viajes por el tiempo, como ustedes saben. ¿Qué
pasaría si uno volviese al pasado para matar a su propio abuelo antes que éste se
casase con su abuela?
Smedley, con la caja en la mano, se apartó súbitamente de los otros tres reunidos.
Les miró sonriendo y dijo:
Eso es precisamente lo que voy a hacer. He ajustado el aparato para sesenta
años atrás mientras ustedes charlaban.
¡Smedley! ¡No haga eso!
El doctor Grainger se adelantó hacia él.
Deténgase, doctor, o apretaré el botón ahora mismo. Deme tiempo para que le
explique.
Grainger se detuvo.
Yo también conozco esa paradoja. Y siempre me ha interesado porque sabía
que, si alguna vez se me presentase la ocasión, asesinaría a mi abuelo sin
contemplaciones. Le odiaba. Era un matón, un individuo cruel y pendenciero, que
convirtió en un verdadero infierno la vida de mi pobre abuela y de mis padres. Y
ahora se ha presentado la ocasión que tanto ansiaba.
Smedley apretó el botón.
Durante una fracción de segundo, todo se hizo borroso... después, Smedley se
encontró en medio de un campo. Tardó poco en orientarse. Si allí era donde se
construiría la casa del doctor Grainger, entonces la granja de su bisabuela no
podía estar a más de un kilómetro y medio hacia el sur. Emprendió la marcha en
esa dirección. Por el camino se adueñó de un madero que constituiría un buen
garrote.
Cerca de la granja, encontró a un joven pelirrojo que daba de latigazos a un perro.
¡Basta, bruto! dijo Smedley, corriendo hacia él.
No se meta en lo que no le importa dijo el joven, propinando un nuevo
latigazo al can.
Smedley enarboló el garrote.
Sesenta años más tarde, el doctor Grainger dijo solemnemente:
Caballeros, la primera máquina del tiempo.
Sus dos amigos la contemplaron con atención.
1717 17



29/06/2011 09:07:45 am 
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Fredric Brown
Los Grandes Descubrimientos Perdidos II - La Invulnerabilidad


El segundo gran descubrimiento perdido fue el secreto de la invulnerabilidad. Fue descubierto en 1952 por un oficial de radar de la Marina de los Estados Unidos de América, el teniente Paul Hickendorf. El aparato era electrónico y consistía en una pequeña caja que podía llevarse incluso en el bolsillo cuando se accionaba cierto dispositivo de la caja, la persona que la llevaba se veía rodeada de un campo de fuerza cuyo poder, en función de lo que podía medirse mediante las excelentes matemáticas de Hickendorf, era virtualmente infinito.

El campo también resultaba completamente impermeable a cualquier grado de calor y a cualquier cantidad de radiación.

El teniente Hickendorf llegó a la conclusión de que cualquier hombre - mujer, niño o perro - encerrado en dicho campo de fuerza, podría resistir la explosión de una bomba de hidrógeno a bocajarro, sin resultar afectado en modo alguno.

No se hacían explotar bombas de hidrógeno en aquellas fechas, pero mientras terminaba de ajustar su artefacto, el teniente se encontraba en un barco, un crucero, que navegaba por el Océano Pacífico en ruta hacia un atolón llamado Eniwetok, y se rumoreaba que tendrían que presenciar la detonación de la primera bomba de tales características.

El teniente Hickendorf decidió esconderse en la isla que servía de blanco y permanecer allí hasta el momento del estallido de la bomba, para después salir ileso demostrando de este modo, fuera de cualquier género de duda, que su descubrimiento era operativo: una defensa infalible contra el arma más poderosa de todos los tiempos.

Fue difícil, pero pudo ocultarse con éxito y allí estaba, a unos cuantos metros de la bomba H, después de haberse acercado lo más que pudo al lugar de la explosión.

Sus cálculos fueron absolutamente correctos y no sufrió ni la menor lesión, ni un rasguño, ni una quemadura.

