Eso que se dice de que los varones son mas aptos para esto o aquellos que las niñas y viceversa, empieza a ser desvelado como puro invento social.
Lise Eliot es profesora asociada de Neurociencias en la Facultad de Medicina de Chicago (EE.UU.) y habla desde la experiencia como científica y como madre. A los 48, con una hija y dos hijos, dice que desearía haber sabido más sobre la plasticidad de los jóvenes cerebros cuando tuvo a su primer bebé, hace 15 años. Asumimos que cuando nacen están programados para ser niños o niñas. La gente cree que si los cerebros de ambos son distintos es porque han nacido así. No entienden que el cerebro es un reflejo de la vida. Es tan plástico que creo que podemos hacer más para realzar los puntos fuertes no tradicionales en niños y niñas. No nacemos programados para nada en concreto: ni para el lenguaje ni las matemáticas, ni las relaciones interpersonales, ni la lectura... Nada. Casi todo lo que hacemos con nuestro cerebro se adquiere con la experiencia.
Pero no es tan sencillo como cambiar los camiones por muñecas. Muchos padres lo han intentado con poco éxito, escribe en el libro. Las niñas convertían los camiones en familias y los niños jugaban a lanzar las muñecas, y ambos sexos sospechaban que estaba pasando algo raro. Tiene más que ver con cómo tratamos a nuestros hijos desde sus primeros días. Las diferencias de sexo, asegura, surgen por la manera en que educamos a los bebés y los niños. Somos nosotros, como cultura, quienes exageramos unas diferencias pequeñas hasta convertirlas en grandes. Si creemos que los niños y las niñas son fundamentalmente diferentes, eso sólo alterará nuestra forma de actuar y las expectativas que tenemos. Por supuesto, los genes y las hormonas cumplen un papel en la creación de las diferencias niño/niña, pero sólo al principio. Los factores sociales están demostrando ser mucho más poderosos de lo que nos dábamos cuenta anteriormente, explica.
Nadie se escapa. Eliot afirma que hasta los padres más progresistas tratan subconscientemente a sus hijos e hijas de forma distinta. En su libro, describe un experimento en el que se vistió con ropa neutra a unos recién nacidos. La gente se queda desconcertada si no sabe si un bebé es niño o niña y les cuesta interactuar con él, lo cual es muy elocuente de por sí. Cuando se inducía a los adultos a creer que sabían el sexo de un bebé, llamando Jonathan a una niña o vistiendo de rosa a un niño, interpretaban conductas idénticas a través de una lente tintada de género. Los adultos describían a los niños (en realidad eran niñas) enfadados o molestos más a menudo que quienes conocían su verdadero sexo. Y describían a las niñas (niños en realidad) alegres y participativas con más frecuencia que quienes sabían que los bebés eran niños.
En otro experimento, se pidió a las madres que valoraran la capacidad de sus bebés de 11 meses para recorrer una pendiente alfombrada, variando el ángulo de la pendiente según lo que pensaban que sus hijos serían capaces de hacer. Las madres de los niños pronosticaron casi con exactitud las capacidades de sus hijos, mientras que las de las niñas subestimaron seriamente a sus hijas. ¿Son las madres las culpables de limitar las habilidades atléticas de las niñas?, se pregunta Eliot.
Y yo lo que pregunto es porque hay tanta gente que se obstina a afirmar de que ´´nacio asi´´
You know what I mind .....
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