Pero el teniente Hickendorf no previó la posibilidad de que sucediera algo imprevisto, y eso fue lo que ocurrió. Salió disparado de la superficie terrestre, con una velocidad de aceleración mayor que la de escape, en línea recta, ni siquiera en órbita. Cuarenta y nueve días más tarde cayó en el sol, aún sin lesión alguna pero, desdichadamente, muerto hacía ya bastante tiempo, puesto que el campo de fuerza admitía sólo el aire suficiente para respirar unas cuantas horas, y así su descubrimiento se perdió para la humanidad, por lo menos durante el transcurso del siglo XX.



Groso Asimov y Groso Fredric Brown, quizas sea conocido, pero yo no lo habia oido nombrar jamas, es excelente

Lo busque en wikipedia:
Fredric Brown era un “escritor de escritores” que siempre estuvo mejor considerado por sus compañeros de profesión que por el público en general. Su cuento Arena (1944) fue seleccionado por sus compañeros como uno de las 20 mejores historias de ciencia ficción jamás escritas. Su cuento Los Ondulantes (The Waveries) (1954) fue descrito por Philip K. Dick como “puede ser una de las historias de ciencia ficción más influyentes que se haya escrito jamás”.

Ayn Rand también alabó a Brown en su Romantic Manifesto. El autor de pulps Mickey Spillane declaró que era su escritor favorito de todos los tiempos.

Brown también tuvo el honor de recibir uno de las tres dedicatorias de una las novelas de ciencia ficción más famosas de todos los tiempos: Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein.


29/06/2011 11:47:06 am 
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el cuento, de los que lei, que mas me gusto de asimov es La Maquina Que Gano La Guerra


LA MÁQUINA QUE GANÓ LA GUERRA

Faltaba mucho aún para que terminara la celebración incluso en las cámaras
subterráneas de «Multivac». Se palpaba en el ambiente.
Por lo menos quedaba el aislamiento y el silencio. Era la primera vez en diez años que los
técnicos no circulaban apresurados por las entrañas de la computadora gigante, que las luces
tenues no parpadeaban sus extraños recorridos, que el chorro de información hacia dentro y
hacia fuera se había detenido.
Claro que no sería por mucho tiempo, porque las necesidades de la paz serían
apremiantes. Sin embargo, durante un día, o quizá durante una semana, «Multivac» podría
celebrar el gran acontecimiento y descansar.
Lamar Swift se quitó el gorro militar que llevaba puesto y miró de arriba abajo el largo y
vacío corredor principal de la inmensa computadora. Se sentó cansado sobre uno de los
taburetes giratorios de los técnicos y su uniforme, con el que nunca se había encontrado
cómodo, adquirió un aspecto agobiante y arrugado.
—Aunque de un modo extraño lo echaré todo en falta. Es difícil recordar cuando no
estuvimos en guerra con Deneb. Ahora me parece antinatural estar en paz con ellos y
contemplar las estrellas sin ansiedad.
Los dos hombres que acompañaban al director ejecutivo de la Federación Solar eran más
jóvenes que Swift. Ninguno tenía tantas canas ni parecía tan cansado como él.
John Henderson, con los labios apretados, encontraba dificultad en controlar el alivio que
sentía por el triunfo.
—¡Están destruidos! ¡Están destruidos! —dijo sin poder contenerse—. Es lo que no dejaba
de decirme una y otra vez y aún no puedo creerlo. Hablábamos tanto todos, hace tantísimos
años, de la amenaza que se cernía sobre la Tierra, sobre sus mundos, y sobre todos los seres
humanos que todo era cierto hasta el tiempo, y hasta el último detalle. Ahora estamos vivos y
son los de Deneb los destruidos y acabados. Ahora, nunca más serán una amenaza.
—Gracias a «Multivac» —afirmó Swift con una mirada tranquila al imperturbable
Jablonsky, que durante toda la guerra había sido el intérprete jefe de aquel oráculo de la
ciencia—. ¿No es cierto, Max?
Jablonsky se encogió de hombros. Maquinalmente alargó la mano hacia un cigarrillo, pero
decidió no encenderlo. Entre los millares que habían vivido en los túneles dentro de
«Multivac», sólo él tenía permiso para fumar, pero hacia el final se había esforzado por evitar
aprovecharse del privilegio.
—Eso es lo que dicen —comentó. Su pulgar señaló por encima del hombro derecho, hacia
arriba.
—¿Celoso, Max?
—¿Porque aclaman a «Multivac»? ¿Porque «Multivac» es la gran heroína de la humanidad
en esta guerra? —El rostro seco de Jablonsky adoptó una expresión de aparente desdén—. ¿A
mí qué me importa? Si eso les satisface, dejad que «Multivac» sea la máquina que ganó la
guerra.
Henderson miró a los otros dos por el rabillo del ojo. En ese breve descanso que los tres
habían buscado instintivamente en el rincón tranquilo de una metrópoli enloquecida, en ese
entreacto entre los peligros de la guerra y las dificultades de la paz, cuando, por un momento,
todos se encontraban acabados, solamente sentía el peso de la culpa.
De pronto fue como si aquel peso fuera difícil de soportar por más tiempo. Había que
desprenderse de él, junto con la guerra: pero ¡ya!
—«Multivac» —declaró Henderson— no tiene nada que ver con la victoria. Es solamente
una máquina.
—Sí, pero grande —replicó Smith.
—Entonces, solamente una máquina grande no mejor que los datos que la alimentaban.
—Por un momento se detuvo, impresionado él mismo por lo que acababa de decir.
Jablonsky le miró, sus dedos gruesos buscaron de nuevo un cigarrillo y otra vez dieron
marcha atrás.
—¿Quién mejor que tú para saberlo? Le proporcionaste los datos. ¿O es que quieres
quedarte con el mérito tú solo?
—No —contestó Henderson, —furioso—, no hay méritos. ¿Qué sabes tú de los datos que
utilizaba «Multivac», predigeridos por cien computadoras subsidiarias de la Tierra, de la Luna y
de Marte, incluso de Titán? Con Titán siempre retrasado dando la impresión de que sus cifras
introducirían una desviación inesperada.
—Haría enloquecer a cualquiera —dijo Swift con sincera simpatía.
Henderson sacudió la cabeza:
—No era sólo eso. Admito que hace ocho años, cuando remplacé a Lepont como jefe de
Programación, me sentí nervioso. En aquellos días todas esas cosas eran excitantes. La guerra
era aún algo lejano, una aventura sin peligro real. No habíamos llegado al punto en que fueran
las naves dirigidas las que se hicieran cargo y en que los ingenios interestelares pudieran
tragarse a un planeta completo si se les lanzaba correctamente. Pero cuando empezaron las
verdaderas dificultades... —Rabioso, pues al fin podía permitirse ese lujo, masculló—: De eso
no sabéis nada.
—Bien —contemporizó Swift—, cuéntanoslo. La guerra ha terminado. Hemos ganado.
—Sí —asintió Henderson. Tenía que recordar que la Tierra había ganado y todo había
salido bien—. Pues los datos resultaron inútiles.
—¿Inútiles?
—¿Quieres decir literalmente inútiles? —preguntó Jablonsky.
—Literalmente inútiles. ¿Qué podías esperar? El problema con vosotros dos era que
estabais en medio de todo. Nunca salisteis de «Multivac», ni tú ni Max. El señor director no
dejó nunca la Mansión salvo para hacer visitas de estado donde veía exactamente lo que
querían que viera.
—Pero yo no estaba ciego —cortó Swift—, como quieres dar a entender.
—¿Sabe hasta qué extremo los datos concernientes a nuestra capacidad de producción, a
nuestro potencial de medios, a nuestra mano de obra especializada, a todo lo importante para
el esfuerzo bélico no eran de fiar, ni se podía contar con ellos durante la última mitad de la
guerra? Los jefes de grupo tanto civiles como militares no tenían otra obsesión que proyectar
su buena imagen, por decirlo así, oscureciendo lo malo y ampliando lo bueno. Fuera lo que
fuera lo que pudieran hacer las máquinas, los hombres que las programaban y los que
interpretaban los resultados sólo pensaban en su propia piel y en los competidores que había
que eliminar. No había modo de parar eso. Lo intenté y fracasé.
—Naturalmente —le consoló Swift—. Comprendo que lo hicieras.
Esta vez Jablonsky decidió encender el cigarrillo:
—Pero yo imagino que tú proporcionaste datos a «Multivac» al programarlo. No nos
hablaste para nada de ineficacia.
—¿Cómo podía decirlo? Y si lo hubiera hecho, ¿cómo podían creerme? —preguntó
Henderson desesperado—. Nuestro esfuerzo de guerra estaba acoplado a «Multivac». Era un
arma tremenda porque los denebianos no tenían nada parecido. ¿Qué otra cosa mantenía en
alto nuestra moral sino la seguridad de que «Multivac» predeciría y desviaría cualquier
movimiento denebiano y dirigiría nuestros movimientos? Después de que nuestro ingenio espía
instalado en el hiperespacio fue destruido carecíamos de datos fiables sobre los denebianos
para alimentar a «Multivac» y no nos atrevimos a publicarlo.
—Cierto —dijo Swift.
—Bien —prosiguió Henderson—. Pero si le hubiera dicho que los datos no eran de fiar,
¿qué hubiera podido hacer sino remplazarme y no creerme? No lo podía permitir.
—¿Qué hiciste? —quiso saber Jablonsky.
—Puesto que la guerra se ha ganado, os diré lo que hice. Corregí los datos.
—¿Cómo? —preguntó Swift.
—Intuitivamente, supongo. Les fui dando vueltas hasta que me parecieron correctos. Al
principio casi no me atrevía. Cambiaba un poco aquí, otro poco allí para corregir lo que eran
imposibilidades obvias. Al ver que el cielo no se nos caía encima, me sentí más valiente. Al
final apenas me preocupaba. Me limitaba a escribir los datos precisos a medida que se necesitaban. Incluso hice que el anexo de «Multivac» me preparara datos según un plan de
programación privada que inventé a ese propósito.
—¿Cifras al azar? —preguntó Jablonsky.
—En absoluto. Introduje el número de desviaciones necesarias.
Jablonsky sonrió. Sus ojillos oscuros brillaron tras sus párpados arrugados.
—Por tres veces me llegó un informe sobre utilización no autorizada del anexo, y le dejé
pasar todas las veces. Si hubiera importado le habría seguido la pista descubriéndote, John, y
averiguando así lo que estabas haciendo. Pero, naturalmente, nada sobre «Multivac»
importaba en aquellos días, así que te saliste con la tuya.
—¿Qué quiere decir que no importaba nada? —insistió Henderson, suspicaz.
—Nada importaba nada. Supongo que si te lo hubiera dicho entonces te habría ahorrado
tus angustias, pero también si tú te hubieras confiado a mí, me habrías ahorrado las mías.
¿Qué te hizo pensar que «Multivac» funcionaba bien, por muy furiosos que fueran los datos
con que la alimentabas?
—¿Que no funcionaba bien? —exclamó Swift.
—No del todo. No para fiarse. Al fin y al cabo, ¿dónde estaban mis técnicos en los últimos
años de la guerra? Te lo diré, alimentaban computadoras de mil diferentes aparatos especiales.
¡Se habían ido! Tuve que arreglarme con chiquillos en los que no podía confiar y veteranos
anticuados. Además, ¿creen que podía fiarme de los componentes en estado sólido que salían
de Criogenética en los últimos años? Criogenética no estaba mejor servido de personal que yo.
Para mí, no tenía la menor importancia que los datos que estaban siendo suministrados a
«Multivac» fueran o no fiables. Los resultados no lo eran. Yo lo sabía.
—¿Qué hiciste? —preguntó Henderson.
—Hice lo que tú, John. Introduje datos falsos. Ajusté las cosas de acuerdo con la
intuición... y así fue como la máquina ganó la guerra.
Swift se recostó en su sillón y estiró las piernas.
—¡Vaya revelaciones! Ahora resulta que el material que se me entregaba para guiarme
en mi capacidad de «tomar decisiones» era una interpretación humana de datos preparados
por el hombre. ¿No es verdad?
—Eso parece —afirmó Jablonsky.
—Ahora me doy cuenta de que obré correctamente al no confiar en ellos —declaró Swift.
—¿No lo hiciste? —insistió Jablonsky que, pese a lo que acababa de oír consiguió parecer
profesionalmente insultado.
—Me temo que no. A lo mejor «Multivac» me decía: «Ataque aquí, no ahí» «haga esto,
no aquello» «espere, no actúe». Pero nunca podía estar seguro de si lo que «Multivac»
parecía decirme, me lo decía realmente o si lo que realmente decía, lo decía en serio. Nunca
podía estar seguro.
—Pero el informe final estaba siempre muy claro, señor —objetó Jablonsky.
—Quizá lo estaría para los que no tenían que tomar una decisión. No para mí. El horror
de la responsabilidad de tales decisiones me resultaba intolerable y ni siquiera «Multivac»
bastaba para quitarme ese peso de encima. Pero lo importante era que estaba justificado en
mis dudas y encuentro un tremendo alivio en ello.
Envuelto en la conspiración de su mutua confesión, Jablonsky dejó de lado todo
protocolo:
—Pues, ¿qué hiciste, Lamar? Después de todo había que tomar decisiones.
—Bueno, creo que ya es hora de regresar pero... os diré primero lo que hice. ¿Por qué
no? Utilicé una computadora, Max, pero una más vieja que «Multivac», mucho más vieja.
Se metió la mano en el bolsillo en busca de cigarrillos y sacó un paquete y un puñado de
monedas, antiguas monedas con fecha de los primeros años antes de que la escasez del metal
hubiera hecho nacer un sistema crediticio sujeto a un complejo de computadora.
Swift sonrió con socarronería:
—Las necesito para hacer que el dinero me parezca sustancial. Para un viejo resulta difícil
abandonar los hábitos de la juventud.
Se puso un cigarrillo entre los labios y fue dejando caer las monedas, una a una, en el
bolsillo. La última la sostuvo entre los dedos, mirándola sin verla.
—«Multivac» no es la primera computadora, amigos, ni la más conocida ni la que puede,
eficientemente, levantar el peso de la decisión de los hombros del ejecutivo. Una máquina
ganó en efecto, la guerra, John por lo menos un aparato computador muy simple lo hizo uno
que utilicé todas las veces que tenía que tomar una decisión difícil.
Con una leve sonrisa lanzó la moneda que sostenía. Brilló en el aire al girar y volver a
caer en la mano tendida de Swift. Cerró la mano izquierda y la puso sobre el dorso. La mano
derecha permaneció inmóvil, ocultando la moneda.
—¿Cara o cruz, caballeros? —dijo Swift.


29/06/2011 06:20:42 pm 
           2                           
muy bueno el de asimov
yo habia empezado a leer los libros de la saga la fundacion, pero lamentablemente es imposible conseguir los libros, a pesar de ser uno de los autores mas reconocidos del mundo.

con respecto al tema del que trata el cuento, existe un tratado internacional en plena vigencia al que adhieren las potencias del mundo de PROHIBIR las pruebas nucleares en el espacio, lo cual es el colmo de lo absurdo, ya que el espacio esta podrido de diferentes tipos de radiaciones, y aunque se ideo con la idea de evitar que un pais construya una plataforma de misiles nucleares, es el mayor impedimento que existe para desarrollar nuevas tecnologias de propulsion para viajes espaciales... por supuesto que no se les mueve un pelo ni les importa tirar bombas de prueba en todos lados y matar al planeta

te dejo mis 10 votos porque vale la pena mantenerlo en el home!


30/06/2011 12:41:13 am 
           0                           
Gastyz, aca tenes los q tengo yo de Asimov:

www.mediafire.com/?8oo5ouod637k328

pesa 60mb, son 163 libros/cuentos, creo que estan todos en español, fijate q te sirve


30/06/2011 12:42:51 am 
           1                           
Ciita


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buenísimos todos , me hace recordar a un libro que leí cuando era chica, ´´10 relatos de ciencia ficción´´, que, como dice el título, era el recopilado de los mejores cuentos de ciencia ficción. Incluyendo cuentos de Asimov y Brown si mal no recuerdo (yo creo que es lo más factible siendo que ambos son icónos de este género).

un gusto ver este thread




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